Road Rage
Hace unos ocho años, alguien me dijo: "tu mayor defecto es que nunca te enfadas. Me parece preocupante."
Ahora, el dato parece anecdótico, hasta un poquito irónico. Al poco tiempo de llegar a este país, ya había aprendido a enfadarme. La experiencia de verme enfadado me asustó un poco: fue por ello, supongo, que decidí dejar atrás a los Ornitorrincos del Saber. Con ellos me enfadaba casi a diario. Tal vez tendría que haber insistido. Ya estaba aprendiendo las técnicas necesarias para tragarme el jugo gástrico. (Las úlceras, a mi edad, son decorativas: Leconte de Lisle dixit.) Pero todo y así, no había aprendido aún a odiar.
Ahora el odio ya también me es familiar. Hace tiempo que no pasa un solo día en que no vuelvo a descuartizar, lentamente, en mi imaginación, al ladrón que nos mató el sueño a toda mi familia de ahí en adelante. Lo que se llevó en el plano material fue poco, nada en comparación con el cambio que operó en nuestra vida diaria. Desde ese día mi hijastra no ha querido dormir sola. Ya no tengo ni habitación, ni intimidad. Cada noche es una confusión de sobresaltos, de pesadillas compartidas, de gritos sofocados. Cada día, al volver de las compras, entro en casa, con la familia esperando fuera, como un equipo SWAT en una serie estadounidense. Y (como acertadamente comentó la Nila en El Universo de hoy) ya no es tiempo de bajar los vidrios del carro para conversar con los vendedores. Olvídalo.
En fin: si las cosas siempre hubieran sido así, desde que llegué a este país, no merecerían comentario: sería simplemente una realidad nacional como tantas otras a las que me he tenido que adaptar en diferentes épocas. Pero creo que merece la pena observar, dejar constancia, de que hubo otro tiempo, otra manera de vivir. Yo lo vi.
Me interesa el odio. De acá hace algún tiempo, se ve en este país a diario, dondequiera. Se ha cultivado esmeradamente desde las altas esferas. Se ve en los comentarios de los blogs. Se ve en la carretera, en la manera de conducir de la gente. Se ve en las estadísticas y en la crónica roja.
¿Cómo pude haber vivido tantos años sin conocerlo?
Hasto cierto punto, creo que hay países que se han construido de manera que el odio se vuelva marginal, vulgar, ridículo. No tiene nada que ver con la política, ni con las ideologías dominantes, creo: es cuestión simplemente de educación, de cultura. Creo que hay que fomentar la lectura. Hay que viajar en tren, y cortar céspedes, y hacer columna, y tener huelgas de mineros de vez en cuando.
Los gobiernos a veces nos fabrican Experiencias de Inclusión de Tres Días, a fin de hacer que nos sintamos todos unidos contra el actual enemigo. En España, cuando se manifiestan, sea contra la guerra de Irak, sea a favor de Miguel Angel Blanco, el ambiente de magdalenoso sentimentalismo se vuelve palpable, y eso que por lo general son antisentimentales. El problema es que todo eso fácilmente se degenera en un Three Minute Hate. Pretenden canalizar el odio en lugar de desterrarlo. Acá tenemos a los maestros. Allá en Venezuela, Chávez acaba de soltar, a modo de estribillo repetido, que "los ricos no son humanos". (Ültimamente, me cuesta creer que se trata del mismo país que produjo esto.)
Mis odios no son los de ellos, no son políticamente correctos. Es más: son tan aburridos que me aburren hasta a mí. Quisiera volver a no odiar a nadie, como antes. Ojalá eso fuera posible.
Y entonces me doy cuenta que por lo general, quien odia se siente vulnerable, y se siente pobre.
Yo siempre he sido pobre en el plano material, pero nunca pude odiar a los ricos porque no les envidiaba nada. Ahora, no es que lo material se me haya vuelto más importante: simplemente, y sea dicho esto a modo de advertencia para los peques, que cuando te casas te vuelves menos tú, y empiezas a pensar con la mente de tu cónyugue. Además, casarse es la manera segura de nunca más disponer de un minuto de paz. Y creo que, tal vez, tener paz de vez en cuando, tener ocio, poder gozar del lujo de pensar y de sentir, es prerequisito para no odiar.
Además, hasta venir acá nunca tuve carro. Esas máquinas son prácticamente fábricas de odio. Si puedes prescindir de tener uno, mejor. Allá dentro de tu monocoque, sólo ves a sinvergüenzas por todas partes, coronados por cachos inmensos que tapan hasta los semáforos. El manejo del carro es un medio excelente para expresar la sinvergüencería, para otras facetas humanas es torpe. Daimler y Benz no me merecen mayor respeto que a Lennon le mereció Sir Walter Raleigh. Qu'il vienne, qu'il vienne, el fin de la era hidrocarburozoica. No viviré para verlo, pero será interesante.
Ahora, el dato parece anecdótico, hasta un poquito irónico. Al poco tiempo de llegar a este país, ya había aprendido a enfadarme. La experiencia de verme enfadado me asustó un poco: fue por ello, supongo, que decidí dejar atrás a los Ornitorrincos del Saber. Con ellos me enfadaba casi a diario. Tal vez tendría que haber insistido. Ya estaba aprendiendo las técnicas necesarias para tragarme el jugo gástrico. (Las úlceras, a mi edad, son decorativas: Leconte de Lisle dixit.) Pero todo y así, no había aprendido aún a odiar.
Ahora el odio ya también me es familiar. Hace tiempo que no pasa un solo día en que no vuelvo a descuartizar, lentamente, en mi imaginación, al ladrón que nos mató el sueño a toda mi familia de ahí en adelante. Lo que se llevó en el plano material fue poco, nada en comparación con el cambio que operó en nuestra vida diaria. Desde ese día mi hijastra no ha querido dormir sola. Ya no tengo ni habitación, ni intimidad. Cada noche es una confusión de sobresaltos, de pesadillas compartidas, de gritos sofocados. Cada día, al volver de las compras, entro en casa, con la familia esperando fuera, como un equipo SWAT en una serie estadounidense. Y (como acertadamente comentó la Nila en El Universo de hoy) ya no es tiempo de bajar los vidrios del carro para conversar con los vendedores. Olvídalo.
En fin: si las cosas siempre hubieran sido así, desde que llegué a este país, no merecerían comentario: sería simplemente una realidad nacional como tantas otras a las que me he tenido que adaptar en diferentes épocas. Pero creo que merece la pena observar, dejar constancia, de que hubo otro tiempo, otra manera de vivir. Yo lo vi.
Me interesa el odio. De acá hace algún tiempo, se ve en este país a diario, dondequiera. Se ha cultivado esmeradamente desde las altas esferas. Se ve en los comentarios de los blogs. Se ve en la carretera, en la manera de conducir de la gente. Se ve en las estadísticas y en la crónica roja.
¿Cómo pude haber vivido tantos años sin conocerlo?
Hasto cierto punto, creo que hay países que se han construido de manera que el odio se vuelva marginal, vulgar, ridículo. No tiene nada que ver con la política, ni con las ideologías dominantes, creo: es cuestión simplemente de educación, de cultura. Creo que hay que fomentar la lectura. Hay que viajar en tren, y cortar céspedes, y hacer columna, y tener huelgas de mineros de vez en cuando.
Los gobiernos a veces nos fabrican Experiencias de Inclusión de Tres Días, a fin de hacer que nos sintamos todos unidos contra el actual enemigo. En España, cuando se manifiestan, sea contra la guerra de Irak, sea a favor de Miguel Angel Blanco, el ambiente de magdalenoso sentimentalismo se vuelve palpable, y eso que por lo general son antisentimentales. El problema es que todo eso fácilmente se degenera en un Three Minute Hate. Pretenden canalizar el odio en lugar de desterrarlo. Acá tenemos a los maestros. Allá en Venezuela, Chávez acaba de soltar, a modo de estribillo repetido, que "los ricos no son humanos". (Ültimamente, me cuesta creer que se trata del mismo país que produjo esto.)
Mis odios no son los de ellos, no son políticamente correctos. Es más: son tan aburridos que me aburren hasta a mí. Quisiera volver a no odiar a nadie, como antes. Ojalá eso fuera posible.
Y entonces me doy cuenta que por lo general, quien odia se siente vulnerable, y se siente pobre.
Yo siempre he sido pobre en el plano material, pero nunca pude odiar a los ricos porque no les envidiaba nada. Ahora, no es que lo material se me haya vuelto más importante: simplemente, y sea dicho esto a modo de advertencia para los peques, que cuando te casas te vuelves menos tú, y empiezas a pensar con la mente de tu cónyugue. Además, casarse es la manera segura de nunca más disponer de un minuto de paz. Y creo que, tal vez, tener paz de vez en cuando, tener ocio, poder gozar del lujo de pensar y de sentir, es prerequisito para no odiar.
Además, hasta venir acá nunca tuve carro. Esas máquinas son prácticamente fábricas de odio. Si puedes prescindir de tener uno, mejor. Allá dentro de tu monocoque, sólo ves a sinvergüenzas por todas partes, coronados por cachos inmensos que tapan hasta los semáforos. El manejo del carro es un medio excelente para expresar la sinvergüencería, para otras facetas humanas es torpe. Daimler y Benz no me merecen mayor respeto que a Lennon le mereció Sir Walter Raleigh. Qu'il vienne, qu'il vienne, el fin de la era hidrocarburozoica. No viviré para verlo, pero será interesante.
por qué esta entrada no tiene comentarios, sera que el odio (los sentimientos mejor dicho) es un tabu? a la gente le da miedo mostrar-demostrar que amamos/odiamos? talves esa debilidad es la que nos hace odiar.
ReplyDeletePd: yo aprendi a odiar desde que me sente frente a un computador