Víctimas
En La Fiesta del Chivo (un must read donde las haya) Vargas Llosa le concede la última palabra, a más de la primera, a una mujer abusada en su infancia de manera terrible. De algún modo, choca más el saberla “sacrificada” por su padre, por motivos discutiblemente egoístas (lo discutible es si la delicada flor del egoismo puede sobrevivir en un entorno tan hóstil, de autoaniquilación cotidiana: el autor nos hace ver que para ese progenitor, para esa terrible subjetividad de larva humana imposibilitada de eclosión, sus motivos eran de lo más puros) que hubiera hecho el saberla devorada por el mismo padre, esa historia de aburrida carnalidad descarrilada que ahora se repite en las noticias como si fuera el último grito en sensacionalismo atroz (“no pude contenerme, así que… conténganme ustedes unos añitos”). Esta última palabra es, si mal no recuerdo, un escueto fuck off, y si bien va dirigida a un personaje sin importancia que no consigue despertar ninguna simpatía (digamos: hacia un hombre), la estructura de la novela nos permite apreciar que ese fuck off resume todo un hábito de mente, toda una toma de postura hacia la vida (es decir, hacia el sexo), postura que le toca a aquella víctima mantener permanente, diríamos eternamente, sin salvación a la vista. Para ella, el universo ya no puede ser grande, flores en cornucopia sí pero sin aroma, no puede haber sorpresas a nivel humano, no puede haber nada fuera de aquel marco churrigueresco teñido de sangre trazado en algunas horas de su infancia de la mano de un dictador psicópata insular. Y con ello, evidentemente, vienen las interpretaciones que estos días han llegado a escocer hasta al autócrata venezolano. Primero, que el ser víctima no otorga razón, ni belleza, ni autoridad moral, ni siquiera (tal vez) inocencia: las víctimas, sean de dictadores perversos o de calenturientos “impulsos” propios, son feas, huelen mal y tienen acento. Segundo, que para la víctima lo más fácil (no digamos: lo inevitable) es que reproduzca en su conducta, parodiándola, la psicosis del agresor. Tercero (no creo que Vargas Llosa lo afirme: el susurro viene por otra parte), que lo mismo da para gobiernos que para individuos: el abuso se perpetúa así sea en clave simbólica y obsesiva-compulsiva. En la medida que un gobierno asume representar de modo preferencial a los oprimidos por sus antecesores, está condenado a repetir el comportamiento de estos últimos, con la particularidad de que sólo puede imitar lo que ha visto y lo que cree haber entendido: la parte que le tocaba. Por estos lares, el autoritarismo pragmático de un LFC se vuelve a dramatizar esperpénticamente en el gobierno actual, Némesis vengativo presidido por quien (según la peinado-helado) “le tenía celos” a León, hasta el punto de arrancar su primera campaña electoral con imágenes carnívoras a lo David Attenborough que resultaron extrañamente premonitores. Y por todas partes, los mediocres de hace uno o dos décadas se mitifican en la mente de quienes se reniegan de ellos, de quienes les sobrepasan en mediocridad para santificarlos en la memoria.
Y, desde luego, en todo esto, “a cuantos más desprecio, más importante me siento”.
Anteayer* hubo una Gran Marcha Por el Desprecio en Guayaquil. No asistí. “Une seule chose mérite le mépris: c’est le mépris“, y hay que ser consecuente. Desde luego que el MPD sobra (ver foto en post anterior), dolorosamente dicen y hace décadas, pero la marcha no era contra el MPD, sino que era (como bien apuntaba en ese día no sé qué columnista del Universo) un espectáculo circense organizado por ex abanderados y no tan abanderados de los colegios privados más caros del país, ahora clase gobernante (Go Team!) para cacarear su incontenible sorna en contra de aquellos descamisados a quienes, allá en la época estudiantil, sólo veían arrastrar su servil agradecimiento en fechas de regalos caritativos (Navidad: “invitémosles a ver nuestras instalaciones, que babeen un poco y bailen reguetón a cambio de un guineo, es divertido”), ahora convertidos (algunos) en tristes maestrillos de a cuarto agarrados a un escalafón que se muerde la cola. Sólo sorprende la agresividad, aunque ya menos, a estas alturas: los movimientos populistas tienen esa virtud, que aglutinan todos los resentimientos imaginables y posibles, de modo que cada uno con su bête noire se sienta incluido. Todavía resultará que el MPD es el brazo ejecutor de la élite neoliberal. Cosas más extrañas suceden en alta mar.
Estos días en que me he dedicado a una febril actividad tramitadora de permisos burocráticos, el amigo que más me ha ayudado ha sido ése que año tras año (o sea, elección tras elección) exhibe en su balcón una gran pancarta del MPD. La mente de este sujeto, que ha sido maestro en alguna vida pasada, es como un enorme vertedero suburbano de ideologías usadas; su alma es pura generosidad. Según él, las evaluaciones a las que quieren someter a los educadores públicos no vierten necesariamente sobre la especialidad de cada uno, sino que se preguntan cosas que no tienen nada que ver con lo que uno enseña (la ortografía del hombre es molesworthiana: lo suyo son las matemáticas y la economía). “Tampoco nos dan tiempo para prepararnos”. Tal vez sean pretextos, pero si lo son, ¿cuál es el argumento de fondo?
Que sean los maestros de este país las víctimas (del gobierno de turno, de la UNE, del MPD, de la aristocrática condescendencia de los desalmados gobernantes actuales) no les da ni les quita la razón en el debate en torno a la evaluación. Es, simplemente, irrelevante. Sin embargo, el culto a la víctima sí mueve simpatías donde otros raciocinios no llegan. Por ello será que el grueso del esfuerzo propagandístico del gobierno actual recae en la ardua tarea de convencernos de que no son ellos el gobierno, en realidad, no tienen poder y por tanto no se les puede echar la culpa de nada; que el poder real está en otras manos, en las de aquella oscura oligarquía, con su prensa corrupta y sus banqueros traicioneros, y que Correa y compañía son los underdogs, que “luchan” a favor de los desfavorecidos. Y será en ese día en que su electorado deje de creerse ese cuento, se despierte y empiece a exigir responsabilidades, que comenzará a derrumbarse el castillo de naipes del S. del S. XI.
* Se trata del sábado. El post, como tantos otros últimamente, en vez de cuajar se publica a medias hecho y sin revisar. Bueno fuera tener tiempo para terminar alguna cosa.
Y, desde luego, en todo esto, “a cuantos más desprecio, más importante me siento”.
Anteayer* hubo una Gran Marcha Por el Desprecio en Guayaquil. No asistí. “Une seule chose mérite le mépris: c’est le mépris“, y hay que ser consecuente. Desde luego que el MPD sobra (ver foto en post anterior), dolorosamente dicen y hace décadas, pero la marcha no era contra el MPD, sino que era (como bien apuntaba en ese día no sé qué columnista del Universo) un espectáculo circense organizado por ex abanderados y no tan abanderados de los colegios privados más caros del país, ahora clase gobernante (Go Team!) para cacarear su incontenible sorna en contra de aquellos descamisados a quienes, allá en la época estudiantil, sólo veían arrastrar su servil agradecimiento en fechas de regalos caritativos (Navidad: “invitémosles a ver nuestras instalaciones, que babeen un poco y bailen reguetón a cambio de un guineo, es divertido”), ahora convertidos (algunos) en tristes maestrillos de a cuarto agarrados a un escalafón que se muerde la cola. Sólo sorprende la agresividad, aunque ya menos, a estas alturas: los movimientos populistas tienen esa virtud, que aglutinan todos los resentimientos imaginables y posibles, de modo que cada uno con su bête noire se sienta incluido. Todavía resultará que el MPD es el brazo ejecutor de la élite neoliberal. Cosas más extrañas suceden en alta mar.
Estos días en que me he dedicado a una febril actividad tramitadora de permisos burocráticos, el amigo que más me ha ayudado ha sido ése que año tras año (o sea, elección tras elección) exhibe en su balcón una gran pancarta del MPD. La mente de este sujeto, que ha sido maestro en alguna vida pasada, es como un enorme vertedero suburbano de ideologías usadas; su alma es pura generosidad. Según él, las evaluaciones a las que quieren someter a los educadores públicos no vierten necesariamente sobre la especialidad de cada uno, sino que se preguntan cosas que no tienen nada que ver con lo que uno enseña (la ortografía del hombre es molesworthiana: lo suyo son las matemáticas y la economía). “Tampoco nos dan tiempo para prepararnos”. Tal vez sean pretextos, pero si lo son, ¿cuál es el argumento de fondo?
Que sean los maestros de este país las víctimas (del gobierno de turno, de la UNE, del MPD, de la aristocrática condescendencia de los desalmados gobernantes actuales) no les da ni les quita la razón en el debate en torno a la evaluación. Es, simplemente, irrelevante. Sin embargo, el culto a la víctima sí mueve simpatías donde otros raciocinios no llegan. Por ello será que el grueso del esfuerzo propagandístico del gobierno actual recae en la ardua tarea de convencernos de que no son ellos el gobierno, en realidad, no tienen poder y por tanto no se les puede echar la culpa de nada; que el poder real está en otras manos, en las de aquella oscura oligarquía, con su prensa corrupta y sus banqueros traicioneros, y que Correa y compañía son los underdogs, que “luchan” a favor de los desfavorecidos. Y será en ese día en que su electorado deje de creerse ese cuento, se despierte y empiece a exigir responsabilidades, que comenzará a derrumbarse el castillo de naipes del S. del S. XI.
* Se trata del sábado. El post, como tantos otros últimamente, en vez de cuajar se publica a medias hecho y sin revisar. Bueno fuera tener tiempo para terminar alguna cosa.
Debo entonar un sentido mea culpa ante la despreciable ceremonia de la confusión que supuso el mítin montonero del viernes pasado en el parque centenario. Me dejé llevar por la ilusión de una vieja aspiración que ya tenía por imposible y fui presa del fanatismo absurdo que suele confundir lo bueno con lo conveniente y justifica medios con humanitarios fines.
ReplyDelete¿Cómo pude defender que un gobierno quisiera echarle un pulso a un sindicato en las calles, rebajándose a métodos de mafioso de favela, revoltoso arlequín de la masa manipulada? Una marcha que no nació espontánea ni por iniciativa de la sociedad civil... y yo apoyando... son días extraños.
Buscaré algún rincón del alma donde hacer penitencia en constricción y dejaré que la nueva política de choque de rediles siga su curso sin mi participación, mientras nuestro chivo particular,alza su voz de cazallera nicotinosa, arma su fiesta, batuta Shure en mano, siguiendo, a rajatabla, el guión de William Golding...