…y parte del extranjero
La verdad, no conozco el origen de la expresión, de tan entrañable recuerdo. Un rápido sobrevuelo emprendido al volante de un viejo Google biplano, y el paisaje me regala, entre otras preciosidades: “Tutorizamos cursos para el aprendijaze [sic] del arte del corte de jamón en toda España y parte del extranjero”. Lo que sí recuerdo es que por el año 1979, cuando recién había aterrizado en España, todavía había quien utilizara este modismo de manera inconsciente, aunque por lo general ya iba teñido de esa triste ironía que me localiza esa época tan bien en el recuerdo. Por supuesto que lo que daba a entender ese “…y parte del extranjero”, generalmente precedido por un superlativo, es que si bien el benemérito Fulano de Tal, por ser español, no podía aspirar a ser el mejor a nivel mundial, evidentemente, ni nada que se le parezca, todavía había países fuera de España, aunque fuesen pocos (digamos, Burundi, Yemen, Ecuador, países tercermundistas hermanos), donde tampoco nadie se le pudiera disputar su condición de triunfador. Luego vinieron otros ironías más aperturistas: así Google nos proporciona “el mejor jardín del mundo y parte del extranjero”; España se modernizó, se puso a competir, se llevó a casa olimpiadas, AVEs, trofeos de partidos internacionales de soccer, récords de crecimiento sostenido, y novedosos reflejos racistas y xenófobos; atrás quedaron las Arcadias autárquicas (de las JONS, según insistían todavía algunos grafitis del metro; de los coJONeS, según otros) y ese siniestro “Spain is different” acuñado por Manuel Fraga. Sin embargo, la locución sigue (Google mediante) feliz y campante: “…y parte del extranjero” es un chiste tan bueno que se resiste, por lo visto, a pasar a mejor vida.
Acá, claro está, tiene el porvenir asegurado.
De momento, una política proteccionista de blindaje arancelario nos hace esperar que el café que tomaremos será el mejor de Ecuador y parte del extranjero (sí, pues el café siberiano sabe que es un asco); que los carros que conduciremos serán los mejores del país y parte del extranjero (digamos, de esa parte del extranjero donde aun no hay carreteras, siquiera llenas de huecos y tropiezos mortales como aquí), y que la censura que padecemos será la más benigna, la más políticamente correcta, y la más respetuosa de nuestro derecho a no poder ver lo que no nos conviene, de todo el país y parte del extranjero también, palabra de honor. Aquel fugaz y valiente “sí se puede” frente al gran mundo que se extiende fuera de estas fronteras, cuyo símbolo fuera una selección de fútbol, o tal vez un veterano marchista ganador de olimpiadas en las que competía una parte del extranjero tan grande que casi no era parte, por lo visto se desvaneció: ahora está de moda acá el compararnos con nuestro ombligo, y encontrar que de esa comparación salimos, a pesar de todo, requetebién parados.
Claro que, al igual que sucedía en la España más vetusta, donde hasta la esposa de un médico conducía un Seat 600 pero el alto funcionario y el ministro tecnócrata del Opus tenía su carrazo de importación (cosas de majestades), pues aquí todavía se podrá observar, a lo lejos, esa parte del extranjero poco apta para consumo nacional, resumida en la figura de un chef belga, o un asesor valenciano, o un sueldazo de congresillista equiparable con la flor y nata de otras dictaduras de ultramar (para que la moda de los Hummers, tan arrasadora entre la beautiful people de la revolución caraqueña, llegue acá: unos seis meses, máxime un año. Lo que primero nos vino de esas latitudes, claro, como bandada de golondrinas, fue la enternecedora moda de los insultos radiales). Y es en este contexto, simbolizado por ese crepúsculo (antes pensaba que era un amanecer, ingenuo de mí) donde una energúmeno solitario, Prometeo ante los inexorables dioses de la economía mundial, deambula por un cerro y alza el puño con una loca carcajada de “après moi, le déluge”, veinte veces al día, es en este contexto, digo, que uno no puede sino dar un bostezo de júbilo y alegría ante la noticia de que Isabel Pantoja, la gran Isabel Pantoja, ya se ha hecho tan vieja que hasta en Ecuador quiere cantar (¿tonadillear? My spellchecker says nyet), lo que significa que a la Lechuga de España (claro, ambas tienen el rabo bajo tierra, palabra de irreverente colegial segoviano de los 80) todavía no se le cobra aranceles, lo cual es una buena noticia para los, como yo, admiradores del arte de la vocalización uvular arabizada del castellano cantado entre interminables yardas de floripondios de seda. Y es que, ay, son tantos recuerdos. Cuando vino mi hermana a verme, paseando por una calle barcelonesa: “¿ésa es la reina de España, verdad?”, pues se le veía en las portadas de todas las revistas del quiosco de la Rambla y parte del extranjero; o aquella inolvidable ocasión en que cantó en el Liceu y apareció desnuda, perdón, ¡desnuda!, en Interviú en una misma semana (el destape, según entendí, no fue completo, sino que se limitaba a un hombro, creo que el izquierdo, y algún que otro tobillo; fuera de otra manera, esa edición figurase entre mi equipaje de mano más imprescindible)… en fin, Isabel ya formó parte de mi vida, sin hablar de que tuve una novia (año y medio) que se parecía notablemente a ella, en las mocedades todavía fotografiables de ésta, claro está, aunque un amigo mío prefirió resaltar la comparación con María del Mar Bonet. Happy days, en todo caso.
Ahora, todo llega a su fin, me he hecho viejo (¿lo habré comentado antes? no lo recuerdo) y la Pantoja, ídem, y parece ser que todo lo que este viejo daba un poco por descontado, como que la censura estatal de los medios de comunicación era una aberración fascista, pues tampoco ha resistido a los empujes de la nueva moda censorial, con lo que sólo nos queda a los anónimos viejos emboinados consumidores de Sol y Sombra, cigarrillos Kaiser y partido de mus, deleitarnos con esas músicas añejas de otros tiempos, con ese Yo Soy Ésa y ese Marinero de Luces, con alguna que otra migaja cultural que parte del extranjero de vez en cuando para acá, por debajo del radar de los aranceles y de la censura oficialista (¿alguna censura no lo fue?) hasta que nosotros, por nuestra última y única vez, partamos al extranjero, a ese otro extranjero from whose bourne, etc.
Acá, claro está, tiene el porvenir asegurado.
De momento, una política proteccionista de blindaje arancelario nos hace esperar que el café que tomaremos será el mejor de Ecuador y parte del extranjero (sí, pues el café siberiano sabe que es un asco); que los carros que conduciremos serán los mejores del país y parte del extranjero (digamos, de esa parte del extranjero donde aun no hay carreteras, siquiera llenas de huecos y tropiezos mortales como aquí), y que la censura que padecemos será la más benigna, la más políticamente correcta, y la más respetuosa de nuestro derecho a no poder ver lo que no nos conviene, de todo el país y parte del extranjero también, palabra de honor. Aquel fugaz y valiente “sí se puede” frente al gran mundo que se extiende fuera de estas fronteras, cuyo símbolo fuera una selección de fútbol, o tal vez un veterano marchista ganador de olimpiadas en las que competía una parte del extranjero tan grande que casi no era parte, por lo visto se desvaneció: ahora está de moda acá el compararnos con nuestro ombligo, y encontrar que de esa comparación salimos, a pesar de todo, requetebién parados.
Claro que, al igual que sucedía en la España más vetusta, donde hasta la esposa de un médico conducía un Seat 600 pero el alto funcionario y el ministro tecnócrata del Opus tenía su carrazo de importación (cosas de majestades), pues aquí todavía se podrá observar, a lo lejos, esa parte del extranjero poco apta para consumo nacional, resumida en la figura de un chef belga, o un asesor valenciano, o un sueldazo de congresillista equiparable con la flor y nata de otras dictaduras de ultramar (para que la moda de los Hummers, tan arrasadora entre la beautiful people de la revolución caraqueña, llegue acá: unos seis meses, máxime un año. Lo que primero nos vino de esas latitudes, claro, como bandada de golondrinas, fue la enternecedora moda de los insultos radiales). Y es en este contexto, simbolizado por ese crepúsculo (antes pensaba que era un amanecer, ingenuo de mí) donde una energúmeno solitario, Prometeo ante los inexorables dioses de la economía mundial, deambula por un cerro y alza el puño con una loca carcajada de “après moi, le déluge”, veinte veces al día, es en este contexto, digo, que uno no puede sino dar un bostezo de júbilo y alegría ante la noticia de que Isabel Pantoja, la gran Isabel Pantoja, ya se ha hecho tan vieja que hasta en Ecuador quiere cantar (¿tonadillear? My spellchecker says nyet), lo que significa que a la Lechuga de España (claro, ambas tienen el rabo bajo tierra, palabra de irreverente colegial segoviano de los 80) todavía no se le cobra aranceles, lo cual es una buena noticia para los, como yo, admiradores del arte de la vocalización uvular arabizada del castellano cantado entre interminables yardas de floripondios de seda. Y es que, ay, son tantos recuerdos. Cuando vino mi hermana a verme, paseando por una calle barcelonesa: “¿ésa es la reina de España, verdad?”, pues se le veía en las portadas de todas las revistas del quiosco de la Rambla y parte del extranjero; o aquella inolvidable ocasión en que cantó en el Liceu y apareció desnuda, perdón, ¡desnuda!, en Interviú en una misma semana (el destape, según entendí, no fue completo, sino que se limitaba a un hombro, creo que el izquierdo, y algún que otro tobillo; fuera de otra manera, esa edición figurase entre mi equipaje de mano más imprescindible)… en fin, Isabel ya formó parte de mi vida, sin hablar de que tuve una novia (año y medio) que se parecía notablemente a ella, en las mocedades todavía fotografiables de ésta, claro está, aunque un amigo mío prefirió resaltar la comparación con María del Mar Bonet. Happy days, en todo caso.
Ahora, todo llega a su fin, me he hecho viejo (¿lo habré comentado antes? no lo recuerdo) y la Pantoja, ídem, y parece ser que todo lo que este viejo daba un poco por descontado, como que la censura estatal de los medios de comunicación era una aberración fascista, pues tampoco ha resistido a los empujes de la nueva moda censorial, con lo que sólo nos queda a los anónimos viejos emboinados consumidores de Sol y Sombra, cigarrillos Kaiser y partido de mus, deleitarnos con esas músicas añejas de otros tiempos, con ese Yo Soy Ésa y ese Marinero de Luces, con alguna que otra migaja cultural que parte del extranjero de vez en cuando para acá, por debajo del radar de los aranceles y de la censura oficialista (¿alguna censura no lo fue?) hasta que nosotros, por nuestra última y única vez, partamos al extranjero, a ese otro extranjero from whose bourne, etc.
Cada dia suena mas atractiva la idea esa suya de la Rica Costa, nuevo y sensual eldorado de hembras caderonas y pajarillos de exotico vuelo. EL corbatin de sedas del siglo 21 se asemeja mucho a maroma de calabrote y su nudo corredizo, estilo doble windsor, dificulta, de momento, el hablar en voz alta,pero llegara el dia que tambien haga dificil respirar.
ReplyDeleteMalos y tormentosos vienen los vientos, amigo Endivio.Tiremos pa roncesvalles y desenfundemos a Balmung que a lo lejos suenan coros de valkirias en edad de merecer...
¿Te suena Panamá?
ReplyDelete(Ah, y espero un especial de Mitos y Verdades sobre la famosa "tarifa Abdalá". En palabras de un taxista panameño fehaciente: ¿tarifa cuala?)