Quis custodiet? (2)

Pero, ¿aprenderán más?

Ayer salió un artículo en el Telégrafo, firmado por Hernán Reyes Aguinaga, en torno a la educación, que por tratarse del órgano del pensamiento oficialista pocas esperanzas da a este respecto. Es digno de leerse, cuando menos para ilustrar el doble discurso de la tendencia ideológica representada. Resumiendo: tras cargar contra la "soberbia bobería" de los políticos en campaña (se sobreentiende: los de la oposición) y contra ese "gremio" de maestros (se supone: la UNE) que se niega tozudamente a cooperar con el ministerio de Educación en esa espinosa cuestión de la evaluación de conocimientos, el autor nos ofrece la siguiente pregunta:

¿es posible pensar en la acción de un maestro que emancipa, a diferencia de otro que explica y, por tanto, embrutece?

Como diría mi hijastra, de 10 años: "¡Descubrió América!"

Lo que el articulista plantea, es decir un enfoque educativo en que aquellas habilidades que contribuyan a la resolución de problemas primen sobre los conocimientos estáticos adquiridos mediante ardua memorización, es lugar común en la educación pública de todos los paises industrializados desde hace aproximadamente treinta años, más en algunos casos. En parte, tal revalorización obedece a consideraciones sólidas y pragmáticas: hoy más que nunca, vivimos en un mundo en que todo conocimiento estático (léase: ortodoxia) se vuelve obsoleto de forma discreta y veloz. Por ende, si el objetivo primario es formar a personas capaces de competir en el mercado laboral globalizado (este objetivo se puede discutir, por supuesto) donde las ortodoxias, las metodologías y los protocolos se suceden con velocidad desalentadora, tiene sentido preparar al alumnado para asumir los retos del reciclamiento permanente, de la resolución imaginativa y creativa de problemas no previstos en el pénsum académico actual, de la flexibilidad e incluso de la tolerancia y la apertura de miras ante distintas manifestaciones culturales. Hasta en mi propia especialización, la de la enseñanza de idiomas, hay desde hace décadas cada vez mayor énfasis en "independizar" al estudiante, dotarle de las necesarias herramientas cognitivas para que pueda seguir aprendiendo y perfeccionándose a su propio ritmo y según sus necesidades, sin necesariamente asistir a clases ni ponerse en manos de un soi-disant "maestro".

Hasta ahí, no creo que haya nada que discutir. Si el contenido curricular de la enseñanza pública ecuatoriana se ha quedado estancado en la inculcación autoritaria de verdades reveladas y la evaluaciòn se centra exclusivamente en la capacidad de memorizar y reproducir contenidos arbitrarios, entonces delenda est Carthago, el sistema está pìdiendo un sacudón de los fuertes, el mismo que hoy en otros países se rememoriza ya en los asilos de ancianos. Claro que sin haber pasado por ese sistema no puedo saber si lo que se pinta aquí es cierto o es simple parodia. Sin embargo, guardémonos de simplismos (en un artículo de 400 palabras, evidentemente, evitar el simplismo es difícil, si lo sabré yo, que por falta de tiempo he llenado este blog de reduccionismos en la línea de "épater le bourgeois"; yo, sin embargo, no soy periodista). Si bien todos los educadores queremos (se supone) formar a personas con capacidad de pensamiento crítico, con firmes valores propios y todo lo demàs que puede hacer falta para que sean hombres y mujeres de pro, nadie ha descubierto todavía la fórmula perfecta para conseguir eso, y cuando hablamos de "maestros que emancipan" frente a "maestros que explican" no estamos hablando de dos especies de ser ni siquiera de dos metodologías opuestas, pues por mucho que se hayan puesto de moda los eufemismos ("no, no, no, no ponga nunca explicar, ponga dilucidar, queda mejor") el profesor de química, pongamos por caso, no podrá evitar la "explicación" en tanto su cometido, impuesto desde arriba, es hacerle descubrir al alumno (perdón, cliente), en unos dos o tres años nomás, todo lo que a una serie de hombres de la talla de Pasteur o Avogadro les costó una vida de intenso estudio descubrir. No es en absoluto menospreciar la inteligencia del alumno creer que tal vez necesite ayuda para hacer en un año lo que unos genios mucho más motivados necesitaron varios cuartos de siglo para hacer. Además, y aquí creo que perderemos de vista a los bienintencionados teóricos, hay que ser honestos y admitir que el 99,9% del alumnado de los colegios simplemente no quiere estar allí, ni quiere aprender nada si de alguna manera puede evitarlo, sea cual sea la metodología utilizada. Como decía un amigo mío, fallecido hace poco, cuando se hablaba de partículas elementales (neutrons, protons, gluons, etc): "hay dos partículas elementales que siempre se repelan: los lessons y los morons".

Por tanto, olvidémonos de Hollywood y de las hilarantes enseñanzas del profesor Robin Williams ("chicos, arranquen de sus libros de poesía esas páginas del prefacio que no me gustan, vamos a aprender a ser censores, es bacancísimo"; "chicos, suban encima de sus pupitres para ver el mundo de otra manera": se nota que el guionista en su vida se ha encontrado con una clase de adolescentes varones reales, si piensa que esos pupitres no quedan hechos leña en pocos días). Si bien simpatizo con el mensaje de fondo de Reyes Aguinaga, que a mi juicio tiene que ver con un cambio de actitud por parte de los "maestros de cantina" más que otra cosa, no creo que el tema, con la seriedad que merece, admita simplismos: el maestro, sea cual sea su actitud y su metodología, necesita otras cosas, entre ellas autoridad (lo que no significa autoritarismo), y sólidos conocimientos en su materia, además de una serie de talentos y cualidades personales bastante difíciles de hallar o de cultivar, la carencia de las cuales precisamente en mi caso me hizo renunciar voluntariamente a un trabajo bien remunerado de profesor secundario en el colegio "Ornitorrincos del Saber" hace dos años.

Y lo más curioso es que, si uno insiste tanto en que el profesor debe tener la humildad de saberse "igual a los demás" (citando textualmente), y en que lo suyo no es "explicar" lo que sabe sino simplemente "apostar" a que el alumno descubrirá lo que le haga falta, terminaremos contestando a la pregunta inicial del artículo "¿Puede acaso un ignorante enseñar algo?" con un incómodo "sí, supongo que sí", pues el articulista hábilmente nos ha despojado de cualquier pretexto bajo el cual podríamos exigirle al maestro conocimientos en su materia. ¿De qué le sirve al profesor de inglés saber inglés, si le está vedado comunicar ("explicar") nada de lo que sabe, ni siquiera servir de modelo en algún aspecto, pues eso de hacer alarde de saber algo que el alumno no sepa queda, ay, terriblemente elitista, "verticalista", y además tenemos que proteger este bien tan preciado del alumno que es su autoestima, sin hacerle sentir que acaso hay algo que él no hace tan bien como se debería? (Lo admito: esto ya raya en mala leche, y no es estrictamente deducible a partir de los postulados de Reyes Aguinaga. Para ejemplos fehacientes del culto al autoestima del tierno parvulus, remito a Robert Hughes, "The Culture of Complaint".) Por eso, insisto, hablo de doble discurso: si por un lado el columnista despotrica contra los blancos fáciles de rigor, los autoproclamados mesías en lo político, los presentadores televisivos vanidosos y sermoneadores, los maestrillos burros que tienen miedo de una simple evaluaciòn, etcètera, se cuida muy mucho de meter en el saco de los falsos mesías a quien con más derecho pertenece allí ("no queremos nada para nosotros, y todo para ustedes", nos dice arrulladoramente el payaso del avión de paquete, el que nos sermonea cada sábado en todos los canales sin dar derecho de réplica a nadie), y en cuanto a las evaluaciones de conocimientos de los maestros nos da a entender que la cuestión no es que sepan, sino que sean humildes: tal vez basta con que lo sean lo suficiente para no hacerle más guerra al Ministerio en su afán de contagiar a la población estudiantil con su Infinito Amor a sí mismo.

Mientras, allá fuera, sigue habiendo carreteras y puentes por construir.

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