Reflexiones chusmológicas
"You know what the fellow said—in Italy, for thirty years under the Borgias, they had warfare, terror, murder and bloodshed, but they produced Michaelangelo, Leonardo da Vinci and the Renaissance. In Switzerland, they had brotherly love, they had five hundred years of democracy and peace—and what did that produce? The cuckoo clock." (Orson Welles)
Me hubiese gustado que mi estirpe fuera más ilustre.
De todos los animales que hay en la tierra, el que comparte conmigo el 98% de su material genético justamente tenía que ser el más innoble, el más cobarde, el más alevoso, el más chismoso, el más traidor, el más asesino, el más despreciable, el más feo. ¿Qué le hubiera costado a la evolución habernos hecho sucesores de los benévolos y sabios delfines, o de los orgullosos y despiadados halcones, o de los intrépidos y disciplinados lobos? Pero no, tuvimos que partir de una raza de simios, bárbaros, oportunistas y sanguinarios. De una raza, en suma, tribal, con todo lo que esto conlleva. Tenemos a flor de piel el instinto de emulación y el de la autoinmolación: somos hechos para postrarnos ante el encanecido jefe tribal, curtido en peleas y coleccionista de hembras, y para subsistir de mendrugos hurtados, corroídos por la envidia. También es cosa nuestra, al igual que de nuestros primos los chimpancés, el querer sacar puntos ante el jefe matando a algún forastero extraviado venido en son de paz, para llevarnos triunfales algún resto portátil de su pellejo a la fiesta de la tribu. Así somos de despreciables. Así, y peor: bastante peor. La vergüenza calla el resto.
Sin embargo, dicen, alguna vez hicimos alguna cosa notable. Sinfonías, poemas, gestas filantrópicas, teorías científicas de desalentadora belleza. Mentira. No hicimos nada de eso. Quien hizo todo eso fue, siempre, algún individuo solitario, con quien no tenemos más (ni menos) comunidad genética ni cultural que con Idi Amin, Pol Pot o Nikolae Ceausescu. “Nosotros”, es decir, la colectividad, la chusma, la democracia, no somos capaces sino de gritar, de corretear y pisotear a quien se nos ponga delante, de aullar nuestros prejuicios a la luna, de ver reality shows, de ahorcar del árbol más cercano a quien apercibimos como “diferente”. Muéstrenme, si no, la novela perdurable escrita por una asociación, la sinfonía hecha por un comité, la revolución tramada y ejecutada por la plebe sin próceres ni Dantones. Hasta los extremos del sistema solar están siendo infectados con el hedor y el griterío incoherente de nuestra incompetente y maliciosa colectividad. Y todo esto porque, presumiblemente, una progresiva simplificación de cualquier discurso en aras de la comunicabilidad masiva siempre termina con la misma oposición binaria e irreductible, la de nosotros y ellos, la que tiene olor a sangre fresca, sin que quepan (por lo difícil, por lo delicado) otros matices reveladores, a lo mejor, de una inteligencia primordial. Como dijo el sabio Koestler, por nuestra historia (colectiva) resuenan hasta nuestros días los tambores de la guerra.
Me acuerdo, sin embargo (cosa de viejos) de un tiempo en que los políticos intentaban educar a su público, luchaban por preservar algún vestigio de su idea civilizadora a través de los mares tormentosos de la divulgación y los avatares de la interpretación jerárquica.
Ahora (estuve escuchando a Correa esta mañana en su matinée radial) ya no hay ese esfuerzo. Demagogia fácil, panem (subsidiado) et circense, y basta. Si lo que el pueblo quiere es enemigos a quienes culpar, démosles enemigos, y a ser posible, metámosles entremeses de bromas y payasadas para amenizar el show. No importa que la economía y el consenso social del país se estén desmoronando. “Sonríe, Ecuador, pues tienen un vicepresidente que vive en otra galaxia”. Perdónenme si no le dedico más atención a este gobierno tabloide: realmente, no se lo merece. (Aparte, estoy jugando con el nuevo videojuego donde la Narcisita de Nobol se enfrenta a un gorila experto en karate. Guitarrazos a raudales, y con el botón derecho haces que se dé un latigazo en la espalda al tiempo que con la otra mano dispara su pistola láser. Apasionante.)
Otra cosa es que, a raíz de la crisis financiera mundial, en un blog amigo se esté discutiendo si el mercado, lo que es el mercado, puede “equivocarse” o no. Ahí sí veo enfrentamiento derivado de imprecisiones verbales, es decir, una simpática vieja que quiere cruzar la carretera. Veamos si no:
Mercado: suma de decisiones libres de seres humanos sobre intercambio de bienes y servicios. Que el ser humano como individuo es falible no creo que se pueda discutir; que en su accionar colectivo es atávico e irracional es notorio. Si el mercado tuviese atributos divinos de omnisciencia, de clarividencia, y de estricta racionalidad, Ecuador (con sus sesos de garza, sus babas de caracol, sus chulqueros fulminados, sus lúbricos pastores evangélicos, sus vendedores de frutilla de a $2, sus taxistas violadores, sus curables males de ojo, sus barcelonistas empedernidos, sus dictadorzuelos populistas, sus santurronas taradas mentales y sus loterías orwellianas) simplemente dejaría de existir. Claro que el mercado se puede equivocar: lo hace constantemente. “Se equivoca” en tanto asigna precios surrealistas a mercancías que ningún ente racional quisiera ni que le fueran regaladas (para muestra un botón: Correa. El mercado electoral codició tanto el producto que lo pagó con su libertad. Y ¿qué hace el producto al final? baba de caracol). Pero ahí está el quid de la cuestión: no somos seres racionales. Ni siquiera cuando estamos solos, salvo a cortos intervalos (ayer, por ejemplo, conseguí pensar y actuar racionalmente durante casi cuatro minutos seguidos: el esfuerzo me dejó exhausto y anonadado por el resto del día). Esos precios, tan risibles para una hipotética inteligencia superior, sin embargo, no son arbitrarios para los involucrados en ese mercado, sino que nacen de una ley, la de la oferta y la demanda, a la que nadie hasta el momento ha conseguido sustraerse impunemente. Mientras haya demanda de baba de caracol, de poco servirá fijarle, desde las altas esferas, un “precio justo” de, digamos, 0.0001 centavos por tonelada, pues eso significará simplemente que se dejaría de recolectar (no ya de producir, pues los caracoles no pueden hacer otra cosa que babear, para muestra el mismo botón de antes), con lo que los devotos de la baba van y descubren los santos beneficios de los sesos de político al horno, y vuelta a empezar. Lo único acertado que se puede hacer para influir en ese precio delirante del producto que no sirve para nada (y ahora estamos de pleno en el tema de las hipotecas subprime) es… evolucionar. Es decir, dejar de hacer tonterías, por imitación al prójimo, como gastar lo que no tenemos, o comprar cosas sin saber lo que son ni lo que haremos si no nos hacen lo que se supone que tenemos que hacer. Un alumno mío lo dijo sucintamente: “no compro productos por Internet porque si no me dan lo que quiero, ¿a quién le pincho las ruedas de su carro?” En último término, para que el mercado funcione bien, tiene que haber en cada transacción alguien que dé la cara (el carro), es decir tiene que haber responsabilidad, tiene que haber a quién hacerle la vida imposible en caso de engaño o fraude. Por lo tanto, creo que no hay mejor educación para financieros camarones, como parece ser que tenemos en este caso, que venir a vivir en Ecuador, el paraíso de la irresponsabilidad universal.
En lo que va de estos cuatro años que llevo aquí, he prestado plata a dos cuñados diferentes, y a un taxista. Los cuñados no han devuelto nada: uno de ellos (el de los $800) ha dado instrucciones a su mujer para que, cuando conteste al teléfono, haga la loca y finja no escuchar nada. El taxista ($400) se disculpó varias veces, y luego se murió (eso dice él). Compré unas vacaciones en Panamá: no pudimos ir por un error de la agencia, pero no nos quiso devolver nada. La operadora del tour nos “dejó” ir en otro tour, y luego nos engañó y nos cobró lo que no correspondía. Ahora se hacen los desentendidos. A otro cuñado le presté un televisor para que vean los mundiales: ahora dice que “está dañado” y con esa excusa no lo quiere devolver. Mi carro lo presté a dos amigos de mi esposa: de pronto el aire no funciona, y hasta ahora he averiguado que el filtro del mismo se ha desvanecido por arte de magia. El carro está cubierto de abolladuras: la culpa en cada caso, según quienes llevaban el carro, era “del otro”. Tanto la radio del carro como un sinnúmero de objetos que había en la casa han sido robados en diferentes ocasiones. Así es este país. Las cosas se dañan o desaparecen, lo prestado nunca, nunca se devuelve, y “la culpa” siempre es de algún otro que no tiene dirección ni teléfono.
“La culpa”: entelequia inútil por ociosa. “La cara”: objeto ajeno más socorrido, en tanto puede ser partida en caso de irresponsabilidad crónica y reincidente.
Si para todos los banqueros financieros del mundo hubiera la obligación profesional de vivir un año en Ecuador, creo que los males actuales de la economía mundial no volvieran a ocurrir. Simplemente dejarían de creerle el cuento a nadie de que “se va a devolver” lo prestado. Los bancos dejarían de prestar dinero, por lo tanto no hubiera nunca crisis, y todos contentos (menos aquella gente que no pueden vivir sin pedir dinero prestado: es decir, la chusma. Que se jodan.)
Los de Wall Street, ésos que lloriquean y piden salvatajes millonarios: que se jodan. El sistema financiero mundial, toda esa gente que vive maravillosamente bien de lo que no tiene: que se joda.
“Nadie es imprescindible.”
Investigando un poco, veo que hay desde los años 60 un “Efficient Market Hypothesis”, según el cual el mercado financiero, no es que no se pueda equivocar, sino que sus equivocaciones representan lo mejor que se pueda esperar en un determinado momento con la información públicamente disponible: es decir, que el mercado sí se equivoca, pero ningún individuo puede superarlo, a menos que disponga de información privilegiada (véase: Pativideos), o que se llame George Soros. Paralelamente a esto, un tal James Surowiecki (periodista estadounidense) avanza la hipótesis, interesante por novela e anti-intuitiva, que los colectivos humanos en determinadas ocasiones sí pueden exhibir inteligencia. Su ejemplo estrella es de una feria de ganado en que cada persona, por separado, intenta adivinar el peso de un buey: resulta que el promedio de todas estas conjeturas es más acertado que cualquiera de ellos por separado, hasta más acertado que el mejor de los expertos. Pensándolo un poco, esto no resulta muy difícil de creer: lo que sí sería difícil de creer (y Surowiecki admite que no se da en realidad) sería que el resultado promedio fuera otra cosa que una tremenda equivocación en caso de que los participantes llegaran a una conjetura colectiva mediante un proceso de diálogo. Es decir, los colectivos (y por ende los mercados) sí pueden atinar, pero a condición de que ejerzan algo muy poco visto en la realidad, es decir independencia de juicio: que cada uno llegue a su decisión sin saber ni tener en cuenta lo que decide el otro.
Imaginen, por ejemplo, lo que se hubiese dado si la Asamblea Constituyente se hubiera organizado de la siguiente forma: cada asambleísta se encierra en una celda durante cuarenta días y cuarenta noches, comiendo sólo ceviche, chorizo y M&Ms, sin acceso a ninguna información exterior, sin poder comunicarse con nadie, dedicado exclusivamente a redactar su versión de la Constitución Ideal. Al final, todas estas versiones se comparan, y solamente los articulados comunes a todas se incluyen en el redactado final. No me digan que el resultado de tal proceso no hubiera sido muchísimo mejor.
Resumiendo los requisitos para que un colectivo exhiba inteligencia, según el mismo autor y pasado por el chino de wikipedia:
Evolucionemos, pues.
Me hubiese gustado que mi estirpe fuera más ilustre.
De todos los animales que hay en la tierra, el que comparte conmigo el 98% de su material genético justamente tenía que ser el más innoble, el más cobarde, el más alevoso, el más chismoso, el más traidor, el más asesino, el más despreciable, el más feo. ¿Qué le hubiera costado a la evolución habernos hecho sucesores de los benévolos y sabios delfines, o de los orgullosos y despiadados halcones, o de los intrépidos y disciplinados lobos? Pero no, tuvimos que partir de una raza de simios, bárbaros, oportunistas y sanguinarios. De una raza, en suma, tribal, con todo lo que esto conlleva. Tenemos a flor de piel el instinto de emulación y el de la autoinmolación: somos hechos para postrarnos ante el encanecido jefe tribal, curtido en peleas y coleccionista de hembras, y para subsistir de mendrugos hurtados, corroídos por la envidia. También es cosa nuestra, al igual que de nuestros primos los chimpancés, el querer sacar puntos ante el jefe matando a algún forastero extraviado venido en son de paz, para llevarnos triunfales algún resto portátil de su pellejo a la fiesta de la tribu. Así somos de despreciables. Así, y peor: bastante peor. La vergüenza calla el resto.
Sin embargo, dicen, alguna vez hicimos alguna cosa notable. Sinfonías, poemas, gestas filantrópicas, teorías científicas de desalentadora belleza. Mentira. No hicimos nada de eso. Quien hizo todo eso fue, siempre, algún individuo solitario, con quien no tenemos más (ni menos) comunidad genética ni cultural que con Idi Amin, Pol Pot o Nikolae Ceausescu. “Nosotros”, es decir, la colectividad, la chusma, la democracia, no somos capaces sino de gritar, de corretear y pisotear a quien se nos ponga delante, de aullar nuestros prejuicios a la luna, de ver reality shows, de ahorcar del árbol más cercano a quien apercibimos como “diferente”. Muéstrenme, si no, la novela perdurable escrita por una asociación, la sinfonía hecha por un comité, la revolución tramada y ejecutada por la plebe sin próceres ni Dantones. Hasta los extremos del sistema solar están siendo infectados con el hedor y el griterío incoherente de nuestra incompetente y maliciosa colectividad. Y todo esto porque, presumiblemente, una progresiva simplificación de cualquier discurso en aras de la comunicabilidad masiva siempre termina con la misma oposición binaria e irreductible, la de nosotros y ellos, la que tiene olor a sangre fresca, sin que quepan (por lo difícil, por lo delicado) otros matices reveladores, a lo mejor, de una inteligencia primordial. Como dijo el sabio Koestler, por nuestra historia (colectiva) resuenan hasta nuestros días los tambores de la guerra.
Me acuerdo, sin embargo (cosa de viejos) de un tiempo en que los políticos intentaban educar a su público, luchaban por preservar algún vestigio de su idea civilizadora a través de los mares tormentosos de la divulgación y los avatares de la interpretación jerárquica.
Ahora (estuve escuchando a Correa esta mañana en su matinée radial) ya no hay ese esfuerzo. Demagogia fácil, panem (subsidiado) et circense, y basta. Si lo que el pueblo quiere es enemigos a quienes culpar, démosles enemigos, y a ser posible, metámosles entremeses de bromas y payasadas para amenizar el show. No importa que la economía y el consenso social del país se estén desmoronando. “Sonríe, Ecuador, pues tienen un vicepresidente que vive en otra galaxia”. Perdónenme si no le dedico más atención a este gobierno tabloide: realmente, no se lo merece. (Aparte, estoy jugando con el nuevo videojuego donde la Narcisita de Nobol se enfrenta a un gorila experto en karate. Guitarrazos a raudales, y con el botón derecho haces que se dé un latigazo en la espalda al tiempo que con la otra mano dispara su pistola láser. Apasionante.)
Otra cosa es que, a raíz de la crisis financiera mundial, en un blog amigo se esté discutiendo si el mercado, lo que es el mercado, puede “equivocarse” o no. Ahí sí veo enfrentamiento derivado de imprecisiones verbales, es decir, una simpática vieja que quiere cruzar la carretera. Veamos si no:
Mercado: suma de decisiones libres de seres humanos sobre intercambio de bienes y servicios. Que el ser humano como individuo es falible no creo que se pueda discutir; que en su accionar colectivo es atávico e irracional es notorio. Si el mercado tuviese atributos divinos de omnisciencia, de clarividencia, y de estricta racionalidad, Ecuador (con sus sesos de garza, sus babas de caracol, sus chulqueros fulminados, sus lúbricos pastores evangélicos, sus vendedores de frutilla de a $2, sus taxistas violadores, sus curables males de ojo, sus barcelonistas empedernidos, sus dictadorzuelos populistas, sus santurronas taradas mentales y sus loterías orwellianas) simplemente dejaría de existir. Claro que el mercado se puede equivocar: lo hace constantemente. “Se equivoca” en tanto asigna precios surrealistas a mercancías que ningún ente racional quisiera ni que le fueran regaladas (para muestra un botón: Correa. El mercado electoral codició tanto el producto que lo pagó con su libertad. Y ¿qué hace el producto al final? baba de caracol). Pero ahí está el quid de la cuestión: no somos seres racionales. Ni siquiera cuando estamos solos, salvo a cortos intervalos (ayer, por ejemplo, conseguí pensar y actuar racionalmente durante casi cuatro minutos seguidos: el esfuerzo me dejó exhausto y anonadado por el resto del día). Esos precios, tan risibles para una hipotética inteligencia superior, sin embargo, no son arbitrarios para los involucrados en ese mercado, sino que nacen de una ley, la de la oferta y la demanda, a la que nadie hasta el momento ha conseguido sustraerse impunemente. Mientras haya demanda de baba de caracol, de poco servirá fijarle, desde las altas esferas, un “precio justo” de, digamos, 0.0001 centavos por tonelada, pues eso significará simplemente que se dejaría de recolectar (no ya de producir, pues los caracoles no pueden hacer otra cosa que babear, para muestra el mismo botón de antes), con lo que los devotos de la baba van y descubren los santos beneficios de los sesos de político al horno, y vuelta a empezar. Lo único acertado que se puede hacer para influir en ese precio delirante del producto que no sirve para nada (y ahora estamos de pleno en el tema de las hipotecas subprime) es… evolucionar. Es decir, dejar de hacer tonterías, por imitación al prójimo, como gastar lo que no tenemos, o comprar cosas sin saber lo que son ni lo que haremos si no nos hacen lo que se supone que tenemos que hacer. Un alumno mío lo dijo sucintamente: “no compro productos por Internet porque si no me dan lo que quiero, ¿a quién le pincho las ruedas de su carro?” En último término, para que el mercado funcione bien, tiene que haber en cada transacción alguien que dé la cara (el carro), es decir tiene que haber responsabilidad, tiene que haber a quién hacerle la vida imposible en caso de engaño o fraude. Por lo tanto, creo que no hay mejor educación para financieros camarones, como parece ser que tenemos en este caso, que venir a vivir en Ecuador, el paraíso de la irresponsabilidad universal.
En lo que va de estos cuatro años que llevo aquí, he prestado plata a dos cuñados diferentes, y a un taxista. Los cuñados no han devuelto nada: uno de ellos (el de los $800) ha dado instrucciones a su mujer para que, cuando conteste al teléfono, haga la loca y finja no escuchar nada. El taxista ($400) se disculpó varias veces, y luego se murió (eso dice él). Compré unas vacaciones en Panamá: no pudimos ir por un error de la agencia, pero no nos quiso devolver nada. La operadora del tour nos “dejó” ir en otro tour, y luego nos engañó y nos cobró lo que no correspondía. Ahora se hacen los desentendidos. A otro cuñado le presté un televisor para que vean los mundiales: ahora dice que “está dañado” y con esa excusa no lo quiere devolver. Mi carro lo presté a dos amigos de mi esposa: de pronto el aire no funciona, y hasta ahora he averiguado que el filtro del mismo se ha desvanecido por arte de magia. El carro está cubierto de abolladuras: la culpa en cada caso, según quienes llevaban el carro, era “del otro”. Tanto la radio del carro como un sinnúmero de objetos que había en la casa han sido robados en diferentes ocasiones. Así es este país. Las cosas se dañan o desaparecen, lo prestado nunca, nunca se devuelve, y “la culpa” siempre es de algún otro que no tiene dirección ni teléfono.
“La culpa”: entelequia inútil por ociosa. “La cara”: objeto ajeno más socorrido, en tanto puede ser partida en caso de irresponsabilidad crónica y reincidente.
Si para todos los banqueros financieros del mundo hubiera la obligación profesional de vivir un año en Ecuador, creo que los males actuales de la economía mundial no volvieran a ocurrir. Simplemente dejarían de creerle el cuento a nadie de que “se va a devolver” lo prestado. Los bancos dejarían de prestar dinero, por lo tanto no hubiera nunca crisis, y todos contentos (menos aquella gente que no pueden vivir sin pedir dinero prestado: es decir, la chusma. Que se jodan.)
Los de Wall Street, ésos que lloriquean y piden salvatajes millonarios: que se jodan. El sistema financiero mundial, toda esa gente que vive maravillosamente bien de lo que no tiene: que se joda.
“Nadie es imprescindible.”
Investigando un poco, veo que hay desde los años 60 un “Efficient Market Hypothesis”, según el cual el mercado financiero, no es que no se pueda equivocar, sino que sus equivocaciones representan lo mejor que se pueda esperar en un determinado momento con la información públicamente disponible: es decir, que el mercado sí se equivoca, pero ningún individuo puede superarlo, a menos que disponga de información privilegiada (véase: Pativideos), o que se llame George Soros. Paralelamente a esto, un tal James Surowiecki (periodista estadounidense) avanza la hipótesis, interesante por novela e anti-intuitiva, que los colectivos humanos en determinadas ocasiones sí pueden exhibir inteligencia. Su ejemplo estrella es de una feria de ganado en que cada persona, por separado, intenta adivinar el peso de un buey: resulta que el promedio de todas estas conjeturas es más acertado que cualquiera de ellos por separado, hasta más acertado que el mejor de los expertos. Pensándolo un poco, esto no resulta muy difícil de creer: lo que sí sería difícil de creer (y Surowiecki admite que no se da en realidad) sería que el resultado promedio fuera otra cosa que una tremenda equivocación en caso de que los participantes llegaran a una conjetura colectiva mediante un proceso de diálogo. Es decir, los colectivos (y por ende los mercados) sí pueden atinar, pero a condición de que ejerzan algo muy poco visto en la realidad, es decir independencia de juicio: que cada uno llegue a su decisión sin saber ni tener en cuenta lo que decide el otro.
Imaginen, por ejemplo, lo que se hubiese dado si la Asamblea Constituyente se hubiera organizado de la siguiente forma: cada asambleísta se encierra en una celda durante cuarenta días y cuarenta noches, comiendo sólo ceviche, chorizo y M&Ms, sin acceso a ninguna información exterior, sin poder comunicarse con nadie, dedicado exclusivamente a redactar su versión de la Constitución Ideal. Al final, todas estas versiones se comparan, y solamente los articulados comunes a todas se incluyen en el redactado final. No me digan que el resultado de tal proceso no hubiera sido muchísimo mejor.
Resumiendo los requisitos para que un colectivo exhiba inteligencia, según el mismo autor y pasado por el chino de wikipedia:
- Diversidad de opinión
- Independencia de juicio
- Descentralización (especialización, acceso a conocimientos “locales”)
- Agregación (es decir que exista un mecanismo que promedie los juicios indIviduales)
Evolucionemos, pues.
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