Quis custodiet?

Hace años, en el Reino Unido, el gobierno de Blair descubrió una manera muy fácil de granjearse votos sin apenas invertir ni dinero ni esfuerzo. Como hacía tiempo que se comentaba en los medios que "la educación" era uno de los grandes retos para el futuro del país, a alguien se le ocurrió que si cada año subían las calificaciones promedio de los graduados del colegio, este simple hecho podría servirle al gobierno para colgarse medallas y "demostrar" que el gobierno estaba mejorando la calidad de la educación. Tal solución era facilísima de implementar: simplemente se le presionaba a los Examining Boards para que hicieran los exámenes cada vez más fáciles. Tal presión normalmente venía de forma indirecta, mediante directivas para que tal o cual elemento del pénsum tradicional se eliminara o se reemplazara por otro más "actual", más acorde con las nuevas teorías educativas. El resultado de estos cambios, de sobras conocido, el "dumbing-down" o asnamiento progresivo del nivel educativo del país, ha sido objeto de numerosas sátiras (si encuentro alguna a mano la postearé abajo.) Claro que esta política conlleva dos pequeños inconvenientes: primero, que tarde o temprano se llega a un impasse donde es imposible seguir subiendo las notas, puesto que todos los graduados ya están sacando sobresalientes en todas las asignaturas (esta situación ya está muy cercana en el caso citado); segundo, que si bien las notas mejoran, la falta de conocimientos y aptitudes por parte del alumnado inhabilitan a los recién graduados a desempeñar cualquier trabajo serio en el mundo real. Lo cual ha dado por consecuencia que el Estado se ha visto obligado a proveer de empleo a esos laureados analfabetos funcionales que cada año genera en número creciente; la siniestra estatización del mercado laboral británica ha sido consecuencia directa de todo ello.

Claro que los antecedentes económicos de ese país le han concedido cierto margen de maniobra en este sentido. En el caso de Ecuador, es difícil que el Estado pueda, durante mucho tiempo, darse el lujo de fabricar burros con la misma constancia. Un país pobre, para salir de la pobreza, necesita una educación que realmente sea de calidad: no una que solamente lo aparente. (Monsieur Jourdain sigue siendo, en este sentido, un personaje eminentemente europeo.)

Durante mucho tiempo me preguntaba por qué tantas veces he sido abordado por perfectos desconocidos en este país con las palabras "Hola, ingeniero". ¿Tendré tatuado en la frente ese "ingeniero", de forma no solamente mendaz sino misteriosamente indescifrable para el espejo? Al final llegué a la conclusión de que para el ecuatoriano, el extranjero con aspecto gringo, a menos de que demuestre atributos de turista despistado, ha de ser ingeniero, pues a nivel humano eso es lo que el país importa en mayor cantidad: ingenieros, personas con conocimientos prácticos aprovechables. Reflejo, tal vez, de una dolorosa realidad: que el país no ha sabido formar ingenieros propios siquiera con los mínimos conocimientos necesarios para abarcar sus modestas necesidades: construcción de carreteras y puentes, racionalización de metodología agrónoma y pesquera, mantenimiento de centrales petroleras.

Y si en todo esto hay un consenso abrumador, al menos entre todas las personas de mi conocimiento que se hayan referido al tema, es que la culpa de la crisis de la enseñanza en este país recae sólidamente (ya que no exclusivamente) en una agrupación política, el MPD, que si bien tiene un peso electoral prácticamente nulo ha sabido enquistarse en la educación primaria y secundaria, donde ha destacado por promocionar la mediocridad a todos los niveles, empezando por la selección de personal y pasando por el contenido del currículo académico. Según Gabriela Calderón, llevan 30 años promocionando entre el alumnado, de acuerdo con sus postulados ideológicos, el odio clasista, lo cual de ser cierto explicaría muchos elementos de la sorprendente panorama política actual.

Por eso, que el gobierno haya intentado mejorar la calidad de la educación sometiendo a los maestros a rutinarias pruebas de conocimientos con el fin (se supone) de aislar a los educadores ignorantes, podría parecer una medida positiva, si no fuera porque, con el gobierno actual, uno intuye que la medida forma parte de un plan ambicioso de control ideológico del sistema educativo: es decir, los que se erigen en jueces de "ipsos custodies" ya han declarado que no reconocen ninguna autoridad superior a ellos, y por tanto, o han de ser divinamente imparciales y objetivos en sus mediciones y en sus conclusiones (y ya sabemos que no serán así), o están sustituyendo la tiranía del maestrillo burro por la del ministrillo ídem, más o menos como sucedió en Inglaterra. Fácil predecir el resto: los emepedistas saldrán mal parados, el gobierno implementará un programa de choque de formación contínua de educadores, que consistirá en aprender a cantar las alabanzas de Correa en todos los idiomas oficiales y semioficiales de la nación, tras el cual el gobierno publicará nuevos resultados que demuestren que los mismos educadores emepedistas de ahora son mucho mejores que los de antes (un 100% de aprobados en la evaluación de Infinito Amor), y se celebrará el gran avance en materia de educación en mil cadenas televisivas en prime time.

Y luego, cuando todos los maestros estén sacando sobresalientes a diestra y siniestra, le tocará el turno a los alumnos.

Pero ¿se aprenderá más?



(continuará, a lo mejor)

Comments

  1. Creo que eso es algo que ya se viene. Por eso es que tenemos a un ministro de Educación como Raul Vallejo (sobre ese tipillo tengo una que otra queja) para enseñarnos desde la educación básica a "ir más allá del pragmatismo del mercado".

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  2. "Según Gabriela....., de acuerdo con sus postulados ideológicos, el odio clasista, lo cual de ser cierto explicaría ....... panorama política actual."



    Quizá sea solo la percepción de un pequeño grupo de apóstatas o más bien anarquistas, que quieren manchar el "noble" nombre de los maestritos de cantina. O será que, había que pasar por las aulas públicas para conocer de experiencia propia, la influrencia nefasta de los seudo comunistas. ¡Quién sabe, a lo mejor es solo una fantasía del cuento del Nunca Jamás!

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