Una noche olvidable
Aucun moine ne grimpe sur le mât de pavillon. (A Shorter French Primer, c. 1970)
Últimamente, no sé por qué, se ha puesto de moda escribir sobre drogas. No tengo mucho que decir al respecto. Yo soy drogadicta desde joven (mi adicción primaria es al tabaco, pero también tomo café, a razón de tres tazas diarias, que si no las tomo, me da dolor de cabeza, cosas de viejos); entre los veintiséis y los treinta, de manera fulminante, y en menor grado entre los treinta y siete y los cuarenta y dos, también fui alcohólico. Para mí una vida sin drogas es tan difícil de concebir que para un miembro del Opus lo sería una vida sin cilicio: seguiría siendo un valle de lágrimas, pero con otro (¡otro!) exilio a cuestas (ahora, encima, se jodió el joderse). El alcohol, y tal vez (¿quién sabe?) el tabaco, me ayudaron a conocerme, a ser más yo, de la misma manera que el tabaco en especial me está ayudando ahora a morir al simplificar inexorablemente mis pulmones. Casi nunca me emborraché, sin embargo. Identificar el alcohólico con el borracho que duerme en el portal del Banco de Pichincha es una falacia atractiva, pero falacia a fin de cuentas (como pensar que “drogas” se resume en el caprichoso catecismo monofisita de la DEA). El alcohólico, precisamente por serlo, puede consumir diariamente en grandes cantidades sin que se le note nada. Tener que emborracharme, cuando tenía aquellos 26 años (cosa de competitivo machismo sajón) me ponía de mal humor: eso, aquellas tequilas saladas encima de las innumerables cervezas concursadas en el Reina Victoria, era trabajo, no diversión.
Ahí, en el Reina, también había porros de vez en cuando, pero ya no me quedaba ni curiosidad. Te resalta ciertos detalles de la música que escuchas (el susurro de fondo en Riders on the Storm, verbigracia), y hace que te rías de manera inmoderada de cualquier bobada, como si fueras un dios bebé. Está bien. Luego te entra un hambre feroz. Bien, pero nada del otro mundo (¿habrá otro mundo?). Todo esto lo sabía desde la universidad (para eso hay universidades, principalmente, para drogarse. No sé si servirán para alguna otra cosa.) Como todo tímido, me perdí supuestamente lo mejor, viviéndolo vicariamente a través de mi primera novia (a la que tuve que ayudar a “bajar” después de un mal viaje que emprendió con LSD: es como cuidar ancianos con hongos), ídem con algún miembro de la banda en que me metí posteriormente; también tenía un amigo que se ingería todo lo ilícito que encontraba, con el fin de volverse más plasta que antes y tocar durante horas los mismos cuatro paupérrimos acordes, o el mismo riff de Sunshine of your Love. (Hay mentes que simplemente no pueden expandirse, métase lo que se meta.) Era como para haberme vuelto cura, o enfermero. Tanto “ya, ya, despreocúpate, ningún oso panda vengativo está intentando quitar los membrillos del techo. Ahí están, ¿ves? Ahí cuelgan. Sí, nosotros somos mejores que cualquier oso panda, claro que sí. No cierres los ojos.”
Luego vino el asunto de la Susi, que me comunicaba en cartas de 12 a 15 páginas garabateadas desde la España de la Transición su forcejeo contra aquel Caballo que se estaba llevando a sus amistades una por una. Todo porque ella “quería saberlo todo, todo” (textual). Haberse conformado con Milk Tray, no creas, ahí al menos yo podría haber tomado cartas en el asunto. (Ella terminó de manera más triste que sus amigos, siendo Secretaria de Fomento de la Junta de Castilla y León.)
Luego vino la larga noche escura del neoalcoholismo, y otras cosas.
Pero adonde me trajo enseguida el tema cuando me lo propuse era a ese portal de cierta avenida de Segovia (no recuerdo el nombre, me refiero a donde está esa escuela militar que durante tres años tenía un tanque degollado a plena vista del público, sin que a nadie se le ocurriera la manera de volverle a colocar la mortífera torre.) Se trataba de un portal de respetable bloque de apartamentos, y tenía la pequeña peculiaridad de que podías abrir la puerta de la calle sin necesidad de herramientas especializadas. Aquella noche me vi obligado a entrar, por aquello de que una heroinómana se me había como prendado, capricho femenino que nunca entendí demasiado bien. Acababa yo de aterrizar allí después de la ruptura con Carmen (siempre voy a Segovia para estar solo, o después de cualquier ruptura, o simplemente para volver al pasado en busca de otra salida diferente); al lado de donde me hospedaba había un bar con el nombre DXT (Deporte) y mucha bulla. Allí ella se me acercó y quiso saber si estaba casado (se le olvidó preguntar mi nombre). Al enterarse (unos 15 segundos de interrogación intensiva) que no estaba casado y que acababa ser abandonado por la mujer a quien más había querido, se me volvió inseparable al instante.
Ella (Mar) era como un niño. No como una niña, pues no había apenas nada femenino en ella. Tampoco nada masculino. Era pequeña, sucia y desgreñada y no tenía aquello que mi mujer actual denomina “cuerpo”. Yo quería estar solo, y sentía con ella algo similar a lo que uno siente al encontrarse perdido en Marruecos con aquel ubicuo séquito de pegadizos niños que tintinean detrás de ti como si fueras un carro de recién casados, pero las heroinómanas son muy pero muy adhesivas. Para lo único que se separó de mí, aquel primer día, fue para ir a no sé qué hospital a por la metadona (ritual que entiendo equiparable a la misa diaria de los devotos cristianos). Cuando volvió (yo estaba esperando en un parque, pensando si debería aprovechar para escabullirme o no) llevaba orgullosamente en la mano un libro de curso de inglés, que resulta que había robado de una chica en la sala de espera. Con cara de buena niña (o de buen niño), dijo que usaría ese libro para aprender inglés, “para no decepcionarme”. Como yo no pensaba quedarme vivo en esa ciudad más de una semana, dudé que en ese tiempo pudiera aprender nada que me impresionara sobremanera, por lo menos no tanto como la facilidad que tenía para robar en salas de espera; pero no dije nada. Al final de ese primer día ya me había presentado a su mamá (de la que curiosamente no recuerdo nada, aparte de que le parecía requetebién que la Mar y yo fuéramos “novios”) y a su hermana, de cuyo semblante prematuramente cansado y vagamente bovino aún tengo constancia fotográfica, y de quien sólo recuerdo el dato que tenía nada menos que cuatro ediciones del Quijote, libro que había devorado infinidad de veces, con fines no especificados.
Al salir de casa de su mamá, me hizo, con ademán furtivo, obsequio de una página arrancada de alguna de esas publicaciones de los Testigos de Jehová, donde era cuestión de una representación a color, a página completa, de una escena paradisíaca: un hombre y una mujer agarrados de la mano, pastorilmente ataviados y rodeados de grandes carnívoros cuya inexplicable mansedumbre sólo se podría achacar a unos dosis considerables de metadona o de morfina. Al parecer, esa escena para Mar era de un romanticismo desalentador, y con el regalo y las palabras que ella había escrito al pie de la página quiso (supongo) afianzar nuestro noviazgo. A mí ya se me habían agotado las pocas y confusas maneras que se me ocurrían para expresar disconformidad con tal estado sin salir de la cortesía (a los hombres nadie nunca nos enseña cómo decir “no”, se supone que esa palabrota difícilmente nos ha de servir alguna vez.). Pasando cerca del hostal donde me hospedaba, sin embargo, descubrí de repente infinidad de razones para evitar que ella se introdujera en mi cuarto, a pesar de sus ruegos y de sus promesas (cuando objeté que no tenía preservativos, ella ofreció una mamada, total, la cuestión era de sellar nuestra unión de alguna manera al menos tangencialmente genital. No habría tenido nada en contra si en ella hubiera habido, por alguna parte, algo, aparte del nombre, algo que me recordara remotamente a una mujer.) Luego, sintiéndome culpable por no haber accedido a esas plegarias, se me ocurrió llevarla a cenar aquella noche. Daba la sensación de no haber comido en varios años. Pensé que igual si se le daba de comer, le saldrían tetas. Algo sería algo.
Mientras, me llevó a una plaza algo escondida y escuálida, con rala césped en medio, donde se nos juntó un perro, al parecer (por lo adhesivo) también toxicómano. Ella dijo que sabía quién era dueño de ese perro, pero si yo quería, lo robaría para que fuera nuestro perro. Yo le respondí que creía en la democracia, por tanto el perro tenía que decidir él mismo a quién prefería como dueños. Al poco tiempo acudieron varios sujetos, uno de los cuales preguntó a Mar por “su hombre”. En ésas, Mar recordó que todo este tiempo había tenido un novio, llamado Andrés, de nacionalidad polaca: sin embargo, me decía, no importaba, si yo quería ella lo dejaba, de todas maneras él era muy violento y se pasaba el día dándole patadas y puñetazos. Al parecer, según el consenso general, él estaba ocupado con la pasma y no vendría ahora. Con lo que, sin más demora, se dedicaron al tema principal, que era reunir cuartos para poder comprar los dos ingredientes básicos del excipiente del calimocho: vino “Don Simón” * y Coca-Cola.
El calimocho en España es toda una sociología y toda una religión. Es una bebida solidaria que casi siempre requiere de un esfuerzo económico conjunto entre varias personas, a modo de minga, para la compra de sus ingredientes, no porque sean caros, sino porque para beber calimocho hay que estar chiros súmmum cum laude. El aspecto religioso de este brebaje se centra en la armonía que se establece entre el elemento depresor del sistema nervioso central, es decir, el vino, y el elemento estimulante, el cafeína que viene con la Coca-Cola: los dos elementos son el yin y el yang del calimochismo entendido como filosofía oriental impulsadora de armonía y benevolencia universales. Supongo que no es menester insistir en que el calimocho sólo se puede consumir en espacios públicos, preferentemente con uno o varios perros cerca (pues los canes, como descubrí en esa ocasión, son también muy aficionados al sabor de esa bebida, aunque su participación en la fase preliminar de recaudación de fondos suele ser escasa). También, para tomar calimocho de manera correcta, es necesario que uno de los contrincantes tenga la mano vendada, por haberse liado a hostias ayer con unos gitanos camellos que resulta que portaban navaja. Cumplidos estos requisitos, se procede a la mezcla, siguiendo unas proporciones exactas que son un secreto ancestral cuidadosamente guardado por los maestros calimocheros. Parte del ritual también consiste en babear el recipiente, de modo ostentoso, pues el toque final del calimocho genuino es esa pátina de mocos, de saliva con flema, de fragmentos de hojas muertas y de pequeños insectos que catalizan esa oscura y enigmática reacción alquímica.
A Carmen la había llamado por teléfono la primera noche: no porque era buena idea (al contrario, torpedeaba mi directiva central, “haz como que no te importa haberla perdido, sálale el ego”) sino porque no podía más. A mi pregunta, “¿me echas de menos?” se quedó pensando durante 9,5 segundos antes de decir “no, no te echo de menos para nada”. (Las mujeres sí pueden decir esas cosas. Les sienta bien.) Desde ese momento, tuvo sentido para mí el haber leído, en El Adelantado de Segovia (diario que, a pesar de la putrefacción de sus noticias, tanto honor da a su nombre, que con regularidad publica esquelas de personas que aún viven) en el primer bar al lado de la estación tras llegar, que acababan de descubrir el cadáver de un hombre ahorcado en un edificio abandonado cercano al acueducto. Tratándose de El Adelantado, no tuve dificultad en figurarme que ese hombre sin identificar era (iba a ser) yo: todo era prepararme para lo inevitable. Siempre sabía que mi vida acabaría en esa regia ciudad de la misma manera que (figurativamente) comenzó allí. Con lo cual, ese calimocho me sirvió como premio consuelo por no poder escaquearme para ir al Valle de Clamores (q.v., d.v.) en esa ocasión, cuando tanto lo necesitaba para dar mis últimos adiós a los seres que allí habitan. (Sobra decir que sí, efectivamente, morí allí, en esa ciudad. El que escribe no es apenas más que fantasma; mi vida desde Carmen ha sido una simple posdata sin trascendencia alguna.)
En esas reflexiones estaba, cuando vino un mensajero a esa plaza, y Mar me dijo “parece que allá en el Alameda hay pelea con los gitanos, que tienen unos palos grandes. ¿Quieres verla?” (Con el mismo aire profundamente dubitativo y prematuramente defensivo que un ecuatoriano usa para invitarte a ver a Jenny Rosero.) No quise ver peleas con gitanos. Quise imaginarme una Mar con olas, es decir con tetas, pero no me salía. Pensé otra vez en la cena. “Tengo que irme,” le dije abruptamente. “Ya nos veremos en el DXT.”
Llamé de nuevo a Carmen, larga distancia, pero sólo conseguí una demanda para que le devolviera la foto que tenía de ella como bebe, y la noticia de que acababa de ser tomada por un marroquí calvo en un gimnasio, de nombre Osama (en serio), que de esa manera se había convertido en su futuro marido.
La cena fue de todo menos animada. A Mar no le salieron tetas ni con la segunda porción de aloz flito, y nuestro intento de fabricar un calimocho en mesa propia, con un vino respetable, ante la mirada atónita de algún camarero, no dio resultados memorables. Eso sí, pude maravillarme de nuevo ante su habilidad para apropiarse de cosas que nadie quería darle. Tras desaparecer el primer juego de palillos, pidió otros, que se le trajeron de mala gana, y fue cuando se le ocurrió escribir, a punta de bolígrafo, un mensaje en uno de ellos para que me sirviera de recuerdo. Textualmente, y con letra incierta: “GRACIAS POR UNA NOCHE OLVIDABLE”. No recuerdo de qué manera sutil le hice pronunciar lo que había querido escribir, que era, como figuraba, “inolvidable”. Está bien, pensé, olvidable probablemente es la palabra, Freud lo hubiera aprobado. Supongo que le devolví el favor con el otro palillo. Realmente, no recuerdo.
Y fue después de esa cena cuando, ya de noche, nos trasladamos a esa avenida para que ella desapareciera un momento (tenía que desaparecer, al parecer, era parte del guión) para comprarle droga a unos gitanos que había ahí cerca. Vino contenta. Nos tomamos unas copas en un mesón, donde se reunió con un amigo que en su tiempo libre era niño de trece o catorce años. Luego, al recorrer la avenida, de repente vi que entramos en ese portal. “Aquí nadie nos ve. Si no, más abajo hay otro.”
Ella y su amigo sacaron hojalata, mechero. Lo que siguió me recordó con fuerza aquella pintura del niño con fósforo que a tantos ensimisma en la National Gallery, una escena maravillosa en lo que atañe a la iluminación, a los colores, al encuadre. No participé. A la heroína la asocio todavía con cosas malas, con trucos abultadores, con sorpresas desagradables a nivel sanguíneo. Quería estar sano para ahorcarme. Todavía no había encontrado siquiera el edificio abandonado presagiado. Iba a la zaga de mi destino.
Los heroinómanos realizados son como títeres descordados, como monigotes de Guy Fawkes, como ensotanados caducidades de Madame Tussaud’s. En esa soledad se me ocurrió que era muy extraño, casi de ciencia ficción, que en una ciudad tan repleta de cultura y de milenarias piedras como Segovia existían madres como la suya, que desterraban a la hija para vivir con polacos pateadores porque la toxicomanía está mal vista entre cierto sector de la microburguesía parroquial. (La otra hija, la del Quixote, de treinta y tantos, aún tenía cama y desayuno.) Y que allí, en la misma ciudad del Alférez Provisional (la estoica y sempiterna provisionalidad de ese alferecito siempre me enternecía), allí donde aquella catedral que en sus formas constituye prueba irrefutable de la existencia de la cigüeña, donde el acueducto y el Alcázar y el valle de Clamores y la Susi, allí donde todo eso, pudiera existir una cultura dedicada a la obtención de metadona matutina y calimocho crepuscular, sorda y ciega a todas las garrulísimas maravillas circundantes.
Y es que, como decía mi libro de francés en el colegio, no hay ningún monje trepando por el pabellón portabanderas, ni nunca supongo que habrá. Ni los seres biempensantes tan necesitados de sinápticos cheques sin fondos se atreven a salirse de sus algodones, ni los hedonistas irredentos superamos nunca nuestro eterno y lluvioso carnaval. (Que nos persigan, pues: para eso, evidentemente, fuimos así confeccionados.)
* No intento dar a entender que en ese instante acudiera un sujeto que de modo engañoso se arrogara el nombre de Don Simón. Se trata de una marca de vino que se vende en cartón, y que tiene la particularidad de dejar extraños sedimentos químicos en anillos alrededor del vaso, si es que a alguien se le ocurre tomarlo en vaso.

Últimamente, no sé por qué, se ha puesto de moda escribir sobre drogas. No tengo mucho que decir al respecto. Yo soy drogadicta desde joven (mi adicción primaria es al tabaco, pero también tomo café, a razón de tres tazas diarias, que si no las tomo, me da dolor de cabeza, cosas de viejos); entre los veintiséis y los treinta, de manera fulminante, y en menor grado entre los treinta y siete y los cuarenta y dos, también fui alcohólico. Para mí una vida sin drogas es tan difícil de concebir que para un miembro del Opus lo sería una vida sin cilicio: seguiría siendo un valle de lágrimas, pero con otro (¡otro!) exilio a cuestas (ahora, encima, se jodió el joderse). El alcohol, y tal vez (¿quién sabe?) el tabaco, me ayudaron a conocerme, a ser más yo, de la misma manera que el tabaco en especial me está ayudando ahora a morir al simplificar inexorablemente mis pulmones. Casi nunca me emborraché, sin embargo. Identificar el alcohólico con el borracho que duerme en el portal del Banco de Pichincha es una falacia atractiva, pero falacia a fin de cuentas (como pensar que “drogas” se resume en el caprichoso catecismo monofisita de la DEA). El alcohólico, precisamente por serlo, puede consumir diariamente en grandes cantidades sin que se le note nada. Tener que emborracharme, cuando tenía aquellos 26 años (cosa de competitivo machismo sajón) me ponía de mal humor: eso, aquellas tequilas saladas encima de las innumerables cervezas concursadas en el Reina Victoria, era trabajo, no diversión.
Ahí, en el Reina, también había porros de vez en cuando, pero ya no me quedaba ni curiosidad. Te resalta ciertos detalles de la música que escuchas (el susurro de fondo en Riders on the Storm, verbigracia), y hace que te rías de manera inmoderada de cualquier bobada, como si fueras un dios bebé. Está bien. Luego te entra un hambre feroz. Bien, pero nada del otro mundo (¿habrá otro mundo?). Todo esto lo sabía desde la universidad (para eso hay universidades, principalmente, para drogarse. No sé si servirán para alguna otra cosa.) Como todo tímido, me perdí supuestamente lo mejor, viviéndolo vicariamente a través de mi primera novia (a la que tuve que ayudar a “bajar” después de un mal viaje que emprendió con LSD: es como cuidar ancianos con hongos), ídem con algún miembro de la banda en que me metí posteriormente; también tenía un amigo que se ingería todo lo ilícito que encontraba, con el fin de volverse más plasta que antes y tocar durante horas los mismos cuatro paupérrimos acordes, o el mismo riff de Sunshine of your Love. (Hay mentes que simplemente no pueden expandirse, métase lo que se meta.) Era como para haberme vuelto cura, o enfermero. Tanto “ya, ya, despreocúpate, ningún oso panda vengativo está intentando quitar los membrillos del techo. Ahí están, ¿ves? Ahí cuelgan. Sí, nosotros somos mejores que cualquier oso panda, claro que sí. No cierres los ojos.”
Luego vino el asunto de la Susi, que me comunicaba en cartas de 12 a 15 páginas garabateadas desde la España de la Transición su forcejeo contra aquel Caballo que se estaba llevando a sus amistades una por una. Todo porque ella “quería saberlo todo, todo” (textual). Haberse conformado con Milk Tray, no creas, ahí al menos yo podría haber tomado cartas en el asunto. (Ella terminó de manera más triste que sus amigos, siendo Secretaria de Fomento de la Junta de Castilla y León.)
Luego vino la larga noche escura del neoalcoholismo, y otras cosas.
Pero adonde me trajo enseguida el tema cuando me lo propuse era a ese portal de cierta avenida de Segovia (no recuerdo el nombre, me refiero a donde está esa escuela militar que durante tres años tenía un tanque degollado a plena vista del público, sin que a nadie se le ocurriera la manera de volverle a colocar la mortífera torre.) Se trataba de un portal de respetable bloque de apartamentos, y tenía la pequeña peculiaridad de que podías abrir la puerta de la calle sin necesidad de herramientas especializadas. Aquella noche me vi obligado a entrar, por aquello de que una heroinómana se me había como prendado, capricho femenino que nunca entendí demasiado bien. Acababa yo de aterrizar allí después de la ruptura con Carmen (siempre voy a Segovia para estar solo, o después de cualquier ruptura, o simplemente para volver al pasado en busca de otra salida diferente); al lado de donde me hospedaba había un bar con el nombre DXT (Deporte) y mucha bulla. Allí ella se me acercó y quiso saber si estaba casado (se le olvidó preguntar mi nombre). Al enterarse (unos 15 segundos de interrogación intensiva) que no estaba casado y que acababa ser abandonado por la mujer a quien más había querido, se me volvió inseparable al instante.
Ella (Mar) era como un niño. No como una niña, pues no había apenas nada femenino en ella. Tampoco nada masculino. Era pequeña, sucia y desgreñada y no tenía aquello que mi mujer actual denomina “cuerpo”. Yo quería estar solo, y sentía con ella algo similar a lo que uno siente al encontrarse perdido en Marruecos con aquel ubicuo séquito de pegadizos niños que tintinean detrás de ti como si fueras un carro de recién casados, pero las heroinómanas son muy pero muy adhesivas. Para lo único que se separó de mí, aquel primer día, fue para ir a no sé qué hospital a por la metadona (ritual que entiendo equiparable a la misa diaria de los devotos cristianos). Cuando volvió (yo estaba esperando en un parque, pensando si debería aprovechar para escabullirme o no) llevaba orgullosamente en la mano un libro de curso de inglés, que resulta que había robado de una chica en la sala de espera. Con cara de buena niña (o de buen niño), dijo que usaría ese libro para aprender inglés, “para no decepcionarme”. Como yo no pensaba quedarme vivo en esa ciudad más de una semana, dudé que en ese tiempo pudiera aprender nada que me impresionara sobremanera, por lo menos no tanto como la facilidad que tenía para robar en salas de espera; pero no dije nada. Al final de ese primer día ya me había presentado a su mamá (de la que curiosamente no recuerdo nada, aparte de que le parecía requetebién que la Mar y yo fuéramos “novios”) y a su hermana, de cuyo semblante prematuramente cansado y vagamente bovino aún tengo constancia fotográfica, y de quien sólo recuerdo el dato que tenía nada menos que cuatro ediciones del Quijote, libro que había devorado infinidad de veces, con fines no especificados.
Al salir de casa de su mamá, me hizo, con ademán furtivo, obsequio de una página arrancada de alguna de esas publicaciones de los Testigos de Jehová, donde era cuestión de una representación a color, a página completa, de una escena paradisíaca: un hombre y una mujer agarrados de la mano, pastorilmente ataviados y rodeados de grandes carnívoros cuya inexplicable mansedumbre sólo se podría achacar a unos dosis considerables de metadona o de morfina. Al parecer, esa escena para Mar era de un romanticismo desalentador, y con el regalo y las palabras que ella había escrito al pie de la página quiso (supongo) afianzar nuestro noviazgo. A mí ya se me habían agotado las pocas y confusas maneras que se me ocurrían para expresar disconformidad con tal estado sin salir de la cortesía (a los hombres nadie nunca nos enseña cómo decir “no”, se supone que esa palabrota difícilmente nos ha de servir alguna vez.). Pasando cerca del hostal donde me hospedaba, sin embargo, descubrí de repente infinidad de razones para evitar que ella se introdujera en mi cuarto, a pesar de sus ruegos y de sus promesas (cuando objeté que no tenía preservativos, ella ofreció una mamada, total, la cuestión era de sellar nuestra unión de alguna manera al menos tangencialmente genital. No habría tenido nada en contra si en ella hubiera habido, por alguna parte, algo, aparte del nombre, algo que me recordara remotamente a una mujer.) Luego, sintiéndome culpable por no haber accedido a esas plegarias, se me ocurrió llevarla a cenar aquella noche. Daba la sensación de no haber comido en varios años. Pensé que igual si se le daba de comer, le saldrían tetas. Algo sería algo.
Mientras, me llevó a una plaza algo escondida y escuálida, con rala césped en medio, donde se nos juntó un perro, al parecer (por lo adhesivo) también toxicómano. Ella dijo que sabía quién era dueño de ese perro, pero si yo quería, lo robaría para que fuera nuestro perro. Yo le respondí que creía en la democracia, por tanto el perro tenía que decidir él mismo a quién prefería como dueños. Al poco tiempo acudieron varios sujetos, uno de los cuales preguntó a Mar por “su hombre”. En ésas, Mar recordó que todo este tiempo había tenido un novio, llamado Andrés, de nacionalidad polaca: sin embargo, me decía, no importaba, si yo quería ella lo dejaba, de todas maneras él era muy violento y se pasaba el día dándole patadas y puñetazos. Al parecer, según el consenso general, él estaba ocupado con la pasma y no vendría ahora. Con lo que, sin más demora, se dedicaron al tema principal, que era reunir cuartos para poder comprar los dos ingredientes básicos del excipiente del calimocho: vino “Don Simón” * y Coca-Cola.
El calimocho en España es toda una sociología y toda una religión. Es una bebida solidaria que casi siempre requiere de un esfuerzo económico conjunto entre varias personas, a modo de minga, para la compra de sus ingredientes, no porque sean caros, sino porque para beber calimocho hay que estar chiros súmmum cum laude. El aspecto religioso de este brebaje se centra en la armonía que se establece entre el elemento depresor del sistema nervioso central, es decir, el vino, y el elemento estimulante, el cafeína que viene con la Coca-Cola: los dos elementos son el yin y el yang del calimochismo entendido como filosofía oriental impulsadora de armonía y benevolencia universales. Supongo que no es menester insistir en que el calimocho sólo se puede consumir en espacios públicos, preferentemente con uno o varios perros cerca (pues los canes, como descubrí en esa ocasión, son también muy aficionados al sabor de esa bebida, aunque su participación en la fase preliminar de recaudación de fondos suele ser escasa). También, para tomar calimocho de manera correcta, es necesario que uno de los contrincantes tenga la mano vendada, por haberse liado a hostias ayer con unos gitanos camellos que resulta que portaban navaja. Cumplidos estos requisitos, se procede a la mezcla, siguiendo unas proporciones exactas que son un secreto ancestral cuidadosamente guardado por los maestros calimocheros. Parte del ritual también consiste en babear el recipiente, de modo ostentoso, pues el toque final del calimocho genuino es esa pátina de mocos, de saliva con flema, de fragmentos de hojas muertas y de pequeños insectos que catalizan esa oscura y enigmática reacción alquímica.
A Carmen la había llamado por teléfono la primera noche: no porque era buena idea (al contrario, torpedeaba mi directiva central, “haz como que no te importa haberla perdido, sálale el ego”) sino porque no podía más. A mi pregunta, “¿me echas de menos?” se quedó pensando durante 9,5 segundos antes de decir “no, no te echo de menos para nada”. (Las mujeres sí pueden decir esas cosas. Les sienta bien.) Desde ese momento, tuvo sentido para mí el haber leído, en El Adelantado de Segovia (diario que, a pesar de la putrefacción de sus noticias, tanto honor da a su nombre, que con regularidad publica esquelas de personas que aún viven) en el primer bar al lado de la estación tras llegar, que acababan de descubrir el cadáver de un hombre ahorcado en un edificio abandonado cercano al acueducto. Tratándose de El Adelantado, no tuve dificultad en figurarme que ese hombre sin identificar era (iba a ser) yo: todo era prepararme para lo inevitable. Siempre sabía que mi vida acabaría en esa regia ciudad de la misma manera que (figurativamente) comenzó allí. Con lo cual, ese calimocho me sirvió como premio consuelo por no poder escaquearme para ir al Valle de Clamores (q.v., d.v.) en esa ocasión, cuando tanto lo necesitaba para dar mis últimos adiós a los seres que allí habitan. (Sobra decir que sí, efectivamente, morí allí, en esa ciudad. El que escribe no es apenas más que fantasma; mi vida desde Carmen ha sido una simple posdata sin trascendencia alguna.)
En esas reflexiones estaba, cuando vino un mensajero a esa plaza, y Mar me dijo “parece que allá en el Alameda hay pelea con los gitanos, que tienen unos palos grandes. ¿Quieres verla?” (Con el mismo aire profundamente dubitativo y prematuramente defensivo que un ecuatoriano usa para invitarte a ver a Jenny Rosero.) No quise ver peleas con gitanos. Quise imaginarme una Mar con olas, es decir con tetas, pero no me salía. Pensé otra vez en la cena. “Tengo que irme,” le dije abruptamente. “Ya nos veremos en el DXT.”
Llamé de nuevo a Carmen, larga distancia, pero sólo conseguí una demanda para que le devolviera la foto que tenía de ella como bebe, y la noticia de que acababa de ser tomada por un marroquí calvo en un gimnasio, de nombre Osama (en serio), que de esa manera se había convertido en su futuro marido.
La cena fue de todo menos animada. A Mar no le salieron tetas ni con la segunda porción de aloz flito, y nuestro intento de fabricar un calimocho en mesa propia, con un vino respetable, ante la mirada atónita de algún camarero, no dio resultados memorables. Eso sí, pude maravillarme de nuevo ante su habilidad para apropiarse de cosas que nadie quería darle. Tras desaparecer el primer juego de palillos, pidió otros, que se le trajeron de mala gana, y fue cuando se le ocurrió escribir, a punta de bolígrafo, un mensaje en uno de ellos para que me sirviera de recuerdo. Textualmente, y con letra incierta: “GRACIAS POR UNA NOCHE OLVIDABLE”. No recuerdo de qué manera sutil le hice pronunciar lo que había querido escribir, que era, como figuraba, “inolvidable”. Está bien, pensé, olvidable probablemente es la palabra, Freud lo hubiera aprobado. Supongo que le devolví el favor con el otro palillo. Realmente, no recuerdo.
Y fue después de esa cena cuando, ya de noche, nos trasladamos a esa avenida para que ella desapareciera un momento (tenía que desaparecer, al parecer, era parte del guión) para comprarle droga a unos gitanos que había ahí cerca. Vino contenta. Nos tomamos unas copas en un mesón, donde se reunió con un amigo que en su tiempo libre era niño de trece o catorce años. Luego, al recorrer la avenida, de repente vi que entramos en ese portal. “Aquí nadie nos ve. Si no, más abajo hay otro.”
Ella y su amigo sacaron hojalata, mechero. Lo que siguió me recordó con fuerza aquella pintura del niño con fósforo que a tantos ensimisma en la National Gallery, una escena maravillosa en lo que atañe a la iluminación, a los colores, al encuadre. No participé. A la heroína la asocio todavía con cosas malas, con trucos abultadores, con sorpresas desagradables a nivel sanguíneo. Quería estar sano para ahorcarme. Todavía no había encontrado siquiera el edificio abandonado presagiado. Iba a la zaga de mi destino.
Los heroinómanos realizados son como títeres descordados, como monigotes de Guy Fawkes, como ensotanados caducidades de Madame Tussaud’s. En esa soledad se me ocurrió que era muy extraño, casi de ciencia ficción, que en una ciudad tan repleta de cultura y de milenarias piedras como Segovia existían madres como la suya, que desterraban a la hija para vivir con polacos pateadores porque la toxicomanía está mal vista entre cierto sector de la microburguesía parroquial. (La otra hija, la del Quixote, de treinta y tantos, aún tenía cama y desayuno.) Y que allí, en la misma ciudad del Alférez Provisional (la estoica y sempiterna provisionalidad de ese alferecito siempre me enternecía), allí donde aquella catedral que en sus formas constituye prueba irrefutable de la existencia de la cigüeña, donde el acueducto y el Alcázar y el valle de Clamores y la Susi, allí donde todo eso, pudiera existir una cultura dedicada a la obtención de metadona matutina y calimocho crepuscular, sorda y ciega a todas las garrulísimas maravillas circundantes.
Y es que, como decía mi libro de francés en el colegio, no hay ningún monje trepando por el pabellón portabanderas, ni nunca supongo que habrá. Ni los seres biempensantes tan necesitados de sinápticos cheques sin fondos se atreven a salirse de sus algodones, ni los hedonistas irredentos superamos nunca nuestro eterno y lluvioso carnaval. (Que nos persigan, pues: para eso, evidentemente, fuimos así confeccionados.)
* No intento dar a entender que en ese instante acudiera un sujeto que de modo engañoso se arrogara el nombre de Don Simón. Se trata de una marca de vino que se vende en cartón, y que tiene la particularidad de dejar extraños sedimentos químicos en anillos alrededor del vaso, si es que a alguien se le ocurre tomarlo en vaso.

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