Dimensión Social
Si en algo se parecen la sociedad y el vendedor de frutilla de a $2 (q.v.), es en eso de que no los he visto. Tal incapacidad para ver aquello que a otras personas se les presenta como parte intrínseca de su experiencia cotidiana, a decir verdad, me suele producir sentimientos de frustración, de tristeza, de culpabilidad y de absurdo gozo cuya mezcla exacta varía según el día. En el caso del vendedor de frutilla de a $2, ese señor alto y barbudo que con una mano indica lo descomunal del tamaño de la frutilla que tiene pegada a su pecho mediante un ingenioso resorte hecho de alambre-espina, mientras que con los dedos de la otra comunica el precio de la mercancía, por lo menos tenemos una representación fidedigna de él, que podemos ver en cualquier autobús de largo recorrido, como si de un convicto fugitivo se tratase: se supone que, por mucho que algunos afirman tener trato a diario con él, no deja de ser un sujeto elusivo, que se hace de rogar (su aire un tanto huraño y furtivo hace pensar que el negocio ése de la frutilla GM ha conllevado algún roce con las fuerzas de la ley). En cambio, con la sociedad ni eso: nadie parece saber qué aspecto tiene ni dónde vive; solamente están de acuerdo en una cosa, en eso de que, como Bin Laden, desde su misterioso escondite en alguna parte del mundo ejerce, a través de un siniestro chantaje, una influencia funesta y a todas luces insoslayable sobre todos nuestros asuntos.
Podría fácilmente multiplicar ejemplos de cómo, a decir de la gente, “la sociedad” se mete en nuestras vidas desde nuestra infancia, hasta la edad adulta (la nuestra) en que, curiosamente, las exigencias de tal “sociedad” delatan un ser que no crece, un parvulito caprichoso, egoísta, quejumbroso, fantasioso, envidioso, acaparador, propenso a berrinches y rabietas frecuentes: una personalidad, en suma, que recuerda penosamente la del actual presidente de la República. Pero vamos a centrarnos en una sola instancia de la supuesta influencia de esta tal sociedad: en la “dimensión social” de la libertad de expresión, tal como la explica el columnista Xavier Flores en sus diversos artículos recientes sobre este tema.
Lo que me interesa del caso es la manera en que, cuando en una discusión alguien dice “social” o “sociedad”, se produce un silencio momentáneo, que bien parecería ser fruto de una especie de temor o reverencia hacia un ser con atributos divinos, pero al final resulta ser ese como estrepitoso suspiro que se da cuando en un autobús el conductor cambia de segundo a tercero. Se produce en el cerebro del interlocutor un ruidoso cambio de marcha: momentos antes, íbamos dándole al argumento al cilindrazo limpio, confiados en la lógica y en la claridad de nuestros pensamientos; de repente, sucede esto:
“En lo que me parece interesante de tu comentario, tú dices, “tener una audiencia no es un derecho de nadie, sino un privilegio que uno tiene que ganarse. …” y yo estoy de acuerdo. Pero acaso también podamos estar de acuerdo que la frase es insuficiente porque sólo se hace cargo de la posición del individuo (lo que se conoce como la dimensión individual de la libertad de expresión) y no de la posición de la sociedad en relación con el debate (de ahí que reivindique el uso del término “social”) la que tiene el derecho, como lúcidamente apunta Owen Fiss, a “escuchar un debate pleno y abierto de los asuntos de importancia pública” (lo que se conoce como la dimensión social del derecho a la libertad de expresión).” (de la sección de comentarios de esta entrada del blog de XF)
Más que las propias palabras, la sonrisa de este sujeto al sacar del socorrido sombrero de sentencias susurradas de sesudos socios seudosocialistas el susocitado conejo, el de la dimensión social del derecho a la libertad de eses a presión, es lo que realmente impresiona aquí. Él sabe que a partir de aquí, es casi imposible continuar con cualquier debate, pues en cuanto se asoma la sociedad, todo el mundo ralentiza apresuradamente, se coloca el cinturón de seguridad, apaga el roach con el pie izquierdo, le da dos veces al ambientador, baja la música y pone sonrisa de niño bueno, por si las moscas. Sin embargo, creo que no debo ser el único en preguntarme secretamente (y este blog se me antoja el lugar más secreto del universo) si los impresionantes ropajes imperiales con que se viste esa tal sociedad realmente existen.
Veamos. Si no fuera por la “sociedad”, la libertad de expresión sería la mar de sencilla. Yo puedo expresar lo que me da la gana. Tú también. Yo no tengo por qué escuchar lo que tú dices, ni tú a mí. Ni a ti ni a mí nadie está en deber de prestarnos una tarima o un micrófono. Si queremos esas cosas, tenemos que buscarlas nosotros mismos, como adultos. Y aunque en teoría las libertades son limitadas por los derechos ajenos, en la práctica eso poco importa, porque mientras no colocamos bajo el rubro de “expresión” los puñetazos y las puñaladas, nadie que haga uso de su libertad de expresión estaría haciendo daño a nadie (lo que se dice daño en Glasgow; el citado señor Fiss es más sensible al respecto.) “Sticks and stones will break my bones,” etc.
Pero luego, cuando estamos todos contentos y reina una dulce armonía y florecen cien Flores (the Horror! The Horror!) y se debaten cien escuelas, que diría Mao, viene La Sociedad, con cara de malfollá:
SOCIEDAD: ¿Qué están haciendo aquí?
CIEN FLORES: Ehh… Ejerciendo la libertad de expresión.
SOCIEDAD: ¿Qué tontería es ésa?
CIEN FLORES: Usted también puede hacerlo. Venga, siéntese acá con nosotros.
Pero el estado (perdón, la Sociedad) no quiere jugar. No, no quiere.
Lo que sí quiere, según Flores (o según sus fuentes, pues sin ellas bien marchitas se quedaba), es un nuevo conjunto de reglas según el cual el estado (ahora sí, sin maquillaje) sería el encargado de “garantizar” la libertad de expresión, con el pretexto de que sin su ayuda, “los pobres” no participarían en las campañas electorales, y “la sociedad” se quedaría sin ese debate “pleno y abierto” al cual tiene “derecho” (el texto citado de Fiss no dice “derecho”, sino “interés”: esa manía de convertir todo bien en derecho le habrá quedado a Flores como chuchaqui posterior a la redacción de la Constitución. Que la sociedad pueda ser sujeto de derechos es una sugerencia demasiado siniestra incluso para alguien como Fiss, creo. Aquí pasa, pero es que aquí todo pasa).
Ahora, que el estado “garantice” la libertad de expresión es un poco como pedir a un lobo que garantice la seguridad y comodidad de un rebaño de ovejas. En la práctica, ya estamos viendo ese cariño que el estado ecuatoriano tiene por la libertad de expresión: incautar emisoras y periódicos y transformarlos en versiones locales de Pravda o de Granma, sacar de las frecuencias a las emisoras de radio que no le gustan, encarcelar a opositores por asuntos de “bullucos de papel”, reprimir salvajemente manifestaciones, interrumpir emisiones con “cadenas” rebosantes de mentiras y de apopléticos insultos, y sobre todo – que más tiene que ver con la propuesta del Sr Fiss – limitar publicidad electoral ajena de manera exquisitamente “equitativa” mientras gasta ilimitadamente contra toda regla, incluidas las suyas propias, en su propia campaña para la reelección. Un sujeto así, que hace esas cosas, parecería prima facie el peor candidato a ejercer de tutelar de la libertad de expresión, o de cualquier tipo de libertad, llegados a eso. Pero Flores y Fiss son libres de soñar. Dejémosle ese sueño. Los sueños son importantes.
El quid está en si se puede justificar el atropello al individuo en nombre de “la sociedad”, la que según cualquier definición equilibrada y honesta no es más que un conjunto de individuos. Después de reconocer que el liberalismo decimonónico le contestaba a eso con un rotundo “nónico” (el fin no justifica los medios), Fiss intenta argumentar lo contrario usando como ejemplos… pero aquí el Sr Flores se vuelve repentinamente recatado, y nos remite al artículo en cuestión para saber qué es lo que dice sobre estos curiosos temas, los de la pornografía y el discurso de odio. Resulta que el Sr Fiss ha estado leyendo autores del género feminista, las que dicen que la pornografía “convierte a las mujeres en objetos” (qué curioso, la más ávida coleccionista y consumidora de pornografía que jamás conocí fue mi ex, Carmen, y puedo asegurar que ella era cualquier cosa menos un objeto), y que por tanto argumentan que el estado debería controlar y limitar la producción pornográfica: idea que, si bien podría suscitar cierta simpatía entre los estamentos más curuchupas de la sociedad ecuatoriana, el propio Flores ha de darse cuenta de que es el colmo del ridículo. La producción y goce de la pornografía es consustancial a la naturaleza humana: apenas hubo perfeccionado la talla de las herramientas de caza, el hombre primitivo ya estaba labrándose pequeñas esculturas de mujeres con tetas descomunales para, obviamente, poder hacerse unas primitivas y paleontológicas pajas con ellas. Que el estado tenga algo que decir en esa cuestión sólo se le podría ocurrir a un puritano de la estirpe de los buenos patriarcas de Salem.
En cuanto al “discurso del odio”, Fiss no hace más que reproducir la idea, tan extendida como falaz, de que tal discurso origina entre individuos que no tienen ninguna relación con el estado, y que por tanto ese inocente y moralmente superior estado es el indicado para controlar tal discurso. En realidad, cualquier discurso que incite al odio resulta casi siempre originar desde los propios gobernantes (ejemplos abundan, desde la Alemania nazi hasta el correísmo de hoy). Es curioso al respecto constatar que si bien el nuevo Código Penal ecuatoriano acaba de convertir en delito el discurso del odio, esperó el tiempo justo para que los escritores del diario estatal se llenen la boca con discursos que incitaban al odio contra la oposición por motivos raciales o económicos. ¿Ahora se callarán? En los próximos días lo veremos. No quiero estropearle a nadie la sorpresa.
En realidad, por lo general son los gobernantes y los aspirantes a gobernar los interesados en que la gente se odie entre sí, por aquella consigna de divide y vencerás: por ello, cualquier discurso que enarbole la bandera de un nosotros sufrido, sacrificado y desconcertantemente bueno, contra un ellos sucio, oportunista, traicionero y colmado de inmerecidos privilegios, siempre resulta derivar del esfuerzo de un grupo por hacerse con el poder estatal o mantenerse en él: por tanto, que sea ese mismo estado el que “controle” tal discurso es una propuesta quijotesca, por decir lo menos. Además, sabemos que a veces las acciones hablan más fuerte que las palabras: por lo tanto, amordazar a los cicerones de los distintos partidos en lid, para que sus enemistades sólo se descubran a través de la praxis gubernamental pos-electoral, es hacerle al electorado un flaco favor. Qué bueno hubiera sido poder escuchar de boca de Correa, por ejemplo, la franca letanía de sus innumerables paranoias durante esa primera campaña electoral, en vez de tener que descubrirlos en la práctica. En este sentido, el discurso del odio tiene la misma utilidad que esas marcas llamativas que algunos animalitos llevan en la espalda: transmiten el mensaje: “ojo, venenoso”. Personalmente, creo aconsejable, frente a este tipo de discurso, en vez de prohibirlo, actuar como ese sabio rey Mithradites, que cada día se tomaba un poquito de veneno para conseguir, a largo plazo, la inmunidad. Si no, si damos al estado la facultad de dirimir discursos, el del odio se convertirá en atribución exclusiva de los gobernantes, con un poder alienante y avasallador muchísimo más grande, y una población indefensa, intelectual y emocionalmente, frente a él.
Contra eso, se objetará que el problema con ese tipo de discurso es que convence. Y aquí, de nuevo, se alza el espectro de “la sociedad”, ese pobre mono tan infantil, tan estúpidamente desamparado que hay que proteger sus oídos (para que no escuche discursos de odio), sus ojos (para que no vea pornografía) y en último término su boca (para que no diga esta boca es mía: que la sociedad en conjunto diga eso es la pesadilla de todo gobernante). Si bien cualquier individuo medianamente educado es capaz de protegerse contra todo intento de controlarlo a través de sus emociones, lo mismo no se puede decir de la sociedad, que se cree todo lo que lee (hasta ridículas historias de containers de cóndores procedentes de Irán), que si ve sangre se convierte en descuartizador, y que si ve pornografía se convierte en violador. En resumidas cuentas: la sociedad, cualquier sociedad, por mucho que esté constituido por seres racionales, con buena educación y cultura, cuando actúa de manera conjunta se torna salvaje e imbécil: fenómeno que ha sido innumerables veces comprobado por la experiencia. Cuando se trata de cualquier comunidad de seres humanos, el todo siempre es mucho, mucho menos que la suma de sus partes.
Entonces, volviendo al punto de partida, ¿qué problema tengo con la sugerencia de Flores de que el estado debería apoyar las campañas electorales de los diferentes partidos a través de una financiación equitativa, asegurándose de que todos ellos tengan el mismo acceso a los medios? Pues el primer problema es que no hay gobierno en el mundo (y menos el ecuatoriano, evidentemente) que no torcerá estos nobles designios en provecho propio, en cuanto exista la posibilidad de hacerlo, aprovechando el requerimiento de equidad para perseguir a la oposición por reales o imaginarios infracciones electorales, mientras hace caso omiso de toda regulación en su propia campaña hacia la reelección, tal como ahora estamos viendo. En segundo lugar, su propuesta le cuesta dinero al contribuyente, y como ya estamos acostumbrados en tales casos, al que propone tales gastos por parte del estado ni siquiera se le ocurre la gentileza de preguntarse si los contribuyentes estarían de acuerdo o no con que, digamos, el estado le regale a Alvaro Noboa sesenta mil dólares para que haga su campaña. En tercer lugar, no están demostradas las razones que esgrimen Flores y Fiss para proponer tal sistema: ¿dónde está la evidencia de que el sistema electoral liberal discrimina en contra de las propuestas de un sector de la sociedad, sea éste el de los pobres, o cualquier otro? Al contrario, aquí se suele cortejar electoralmente más a “los pobres” que a cualquier otro grupo (obvio, son los más numerosos). Si estamos hablando, no de “gente pobre” sino de “partidos pobres”, pues evidentemente, un partido político que sea incapaz de conseguirse fondos ya se descalifica de por sí, con independencia de su ideología: difícilmente podrá manejar los fondos del estado de manera responsable si no ha manejado nunca más de unos cuantos centavitos. En cuarto lugar, parece una frivolidad ponerse a diseñar nuevos sistemas electorales en este país sin siquiera mencionar lo que ha sido una lacra constante además de un atentado contra los más elementales derechos humanos, eso de obligar a la gente a votar. Puestos a mejorar el sistema electoral, lo primero que se le ocurre a cualquier persona racional en este país sería eso: derogar esa absurda obligatoriedad.
Pero lo que más me predispone en contra de la propuesta de Flores (dicho sea en secreto) es eso, precisamente, eso de que no puede hablar de ella sin que le salga esa problemática “sociedad”, o lo que es peor, sin atribuirle una “dimensión social” a las libertades individuales que dice que quiere conservar. Contrariamente a los individuos, la sociedad nunca ha hecho nada de bueno: no le hagamos el juego, no le consintamos en sus caprichos.
Podría fácilmente multiplicar ejemplos de cómo, a decir de la gente, “la sociedad” se mete en nuestras vidas desde nuestra infancia, hasta la edad adulta (la nuestra) en que, curiosamente, las exigencias de tal “sociedad” delatan un ser que no crece, un parvulito caprichoso, egoísta, quejumbroso, fantasioso, envidioso, acaparador, propenso a berrinches y rabietas frecuentes: una personalidad, en suma, que recuerda penosamente la del actual presidente de la República. Pero vamos a centrarnos en una sola instancia de la supuesta influencia de esta tal sociedad: en la “dimensión social” de la libertad de expresión, tal como la explica el columnista Xavier Flores en sus diversos artículos recientes sobre este tema.
Lo que me interesa del caso es la manera en que, cuando en una discusión alguien dice “social” o “sociedad”, se produce un silencio momentáneo, que bien parecería ser fruto de una especie de temor o reverencia hacia un ser con atributos divinos, pero al final resulta ser ese como estrepitoso suspiro que se da cuando en un autobús el conductor cambia de segundo a tercero. Se produce en el cerebro del interlocutor un ruidoso cambio de marcha: momentos antes, íbamos dándole al argumento al cilindrazo limpio, confiados en la lógica y en la claridad de nuestros pensamientos; de repente, sucede esto:
“En lo que me parece interesante de tu comentario, tú dices, “tener una audiencia no es un derecho de nadie, sino un privilegio que uno tiene que ganarse. …” y yo estoy de acuerdo. Pero acaso también podamos estar de acuerdo que la frase es insuficiente porque sólo se hace cargo de la posición del individuo (lo que se conoce como la dimensión individual de la libertad de expresión) y no de la posición de la sociedad en relación con el debate (de ahí que reivindique el uso del término “social”) la que tiene el derecho, como lúcidamente apunta Owen Fiss, a “escuchar un debate pleno y abierto de los asuntos de importancia pública” (lo que se conoce como la dimensión social del derecho a la libertad de expresión).” (de la sección de comentarios de esta entrada del blog de XF)
Más que las propias palabras, la sonrisa de este sujeto al sacar del socorrido sombrero de sentencias susurradas de sesudos socios seudosocialistas el susocitado conejo, el de la dimensión social del derecho a la libertad de eses a presión, es lo que realmente impresiona aquí. Él sabe que a partir de aquí, es casi imposible continuar con cualquier debate, pues en cuanto se asoma la sociedad, todo el mundo ralentiza apresuradamente, se coloca el cinturón de seguridad, apaga el roach con el pie izquierdo, le da dos veces al ambientador, baja la música y pone sonrisa de niño bueno, por si las moscas. Sin embargo, creo que no debo ser el único en preguntarme secretamente (y este blog se me antoja el lugar más secreto del universo) si los impresionantes ropajes imperiales con que se viste esa tal sociedad realmente existen.
Veamos. Si no fuera por la “sociedad”, la libertad de expresión sería la mar de sencilla. Yo puedo expresar lo que me da la gana. Tú también. Yo no tengo por qué escuchar lo que tú dices, ni tú a mí. Ni a ti ni a mí nadie está en deber de prestarnos una tarima o un micrófono. Si queremos esas cosas, tenemos que buscarlas nosotros mismos, como adultos. Y aunque en teoría las libertades son limitadas por los derechos ajenos, en la práctica eso poco importa, porque mientras no colocamos bajo el rubro de “expresión” los puñetazos y las puñaladas, nadie que haga uso de su libertad de expresión estaría haciendo daño a nadie (lo que se dice daño en Glasgow; el citado señor Fiss es más sensible al respecto.) “Sticks and stones will break my bones,” etc.
Pero luego, cuando estamos todos contentos y reina una dulce armonía y florecen cien Flores (the Horror! The Horror!) y se debaten cien escuelas, que diría Mao, viene La Sociedad, con cara de malfollá:
SOCIEDAD: ¿Qué están haciendo aquí?
CIEN FLORES: Ehh… Ejerciendo la libertad de expresión.
SOCIEDAD: ¿Qué tontería es ésa?
CIEN FLORES: Usted también puede hacerlo. Venga, siéntese acá con nosotros.
Pero el estado (perdón, la Sociedad) no quiere jugar. No, no quiere.
Lo que sí quiere, según Flores (o según sus fuentes, pues sin ellas bien marchitas se quedaba), es un nuevo conjunto de reglas según el cual el estado (ahora sí, sin maquillaje) sería el encargado de “garantizar” la libertad de expresión, con el pretexto de que sin su ayuda, “los pobres” no participarían en las campañas electorales, y “la sociedad” se quedaría sin ese debate “pleno y abierto” al cual tiene “derecho” (el texto citado de Fiss no dice “derecho”, sino “interés”: esa manía de convertir todo bien en derecho le habrá quedado a Flores como chuchaqui posterior a la redacción de la Constitución. Que la sociedad pueda ser sujeto de derechos es una sugerencia demasiado siniestra incluso para alguien como Fiss, creo. Aquí pasa, pero es que aquí todo pasa).
Ahora, que el estado “garantice” la libertad de expresión es un poco como pedir a un lobo que garantice la seguridad y comodidad de un rebaño de ovejas. En la práctica, ya estamos viendo ese cariño que el estado ecuatoriano tiene por la libertad de expresión: incautar emisoras y periódicos y transformarlos en versiones locales de Pravda o de Granma, sacar de las frecuencias a las emisoras de radio que no le gustan, encarcelar a opositores por asuntos de “bullucos de papel”, reprimir salvajemente manifestaciones, interrumpir emisiones con “cadenas” rebosantes de mentiras y de apopléticos insultos, y sobre todo – que más tiene que ver con la propuesta del Sr Fiss – limitar publicidad electoral ajena de manera exquisitamente “equitativa” mientras gasta ilimitadamente contra toda regla, incluidas las suyas propias, en su propia campaña para la reelección. Un sujeto así, que hace esas cosas, parecería prima facie el peor candidato a ejercer de tutelar de la libertad de expresión, o de cualquier tipo de libertad, llegados a eso. Pero Flores y Fiss son libres de soñar. Dejémosle ese sueño. Los sueños son importantes.
El quid está en si se puede justificar el atropello al individuo en nombre de “la sociedad”, la que según cualquier definición equilibrada y honesta no es más que un conjunto de individuos. Después de reconocer que el liberalismo decimonónico le contestaba a eso con un rotundo “nónico” (el fin no justifica los medios), Fiss intenta argumentar lo contrario usando como ejemplos… pero aquí el Sr Flores se vuelve repentinamente recatado, y nos remite al artículo en cuestión para saber qué es lo que dice sobre estos curiosos temas, los de la pornografía y el discurso de odio. Resulta que el Sr Fiss ha estado leyendo autores del género feminista, las que dicen que la pornografía “convierte a las mujeres en objetos” (qué curioso, la más ávida coleccionista y consumidora de pornografía que jamás conocí fue mi ex, Carmen, y puedo asegurar que ella era cualquier cosa menos un objeto), y que por tanto argumentan que el estado debería controlar y limitar la producción pornográfica: idea que, si bien podría suscitar cierta simpatía entre los estamentos más curuchupas de la sociedad ecuatoriana, el propio Flores ha de darse cuenta de que es el colmo del ridículo. La producción y goce de la pornografía es consustancial a la naturaleza humana: apenas hubo perfeccionado la talla de las herramientas de caza, el hombre primitivo ya estaba labrándose pequeñas esculturas de mujeres con tetas descomunales para, obviamente, poder hacerse unas primitivas y paleontológicas pajas con ellas. Que el estado tenga algo que decir en esa cuestión sólo se le podría ocurrir a un puritano de la estirpe de los buenos patriarcas de Salem.
En cuanto al “discurso del odio”, Fiss no hace más que reproducir la idea, tan extendida como falaz, de que tal discurso origina entre individuos que no tienen ninguna relación con el estado, y que por tanto ese inocente y moralmente superior estado es el indicado para controlar tal discurso. En realidad, cualquier discurso que incite al odio resulta casi siempre originar desde los propios gobernantes (ejemplos abundan, desde la Alemania nazi hasta el correísmo de hoy). Es curioso al respecto constatar que si bien el nuevo Código Penal ecuatoriano acaba de convertir en delito el discurso del odio, esperó el tiempo justo para que los escritores del diario estatal se llenen la boca con discursos que incitaban al odio contra la oposición por motivos raciales o económicos. ¿Ahora se callarán? En los próximos días lo veremos. No quiero estropearle a nadie la sorpresa.
En realidad, por lo general son los gobernantes y los aspirantes a gobernar los interesados en que la gente se odie entre sí, por aquella consigna de divide y vencerás: por ello, cualquier discurso que enarbole la bandera de un nosotros sufrido, sacrificado y desconcertantemente bueno, contra un ellos sucio, oportunista, traicionero y colmado de inmerecidos privilegios, siempre resulta derivar del esfuerzo de un grupo por hacerse con el poder estatal o mantenerse en él: por tanto, que sea ese mismo estado el que “controle” tal discurso es una propuesta quijotesca, por decir lo menos. Además, sabemos que a veces las acciones hablan más fuerte que las palabras: por lo tanto, amordazar a los cicerones de los distintos partidos en lid, para que sus enemistades sólo se descubran a través de la praxis gubernamental pos-electoral, es hacerle al electorado un flaco favor. Qué bueno hubiera sido poder escuchar de boca de Correa, por ejemplo, la franca letanía de sus innumerables paranoias durante esa primera campaña electoral, en vez de tener que descubrirlos en la práctica. En este sentido, el discurso del odio tiene la misma utilidad que esas marcas llamativas que algunos animalitos llevan en la espalda: transmiten el mensaje: “ojo, venenoso”. Personalmente, creo aconsejable, frente a este tipo de discurso, en vez de prohibirlo, actuar como ese sabio rey Mithradites, que cada día se tomaba un poquito de veneno para conseguir, a largo plazo, la inmunidad. Si no, si damos al estado la facultad de dirimir discursos, el del odio se convertirá en atribución exclusiva de los gobernantes, con un poder alienante y avasallador muchísimo más grande, y una población indefensa, intelectual y emocionalmente, frente a él.
Contra eso, se objetará que el problema con ese tipo de discurso es que convence. Y aquí, de nuevo, se alza el espectro de “la sociedad”, ese pobre mono tan infantil, tan estúpidamente desamparado que hay que proteger sus oídos (para que no escuche discursos de odio), sus ojos (para que no vea pornografía) y en último término su boca (para que no diga esta boca es mía: que la sociedad en conjunto diga eso es la pesadilla de todo gobernante). Si bien cualquier individuo medianamente educado es capaz de protegerse contra todo intento de controlarlo a través de sus emociones, lo mismo no se puede decir de la sociedad, que se cree todo lo que lee (hasta ridículas historias de containers de cóndores procedentes de Irán), que si ve sangre se convierte en descuartizador, y que si ve pornografía se convierte en violador. En resumidas cuentas: la sociedad, cualquier sociedad, por mucho que esté constituido por seres racionales, con buena educación y cultura, cuando actúa de manera conjunta se torna salvaje e imbécil: fenómeno que ha sido innumerables veces comprobado por la experiencia. Cuando se trata de cualquier comunidad de seres humanos, el todo siempre es mucho, mucho menos que la suma de sus partes.
Entonces, volviendo al punto de partida, ¿qué problema tengo con la sugerencia de Flores de que el estado debería apoyar las campañas electorales de los diferentes partidos a través de una financiación equitativa, asegurándose de que todos ellos tengan el mismo acceso a los medios? Pues el primer problema es que no hay gobierno en el mundo (y menos el ecuatoriano, evidentemente) que no torcerá estos nobles designios en provecho propio, en cuanto exista la posibilidad de hacerlo, aprovechando el requerimiento de equidad para perseguir a la oposición por reales o imaginarios infracciones electorales, mientras hace caso omiso de toda regulación en su propia campaña hacia la reelección, tal como ahora estamos viendo. En segundo lugar, su propuesta le cuesta dinero al contribuyente, y como ya estamos acostumbrados en tales casos, al que propone tales gastos por parte del estado ni siquiera se le ocurre la gentileza de preguntarse si los contribuyentes estarían de acuerdo o no con que, digamos, el estado le regale a Alvaro Noboa sesenta mil dólares para que haga su campaña. En tercer lugar, no están demostradas las razones que esgrimen Flores y Fiss para proponer tal sistema: ¿dónde está la evidencia de que el sistema electoral liberal discrimina en contra de las propuestas de un sector de la sociedad, sea éste el de los pobres, o cualquier otro? Al contrario, aquí se suele cortejar electoralmente más a “los pobres” que a cualquier otro grupo (obvio, son los más numerosos). Si estamos hablando, no de “gente pobre” sino de “partidos pobres”, pues evidentemente, un partido político que sea incapaz de conseguirse fondos ya se descalifica de por sí, con independencia de su ideología: difícilmente podrá manejar los fondos del estado de manera responsable si no ha manejado nunca más de unos cuantos centavitos. En cuarto lugar, parece una frivolidad ponerse a diseñar nuevos sistemas electorales en este país sin siquiera mencionar lo que ha sido una lacra constante además de un atentado contra los más elementales derechos humanos, eso de obligar a la gente a votar. Puestos a mejorar el sistema electoral, lo primero que se le ocurre a cualquier persona racional en este país sería eso: derogar esa absurda obligatoriedad.
Pero lo que más me predispone en contra de la propuesta de Flores (dicho sea en secreto) es eso, precisamente, eso de que no puede hablar de ella sin que le salga esa problemática “sociedad”, o lo que es peor, sin atribuirle una “dimensión social” a las libertades individuales que dice que quiere conservar. Contrariamente a los individuos, la sociedad nunca ha hecho nada de bueno: no le hagamos el juego, no le consintamos en sus caprichos.
Me figuro que se trata de esas so called propiedades emergentes. Los colectivos son mucho más que un conjunto de individuos. El todo siempre es una especie más extraña que la sola suma de sus partes. Pero no es más.
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