El artículo que Alvarado no escribió

Extraido del Telégrafo, edición del 21 de febrero de 2015.

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COMO lector habitual de este excelente medio, verdadero "decano" del periodismo en nuestro querido Ecuador, y en especial de su sección de Opinión, a veces me encuentro en desacuerdo con el enfoque o con las conclusiones de algún articulista en estas páginas. Este hecho en sí lo que demuestra es que, muy en contra de lo que dicen sus detractores, El Telégrafo proporciona un espacio auténticamente abierto, plural, con gran diversidad de opiniones y de ideas, cosa que sin duda nos ha de llenar de legítimo orgullo a todos los que hemos luchado durante todos estos años a favor de la tolerancia, la diversidad y el diálogo respetuoso y constructivo. Y es con este espíritu humilde y dialogante, y ningún otro, que me atrevo a señalar en esta columna (gentilmente cedido por mi gran amigo Orlando Pérez) mis discrepancias, a título personal, con respecto a las opiniones expresadas en el artículo "Los límites de la ridiculez", publicado en la edición del 30 de enero pasado, y firmado por el columnista Sebastián Vallejo. Y digo "a título personal" para evitar que se interprete nada de lo expresado aquí como un pronunciamiento oficial de la SECOM. En mi cargo, por desventura, tales precisiones a menudo se vuelven necesarias.
 
Antes de entrar de lleno en el tema, me gustaría señalar mi admiración y respeto por el mencionado columnista, cuyos escritos demuestran tal vez mejor que cualquier otro lo dicho sobre la pluralidad y diversidad de enfoques de que hace alarde este medio. Contra quienes se quejan de que El Telégrafo acoge única y exclusivamente las voces del "oficialismo", y los que creen que el insulto y la descalificación rotundos son las únicas maneras posibles de desmarcarse de esa supuesta "línea oficial", la columna de Vallejo nos recuerda que se puede discrepar con algún planteamiento puntual del gobierno, y expresar tal desacuerdo con hidalguía, razonando, matizando y puliendo conceptos, sin caer en el juego de le burda descalificación y la denuncia estéril. Es esperanzador encontrar en un escritor tal grado de madurez y tal espíritu constructivo, y le agradezco su dedicación a la, sin duda, ingrata tarea de ejercer la "oposición constructiva" desde su espacio en este medio.
 
Sin embargo, creo que en la mencionada columna se equivoca al denunciar una supuesta "intolerancia a la crítica" demostrada por "el poder". Nada más lejos de la verdad. Para la labor de un gobierno que se coloca al lado de los ciudadanos, la crítica, venga de donde venga, es una necesidad permanente. Yo mismo he sido muy crítico con el gobierno en innumerables ocasiones, denunciando a través de los modestos medios de que dispone la SECOM todo tipo de corrupción gubernamental, de doble discurso oficial, de incumplimientos de promesas electorales, y lo seguiré haciendo. No: lo que el gobierno persigue no es acallar la crítica, sino aplacar las voces de los que, sin proponer ninguna idea constructiva, únicamente insultan, difaman, y, lo que es mucho peor, amenazan a quienes se atreven a pensar distinto. Ahora, el articulista tiene toda la razón al señalar que, en las redes sociales, tales prácticas no solamente son comunes, sino que son difíciles, tal vez imposibles, de erradicar mediante la ley: por lo menos, sin menoscabar gravemente el valor de la libertad de expresión, siempre recordando que el anonimato, por mucho que nos puede molestar, históricamente ha sido una necesidad para luchar contra la injusticia y la arbitrariedad del poder, y por ese motivo es un derecho sagrado en cualquier democracia. Pero hay otra manera de atajar esta cuestión, que consiste en poner, desde el poder, el buen ejemplo.
 
Imaginen ustedes, por ejemplo, que yo me dirigiera al columnista Vallejo en un tono airado, acusándolo gratuitamente de engreimiento y esnobismo, burlándome de sus imaginadas pretensiones de "intelectualidad" y profiriendo insultos tipo "ridiculez existencial", "pensamiento derrotado" y "ridículo escritor de columnas" Qué mensaje daría esto a los lectores y al país? O ¿qué tal si el Presidente Correa, en lugar de adoptar su acostumbrada actitud de cortés indiferencia ante las burlas y la provocación, se dedicara a nombrar y a agredir con áspero sarcasmo a todo aquel que en la redes sociales haya dicho algo de su desagrado? Evidentemente, tal proceder de parte de las autoridades les daría alas a todas aquellas mentes superficiales que ven en la política un ejercicio de adhesiones y enfrentamientos tribales, un juego de hostilidades soterradas donde el "ganador" siempre será el más hiriente, el más sarcástico, el más vil, el más utilizador de comillas sarcásticas, o llanamente el que más terror infunde. En un país así, con las susceptibilidades exacerbadas desde la autoridad misma, no sería de extrañar que algún día, algún enfermo se dedicara a publicar montajes de fotografías desnudas de alguna mujer políticamente "enemiga", o que a algún desequilibrado se le ocurriera enviar cartas de amenaza a un supuesto opositor, así sea un simple bromista o buontempone. En un país así, y lo digo tajantemente, y no quisiera vivir. Por eso hemos cultivado, y creo que en esto puedo hablar por todo el gobierno, una actitud de respeto, un espíritu conciliador y un talante para el diálogo, que hasta nuestros más radicales opositores nos han tenido que reconocer.
 
Por eso le digo al Sr Vallejo: si en las redes sociales se producen algunos lamentables excesos, la culpa no creo que estribe en nosotros. Pero en todo caso, si él cree que los que ocupamos puestos de responsabilidad deberíamos actuar de otra manera, agradecería sinceramente sus mayores precisiones al respecto. Todos tenemos algo que aprender del punto de vista del otro, sin duda.
 
Respetuosamente,
 
FEXNANXO ALXARAXO EXPINEX

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Repito por si no quedó suficientemente claro: la que acabo de reproducir es la carta de Fernando Alvarado NO escribió. La que SÍ escribió es ésta de aquí.

Comments

  1. Pienso, que despues de todo, si tiene el cinismo necesario para escribir esta carta sin tener que recoger la cara del piso con esponja.
    Tal vez, lo que lo hubiera atemorizado es la posibilidad de que su jefe no entienda el sarcasmo y la ironia, y considere su carta una critica antes que una burla descarada.
    Eso, despues de todo, mete miedo.

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