Toulouse with grace

Prudish woman: Are you Monsieur Joyant?
Joyant: Yes, madame.
Prudish woman: You should be arrested. To hang such a thing on your wall! Look at this woman. She is undressing, with a man looking on! Disgusting!
Henri: Forgive me, madame, the lady is not undressing, she is dressing. The gentleman happens to be her husband. They are celebrating their twenty-seventh wedding anniversary. They are going to have dinner with their oldest son. He is a taxidermist. I am appalled that you should thus malign these good people. It goes to prove what I have always maintained, that evil exists only in the eye of the beholder. I will thank you to stop looking at my pictures.

(De una película)

Ya se nos acerca a paso acelerado esa celebración anual del mal gusto que cae tradicionalmente alrededor del solsticio invernal, y con ella, por lo menos en determinados países, la tradicional ronda de visitas a domicilio de parte de los vendedores de tarjetas que, ora acompañados de alguna notable idiosincrasia comunicacional, ora no, intentan colocarte tu ración de crismas caritativos en donde suele ser cuestión de admirar la heroicidad de esos artistas dizquepacitados que, a pesar de no tener uso de las manos, han conseguido, allí está la evidencia, pintar con un pincel sostenido en la boca o tal vez entre los deditos de los pies, con tanta destreza que el resultado parece obra de un artista normal, es decir, parece producto de una persona que conjuga un perfecto dominio manual con una absoluta falta de imaginación y originalidad. Generalmente, se trata de representaciones detalladas y comerciales de pájaros carpinteros, de bonitos paisajes invernales, de vidas muertas conformadas por juguetes navideños. La ejecución suele ser tan impecable como carente de personalidad y de estilo. La intención, evidentemente, es provocar que se multiplique a lo largo y ancho del país la misma predecible conversación:


- Ay, mira. La tía Laura nos ha mandado una tarjeta de Navidad de una fundación.
- ¿De qué fundación?
- No sé, mira, aquí dice “todas las tarjetas de la fundación Arcoíris-Batsabá son obra de pintores minusválidos y fueron pintados con la boca”. ¿No es maravilloso? Vea esto.
- Caramba, ¡pero si parece sacado de un libro!
- Te hace pensar, ¿verdad que sí? Es que a veces no nos damos ni cuenta de la suerte que tenemos.
- Sí, mijita, tienes toda la razón. A propósito, ¿cómo te fue ayer con Alejandro?
- Ay, Mamá. Ni que me preguntes.
- Vamos, niña. Seguro que sus insistentes manos se deslizaron traicioneramente por debajo de tu apretada falda, como capibaras sedientas, recorriendo suavemente tus firmes muslos, acercándose lentamente a tu sexo húmedo y palpitante de yogur y de deseo.
- Bueno, en realidad, lo que pasó fue que su enorme verga se alzaba a unos centímetros de mi ardiente boca, como una zanahoria en época de celo. Me puse cual defenestrada ministra de Justicia a chupar y a darle enloquecidos besos a ese orgulloso monstruo, mientras sentía sus tremebundas manos agarradas a mis hermosas y acaparadoras nalgas.
- Ay, hija, si tú lo has dicho. A veces no nos damos cuenta de los adjetivos que tenemos.
- Sí, mamá. Lo que pasa es que no sé cómo después me olvidé de comprar las humitas.

Hay que renegar de todo esto, creo yo. Ser dizquepacitado no significa, o no debe significar, ser motivo de que otros bendigan su suerte, o si eso ha de ser, no entremos en ese juego, no interioricemos sus paupérrimos postulados, no reproduzcamos sus míseros pájaros carpinteros, no ambicionemos ser “casi como ellos”. La vida no perdona a los casi, ni a las Imitaciones. O si tenemos que pintar escenas navideñas para subsistir, cubrámoslas cariñosamente de ponzoñas y maldiciones, y de noche, para joder más, seamos altos y bien parecidos, a nuestra peculiar manera, siguiendo cualquiera de los métodos tradicionales (me remito a José Ferrer). Desde un lugar bien alto orinemos sobre esas “olimpiadas especiales” concebidas por las apestosas mentes de quienes se creen elegidos por Dios para llevar el evangelio de la negación de la realidad a los Que No Tienen Nuestra Suerte (los Otramente Suertudos, vaya). Porque de veras os digo, que no hay peor racista que aquel que ve racismo por todas partes, ni elitista más herméticamente excluido de nuestro viejo y plebeyo mundo que aquel que promueve igualdades y premios de consuelo donde nadie las ha pedido, o que insiste en colgarle el sambenito de “especial” a cualquiera cuya estampa morfológica difiera de la suya en algún detalle que él en la asfixiante pequeñez de su alma considere significativo. Vaya si el otro día no enciendo la tele y hay un imbécil, de ésos que sólo pueden ser sicólogos o asambleístas de AP, (o ambas cosas, quel frisson) que asegura (con gran algarabía de indignación pluricultural) que el racismo de nuestros antepasados era de tal envergadura, que inventaron la palabra “indígena” que viene a significar in- -> “sin”, di- -> “dios”, gen-> “gen”, o séase, “sin el gen de Dios”. Como dicha etimología es desquiciada además de anacrónica y ridícula, sólo se puede sacar en limpio que ese olvidable bocazas se la ideó él solito, así demostrando que para él, si no existiera racismo habría que inventarlo. Lo mismo se puede decir de esos payasos biempensantes que en EEUU, en más de una ocasión y hasta en el contexto de una institución académica de cierto prestigio, proscribieron el uso del vocablo “picnic” por el absurdo cuento de que se derivaba de no sé qué asqueroso costumbre racista de otros siglos, inventada desde luego por ellos mismos, así demostrando que a veces el antídoto más valioso ante todo tipo de prejuicio es una buena enciclopedia.


Ahora bien, si estamos de acuerdo en que una merienda de campo es una merienda de campo, ni más ni menos, que el nuevo presidente electo de EEUU no es “el primer presidente negro”, por no ser él de ese color sino de una matizada e interesante tonalidad que rehúye de los adjetivos prêts-à-porter, y que en todo caso es poco probable que su tez tenga la más mínima relevancia para con su función presidencial, y que nadie es especial, o bien todos lo somos (lo mismo da) – nada de eso es óbice para que un tal monseñor Arregui, según leo en otro blog, echando mano de polvorientas etimologías según la más vieja usanza fundamentalista (por si no lo sabías, esa palabra deriva de “funda” -> funda, y “mente” -> mente, y usada correctamente se refiere a aquellas personas que llevan su mente en una funda, de ésas que mantienen congelado el contenido hasta llegar a casa), va y nos dice algo así como que el matrimonio no es tal cosa si no hay madre de por medio, o por lo menos alguien que puede ser madre, verbigracia una mujer, y por lo tanto, de matrimonios gays ni hablar, aunque se supone que con tal argumento no hay impedimento para que se casen dos lesbianas que ya fueron madres, como por ejemplo mi amiga colombiana San Jacinta y su novia chilena Betty en Cataluña hace poco, y no me mandaron ni una tajada de pastel, las muy furcias. Bueno. Resulta que en la misma película que ya he citado dos veces aquí, viene la siguiente definición del matrimonio que creo que todo el mundo reconocerá como acertadísima:


Una comida muy aburrida en la que el postre viene primero.

Personalmente, de todas los maricones que he conocido, y han sido bastantes, no recuerdo ni uno que hubiera aceptado ni de regalo esa decrépita, desacreditada y añeja institución en que los heteros, siendo por regla general tontos de remate que vemos demasiada tele, caímos en tropel como koalas en un incendio forestal, para luego arrepentirnos a destajo por el resto de nuestras vidas. Bien por ellos. ¿Quiénes son, entonces, los que van por ahí reclamando “el derecho” de los afortunados libres a estar en la cárcel, y, pregunta teológica de dificilísima respuesta, ¿quiénes son más tontos, los que lo reclaman o los que se lo niegan? Lo dejo como adivinanza para el lector.

Ahora viene el santo de todo esto. Cuando Carmen me dejó, lo hizo a su manera inimitablemente cruel, con el peor insulto que creo que desde que el mundo es mundo ha sido jamás ideado por mujer alguna: me dijo que yo era “una persona muy válida”. Sí, textual. Es decir, que a pesar de todas esas historias con los gatos, con mis zapatos, con los muebles, con mis ingresos, con mi salud, con mis prestobarbas, a pesar de todos esos tímidos conatos de invalidez, yo para ella terminé siendo válido, y por tanto, estrictamente inservible como hombre o como ser humano, pues si había una cosa clara desde el principio de nuestra relación, era que lo que compartíamos era pura y gozosa minusvalidez, en el sentido más gloriosamente perverso y alevoso de la palabra. Yo no cojeaba, tal vez, del mismo pie que ella, pero precisamente por eso, en la carrera de tres pies éramos imbatibles… o podríamos haberlo sido, en un universo ligeramente estrujado. Por todo ello, desde cierta óptica mi vida desde entonces ha sido reaccionaria: una intensa e interminable reacción ante la pesadilla que representó en su momento ser válido a los ojos de la persona amada. De cabrón a válido en dos pasos, ni el Lucifer de Milton cayó tan estrepitosamente hasta tales profundidades: y es por eso que el Vicepresidente de Ecuador me parece tan sonriente y estúpido (si se admite la lógica que hizo que Lennon renegara de Sir Walter Raleigh, el paso intermedio es igual, yo también fumo); y es por eso que, informado de mi mujer que el ginecólogo que la trata también es sexólogo (como la Carmen) y ambiciona ser el psicólogo elegido para sapear a ese tipo que hace poco fue bobbitted por no sé qué gordinflona chiflada del Profundo Ecuador (se me ocurre ecuado), a pesar de que no hay indicios de que el tipo quiera un sicólogo (¿lo querrías tú? Por favor) sino un buen entierro cristiano, a lo Maupassant (En Mer), manera de meterse donde no le llaman, en fin, ante todo eso se me vino a la mente esa cita de Wilde, que dice tajantemente: “perder uno […] puede ser considerado infortunio, perder los dos ya raya en descuido”. Carelessness: ésa es la palabra, bien dicha, pero hoy en día y sobre todo aquí, ¿dónde se encuentra tamaña sobriedad verbal, tamaño alarde de esclarecedor litotes? Con todo lo cual, sigo con mi teoría de que los sicólogos, todos, escriben con tinta verde y bonita letra, lo que hace que son exactamente los menos llamados a comprender el psique de nadie, siendo ellos de boilerplate y diplomados únicamente en valideces, y esta vez remito a la propia experiencia anecdótica. Déjemelo a mí, pues. Yo, que si me coges en un buen momento destilo veneno por todos mis poros, si en una cosa soy experto es en ponerle a trabajar a la minusvalidez, a la incompatibilidad social, al fet diferencial (como diría Jordi Pujol), y no precisamente en la proliferante reproducción ionesquiana de pájaros carpinteros. Sencillamente, hay que joderse: y después, buscar dentro de uno la gloria insustituible del ser jodido. Yo lo hago: usted también puede.

Comments

  1. El problema, mi querido Emperador, es que, como suele suceder en estos casos, las medidas a favor del diferente se toman sin consultarle, sin saber realmente qué es lo que desea y extralimitándose en las funciones de garantizar igualdad de oportunidades. Arbitros que abusan de una ley de compensación manipulada por un sentimiento que tiene más de culpa que de compasión, y carece de comprensión.

    Recuerdo un caso que vi en TV de un bar en Gringolandia, en uno de esos estados super redneck, donde la gente podía jugar bolos lanzando a un hombre con acondroplasia (un enanito) sobre un monopatín contra los bolos. El hombre bola iba equipado con un arnés y un casco protector y cobraba una cantidad por cada lanzamiento. Alguien denunció el hecho diciendo que era denigrante y en contra de la dignidad humana, el bar fue clausurado y se prohibieron los Human Bowling. En una entrevista posterior al cabreado enanito, éste manifestó que nadie le había preguntado a él y que ahora, gracias al "buen corazón" de esa gente, estaba sin trabajo incapaz de llevarle de comer a sus hijos.

    Las medidas que toman ciertos gobiernos bienintecionados a favor del igualitarismo, me hacen pensar, siguiendo con la analogía de la acondroplasia, que la estupidez de atacar a los que tienen patrimonio para repartirlo entre los que no poseen casi nada, suena igual de enfermo como intentar ayudar a los acondroplásicos, cortándoles las piernas a los de estatura superior al 1m30.

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  2. Aquí tenía por terminar un cuento en el que el paraíso se había llenado de odontólogos, que se dedicaban a la extracción de muelas sobrantes en aras de la igualdad bucal (como tengo boca sajona, el tema me toca de cerca), pero no sé si terminarlo, siendo el desenlace tan obvio.

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  3. Aquí tenía por terminar un cuento en el que el paraíso se había llenado de odontólogos, que se dedicaban a la extracción de muelas sobrantes en aras de la igualdad bucal (como tengo boca sajona, el tema me toca de cerca), pero no sé si terminarlo, siendo el desenlace tan obvio.

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  4. Oye Emperador, suerte que recibes tarjetas con representaciones detalladas y comerciales de pájaros carpinteros, de bonitos paisajes invernales, de vidas muertas conformadas por juguetes navideños, porque las que me envían parecen pintadas por Barceló. Además de tarjetas también me envían licor, y una vez hasta recibí una caja con queso y embutidos pero se la regalé a mis compañeros de trabajo por si acaso hubiese venido con anthrax o salmonela.

    Eso que cuenta Juan Montalvo lo conozco con el nombre de midget tossing, no es tan espectacular ni peligroso como los enanos toreros de los rodeos montubios, imagino que el lisiado sonriente de Carondelet (ugh) no ha protestado porque es una tradición taaaan ecuatoriana que hace reir a la gente, pero de schadenfreude.

    "no recuerdo ni uno que hubiera aceptado ni de regalo esa decrépita, desacreditada y añeja institución en que los heteros"

    En mi anterior trabajo llamábamos "matrimonio" a la pieza que acopla motor y bomba, deben ser infiltrados los tipos que causaron los destrozos en California por la aprobación de la Proposicion 8.

    De palabra de verificación de blogger me salió "unters" como en untermensch, Google empieza a transformarse en skynet

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