Sonríe Ecuador, carajo
El otro día pasó algo inaudito. Una chica me sonrió.
Ella se llama Jenny y trabaja en el KFC que tengo cerca del trabajo. La semana pasada no tuve más remedio que comer allí todos los días, pues el horario no me dejaba tiempo para ir a otro lugar. En todas esas ocasiones me sonrió, creo, pero con la sonrisa oficial KFC, que es una suerte de McSonrisa baja en grasas trans y 100% importada. Forma parte del guión. La chica era demasiado bonita para no devolver la sonrisa, pero tengo (supongo que ustedes también) una sonrisa especial para estos casos, una como irónica, exculpatoria y solidaria, una sonrisa que dice “sé que usted no tiene ganas de sonreírme, ni a mí ni a nadie, sino que lo hace porque se lo exigen, tranquila, no saco conclusiones indebidas”. Así fue todos los días, hasta el día del milagro. Ese día pedí lo de siempre, combo de tuíster con Gallito, y fue cuando me quedé de repente tan perplejo que hasta se me cayó la mandíbula (y tuve que agacharme a buscarla). Me dirigió una sonrisa, no diré que “de verdad” porque no soy experto en sonrisas y a mí en esas cuestiones es muy fácil insinuarme gato por liebre, pero no era en absoluto una sonrisa KFC, y tampoco pertenecía a ninguna otra de las categorías que ya tengo clasificadas. Al mismo tiempo dijo algo que en mi embelesamiento no pude entender.
- Perdón, ¿cómo dice?
- Que ha sido un placer servirle, señor.
Bah. Otra vez con el maldito guión. Pero esa sonrisa no fue la del guión, sino otra: estaba convencido. Cuidadosamente, de reojo, escudriñé el entorno. ¿Había algún payaso allí detrás de mí? ¿No? Tenía yo la bragueta abierta? No. ¿Tendría algún moco pegado a la barbilla? Posiblemente, pero no creo. No, burlona no era esa sonrisa. Era… a ver, ¿algún mozo por ahí, uno con delantal y mango de freidora que recién le hubiera dicho algo picante? Eso lo hubiera explicado todo, pues era ese tipo de sonrisa, pero no, no pude localizar al galán que mi imaginación exigía para completar el cuadro. Lo más curioso, lo más aterrador si me paraba a pensar, es que en el momento de sonreír me miraba directamente a los ojos. ¿Podía ser que…?
No, por supuesto que no. Impensable. Para el carro.
No tengo buena memoria, lo confieso, desde que en mis mocedades empiné el codo unas cuantas veces más de lo necesario y destruí (aparentemente) algunas neuronas de las encargadas de hacer cuajar los recuerdos en la parte “long term” de la memoria; por eso puede que me equivoque en lo que voy a decir, puede que de largo; incluso puede ser que hasta el día de ayer yo vivía en una especie de paraíso terrestre rodeado de hermosas mujeres que se pasaban el día enseñándome sendas perfectas dentaduras mientras me abanicaban suavemente con plumas de avestruz; pero no creo, no recuerdo nada de eso. Hasta donde me llegan los recuerdos, la última vez que una mujer me sonrió, o por lo menos me dirigió ese tipo de sonrisa, desde algún otro lugar (se entiende) que no fuera la pantalla de la computadora, habrá sido hace unos seis años. La vez anterior, hace unos quince. Así que estamos hablando de un fenómeno de ésos astronómicos, como un eclipse o el paso de algún asteroide huraño, que merece por lo menos un párrafo en la página ciencia, una borrosa fotografía… fuere cual fuere el motivo estrictamente causal.
En realidad, soy viejo para causas y motivaciones. Cuando una persona tiene, por ejemplo, un cáncer de ésos que imponen fecha y hora de caducidad a su vida, por muy racional que sea en su imagen pública no podrá menos que adentrarse en los derroteros de la magia, y secretamente empezarán a parecerle interesantes los poderes curativos del corazón de durazno, o del noni, se volverá incondicional de antigua sabudulía china, se le irán los oídos detrás de cada chamán y de cada santurrona pródiga en milagros barriobajeros que salga fugazmente en las noticias de “sociedad”. Con tal de poder seguir conviviendo con la esperanza, se volverá supersticioso: descubrirá “la fe”. Así somos de ridículos los humanos. De la misma manera, el hombre viejo, cuando descubre que su edad no permite albergar la más mínima esperanza de que una mujer le encuentre interesante y le sonría por ese motivo, por mucho que él jure y perjure que le da lo mismo, que a partir de ahora sólo le interesa el sexo pagado (en sus dos vertientes, prostitución y matrimonio) y que a él siempre en las relaciones le aburría ese recubrimiento blando de sentimentalidad, palabras y sonrisillas que escondía el verdadero meollo de la cuestión… por mucho que diga todo eso, en su interior ya está zarpando en los mares mágicos de la irracionalidad, de la magia, de la programación neurolingüística, del cancionero popular (cuarentaaa y veinte), de lo nabokoviano.
Así que permítanme vivir en mi mundo mágico tolkieniano donde a veces los árboles hablan (aunque por lo general sólo dicen groserías), los ríos cantan (aunque por lo general desafinan peor que Alejandro Sanz) y las mujeres les sonríen a los viejos, motu proprio, porque a pesar de ser bonitas son compasivas y le tienen lástima a la condición humana.
(Hace años, cuando yo trabajaba en una residencia de ancianos en el norte de Gales, le escuché decir a una enfermera que cuando bañaba al viejo de Walter, el moribundo de enfisema de ochenta y pico de años, ella jugaba con sus testículos, “porque a él le encanta”. De verdad, por el mundo en aquel entonces aún había gente que conocía la compasión. Después vino la Thatcher.)
Al final, sano y salvo dentro del carro, se me ocurrió que por tener yo, a pesar de todo, cierto aspecto gringo, la pobre Jenny habrá pensado que era ejecutivo de KFC Internacional (subsidiario, si mal no recuerdo, de Crummy Foods, retoño a su vez de PepsiCo) encargado de hacer visitas sorpresa a los outlets de esta corporación para comprobar la eficiencia de éstos y asegurar que el sagrado guión de las sonrisitas y los encantada de servirle señor que tenga un buen día se seguían al pie de la letra. Si, era lo más probable. Algo parecido tendrán que implementar a nivel estatal, evidentemente, para que el nuevo mandato vicepresidencial tenga dientes y realmente sirva para algo. Los futuros inspectores de la sonrisa y los Torquemadas de la amabilidad ya estarán haciendo cola a las puertas de Carondelet. Que les vaya bien, señores. A los que operen en Guayaquil, no se olviden de la chaqueta antibalas.
Ella se llama Jenny y trabaja en el KFC que tengo cerca del trabajo. La semana pasada no tuve más remedio que comer allí todos los días, pues el horario no me dejaba tiempo para ir a otro lugar. En todas esas ocasiones me sonrió, creo, pero con la sonrisa oficial KFC, que es una suerte de McSonrisa baja en grasas trans y 100% importada. Forma parte del guión. La chica era demasiado bonita para no devolver la sonrisa, pero tengo (supongo que ustedes también) una sonrisa especial para estos casos, una como irónica, exculpatoria y solidaria, una sonrisa que dice “sé que usted no tiene ganas de sonreírme, ni a mí ni a nadie, sino que lo hace porque se lo exigen, tranquila, no saco conclusiones indebidas”. Así fue todos los días, hasta el día del milagro. Ese día pedí lo de siempre, combo de tuíster con Gallito, y fue cuando me quedé de repente tan perplejo que hasta se me cayó la mandíbula (y tuve que agacharme a buscarla). Me dirigió una sonrisa, no diré que “de verdad” porque no soy experto en sonrisas y a mí en esas cuestiones es muy fácil insinuarme gato por liebre, pero no era en absoluto una sonrisa KFC, y tampoco pertenecía a ninguna otra de las categorías que ya tengo clasificadas. Al mismo tiempo dijo algo que en mi embelesamiento no pude entender.
- Perdón, ¿cómo dice?
- Que ha sido un placer servirle, señor.
Bah. Otra vez con el maldito guión. Pero esa sonrisa no fue la del guión, sino otra: estaba convencido. Cuidadosamente, de reojo, escudriñé el entorno. ¿Había algún payaso allí detrás de mí? ¿No? Tenía yo la bragueta abierta? No. ¿Tendría algún moco pegado a la barbilla? Posiblemente, pero no creo. No, burlona no era esa sonrisa. Era… a ver, ¿algún mozo por ahí, uno con delantal y mango de freidora que recién le hubiera dicho algo picante? Eso lo hubiera explicado todo, pues era ese tipo de sonrisa, pero no, no pude localizar al galán que mi imaginación exigía para completar el cuadro. Lo más curioso, lo más aterrador si me paraba a pensar, es que en el momento de sonreír me miraba directamente a los ojos. ¿Podía ser que…?
No, por supuesto que no. Impensable. Para el carro.
No tengo buena memoria, lo confieso, desde que en mis mocedades empiné el codo unas cuantas veces más de lo necesario y destruí (aparentemente) algunas neuronas de las encargadas de hacer cuajar los recuerdos en la parte “long term” de la memoria; por eso puede que me equivoque en lo que voy a decir, puede que de largo; incluso puede ser que hasta el día de ayer yo vivía en una especie de paraíso terrestre rodeado de hermosas mujeres que se pasaban el día enseñándome sendas perfectas dentaduras mientras me abanicaban suavemente con plumas de avestruz; pero no creo, no recuerdo nada de eso. Hasta donde me llegan los recuerdos, la última vez que una mujer me sonrió, o por lo menos me dirigió ese tipo de sonrisa, desde algún otro lugar (se entiende) que no fuera la pantalla de la computadora, habrá sido hace unos seis años. La vez anterior, hace unos quince. Así que estamos hablando de un fenómeno de ésos astronómicos, como un eclipse o el paso de algún asteroide huraño, que merece por lo menos un párrafo en la página ciencia, una borrosa fotografía… fuere cual fuere el motivo estrictamente causal.
En realidad, soy viejo para causas y motivaciones. Cuando una persona tiene, por ejemplo, un cáncer de ésos que imponen fecha y hora de caducidad a su vida, por muy racional que sea en su imagen pública no podrá menos que adentrarse en los derroteros de la magia, y secretamente empezarán a parecerle interesantes los poderes curativos del corazón de durazno, o del noni, se volverá incondicional de antigua sabudulía china, se le irán los oídos detrás de cada chamán y de cada santurrona pródiga en milagros barriobajeros que salga fugazmente en las noticias de “sociedad”. Con tal de poder seguir conviviendo con la esperanza, se volverá supersticioso: descubrirá “la fe”. Así somos de ridículos los humanos. De la misma manera, el hombre viejo, cuando descubre que su edad no permite albergar la más mínima esperanza de que una mujer le encuentre interesante y le sonría por ese motivo, por mucho que él jure y perjure que le da lo mismo, que a partir de ahora sólo le interesa el sexo pagado (en sus dos vertientes, prostitución y matrimonio) y que a él siempre en las relaciones le aburría ese recubrimiento blando de sentimentalidad, palabras y sonrisillas que escondía el verdadero meollo de la cuestión… por mucho que diga todo eso, en su interior ya está zarpando en los mares mágicos de la irracionalidad, de la magia, de la programación neurolingüística, del cancionero popular (cuarentaaa y veinte), de lo nabokoviano.
Así que permítanme vivir en mi mundo mágico tolkieniano donde a veces los árboles hablan (aunque por lo general sólo dicen groserías), los ríos cantan (aunque por lo general desafinan peor que Alejandro Sanz) y las mujeres les sonríen a los viejos, motu proprio, porque a pesar de ser bonitas son compasivas y le tienen lástima a la condición humana.
(Hace años, cuando yo trabajaba en una residencia de ancianos en el norte de Gales, le escuché decir a una enfermera que cuando bañaba al viejo de Walter, el moribundo de enfisema de ochenta y pico de años, ella jugaba con sus testículos, “porque a él le encanta”. De verdad, por el mundo en aquel entonces aún había gente que conocía la compasión. Después vino la Thatcher.)
Al final, sano y salvo dentro del carro, se me ocurrió que por tener yo, a pesar de todo, cierto aspecto gringo, la pobre Jenny habrá pensado que era ejecutivo de KFC Internacional (subsidiario, si mal no recuerdo, de Crummy Foods, retoño a su vez de PepsiCo) encargado de hacer visitas sorpresa a los outlets de esta corporación para comprobar la eficiencia de éstos y asegurar que el sagrado guión de las sonrisitas y los encantada de servirle señor que tenga un buen día se seguían al pie de la letra. Si, era lo más probable. Algo parecido tendrán que implementar a nivel estatal, evidentemente, para que el nuevo mandato vicepresidencial tenga dientes y realmente sirva para algo. Los futuros inspectores de la sonrisa y los Torquemadas de la amabilidad ya estarán haciendo cola a las puertas de Carondelet. Que les vaya bien, señores. A los que operen en Guayaquil, no se olviden de la chaqueta antibalas.
una enfermera que cuando bañaba al viejo de Walter, el moribundo de enfisema de ochenta y pico de años, ella jugaba con sus testículos, “porque a él le encanta”
ReplyDeleteand the angel fell down, swapped the bloodline out of the corner of its lips, outlined half a smile, happily crumbling down to a fine powder... Sweet dust, sweet Angel's dust...