Magdalena
Puede que ella haya sido Jesus’ bit on the side, como afirman algunos: todo el mundo comete errores, hasta las más experimentadas alguna vez se dejan encaprichar un tiempito por muermos inútiles y reprimidos (pregunten si no a mi ex, Carmen). No lo tengamos en contra suya. Ella salió ilesa (casi) de esa malograda relación, y hela aquí, unos años después, felizmente arrimada donde un colombiano que los tiene bien lavados y bien balanceados en una hamaca que lentamente los arrulla entre las desnudas paredes de una vivienda de cemento a tiro de mango de un pueblo fronterizo, mientras ella se encuentra en Milagro, pordioseando el precio de una supuesta operación de útero donde algunos parientes con quienes hace poco reanudó relaciones previsoramente en ocasión de la boda de su hija. Que la María Magdalena de los evangelios se haya colombianizado hasta ese punto no nos debe de sorprender: nos sucederá a todos, tarde o temprano. En este retazo de mundo que nos dejaron olvidado los apresurados conquistadores, apenas ya no queda otra cosa que hacer.
El quid está en que ella no se dejó convencer por la oferta cultural del momento, ningún rechoncho estado niñera llegó a cautivarla (votó Sí, por sí acaso, pero sin creerse nada de aquello), y tampoco se tomó la salida fácil de casarse con una cuenta bancaria y un 4x4: peor “cuidar de sus hijos”. Lo suyo siempre fue sexo, mucho sexo, con comidas improvisadas y niños descalzos: por eso lo de Jesucristo, con sus aberrantes obsesiones higiénicas y su fea costumbre de citar el Torah en el momento álgido del escarceo (nunca llegó a más que eso) dizque amoroso, era evidente que no podía prosperar. Sin embargo, en el momento de la crucifixión, ella fue la única que realmente lloró. Las demás, hipócritas, oportunistas o conformistas, simplemente abrieron la válvula y expulsaron las lágrimas de rigor (¿quién no lo haría, estando ahí Tiziano Vecelli con su pincel?: casi casi lo mismo que un fotógrafo de la prensa rosa); ella sí lloró. Tenía ese don. Y es por eso por lo que más se le recuerda, pues hasta en la exclusiva sociedad de los pastelitos quien llora que llora, hasta el día de hoy, lo hace “como una magdalena”. Y hasta se puede afirmar que sin ella, a los chapuceros semibeatos de otros siglos y otros Norwiches nunca se les hubiera ocurrido eso de que llorar fuera un don, y no simplemente una trillada táctica femenina de cursillo intermedio coñocrático.
El don de lágrimas. Para los poco habituados, como yo, a llorar, nos coge por sorpresa, y claro, se trata de un llanto casi exclusivamente interior, pues el código inglés apenas admite secreciones glandulares, peor de ese color. Sin embargo, últimamente mi manera de procesar los estímulos sensoriales aleatorios (siempre aleatorios, cada vez más aleatorios, qué vida) pasa casi siempre por una precodificación lagrimera. Es decir, las cosas me hacen llorar antes que me dé cuenta del por qué me han de hacer llorar, si es que alguna vez me doy cuenta. El reflejo lacrimoso es certero y no sujeto a equivocaciones; en cambio, mi forma de entender el paisaje trágico que me rodea y me empequeñece es muy parcial, rezagada y confusa. Sé que, por ejemplo, ese hijo maravilloso a que tanto quiero se las va a pasar putas a lo largo de la vida, de todas maneras, por diversas razones que no todas tienen que ver con defectos genéticos que son culpa mía, pero de manera especial por el motivo de mi previsible muerte intempestiva, esta muerte que últimamente se impacienta quejumbrosa como una gordinflona en un banco. Todo ello podría explicar por qué pensar en él me hace llorar; pero no lo explica del todo. Tiene algo que ver con ese cariño que nos tenemos, de boca y brazos, algo misterioso e irreconocible por mucho que sobrevuelo obsesionado mis yermos recuerdos de niñez: si nadie me quiso así, ¿de dónde me sale querer así? En fin. Lo impepinable del caso es que el llanto es un sentido como otros, una forma de asir ese vaivén autobiográfico cotidiano, un acercamiento alternativo a la realidad, que, siendo yo como soy hedonista irredento, es mi preferido, junto con la risa, esa otra estrategia salvadora que en este país es muy difícil de practicar cómodamente, pues el Estado no libera los espacios necesarios para ello (ahora que lo pienso, las únicas personas que he visto reír a carcajada limpia en este país, en cuatro años, han sido políticos de alto vuelo: on dirait qu’ils en possèdent l’usufruit). Lloro mucho en el carro. Lloro en el balcón. Lloro en el baño. Nunca se me ve nada: en los feos esas muecas pasan, por ventura, desapercibidas.
Pero siempre me acuerdo de ella, de la santa de las lágrimas, la única.
Cuando estuvo en mi casa también buscaba plata. Un día me rozó la mano con la suya: es costumbre de otros tiempos, eso de tantear el terreno, rutinariamente, a ver si por casualidad hay sexo fácil allí escondido: ella con un solo roce lo averigua, no hace falta ni que te mire la cara, la electricidad estática se lo comunica. En mi caso no había en ese momento: demasiados moros en la costa. Ella, que tenía hambre (ya iban cinco días sin el colombiano), hizo una tachadura mental y adelante, como si tal cosa.
El quid está en que ella no se dejó convencer por la oferta cultural del momento, ningún rechoncho estado niñera llegó a cautivarla (votó Sí, por sí acaso, pero sin creerse nada de aquello), y tampoco se tomó la salida fácil de casarse con una cuenta bancaria y un 4x4: peor “cuidar de sus hijos”. Lo suyo siempre fue sexo, mucho sexo, con comidas improvisadas y niños descalzos: por eso lo de Jesucristo, con sus aberrantes obsesiones higiénicas y su fea costumbre de citar el Torah en el momento álgido del escarceo (nunca llegó a más que eso) dizque amoroso, era evidente que no podía prosperar. Sin embargo, en el momento de la crucifixión, ella fue la única que realmente lloró. Las demás, hipócritas, oportunistas o conformistas, simplemente abrieron la válvula y expulsaron las lágrimas de rigor (¿quién no lo haría, estando ahí Tiziano Vecelli con su pincel?: casi casi lo mismo que un fotógrafo de la prensa rosa); ella sí lloró. Tenía ese don. Y es por eso por lo que más se le recuerda, pues hasta en la exclusiva sociedad de los pastelitos quien llora que llora, hasta el día de hoy, lo hace “como una magdalena”. Y hasta se puede afirmar que sin ella, a los chapuceros semibeatos de otros siglos y otros Norwiches nunca se les hubiera ocurrido eso de que llorar fuera un don, y no simplemente una trillada táctica femenina de cursillo intermedio coñocrático.
El don de lágrimas. Para los poco habituados, como yo, a llorar, nos coge por sorpresa, y claro, se trata de un llanto casi exclusivamente interior, pues el código inglés apenas admite secreciones glandulares, peor de ese color. Sin embargo, últimamente mi manera de procesar los estímulos sensoriales aleatorios (siempre aleatorios, cada vez más aleatorios, qué vida) pasa casi siempre por una precodificación lagrimera. Es decir, las cosas me hacen llorar antes que me dé cuenta del por qué me han de hacer llorar, si es que alguna vez me doy cuenta. El reflejo lacrimoso es certero y no sujeto a equivocaciones; en cambio, mi forma de entender el paisaje trágico que me rodea y me empequeñece es muy parcial, rezagada y confusa. Sé que, por ejemplo, ese hijo maravilloso a que tanto quiero se las va a pasar putas a lo largo de la vida, de todas maneras, por diversas razones que no todas tienen que ver con defectos genéticos que son culpa mía, pero de manera especial por el motivo de mi previsible muerte intempestiva, esta muerte que últimamente se impacienta quejumbrosa como una gordinflona en un banco. Todo ello podría explicar por qué pensar en él me hace llorar; pero no lo explica del todo. Tiene algo que ver con ese cariño que nos tenemos, de boca y brazos, algo misterioso e irreconocible por mucho que sobrevuelo obsesionado mis yermos recuerdos de niñez: si nadie me quiso así, ¿de dónde me sale querer así? En fin. Lo impepinable del caso es que el llanto es un sentido como otros, una forma de asir ese vaivén autobiográfico cotidiano, un acercamiento alternativo a la realidad, que, siendo yo como soy hedonista irredento, es mi preferido, junto con la risa, esa otra estrategia salvadora que en este país es muy difícil de practicar cómodamente, pues el Estado no libera los espacios necesarios para ello (ahora que lo pienso, las únicas personas que he visto reír a carcajada limpia en este país, en cuatro años, han sido políticos de alto vuelo: on dirait qu’ils en possèdent l’usufruit). Lloro mucho en el carro. Lloro en el balcón. Lloro en el baño. Nunca se me ve nada: en los feos esas muecas pasan, por ventura, desapercibidas.
Pero siempre me acuerdo de ella, de la santa de las lágrimas, la única.
Cuando estuvo en mi casa también buscaba plata. Un día me rozó la mano con la suya: es costumbre de otros tiempos, eso de tantear el terreno, rutinariamente, a ver si por casualidad hay sexo fácil allí escondido: ella con un solo roce lo averigua, no hace falta ni que te mire la cara, la electricidad estática se lo comunica. En mi caso no había en ese momento: demasiados moros en la costa. Ella, que tenía hambre (ya iban cinco días sin el colombiano), hizo una tachadura mental y adelante, como si tal cosa.
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