De majestades y ornitorrincos

“Íbamos por la calle Esmeraldas hacia el norte, hacia la base aérea para cambiarme de ropa e irme a la Feria del Turismo, y de repente pasamos por una central del Prian que preparaba su caravana por el No. […]”. Entonces apareció “un sujeto afroecuatoriano, con una camiseta amarilla del Prian, muy agresivo […], el tipo se nos lanza encima, se acerca a la ventana y lanza un objeto, que después vimos era una calcomanía del No hecha bulluco. Señores, eso es delito flagrante […] ese tipo agredió la caravana presidencial […], ahí la policía con todo derecho puede irrumpir en ese domicilio, más aún, no era ni domicilio, era una central política […]”.

(Rafael Correa, citado en el diario El Universo)

Recuerdo que cuando tenía doce o trece años había un profesor de inglés nuevo en mi colegio, un tal Mr Prue. El tipo, que tenía melena larga, zambo, estilo permanente, camisa floreada y una carita redonda de color rosado brilloso como recién recuperado de un ataque de acné, era evidentemente novato en eso de la enseñanza: en la primera clase se sentó, mejor dicho medio se repantigó, encima de la mesa del profesor, y nos explicó entre sonrisillas de complicidad que quería que le viéramos como “un amigo”. La incredulidad de los alumnos, todos varones (sí, uno de esos colegios), era silenciosa pero palpable. Cuando salimos de esa clase, algún compañero me comentó que en su vida había visto un pantalón tan ajustado como el de Mr Prue: “tan apretado lo lleva, que cuando camina, chirria”. En el cómic satírico que por aquel entonces yo circulaba entre mis compañeros, The Adventures of Demon, desde aquel momento no podía faltar un nuevo planeta de los visitados por la tripulación del Mars SR (Demon, Oceros y Shdlomouse, más algunas camaradas eventuales): el Pru Planet, dominado por una raza de seres malévolos, los Prus, que por dondequiera que anduvieran emitían el característico “creek creek”. Unas semanas más tarde ya no estaba Mr Prue: los rumores decían que en una clase se había puesto a llorar, luego de que sus peticiones de amistad habían provocado una lluvia de avionetas de papel, algunas de las que le darían en la cara, y que su dimisión intempestiva no demoró más de un día.

No sé si habrá sucedido así en realidad. En ese colegio la disciplina era buena: todos sabíamos que a la mínima falta de compostura, ahí estaba el despacho del Subdirector, un tal Dennis Smith, que usaba una vara de rattan de más de un metro que, según recuerdo, producía un dolor indescriptible en las nalgas de la víctima de turno. (Nunca entenderé por qué se ha dejado de usar este sistema, de tan comprobada eficacia, en los colegios de tantos países. Confío en que eso de los “derechos de la niñez” no pasará de ser una moda pasajera.) Sin embargo, es bien cierto que los colegiales varones tienen desde siempre una especie de sexto sentido respecto a esos profesores “débiles” que, por orgullo personal, o por un equivocado sentido de lealtad para con sus alumnos, o por cualquier otro motivo, no se aprovechan de los recursos disciplinarios y disuasorios a su alcance, sino que intentan ingenuamente “razonar” o apelar a esos sentimientos de justicia que en los adolescentes simplemente no existen. Es posible que Mr Prue era uno de esos profesores que no denunciaban. Váyanse a saber.

En fin, yo personalmente no era un alumno relajoso en clase, si bien no recuerdo haber aprovechado tanto los conocimientos sin duda extensos de mis profesores, pues en algunas clases (Historia, por ejemplo) me dedicaba a desarrollar mi creatividad dibujando el mencionado cómic, detrás de un libro o detrás del pupitre; en otras, recuperaba horas de sueño perdido, y en otras, me limitaba a no estar allí, sino en otra parte, preferentemente el cementerio que había cerca del colegio, lugar ideal para fumar y rumiar los misterios de la existencia. El cómic, inevitablemente, echaba mano de algunas de las enseñanzas que nos daban, pero de una forma poco educativa: las clases de Biología contribuyeron algunos personajes como el Haemogoblin (peligroso duendecillo), y el grupo de rock sanguíneo The Platelets; las clases de Historia produjeron un extraño animal llamado The Palatinate, que parecía un burro pero sin piernas, y se movía como una aspiradora (en realidad, nunca entendí bien lo que era un Palatinate, a pesar de las muchísimas horas de clase vertidas en torno a ese asunto). El verdadero héroe de Las Aventuras del Demonio era un recursivo y ocurrente ratón bípedo llamado Shdlomouse, que tenía poderes (mousipowers) capaces de mover objetos a distancia, o de hacer vomitar a cualquier persona, pájaro o animal que señalara con el dedo, amén de otros talentos.

Claro que en ese cómic todos los profesores eran transmutados en monstruos o en razas enteras de alienígenos: no vayan a esperar que un varón adolescente simpatice con algún ser de esa despreciable calaña, en donde la “vocación docente” todos suponíamos que se reducía a un rasgo sádico de personalidad fuertemente desarrollado. Sólo fue muchos años más tarde cuando descubrí que para ser profesor no hace falta ser sádico: simplemente, como bien lo resumía Bernard Shaw, “If you can’t do, teach”: es decir, los profesores por lo general somos gente incompetente que no servimos para nada más, y por tanto nos vemos reducidos a ganarnos el pan ejerciendo la pretensión de “formar” a jóvenes alumnos para que de mayores sepan tener ese éxito en la vida que a nosotros, por desmérito propio y vergonzoso, nos fue vedado. Por eso, por esa notable contradicción entre la rosada perspectiva futura que brindamos y el fracaso personal que encarnamos, se ha inventado el mito de la vocación de sacrificio y abnegación que el pedagogo asume por motivos altruistas, de esa maravillosa generosidad que lo lleva a querer “impartir conocimientos” y, peor, “formar personalidades”, a cambio de cuatro reales. El mito es socorrido a veces, pero, ay de quien se lo crea. Del mismo modo, evidentemente, se ha forjado ese concepto todavía más ridículo del político que “ama a su país”, o que tiene una “vocación social”: en realidad, como todos sabemos, el político es simplemente una persona pluri-incompetente, una persona sin oficio ni beneficio que por desesperación se lanza a recaudar votos en pos de una pingüe y cómodo solución a ese apremiante problema vital que representa el no saber hacer nada bien.

(“Como todos sabemos”: exagero a veces. Todavía hay quien se hace cruces ante el hecho de que el todavía Presidente de EEUU, George W. Bush, es un evidente descerebrado con alma de terrorista, o quien cree que el actual Presidente de Ecuador, Rafael Correa, es un brillante intelectual. Allá llegamos.)

Vayamos al grano. Yo fui profesor de secundaria, y todavía bendigo cada amanecer a la supuesta hada madrina que me sacó de esa ciénaga. En ese tiempo, ser destinatario exclusivo de objetos volantes no identificados de papel “hecho bulluco” era pan de cada día, como supongo que para la mayoría de practicantes de ese oficio, al menos en sus inicios. Además de eso, uno se acostumbra a que se le quemaran la ropa y los ojos con “punteros láser”, se le robaran los papeles de asistencia, se le insultara desde las páginas de un journal, se le cantara canciones de los setenta con sentido doble, y un largo etcétera. Gajes del oficio. Ahora, queda la cuestión de qué hacer frente a esa lluvia de agresiones (llamémoslas así), a falta de un sistema educativo sensato donde exista el recurso de mandarle al ofensor a la cámara de tortura (“despacho del Director”). Pues bien, yo no tengo respuesta a eso. Es por lo mismo que ya no quise seguir en ese trabajo. No tenía respuestas. Ni sabía al santo de qué tenía que ponerme solemne cada lunes frente a una ridícula bandera para escuchar un ridículo “himno nacional” en donde era cuestión de venderme el ridículo cuento de que radiosa era palabra castiza. No, no me calzaba. Pero sí recuerdo bien que, en alguna ocasión, los Pequeños Ornitorrincos del Saber escucharon mi estruendosa y fea voz gritando a todo pulmón con ocasión de alguna “agresión” de esas que ya colman el de por sí frágil vaso de mi paciencia. Hasta recuerdo que en una ocasión califiqué de “agresión” a uno de esos bullucos de papel que me dio en la espalda en medio de una evaluación rutinaria. Y ¿saben qué? Me pasó lo que en ese programa cómico de tele que vi una vez, en que los concursantes en uno de aquellos “game shows” baratos tenían delante un tablero de puntuación con la leyenda “Autoestima”. Cada vez que respondían a uno de los comentarios dizque jocosos del presentador con una sonrisa forzada, o que contestaban solemnemente a una pregunta absurda, el marcador de Autoestima bajó unos cuantos miles de puntos, digamos de -5.000 hasta -8.500. Pues así me pasaba en el aula: cada vez que sobrereaccionaba, se me bajó el autoestima a un nuevo nadir nunca antes conocido. Hasta aprendí a tener miedo de esa voz que me salía, que parecía no ser mía, que pretendía (sin mucho éxito) hacer creer que las clases de secundaria tenían otra finalidad lícita que no fuera el relajo y el escándalo, o que hubiera habido algo malo en querer paliar los sufrimientos hormonales de la adolescencia con heroicas faltas de disciplina áulica.

En fin. Para quien esté buscando aquí un héroe, siento decepcionarle, pero no di la talla. No fui ese Robin Williams que consiguió que sus alumnos leyeran obras de poetas muertos en su tiempo libre, ni conseguí granjearme la simpatía ni el respeto de ningún alumno, a menos que fuera de esos pocos que se atrevieron a echarme un pulso, mano contra mano en el recreo, que es en lo que más brillé durante todo ese tiempo de ser supuesto docente de Literatura (y no soy Rambo, precisamente). ¿Qué quieren que les diga? Soy misántropo desde joven, y dentro de mi alergia generalizada hacia la humanidad destaca esa alergia especial que tengo hacia los adolescentes, y en especial hacia los adolescentes de clase social media-alta (exceptuando a algunos nerds y misfits y a las chicas, claro está. Las más de ellas, maravillosas). Tal vez sea simplemente porque mi propia adolescencia fue un infierno. No soy capacitado para entender a ninguna adolescencia que no sea así.

Ahora, si yo reaccioné a veces de una forma débil, endeble, absurda y exagerada, ante supuestas ofensas que eran de una trivialidad apabullante, pues qué podemos decir de ese tal Correa, que los ecuatorianos tienen la mala ventura de tener como Presidente en estos momentos: ese tipo que, ante un simple “bulluco” de papel, arma la de Dios es Cristo y hasta insiste en llevar a juicio al pobre diablo emisor del bulluco en cuestión (6 años de cárcel le pueden esperar, según El Universo); el mismo trastornado mental que sigue en sus trece con el tema de los Universitarios Caóticos, ya tratado ampliamente aquí. Lo evidente del caso es que a ese Presidente le falta, no diré un tornillo pero sí algo que se supone debe formar parte del armazón de cualquier personalidad bien ajustada: ese sentido, a veces salvador, del ridículo. Claro que cualquiera puede perder los estribos, y en algunas profesiones como la mía de antaño uno se siente, cómo lo diría, hasta obligado por profesionalismo a perder los estribos: aunque lo que empieza siendo un enojo fingido y teatral a veces se convierte raudamente en uno de verdad, pues el sistema nervioso parasimpático se encarga de ello (está comprobado que reproducir los síntomas de una emoción a veces produce esa misma emoción: todo actor lo sabe bien). Sin embargo, calmados los ánimos uno se da cuenta de que ha reaccionado de forma excesiva, o incluso injusta, y toma medidas al respecto: disculpándose, enmendándose, practicando la santa paciencia, o en algún caso extremo, apartándose del escenario de sus peligrosas pérdidas de racionalidad. Correa no sabe nada de eso. Es de los que, ante el espectáculo de la propia ridiculez, para salvar su ego sube la apuesta. Ese antaño humilde servidor del pueblo, para no tener que admitir su equivocación y disculparse, se ha visto obligado a echar mano de leyes obsoletas y dictatoriales de lèse-majesté, de arrogarse una supuesta realeza proveniente del oficio, de exagerar y hasta mentir para mantener la ficción de su propia intocable santidad. Es de aquellas personas que, cuando están perdiendo una discusión, intentan salvarse con comparaciones hitlerianas: la Ley de Godwin está hecha para ellas. Y por si alguien dude de eso, ahora va y declara, en cadena pública, que lo de la Universidad Caótica fue obra de “grupos de extrema derecha”. No he podido ver todo el video (mi velocidad de conexión no da para tanto): pero he aquí que hasta el Partido Popular de España, formación moderada-centrista donde las haya (en algunas cuestiones se encuentra hasta a la izquierda del PSOE de Zapatero) ahora se tilda de ultraderechista. Ustedes me dirán. Ese hombre no tardará más que unos meses en cumplir con la Ley de Godwin: pronto sus adversarios, sean de la tendencia que sean, serán “peores que” o “exactamente como” Hitler. De esta manera, y cumpliendo con su antigua profesión de (también) docente, estará dando una valiosa lección y un excelente ejemplo a la juventud de este país. ¿Ya la entendieron? Si no quieren pensar demasiado, háganse radicales. Siempre es mejor descalificar que comprender. Go thou and do likewise.


Nota: una curiosidad residual me hizo buscar en Google a ese tal Prue. Resulta que después migró unos pocos kilómetros al norte y fue profesor en otro colegio, donde se le recuerda por su manera de enseñar su entrepierna embutida a toda la clase. Con lo cual se puede llegar a la deprimente conclusión de que la gente, simplemente no cambia. Nunca, nunca, nunca.

Comments

  1. Se ha hecho Ud. de rogar, mi querido Emperador, pero su verbo sigue afilado y su inventario de anécdotas parece engordar cuanto más jugo exprime de él. Milagroso como la multiplicación de hogazas y pescaíto.

    Le comento que ya ha dispuesto su Majestad, abrumado por la presión social que supone meter en la cárcel a un lanzador de papeles arrugados, cuando los índices delincuenciales están por las nubes y se acerca la Navidad, que saquen de Prisión a Margarito.

    Tener a una anciana Madre todos los días clamando libertad y perdón magnánimo, en nombre de ella y de su hijo, delante de unas cuantas cámaras de TV, no estaba favoreciendo la imagen del mandamás (alguna encuesta habrán hecho para evaluarlo...)

    No le ha quedado más remedio que enviar una carta al juez diciendo, en un gesto de extrema clemencia digna de la majestad de su cargo, que no se siente ofendido con el hecho, pidiendo que se archive la querella ya que no va a presentar acusación particular (lamentable cuando pidió a voz en grito en el momento, y una semana después en cadena Nacional -cualquiera diría que 168 horas servirian para tranquilizarse, pero con este Sr. ni con esas-, que buscaran y apresaran de oficio al Sr. Margarito ya que se trataba de un delito flagrante). Una lástima.

    Nadie podrá devolverle a Margarito los días que pasó huyendo, escondido en una hacienda en Bucay, o los siempre edificantes momentos de calabozo.

    Le aseguro, Oh Gran Señor de los Imperios Peregrinos, Ilustrísimo amo de alféizares y balcones, que de no haber existido la presión mediática que se dio, de no haber insistido los columnistas, editorialistas y anchors de la TV en el espinoso asuntillo del sinpar Margarito, dicho Sr. se pudriría en alguna celda miserable.

    Pero, como su Majestad se mueve por encuestas y sus decisiones se basan más en los indices popularidad que en el sentido común (no le culpo, la democracia tiene ese detalle de que, para ganar, hay que acomodarse no a ideologías sino a sondeos), a Margarito le salvó el coraje de su madre y las ganas de la prensa de hacer oposición.
    Saludos

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  2. Gracias, Juan. Últimamente tengo poquísimo tiempo para ver noticias, y menos para escribir. Confío en que los días de vacaciones de Navidad dén mucho de sí. Estoy impaciente para poner a prueba mi nueva filosofía china recipen adquirida a precio de saldo en algún lugar del entorno de la Bahía. Watch this space (but bring a packed lunch).

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  3. Yo tenía un compañero en el colegio que prefería que sus padres le peguen su buena pisa antes que lo puteen, porque la puteada dolía más y podía quedar como herida abierta. No se equivocaba.

    Es que esos medios enseñan a que las personas resuelven conflictos de manera bruta y sobretodo superficial. Estudios sugieren que el maltrato físico atonta un poco a los niños. Creo que estoy de acuerdo. Por más intratable que yo sea no soy de los que resienten de las nuevas generaciones al contrastarlas con las anteriores.

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  4. Una puteada puede hacer más daño que una paliza y marcar a alguien de por vida. Me parece que en USA y Europa encierran a los profesores que castigan físicamente a los alumnos, y debido a políticas sociatas van a redistribuir las buenas notas quitando puntos a los buenos alumnos para dárselos a los vagos, algunos quieren eliminar el sistema de notas. Mientras en UK el gobierno laborista está considerando pedir a Oxford que deje entrar nomás a cualquiera para no discriminar a nadie por estúpido o ignorante. Así las cosas.

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  5. Psychologists: you gotta love 'em. "For my next trick, I will conclusively show that people who have received numerous electric shocks, as a result of sticking their fingers repeatedly in light sockets, are less intelligent than those who have never or rarely done so. I shall then recommend that light sockets be made illegal on the grounds that they adversely affect intelligence. After all, who can honestly say they have not at some time or another set fire to a large public buillding? I know I have!"

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