Honesty

Se me encendió la bombilla. Claro: en castellano no hay palabra para eso. Hagamos una.

Ya en el colegio, mi profesor de castellano (a quien todos decían Peanut, por su morfología craneal) me explicó que ser honesto no significaba más ni menos que abstenerse de todo tipo de libertinaje: es decir, se trata de una virtud sexual decimonónica o en todo caso pre-Woodstock y pre-R. vs. Penguin Books. (Por si no lo sabías, el sexo se inventó poco antes del primer elepé de los Beatles. Yo, en cambio, soy producto de un accidente que involucró una botella de ketchup, una servilleta usada y un ciempiés radioactivo). El tipo me animó a traducir honesty por honradez en lugar de honestidad: ha sido poco a poco y a duras penas que me he dado cuenta de que no es, ni de cien leguas, lo mismo. Ser honrado es tarea fácil (excepto en el Municipio de Guayaquil): significa simplemente seguir, en su conducta, un conjunto de principios éticos públicamente reconocibles. Hasta se amenaza con que Febres Cordero sea honrado con un malecón que lleve su nombre, en reconocimiento de la rectitud de su conducta pública (a todos los insultaba por igual, sin distinción de personas). En fin, y sin entrar en la maraña de confusión lingüística propia de países latinoamericanas que mezclan el castellano con el inglés macarrónico (no te olvides de vacunar la carpeta, sobre todo si vas al Municipio), digamos que en el castellano puro no hay nada que se parezca ni remotamente a honesty.

¿Sinceridad? Te seré sincero, de donde crece la palma, pero no basta. Aunque mis pronunciamientos no lleven cera (ver etimología popular), no por eso se puede inferir que sean honest. Sinceridad, digamos, es decir que Jorge Ortiz te cae como una patada en el níspero. Si consigues dar un par de razones que justifiquen esa antipatía, puede parecer que estás siendo honest, pero aquí precisamente, tanto más parece, más deja de ser. Mejor hubiera sido explicarlo en vez de justificarlo. Si no entiendes la diferencia, será que te has acostumbrado a ser demasiado honrado. El honrado, pura testosterona (vi uno en la tele anoche, Canal Uno: llevaba traje de abogado, fulminaba contra los informales, y ensayaba preciosidades paternalistas tipo hacer popó: fue aterrador. Según ese incalificable, el alcalde de Guayaquil es, por aprobación popular abrumadora, dueño de la ciudad. Estos días ya estoy viendo todo ese intríngulis de cerca, como en pesadilla: un ratero al estilo de las escuelas de pago más escuálidas de Inglaterra: te compras tu honradez con un ritual de sumisión, de pantalón tobillero, en un despacho bien barnizado que huele a cazuela caduca. La licencia para paternalizar se expide en ocho días y el daño cerebral es permanente). El honrado es a quien le acompaña por todos lados la razón, fiel escudero panzudo, ducho en dichos, esgrimidor de eslóganes. Honradas también fueron todas esas novias psicólogas que tuve, que escribían con tinta verde, se interesaban por el Feng Shui y madrugaban haciendo ejercicios de autoestima.

Ser honest es otra cosa. En vez de justificar, se trata de explicar, para luego ahondar, para luego dudar, atar cabos, descubrir. “Only connect”. Se me ocurre como traducción aproximada “auténtico”. Claro que esa palabreja deja mal sabor de boca, sabor a Sartre, pero el principio activo está allí. Ser auténtico es no despreciar, no maniquear (perdón), no tener siempre la razón, no patentar, no cargar con el inaguantable peso de la propiedad intelectual, no caer en el facilismo de los trucos de eficacia comprobada para ir repitiéndose en ceremonioso decrescendo hacia la edad del anecdotaje. Es tener tres o más dimensiones, y saber sorprender. Muchas mujeres, sólo por saber hacer eso, se llevaron amores seculares. Los hombres auténticos viven en las notas al pie, su hábitat natural: el mundo no sabe bien bien qué hacer con ellos, pero de alguna manera dejan huella. Hacen camino al andar. No se les puede seguir (demasiada la maleza) pero se puede aprender de ellos. Desgraciadamente, no se les encuentra con frecuencia.

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