A Brief History of No Time

La semana pasada impartí 55 horas de clase. Pasé 11 horas en la carretera conduciendo. Pasé 5 horas comiendo en la carretera entre clases. Pasé 14 horas en espera entre clase y clase (imposible regresar a casa), haciendo preparación o simplemente fumando en el asiento conductor del vehículo. Creo que esto más o menos suma mi cuota de horas de vela, es decir, sumando a todo esto el sueño necesario para poder seguir trabajando ya se ha rendido cuenta de toda la semana (creo que en algún rato también me habré duchado, por lo menos lo espero.) Lo más doloroso de esta semana ha sido no poder ver a mi hijo, de 11 meses recién cumplidos, excepto a primera hora de la mañana y a última de la noche, siempre dormido, como también ahora. Mi mujer dice que ahora casi casi camina. Y ya sabe llamar a los autobuses con la mano.

Es por todo esto que desconfío de la ahora tan en boga “democracia participativa”. Por si acaso, no creo que mi horario laboral sea gran cosa, seguramente hay gente que trabaja muchas más horas que yo y con menos incentivos (mi cuñada que labora en una camaronera: cuando comparas las condiciones – pésimas - y el horario - 72 horas semanales - con el salario - $200 mensuales - es para llorar), pero lo evidente es que hasta tratándose de alguien tan vago y cómodo como este servidor, las ecuaciones físicas y cronométricas simplemente no sustentan, de ninguna manera, la posibilidad de “participar” en ese estercolero que aquí se dice “la política”. Creo que es lícito afirmar que una persona normal que tenga que trabajar para vivir, y más en este país donde los salarios son tan irrisorios, no tiene la más mínima posibilidad de “participar” de modo alguno en nada que no sea el sustento de su familia: mucho hace echando un breve vistazo a los titulares en el quiosco por el camino cada día. Lo que significa que si hay “democracia participativa”, es decir, un sistema político donde se premie y se priorice el activismo, es evidente que los escuchados serán los vagos, los inservibles, los enajenados y los privilegiados de toda índole, pero en ningún caso los que realmente producen y llevan adelante la economía del país, pues éstos simplemente no tienen tiempo.

Pero ¿no es esto lo que hay también en la denominada “democracia representativa”: una casta de ociosos privilegiados que nada saben de las realidades del país que pretenden gobernar? Pues claro. La diferencia es que de esa supuesta “democracia” todos reconocíamos los fallos, que aquí hace tiempo se resumen con la palabra “partidocracia”: nadie ya era tan ignorante como para suponer que los “representantes” que tenían en el Congreso los representaban de alguna manera, y por tanto, lo normal en este país era hacer caso omiso de sus ridículas decisiones, y en caso de necesidad o de que se excedieran notablemente en sus funciones, echarlos del poder a patadas. En cambio, con la excusa de que ahora todo el mundo “puede participar”, creándose pintorescos movimientillos y exigiendo cuotas y paridades, y de que ahora sí tenemos una “verdadera democracia”, ese mundillo hediondo de la política quiere y querrá engullirnos a todos, meter mano en nuestros bolsillos y hasta husmear en nuestra vida privada (última noticia: “lo personal es político”. Lo volverán a escuchar, créanme). Es decir, lo malo de la democracia participativa no es solamente el hecho de que otorga protagonismo a gente a la que nadie ha elegido (nadie fuera de sus propios “movimientos” defecatorios, se entiende), sino que además, pretende proteger el sempiterno abuso del poder dando a los tiranos de siempre una falsa legitimidad derivada de ese supuesto acervo de activismo apasionado cuyas correas y resortes ellos manejan con suma agilidad. Todo ello me recuerda ese Londres de Livingstone de mi juventud, donde según la prensa malhablada se concedían cuantiosos fondos municipales a grupos y “movimientos” con nombres tan deliciosos como “Caucus Trosquista-Vegetariana de Lesbianas Tuertas por la Libertad del Sahará”. La prensa exagera, desde luego, pero en fin: con esta nueva constitucioncilla en la mano, ¿por qué no?

Lo que hay ahora, claro está, es un gobiernillo todavía verde de académicos que no se dan cuenta de adónde puede llegar la deformación popular de sus ingenuos ideales de biblioteca. Hasta algunos, como ese Bustamante otrora defensor de las libertades individuales y del derecho a la privacidad, todavía siguen inmersos y ensimismados dentro de su particular viaje místico hacia la incoherencia absoluta y la humillación personal. Da pena, no digan que no.

Mientras tanto, sigo en la brecha, soñando con esas vacaciones de ¡una semana entera! que hace 4 años todavía no he podido tener, y con ver a mi bebé de día en algún momento, y con tener tiempo para ojear en los anuncios a ver si en otro país hay trabajo (me atrae Costa Rica, suena rica), y con tener tiempo para escribir algo aquí que realmente tenga sentido, algo (por ejemplo) sobre esos rincones, esos momentos entre cansancio y cansancio, entre desesperanza y desesperanza, entre humillación y humillación, esos momentos de refugio que antaño me llevaban a fumar fuera del recinto de los Ornitorrincos del Saber y ahora en la calle, en el asiento del carro, esos breves y fugaces encuentros con otras realidades todavía por explorar.

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