¡Hijueneo!

Hasta hace poco, si querías insultar a alguien en el contexto de un debate político, le llamabas fascista y te quedabas bien tranquilo. Si bien se suele usar con poco sentido de propiedad (fascista, según el diccionario, significa algo más que feo y desagradable) el instinto que lleva a echar mano de este término aun puede ser saludable en el peor de los casos: el colectivismo que subyace a los movimientos fascistas originarios nos sigue acechando hoy por doquier, y es bueno que la máxima expresión de este colectivismo se pueda resumir todavía en una mala palabra, en una grosería escupible.

Y sin embargo...

Cuesta admitirlo, pero ahí están las evidencias: por muy mal que nos suene, la etiqueta de fascista a algunos no les incomoda, y hace poco más de medio siglo, allá por Europa, muchos la llevaban con orgullo.

Ha habido, y hay, fascistas declarados y confesos, lo mismo que ha habido, y hay, comunistas declarados y confesos, sin que haga falta ningún Senador McCarthy para desenmascararlos. Hasta encontrarás, si te pones a buscar con ahínco, a personas que con una sonrisa siniestra se declararán abiertamente racistas, o sexistas, o barcelonistas. De todo hay en la viña del Señor...

Menos una cosa.

Lo que nunca ha habido, que yo sepa, y he buscado, es un neoliberal confeso.

Y esto es relevante por la siguiente razón. Vete al Grauniad online. Echa un vistazo por las páginas de comentarios. Allá encontrarás que, donde antes se decía rutinariamente que el fascismo de Margaret Thatcher es lo que ha llevado el país a la ruina, ahora se dice (y creo que los mismos dicen) que el gran pecado de ella fue el neoliberalismo.

Ahora, si se trata de encontrarle sentido a este epíteto, el saber que la Thatcher fue neoliberal es de gran ayuda. Desde luego, ella no fue tímida a la hora de exponer su ideología. Entre otras cosas, creía en el libre mercado (si bien muchas de sus acciones contradecían esa creencia), era enemiga de la expansión del presupuesto estatal, salvo el presupuesto militar: decía siempre que el Estado, al igual que un hogar, difícilmente podría gastar más de lo que gana, y debería aprender a ajustarse el cinturón antes de ir pidiendo préstamos como mendigo. Creía que la empresa privada era más eficiente que la pública, y por eso privatizó diversas industrias. Creía en la equidad de género, pero no la igualdad, y votó por la descriminalización de la homosexualidad, pero de alguna manera consiguió casar esto con una defensa de los "valores victorianos". Creía, no me pregunten cómo, que el sanguinario dictador golpista Augusto Pinochet, una de las personas más siniestras de la historia del continente y un evidente psicópata, era "un buen hombre", de lo que se deduce que, a pesar de ser la primera ministra más votada en la historia de su país, la democracia electoral le apestaba: cosa que demostró cuando, en un atípico berrinche, decidió aniquilar de un plumazo la municipalidad de Londres, con Ken Livingstone a la cabeza, y transferir sus funciones a una serie de quangos no electos. En fin, fue un personaje contradictorio en muchos aspectos, pero todo el mundo convendrá en que no entraban entre sus cualidades ni la tolerancia ni la búsqueda de diálogo y consenso.

Bien. Basándome en esto, deduzco que un neoliberal es una persona dogmática, inflexible, con valores conservadores, prejuiciosa y aferrada a cierta ortodoxia económica (según las malas lenguas la Maggie tenía como gurú a Milton Friedman), y que dentro de esta ortodoxia entraba el famoso consejo de Polonius en Hamlet: ni deudor ni prestamista seas. Ahora, me pongo a hojear un artículo del simpático argentino Follari, en que intenta vendernos la idea de que el poner excusas para no pagar íntegramente las deudas es de bien nacidos (idea que creo que ganará fácilmente adeptos en este país paraíso de la irresponsabilidad, y lo digo más por temas personales que políticos). Ahí dice lo siguiente:

Se llega a esto gracias a los neoliberales que contraían deuda irresponsablemente, desde la dictadura al gobierno de la Unión Cívica Radical de 1999 que llevó a la explosión social del año 2001.

Así que la Thatcher fue neoliberal al negarse a endeudar a su país, y los dictadores argentinos fueron neoliberales al insistir en endeudar a su país.

Tal parece, lo esencial del neoliberalismo es no hacer nada bien. Así que donde dice "neo", léase "mi marido" y el texto siempre se te llenará de repente de una diáfana claridad.

Comments

Popular posts from this blog

Odio

Relaciones diplomáticas

Primero vinieron por los toros