"Long is the road that takes you from home"
Hay lugares, todavía, que pertenecen a ese otro mundo, el de la infancia, el cual a diferencia del que ahora tengo alrededor, es más grande que mi imaginación. Veamos:
En el mundo éste donde vivimos (tú también, caso contrario no estuvieras aquí), las mujeres tienen un repertorio de 127 expresiones faciales (ojo, a partir del 89 son pornografía), y los hombres teóricamente 15, de los que 11 son asignadas y los restantes 4 reservadas para implementaciones futuras. Claro que hay mucho más que eso (pregunten si no a Paul Ekman), pero son los que nosotros, los de la secularmente puteada clase obrera con nuestra limitada educación, podemos y sabemos ver. Eso significa que al cumplir la mayoría de edad, es decir sobre los 40 años (antes si dices NO a las drogas) ya has visto todo lo que la cara humana, por ende la tuya, actualmente puede enseñarte. Además, todas esas expresiones están anotadas y clasificadas, aunque los legos las esparcimos torpemente entre adjetivos, filosofías, tendencias políticas y fantasías sexuales; y es por eso, por nuestra incompetencia analítica, que tardamos en darnos plena cuenta de nuestras crueles limitaciones (pregunten si no a un animador de Pixar: ellos trabajan con un conjunto algo más reducido de expresiones faciales, pero las conocen todas, es su oficio). Entonces, como digo, ya no nos queda más que repetir, repetir y combinar, buscar esa exquisita ensalada de sobresalto de heroína serie B con ojos de malcasado (redundancia perfecta en una sola palabra, gracias), es decir un 27 con un 44 (Ekman trabajaba en un chino de jovencito), aunque haya que ir a Yemen a vender armas, o leerse una novela de AS Byatt, para conseguirlo. Es decir, sólo nos queda, a esas alturas, desparpajo y sampling.
Claro que el problema en todo esto es que podemos imaginar muchas más expresiones que las que podemos reproducir. (Leerte Lucky Jim de un tirón ayuda: se ha demostrado imposible leer eso en un tren sin asustar a los co-pasajeros con conatos de Edith Sitwell y similares.)
Cuando yo tenía la edad del pavo, del acné y los primeros encuentros furtivos con la nicotina, mi hermana mayor ya estaba saliendo con un tipo. Él le sobrepasaba largamente en años (¿hace falta decirlo?), sincronizaba debidamente su melena con la de Rick Wakeman, y escuchaba a los Moody Blues (alguien en nuestra ciudad tuvo que hacerlo). Para más inri, era poetastro, y tenía amigos adictos a los túmulos y a los arcana de los mapas Ordnance Survey, al igual que yo. Mi hermana a esa edad “descubría” la música preferida de cada novio recién estrenado, y yo tras ella (de ahí, algo más adelante, mis tendencias Deadhead): fue por eso que teníamos en casa ese execrable álbum que hicieron los dos elementos químicamente activos de los Moody, es decir el epónimo de los Blue Jays. Lo tengo metido ahora en la unidad CD de mi portátil. ¿Por qué?
Pues evidente, porque ese tipo un día me invitó a comer un chino.
Me explico. Mientras ellos dos salían juntos, iban a reuniones del club de poetas, etcétera, yo me encontraba habitualmente acostado en mi habitación de niño neoliberal, ese “Room of One’s Own” hedionda a subproductos masturbatorios (todavía no a vodka ni a tabaco, mis padres aun no se habían divorciado). ¿Qué hacía ahí? Pues evidente, masturbarme, pero ¿qué más?
Cuesta confesarlo, pero esa música burda, sensiblera y cursilonamente romántica me tenía aturdido, embelesado, angustiado.
A esa edad todavía no tenía “criterios formados”, en especial me faltaba el descubrimiento de que, como acostumbro decir ahora, “la música no expresa nada”. En ese entonces pensaba que esos trucos que tienen los compositores, hasta los malos compositores, para manipular tus emociones tenían algo que ver con las realidades vividas, que primero uno vivía, luego a base de vivencias sentía, y luego expresaba lo sentido en forma de paisajes de notas y acordes. ¿Realmente creía eso? ¿Realmente era tan tonto? ¿O no sería que, de una manera confusa, creía que, con independencia del génesis de la pieza musical (irrelevante), una canción que canturreaba de amores, de largos caminos hacia lo desconocido, de punzantes recuerdos, de mares tormentosos, y que engalanaba al acto sexual con sedosos eufemismos de a $20 el metro, necesitaba, para poder disfrutar de ella con propiedad, que uno hubiera vivido “algo parecido” en carne propia? Sea como sea, escuchar esas canciones románticas y saber que mi hermana estaba viviendo un romance que le prestaba un sentido a cada palabra melosamente cantada, mientras yo estaba condenado a no conocer nunca nada de eso, me producía una lírica desesperación, la que más adelante me llevé de paseo, cual perro lacayo, concretamente a las costas de Cornualles y a las islas Scilly.
Ya. Creo que en todo país los padres tienen urdida alguna manera socialmente aceptable de deshacerse de los hijos durante unas semanas. En Inglaterra tenemos la ventaja de que los niños varones son bastante marcianitos, se entusiasman con pasatiempos tan crípticos como apuntarse el número de serie de cada tren que pasa por debajo de un puente cerca de casa (trainspotting), o se dedican a espiar pájaros con unos viejos prismáticos militares prestados al tío Henry (twitching). En mi caso la afición por la ornitología llegó desde muy pequeño a extremos insólitos, por lo que a mis padres se les ocurrió mandarme dos veces al año a algo parecido a las conocidas “convivencias” españolas, sólo que convivencias de repugnantes retoños chiflados por los pájaros. Lo que en otro país se viera tal vez como un castigo cruel, pasar dos semanas en las costa de Norfolk, durmiendo sobre madera y levantándome a las cinco para ir a caminar cuarenta kilómetros sobre unos acantilados en pleno invierno, con un viento gélido, una manzana y un emparedado de spam, para mí era un privilegio. En este caso, sin embargo, a la edad que tenía ya no me interesaba tanto completar mi lista de 440 aves autóctonos vistos y marcados. Me interesaba más imaginar cómo sería vivir un romance, qué tal sería tener a alguien que quisiera compartir secretos conmigo (para muchos adolescentes, hasta para alguno varón, el amor es eso, compartir secretos), y sobre todo, cómo uno se debería sentir de importante sabiendo que las letras de esas canciones tenían algo que ver con tu vida. En fin, ¿qué tal tener una vida, una de verdad? Apenas lo podía imaginar, pero tal vez precisamente por eso, tenía esa música grabada en mi cabeza. Y allá en Cornualles, no pasaba ni un segundo sin que estuviera tocando en mi cerebro, de esa manera suya, intensa, pomposamente orquestada. Ni con la vista de un red-backed shrike se paraba esa banda sonora silenciosa.
Más adelante, mi hermana se separó de ese novio, porque había encontrado a otro un poco más macho (tenía el pelo zambo y las manos más peligrosas, conducía moto y era aficionado a los Grateful Dead). El poetastro, que no entendía nada de nada, quiso averiguar si había un rival, y entonces me invitó a comer en un restaurante chino.
Creo que fue la primera vez en mi vida en que alguien parecía interesarse por lo que yo le decía. (Posiblemente la última, también.)
Realmente, era buen tipo. Muchos años más tarde, durante una corta visita de nostalgia, le vi despachando en la librería principal de la ciudad. No me reconoció, y decidí que era mejor así. Pero a ese tipo, sí lo había admirado, en su día. Era como un perro de esos grandes, melenudos, un poco tontos, extra fieles. Que sus versos fueran abominables no era culpa suya. Y teníamos una afición en común: los mapas. Creo que en ese chino hasta me había dicho “seremos amigos”. La amistad no duró más que unos segundos después de pagar el Chop Suey, claro. Me había sacado lo que necesitaba. Pero fui a casa creyéndomelo.
¡Bonito!
Claro que fue el sabor de la comida china, que no conocía salvo bajo el avatar de las comidas instantáneas Vesta (Just Add Water, Bung On Kids’ Plates, Bugger Off To The Pub) fue el toque. De la noche a la mañana me convirtió en hedonista para toda la vida. El glutamato monosódico con azúcar y carne no sé si de gato fue mi particular camino a Damasco.
En el mundo éste donde vivimos (tú también, caso contrario no estuvieras aquí), las mujeres tienen un repertorio de 127 expresiones faciales (ojo, a partir del 89 son pornografía), y los hombres teóricamente 15, de los que 11 son asignadas y los restantes 4 reservadas para implementaciones futuras. Claro que hay mucho más que eso (pregunten si no a Paul Ekman), pero son los que nosotros, los de la secularmente puteada clase obrera con nuestra limitada educación, podemos y sabemos ver. Eso significa que al cumplir la mayoría de edad, es decir sobre los 40 años (antes si dices NO a las drogas) ya has visto todo lo que la cara humana, por ende la tuya, actualmente puede enseñarte. Además, todas esas expresiones están anotadas y clasificadas, aunque los legos las esparcimos torpemente entre adjetivos, filosofías, tendencias políticas y fantasías sexuales; y es por eso, por nuestra incompetencia analítica, que tardamos en darnos plena cuenta de nuestras crueles limitaciones (pregunten si no a un animador de Pixar: ellos trabajan con un conjunto algo más reducido de expresiones faciales, pero las conocen todas, es su oficio). Entonces, como digo, ya no nos queda más que repetir, repetir y combinar, buscar esa exquisita ensalada de sobresalto de heroína serie B con ojos de malcasado (redundancia perfecta en una sola palabra, gracias), es decir un 27 con un 44 (Ekman trabajaba en un chino de jovencito), aunque haya que ir a Yemen a vender armas, o leerse una novela de AS Byatt, para conseguirlo. Es decir, sólo nos queda, a esas alturas, desparpajo y sampling.
Claro que el problema en todo esto es que podemos imaginar muchas más expresiones que las que podemos reproducir. (Leerte Lucky Jim de un tirón ayuda: se ha demostrado imposible leer eso en un tren sin asustar a los co-pasajeros con conatos de Edith Sitwell y similares.)
Cuando yo tenía la edad del pavo, del acné y los primeros encuentros furtivos con la nicotina, mi hermana mayor ya estaba saliendo con un tipo. Él le sobrepasaba largamente en años (¿hace falta decirlo?), sincronizaba debidamente su melena con la de Rick Wakeman, y escuchaba a los Moody Blues (alguien en nuestra ciudad tuvo que hacerlo). Para más inri, era poetastro, y tenía amigos adictos a los túmulos y a los arcana de los mapas Ordnance Survey, al igual que yo. Mi hermana a esa edad “descubría” la música preferida de cada novio recién estrenado, y yo tras ella (de ahí, algo más adelante, mis tendencias Deadhead): fue por eso que teníamos en casa ese execrable álbum que hicieron los dos elementos químicamente activos de los Moody, es decir el epónimo de los Blue Jays. Lo tengo metido ahora en la unidad CD de mi portátil. ¿Por qué?
Pues evidente, porque ese tipo un día me invitó a comer un chino.
Me explico. Mientras ellos dos salían juntos, iban a reuniones del club de poetas, etcétera, yo me encontraba habitualmente acostado en mi habitación de niño neoliberal, ese “Room of One’s Own” hedionda a subproductos masturbatorios (todavía no a vodka ni a tabaco, mis padres aun no se habían divorciado). ¿Qué hacía ahí? Pues evidente, masturbarme, pero ¿qué más?
Cuesta confesarlo, pero esa música burda, sensiblera y cursilonamente romántica me tenía aturdido, embelesado, angustiado.
A esa edad todavía no tenía “criterios formados”, en especial me faltaba el descubrimiento de que, como acostumbro decir ahora, “la música no expresa nada”. En ese entonces pensaba que esos trucos que tienen los compositores, hasta los malos compositores, para manipular tus emociones tenían algo que ver con las realidades vividas, que primero uno vivía, luego a base de vivencias sentía, y luego expresaba lo sentido en forma de paisajes de notas y acordes. ¿Realmente creía eso? ¿Realmente era tan tonto? ¿O no sería que, de una manera confusa, creía que, con independencia del génesis de la pieza musical (irrelevante), una canción que canturreaba de amores, de largos caminos hacia lo desconocido, de punzantes recuerdos, de mares tormentosos, y que engalanaba al acto sexual con sedosos eufemismos de a $20 el metro, necesitaba, para poder disfrutar de ella con propiedad, que uno hubiera vivido “algo parecido” en carne propia? Sea como sea, escuchar esas canciones románticas y saber que mi hermana estaba viviendo un romance que le prestaba un sentido a cada palabra melosamente cantada, mientras yo estaba condenado a no conocer nunca nada de eso, me producía una lírica desesperación, la que más adelante me llevé de paseo, cual perro lacayo, concretamente a las costas de Cornualles y a las islas Scilly.
Ya. Creo que en todo país los padres tienen urdida alguna manera socialmente aceptable de deshacerse de los hijos durante unas semanas. En Inglaterra tenemos la ventaja de que los niños varones son bastante marcianitos, se entusiasman con pasatiempos tan crípticos como apuntarse el número de serie de cada tren que pasa por debajo de un puente cerca de casa (trainspotting), o se dedican a espiar pájaros con unos viejos prismáticos militares prestados al tío Henry (twitching). En mi caso la afición por la ornitología llegó desde muy pequeño a extremos insólitos, por lo que a mis padres se les ocurrió mandarme dos veces al año a algo parecido a las conocidas “convivencias” españolas, sólo que convivencias de repugnantes retoños chiflados por los pájaros. Lo que en otro país se viera tal vez como un castigo cruel, pasar dos semanas en las costa de Norfolk, durmiendo sobre madera y levantándome a las cinco para ir a caminar cuarenta kilómetros sobre unos acantilados en pleno invierno, con un viento gélido, una manzana y un emparedado de spam, para mí era un privilegio. En este caso, sin embargo, a la edad que tenía ya no me interesaba tanto completar mi lista de 440 aves autóctonos vistos y marcados. Me interesaba más imaginar cómo sería vivir un romance, qué tal sería tener a alguien que quisiera compartir secretos conmigo (para muchos adolescentes, hasta para alguno varón, el amor es eso, compartir secretos), y sobre todo, cómo uno se debería sentir de importante sabiendo que las letras de esas canciones tenían algo que ver con tu vida. En fin, ¿qué tal tener una vida, una de verdad? Apenas lo podía imaginar, pero tal vez precisamente por eso, tenía esa música grabada en mi cabeza. Y allá en Cornualles, no pasaba ni un segundo sin que estuviera tocando en mi cerebro, de esa manera suya, intensa, pomposamente orquestada. Ni con la vista de un red-backed shrike se paraba esa banda sonora silenciosa.
Más adelante, mi hermana se separó de ese novio, porque había encontrado a otro un poco más macho (tenía el pelo zambo y las manos más peligrosas, conducía moto y era aficionado a los Grateful Dead). El poetastro, que no entendía nada de nada, quiso averiguar si había un rival, y entonces me invitó a comer en un restaurante chino.
Creo que fue la primera vez en mi vida en que alguien parecía interesarse por lo que yo le decía. (Posiblemente la última, también.)
Realmente, era buen tipo. Muchos años más tarde, durante una corta visita de nostalgia, le vi despachando en la librería principal de la ciudad. No me reconoció, y decidí que era mejor así. Pero a ese tipo, sí lo había admirado, en su día. Era como un perro de esos grandes, melenudos, un poco tontos, extra fieles. Que sus versos fueran abominables no era culpa suya. Y teníamos una afición en común: los mapas. Creo que en ese chino hasta me había dicho “seremos amigos”. La amistad no duró más que unos segundos después de pagar el Chop Suey, claro. Me había sacado lo que necesitaba. Pero fui a casa creyéndomelo.
¡Bonito!
Claro que fue el sabor de la comida china, que no conocía salvo bajo el avatar de las comidas instantáneas Vesta (Just Add Water, Bung On Kids’ Plates, Bugger Off To The Pub) fue el toque. De la noche a la mañana me convirtió en hedonista para toda la vida. El glutamato monosódico con azúcar y carne no sé si de gato fue mi particular camino a Damasco.
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