El regalo no solicitado

Un día (siguiendo a Koestler, aunque de lejos), había un mono que estaba un poco harto de ser el último mono de la selva. Juntó sus dos manos (que no tenían pulgares oponibles, pero eso es otra historia) y se puso a rezar. “Oh. Dios Mono, por favor, concédeme el don de… bueno, no sé. Algún don. Quizás el don de saber qué chucha es eso que necesito que me concedas.”

Al poco tiempo, se durmió. Pasaron los minutos, y realmente tuvieron que ser unos cuantos minutos, tal vez centenares de ellos, en fin, el caso es que cuando se volvió a despertar había evolucionado: pongamos entonces que fueron realmente muchísimos minutos los que pasaron.

Al abrir los ojos, se dio cuenta de que algo extraño había sucedido. Para empezar, era un poco menos velludo y un poco más erguido de porte que antes. También era curioso constatar que las hembras de su especie eran bastante más guapas que lo que él recordaba. Pero lo que más le llamaba la atención era que se le había crecido notablemente el cráneo, hasta el punto que le pesaba y le daba ganas de atarse un trozo de tela alrededor del cuello para asegurarse de que no se le cayera por el peso. Además, dentro de ese cráneo había algo nuevo, algo cuya presencia le consternaba.

“Por favor,” le preguntó a un espectacular ejemplar femenino de Homo erectus que encontró paseando cerca de la entrada de su cueva, “quisiera que me ayude con algo.”

“Desde luego. ¿En qué puedo servirle?”

“Quiero saber por qué me pesa tanto la cabeza.”

“Ah. Claro. Es que usted lleva dentro eso que llaman el neocortex cerebral. No se preocupe usted: es de lo más “in” en estos momentos. Además es un buen invento, créame. Le permite pensar, y por ende, descubrir teoremas de trigonometría, escribir sonetos, o utilizar la observación y la intuición para determinar si soy una hembra fértil dispuesta a aparearme con el primer mamarracho que encuentro, o si por el contrario estoy a punto de romperle la cabeza con esta roca que llevo en la mano si no deja en este momento de importunarme con preguntas ridículas.”

“Ah,” dijo el mono, “gracias.” Y volvió a meterse en su cueva, pues le molestaba e­l sol.

Al cabo de pensárselo durante una media hora, todavía no le quedaba muy claro lo que ella había querido decir con lo de la roca. En cambio otra cosa sí era evidente: que este nuevo invento podía servir para algo realmente importante, todo era ponerse a investigarlo. Al cabo de otra media hora más, había encontrado la solución.

“Claro. “ dijo. “Este cerebro nuevo es un regalo del Dios Mono, y su función es ayudarnos a estafar al prójimo para conseguir ventajas y poderes sobre él, y en caso necesario, matarnos los unos a los otros.”

Y en ese momento preciso nació Homo sapiens.

Bueno, hasta acá llego con el “regalo no solicitado” que nos propone Koestler, junto a sus famosos tambores de guerra y su valiente pero ridícula solución química para la naturaleza humana. Efectivamente, tener un cerebro que en teoría es capaz de crear obras inmortales, de inventar dioses o de descubrir nuevos remedios para los males de la humanidad y usar sólo el 10% de ese precioso regalo y encima usarlo para… lo que yo lo uso, es un poco como tener una computadora con procesador Pentium y 2GB de RAM y usarla para… en fin, para lo que casi todos los varones, según estadísticas, la usamos. No nos merecemos estos regalos tan caros. Somos ridículos. Yo más que la mayoría, creo.

Lo cual me lleva al tema del Malecón.

Parece que el Dios Mono, o algo parecido, hace poco tiempo decretó que al despertarse de sus sueños ebrios, el guayaquileño de a pie (o casi, o a veces) se encontrara con un entorno “evolucionado”, diferente, espectacular, limpio, libre de malos olores y lleno de frondosos árboles, de cines en 3D y de tiendas de cámaras digitales. El único problema, según algunos, es que si bien el entorno había evolucionado, él no. Así que resultaba altamente necesario “educarlo”, y qué mejor manera de hacerlo que poner un cartelito indicándole que por favor, se comportara acorde con el lugar en que se encontraba, so pena de no encontrarse donde se encontraba. Que si en otro lado sentía la necesidad cultural de embarrarse la cara de mierda, de matar a sus vecinos a machetazos, de groseriar a todas las mujeres que viera y de ponerse a freír carne en medio de la calle, bien, ningún problema, pero que aquí no, pues si hacía esas cosas espantaba a los turistas, que eran especie protegida en aquel lugar (se los podía cazar, eso sí, pero sólo “por accidente”). Sin embargo, al Dios Mono autor del mencionado cartelito se le olvidó un pequeño detalle: que el guayaquileño de a pie (o casi, o a veces) no sabe leer (o si sabe, no es capaz de leer algo situado en el portal principal del lugar en donde se pasea con frecuencia semanal). Con lo cual, evidentemente el cartel no tuvo el más mínimo efecto, pues apenas nadie lo vio. Y sin embargo… por alguna misteriosa razón todas esas cosas “culturales” que el Dios Mono temía que iban a suceder, no sucedieron. Ni un solo masturbador silvestre: ni unita solitaria barbacoa. Nada. Lo único que se notaba es que la gente que iba ahí a besarse andaba un poco nerviosillos, pero para eso hay guardias, es decir seres superiores improvisadores de leyes y reglamentos, para que andemos un poco nerviosillos. Dicen que es bueno para la circulación.

¿Conclusiones? Son varias:

Que hasta el Dios Mono se equivoca a veces (lo cual se evidencia ya en la anterior historia). Que siempre hay la opción de regalarle a la gente aquello que realmente quieren y piden, que no cosas caras y sofisticadas que ni las entienden... o mejor todavía, regalarles la plata para que se compren lo que quieren, o mejor todavía (más barato) devolverles la plata que ellos nos regalaron el año pasado (eso, a escala nacional, se llama “descentralización”, y ya no está de moda por aquí por estas fechas, váyase a saber por qué. A mí me funciona de mil maravillas. Yo ando descentralizado como el que más, y mira). Pero sobre todo, que por ley natural insoslayable, las cosas más evolucionadas se chocan con las menos evolucionadas. Y no es que los unos tengan razón contra las otras, sino que simplemente, así son las cosas.

Yo, por ejemplo, me encuentro ahorita en una civilización requetevolucionada, llena de sofisticadas sexólogas cubanas, melifluos y almibarados comentaristas de El Telégrafo y charlatanes doctores en economía por la universidad de Quevaina (Bélgica), y sin embargo, tengo la sensación a veces de ser poco más que neandertal, pues me siguen gustando Los Chichos, las patatas bravas, las novelas de caballería o Westerns y las hembras de cadera ancha y piel tirando a morenilla. Hasta me masturbo a veces (pero no en los parques. ¿Sabes por qué? Por esos papagayos picotudos. No vaya a ser que…) En fin, qué le vamos a hacer. Soy así.

Y lo peor de todo es que creo que voy a ser así el resto de mi vida, pues tal como van las cosas y el trabajo, no creo que vaya a tener nunca tiempo suficiente para evolucionar acorde a ese extraño invento que colocaron en mi cabeza, esa cosa que dicen que hasta puede servir de calculadora y todo. Yo lo decía siempre a mis alumnos de los Ornitorrincos del Saber: si quieren hacer trampa en el examen, háganlo bien, miren, ahora hay un invento que pueden traerse al examen y ahí puedes grabar toda la información que necesites y acceder a ella secretamente durante el examen y nadie lo verá, es imposible de detectar. ¿Qué cosa es? Pues se llama cerebro. “Aah,” con tono de haber escuchado chiste malo. No, en serio… Pero la cosa no coló, y creo que sé por qué: porque el cerebro aunque buen invento lo malo es que no viene con manual ni Help File y parece que nadie o casi nadie lo sabe usar. No tiene los controles en el lugar acostumbrado, al menos para los usuarios de teléfonos móviles y computadoras portátiles, y dudo que nunca llegue a ser realmente popular entre la gente. En la próxima vida, quiero ser mono y tener tostadora.

And what would you rather be doing, Atkinson.

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