¿Quiero? ¡Difiero!
Contemplo los rostros impávidos de tantos santos que en el mundo han sido. Ellos, cómodamente blindados contra todo tipo de infortunio por la muerte o la simple inexistencia (hay recovecos del santoral abarrotados de santos de fábula, esos Jorges luchando contra monstruos de tebeo, esas Catalinas de Alejandría chorreando leche desnatada pascual) no son presa fácil para la ira, el cansancio ni la pena, pasiones que todavía nos sacuden a los simples mortales. Ellos, seguros y bonitos dentro de su iconografía, no tienen por qué entendernos, y la mayoría prefieren no hacerlo, por exigencias del guión y del oficio. Las butacas no son para ellos: se aferran a sus atributos (sus patricios tomos, sus preciosos globos terráqueos de diseño) con psicópata tesón de serpientes. Ensimismados por el olor a incienso, desde el cielo nos inescrutan.
Claro que alguno hay que salva a la categoría, mostrando alguna insospechada vertiente humana dentro de una biografía demasiado reciente y sorpresivamente poco polvorienta. La Narcisa, por ejemplo, la que a su nombre tanto honor hace. Ella nació - casi excusado decirlo, a estas alturas - con una clara vocación de dominatrix: en un mundo justo, de los que no hay y nunca habrá, su casucha de Nobol hubiera sido parador obligatorio para miles de hombrecillos y obispuchos masoquistas que hubieran encontrado allí cornucopia de azotes, de mamporros y de raudas y feísimas injurias pronunciadas con ese inconfundible trueno de mal dormida que tenía, para gozo y espanto del vecindario. Sucedió, claro, que topó con la iglesia antes que con el divino marqués, se le torció el don, y tuvo que contentarse con la autoflagelación narcisista, siendo malgastado todo ese valiosísimo mal humor y mala hostia de niña fea en historietas de púas, de cilicios e insensatas crucifixiones de boudoir. La muerte no perdona, y héla aquí con cara de sorbete de limón delante de la entrada de la Iglesia de San Peluconezzi en La Puntilla, donde hace un par de días fui a una misa requiem en honor a algún desconocido de mi mujer. Puedo recomendar el pastel de chocolate ($1.50 la tajada, a bit steep, pero ya), en cambio el texto del sermón ni fu ni fa, lo mismo que la grey (allá va Lapentti, etcétera, dice mi mujer con voz mundana y golosa), lo mismo que el decorado (laodiceo total), y ni qué decir del concepto general (un bodrio grecojudeo de culpas y canibalismos). La Violeta de Nobol se equivocó de espalda, eso es todo, y ahora tiene que cargar con las consecuencias, y ser santa en vez de haber vivido, edificar en vez de inspirar. Pobrecilla.
A medida que uno se hace viejo, se vuelve un poco santo también, eso es casi lo peor que tenemos los viejos. En lugar de pelearnos con esa gorda horrorosa que se nos cuela delante de caja en la estación de servicios On The Run, nos desquitamos con nuestra propia carne, esa carne irónica y arrugada, blanda y blanquecina de pollo vividor que cargamos disculpatoriamente por doquier, comiendo basura con ojos místicos detrás de un parabrisas enmohecido. Sólo a veces nos da, todavía, ganas de llorar, y no por mucho rato. Hay demasiado trabajo, familia, niños, mentiras, noticias, matrículas y medicinas por tomar.
Yo, personalmente, nunca gasté ni un centavo que no tenía. No lo hice porque gastarse o consumirse lo que uno no tiene es algo que considero (cuando me da por pensar en ello) inmoral, irresponsable, y será así porque me lo dijo una maestra que tenía, la más odiada por cierto, la que siempre decía "sé buen ama de casa, no compres refrigerador si no tienes la plata, y por cierto, la sociedad no existe, y por cierto, me cago en todo tu puto linaje" (ahora es recordada con cariño y gruesos alfileres). Cuando otros compañeros míos de jóvenes se hipotecaban hasta el páncreas para poder gozar de la santidad anticipada y cagarse en las clases obreras, media-bajas y diferidas con sólo cuarenta tacos a cuestas, yo vivía de alquiler en (1) un apartamentucho de mala muerte, y (2) algo más tarde, en un primer piso de ensueño con enorme terraza, plantas y detalles en pino barnizado. Siempre de alquiler, siempre pagando por anticipado, siempre pobre (pero con loros). Por eso, hay lugares de mi conciencia (moral) que ni he usado, ni mucho menos manchado. Siempre fui sencillo, demasiado sencillo. Ingenuo dirían algunos.
Ahora, me dicen que por ahí no sé dónde hay una crisis financiera mundial, y para más inri, que todo se debe a esa gente (personajillos, corporaciones, gobiernos) que compra con lo que no tiene. Esa gentuza que dice "mi casa" cuando no está pagado ni el excusado, ésa que dice "quiero: difiero :-)" con sonrisilla de koala arrecho desde su cursilonería flotante en la Piscina Mediterránea. Ahora, yo tiendo a despachar a las crisis de cualquier tipo del mismo modo que el rabo de la vaca hace con los mosquitos, es decir, cuando me acuerdo las espanto, y cuando no, pues que me chupen la sangre un rato, total, siempre hay más sangre y siempre más pasto de cagadas. El mundo es ancho y también quepo. Que se gasten lo que quieran, si por ahí les arde. Yo nunca estuve seguro de merecerme lo poco que me pagan, si digo la verdad: lo único que puedo decir es que no he robado, pero no lo digo porque entonces todos los ángeles y todos los santos alzan su voz en un estruendoso y unívoco ¿y qué? que retumba por los cielos de los cielos, lo que da un poco de vergüenza cuando hay compañía. Pero hay momentos cuando a uno se le olvida la santidad y tiene ganas de bajar el látigo y andar tras esos monigotes seráficos de quiero-difiero hasta sacarles una pinta de Rh+ y meterles un poco de sentido en la cabeza por unos milisegundos antes que lleguen los socorridos fagocitos del lugar común.
De veras, me pone de mal humor pensar que ellos vivieron sus mocedades mientras yo difería el vivir para no diferir los pagos, y que ahora, ya vividos, reclaman "crisis", lloriquean, exigen rescates y ni se disculpan por embadurnar las primeras páginas de mi diario con sus reverendas y malolientes cagadas. Pero lo peor, aquellos otros que llegaron tarde a la fiesta y quieren ahora, ahí están los 444 artículos, rebobinar para poder, ellos también, untarse el hocico a distancia tras una barrera farandulera de superioridades guevarescas, dejando que, de nuevo, los ingenuos de siempre les costeemos lo diferido. Ésos ya no son ni bebés: sino placenta, pura placenta. Que se descubran algún placer, chucha, algún nervio, algo por lo que pelearse en vez de luchar, luchar y luchar, famélica legión. Que coman un helado llevando cilicio, que midan el espacio entre nubes y suelo, que piensen y trabajen y dejen de joder al personal por una puta vez.
Ya. Me descargué. Vuelta a la santidad, y mañana será el mismo día.
Claro que alguno hay que salva a la categoría, mostrando alguna insospechada vertiente humana dentro de una biografía demasiado reciente y sorpresivamente poco polvorienta. La Narcisa, por ejemplo, la que a su nombre tanto honor hace. Ella nació - casi excusado decirlo, a estas alturas - con una clara vocación de dominatrix: en un mundo justo, de los que no hay y nunca habrá, su casucha de Nobol hubiera sido parador obligatorio para miles de hombrecillos y obispuchos masoquistas que hubieran encontrado allí cornucopia de azotes, de mamporros y de raudas y feísimas injurias pronunciadas con ese inconfundible trueno de mal dormida que tenía, para gozo y espanto del vecindario. Sucedió, claro, que topó con la iglesia antes que con el divino marqués, se le torció el don, y tuvo que contentarse con la autoflagelación narcisista, siendo malgastado todo ese valiosísimo mal humor y mala hostia de niña fea en historietas de púas, de cilicios e insensatas crucifixiones de boudoir. La muerte no perdona, y héla aquí con cara de sorbete de limón delante de la entrada de la Iglesia de San Peluconezzi en La Puntilla, donde hace un par de días fui a una misa requiem en honor a algún desconocido de mi mujer. Puedo recomendar el pastel de chocolate ($1.50 la tajada, a bit steep, pero ya), en cambio el texto del sermón ni fu ni fa, lo mismo que la grey (allá va Lapentti, etcétera, dice mi mujer con voz mundana y golosa), lo mismo que el decorado (laodiceo total), y ni qué decir del concepto general (un bodrio grecojudeo de culpas y canibalismos). La Violeta de Nobol se equivocó de espalda, eso es todo, y ahora tiene que cargar con las consecuencias, y ser santa en vez de haber vivido, edificar en vez de inspirar. Pobrecilla.
A medida que uno se hace viejo, se vuelve un poco santo también, eso es casi lo peor que tenemos los viejos. En lugar de pelearnos con esa gorda horrorosa que se nos cuela delante de caja en la estación de servicios On The Run, nos desquitamos con nuestra propia carne, esa carne irónica y arrugada, blanda y blanquecina de pollo vividor que cargamos disculpatoriamente por doquier, comiendo basura con ojos místicos detrás de un parabrisas enmohecido. Sólo a veces nos da, todavía, ganas de llorar, y no por mucho rato. Hay demasiado trabajo, familia, niños, mentiras, noticias, matrículas y medicinas por tomar.
Yo, personalmente, nunca gasté ni un centavo que no tenía. No lo hice porque gastarse o consumirse lo que uno no tiene es algo que considero (cuando me da por pensar en ello) inmoral, irresponsable, y será así porque me lo dijo una maestra que tenía, la más odiada por cierto, la que siempre decía "sé buen ama de casa, no compres refrigerador si no tienes la plata, y por cierto, la sociedad no existe, y por cierto, me cago en todo tu puto linaje" (ahora es recordada con cariño y gruesos alfileres). Cuando otros compañeros míos de jóvenes se hipotecaban hasta el páncreas para poder gozar de la santidad anticipada y cagarse en las clases obreras, media-bajas y diferidas con sólo cuarenta tacos a cuestas, yo vivía de alquiler en (1) un apartamentucho de mala muerte, y (2) algo más tarde, en un primer piso de ensueño con enorme terraza, plantas y detalles en pino barnizado. Siempre de alquiler, siempre pagando por anticipado, siempre pobre (pero con loros). Por eso, hay lugares de mi conciencia (moral) que ni he usado, ni mucho menos manchado. Siempre fui sencillo, demasiado sencillo. Ingenuo dirían algunos.
Ahora, me dicen que por ahí no sé dónde hay una crisis financiera mundial, y para más inri, que todo se debe a esa gente (personajillos, corporaciones, gobiernos) que compra con lo que no tiene. Esa gentuza que dice "mi casa" cuando no está pagado ni el excusado, ésa que dice "quiero: difiero :-)" con sonrisilla de koala arrecho desde su cursilonería flotante en la Piscina Mediterránea. Ahora, yo tiendo a despachar a las crisis de cualquier tipo del mismo modo que el rabo de la vaca hace con los mosquitos, es decir, cuando me acuerdo las espanto, y cuando no, pues que me chupen la sangre un rato, total, siempre hay más sangre y siempre más pasto de cagadas. El mundo es ancho y también quepo. Que se gasten lo que quieran, si por ahí les arde. Yo nunca estuve seguro de merecerme lo poco que me pagan, si digo la verdad: lo único que puedo decir es que no he robado, pero no lo digo porque entonces todos los ángeles y todos los santos alzan su voz en un estruendoso y unívoco ¿y qué? que retumba por los cielos de los cielos, lo que da un poco de vergüenza cuando hay compañía. Pero hay momentos cuando a uno se le olvida la santidad y tiene ganas de bajar el látigo y andar tras esos monigotes seráficos de quiero-difiero hasta sacarles una pinta de Rh+ y meterles un poco de sentido en la cabeza por unos milisegundos antes que lleguen los socorridos fagocitos del lugar común.
De veras, me pone de mal humor pensar que ellos vivieron sus mocedades mientras yo difería el vivir para no diferir los pagos, y que ahora, ya vividos, reclaman "crisis", lloriquean, exigen rescates y ni se disculpan por embadurnar las primeras páginas de mi diario con sus reverendas y malolientes cagadas. Pero lo peor, aquellos otros que llegaron tarde a la fiesta y quieren ahora, ahí están los 444 artículos, rebobinar para poder, ellos también, untarse el hocico a distancia tras una barrera farandulera de superioridades guevarescas, dejando que, de nuevo, los ingenuos de siempre les costeemos lo diferido. Ésos ya no son ni bebés: sino placenta, pura placenta. Que se descubran algún placer, chucha, algún nervio, algo por lo que pelearse en vez de luchar, luchar y luchar, famélica legión. Que coman un helado llevando cilicio, que midan el espacio entre nubes y suelo, que piensen y trabajen y dejen de joder al personal por una puta vez.
Ya. Me descargué. Vuelta a la santidad, y mañana será el mismo día.
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