Picores íntimos
En la novela Delirio, de Laura Restrepo (recomendada: me he prometido una tercera lectura para saquear vocabulario) hay un personaje secundario osadamente tedesco que, a diferencia de su hermano, nunca consigue escaparse de su nativa Alemania para instalarse en Colombia, sino que se atonta progresivamente, encerrada bajo órdenes de su familia, hasta aparecer un día ahogada en un río en plan Ofelia (no se indica si cara abajo, como manda la escuela naturalista, o cara parriba á la Liz Siddal): todo, al parecer, por la condena social y el ostracismo generados a raíz de una pintoresca dolencia suya. Tal dolencia consiste en un picazón que le afecta la zona genital y le obliga a estarse rascando contínuamente, según su familia desvergonzadamente, incluso en situaciones donde el decoro manda aguantarse, por ejemplo en un velorio.
Estaría agradecido si alguno de mis lectores doctos en medicina me pudieran ilustrar sobre la (para mí) importante cuestión de la verosimilitud de tal aflicción. ¿De veras hay mujeres que no pueden dejar de frotarse el conejo todo el día? Me interesaría una respuesta por varios motivos, entre ellos, para poder afinar criterios sobre si la tal Restrepo es o no es una escritora cercana a la escuela del realismo mágico (o digamos por lo menos que algo exagerada). Asimismo, para satisfacer cierta curiosidad sobre aquella aflicción que padece el actual Presidente de la República y que le obliga a exhibir y a restregarse sus íntimas vergüenzas en público cada sábado, cual carcomida doncella en prusiano velorio; y también para poder catalogar correctamente una experiencia que tuve en una tienda de Soho, Londres, a la edad de 16 años, cuando una inocente búsqueda de pornografía me trajo hasta ese local en cuyos apretadísimos confines resultó haber una chica medio sentada en el suelo en un rincón, con aire de títere desatendido, que no hacía más que tocarse el chocho todo el rato. También, porque todo lo que sea picazones o prurito es un tema que me conmueve por razones biográficas. Actualmente, el picazón que más me desquicia es el de los oídos, que tengo desde hace varios años en escala creciente, y que creo ser un castigo divino por no haber atendido con suficiente dedicación similar aflicción que padeció una gata de mi incumbencia hace unos diez años. Como sea que tengo que estarme rascando el interior del oído con frecuencia, sirviéndome de cualquier objeto puntiagudo que tenga a mano, y que tal objeto normalmente resulta ser un bolígrafo, un escrutinio atento de mis orejas suele dar la sorpresa de un aparente maquillaje eustaquiano donde predomina el rojo vivo, el azul notario y ese indescriptible color que genera la mezcla de sangre, pus, cera y trocitos de piel muerta. Sin embargo, recuerdo que hace unos quince años predominaba en mí el prurito anal, causado por un mal que fue diagnosticado sucesivamente como: hemorroide, fisura con pólipo gratis (medicina española), y (en Ecuador) "algo similar a un hemorroide pero más feo, que conviene extirpar" (y así se dio, con lo cual me hice merecedor de un epidural ¡sin dar a luz!). Ese mal, lo recuerdo bien, me convirtió en íntimo amigo de rincones, aseos públicos, cabinas, armarios, banderas de la Unión Europea, bosques, en fin, me volví experto en huir del mundanal ruido para poder rascarme el ojete, que me tiranizaba más que un dictador caribeño. Curiosamente, una especie de foreshadowing de ese cruel destino se dio cuando aun estaba ridículamente joven, en una manifestación en Londres, donde iba acompañado de un grupo de personas algo apresuradas, a las que no podía abandonar so pena de perderlas de vista, entre ellas una novia de reciente y costosa adquisición, y recuerdo bien que el tener que aguantar las ganas de rascarme se volvió tortura, con todas las letras, hasta que por fin, al cabo de dos horas que parecieron una eternidad, pude entrar en el aseo de un pub, donde me esperó la notable sorpresa de que cuando uno se rasca después de aguantarse las ganas durante bastante tiempo, la sensación resultante se parece asombrosamente a un orgasmo. No se rían: el británico medio tiene con su cuerpo una relación distante, y como me gusta exagerar en todo, conseguí llegar a los cuarenta años sin haber descubierto que incluso en los varones las articulaciones a nivel de caderas posibilitan un limitado movimiento giratorio lateral, que si se desarrolla desde temprana edad permite bailar cumbia amén de otras notables hazañas. No solamente eso, sino que hasta los 43 creí que ese rollo de que el cuerpo masculino tenga zonas erógenas allende del área genital era un mito, ciertamente simpático, como el de la Atlántida en la versión platónica, pero mito en fin, hasta que la Pilar me hizo descubrir una de esas zonas en el lugar más insospechado, verbigracia, en la espalda justo por debajo del hombro izquierdo, más arriba del omoplato, una zona cuadrada de unos tres ó cuatro centímetros nomás, donde una estimulación táctil leve pero insistente me hacía, en cuestión de pocos segundos:
ir a la peluquería. Para lectores ecuatorianos, una peluquería es un antro algo parecido a un gabinete, pero regentada por jóvenes muchachas del mismo género wanton hussies sólo que sin aparente urticaria genital que llevan bata blanca desabrochada hasta la séptima costilla, y equipado con una especie de lavabos donde uno se sienta y echa la cabeza hacia atrás con el fin de que le laven el cabello. En realidad, uno no echa la cabeza hacia atrás con ese fin, sino para que le mojen la cabeza y la cubran de champú y luego pasen las manos por todo ese cuero cabelludo de una manera absolutamente inmoral e indecente, con una lentitud y sensualidad merecedoras de normas constitucionales y de campañas preventivas (Peluquería Es Violencia). Todo lo cual, más el haber visto y disfrutado como un enano de la película Le Mari de la Coiffeuse, tendría que haberme puesto sobre la pista de que la cabeza era la zona erógena más poderosa que hay, sólo que uno no es muy detective a veces y algunas verdades biológicas le pueden parecer desagradablemente posmedievales.
En todo caso, lo mío ha llegado al punto, conocido sin duda por los médicos, de la definitiva ruptura entre el cuerpo vil, entendido como colección de miembros, extremidades, piel, pintadas en bolígrafo, dedo martillo, etcétera, y el alma, es decir, la glándula pineal cartesiana y environs. Cuando digo ruptura, no me refiero a ninguna reyerta, ni violento desacuerdo sobre temas de religión o política, pues que yo sepa todos mis órganos tienen un mutuo aprecio bastante sólido y a prueba de desavenencias, sino que, por aquellas cosas de la edad, de las fechas de caducidad, de la acción de los microbios, las bombas de relojería genéticas, los malos hábitos y un corto etcétera de razones, últimamente se me cae todo. Llevo semanas, meses, perdiendo brazos, piernas y cabeza a razón de tres ó cuatro por día, como leproso en fast forward. Lo más novedoso es ese picor que me ataca la espalda cada vez que me siento, que parece agresión de múltiples aguijones y que me hace pensar que algún departamento burocrático de mi sistema nervioso ha decidido que ante la escasez de oxígeno en el riego sanguíneo lo más sensato es prescindir de la espalda, que al fin y al cabo para poco sirve si uno no es camello. Nunca he visto lo que le pasa a alguien cuando la espalda se le cae al piso, evento que parece requeteanunciado en el presente caso. Pero ése no es el punto.
Para cuando algo así pasa, y en general al contemplar la cesantía paulatina de funciones vitales, hay un género de nostalgia que a uno le sorprende. Uno lamenta tener que despedirse de su espalda justo en el momento en que empezaba a conocerla bien. Por eso digo, O mis hermanos y hermanas: cuídense las espaldas antes que sea demasiado tarde.
Estaría agradecido si alguno de mis lectores doctos en medicina me pudieran ilustrar sobre la (para mí) importante cuestión de la verosimilitud de tal aflicción. ¿De veras hay mujeres que no pueden dejar de frotarse el conejo todo el día? Me interesaría una respuesta por varios motivos, entre ellos, para poder afinar criterios sobre si la tal Restrepo es o no es una escritora cercana a la escuela del realismo mágico (o digamos por lo menos que algo exagerada). Asimismo, para satisfacer cierta curiosidad sobre aquella aflicción que padece el actual Presidente de la República y que le obliga a exhibir y a restregarse sus íntimas vergüenzas en público cada sábado, cual carcomida doncella en prusiano velorio; y también para poder catalogar correctamente una experiencia que tuve en una tienda de Soho, Londres, a la edad de 16 años, cuando una inocente búsqueda de pornografía me trajo hasta ese local en cuyos apretadísimos confines resultó haber una chica medio sentada en el suelo en un rincón, con aire de títere desatendido, que no hacía más que tocarse el chocho todo el rato. También, porque todo lo que sea picazones o prurito es un tema que me conmueve por razones biográficas. Actualmente, el picazón que más me desquicia es el de los oídos, que tengo desde hace varios años en escala creciente, y que creo ser un castigo divino por no haber atendido con suficiente dedicación similar aflicción que padeció una gata de mi incumbencia hace unos diez años. Como sea que tengo que estarme rascando el interior del oído con frecuencia, sirviéndome de cualquier objeto puntiagudo que tenga a mano, y que tal objeto normalmente resulta ser un bolígrafo, un escrutinio atento de mis orejas suele dar la sorpresa de un aparente maquillaje eustaquiano donde predomina el rojo vivo, el azul notario y ese indescriptible color que genera la mezcla de sangre, pus, cera y trocitos de piel muerta. Sin embargo, recuerdo que hace unos quince años predominaba en mí el prurito anal, causado por un mal que fue diagnosticado sucesivamente como: hemorroide, fisura con pólipo gratis (medicina española), y (en Ecuador) "algo similar a un hemorroide pero más feo, que conviene extirpar" (y así se dio, con lo cual me hice merecedor de un epidural ¡sin dar a luz!). Ese mal, lo recuerdo bien, me convirtió en íntimo amigo de rincones, aseos públicos, cabinas, armarios, banderas de la Unión Europea, bosques, en fin, me volví experto en huir del mundanal ruido para poder rascarme el ojete, que me tiranizaba más que un dictador caribeño. Curiosamente, una especie de foreshadowing de ese cruel destino se dio cuando aun estaba ridículamente joven, en una manifestación en Londres, donde iba acompañado de un grupo de personas algo apresuradas, a las que no podía abandonar so pena de perderlas de vista, entre ellas una novia de reciente y costosa adquisición, y recuerdo bien que el tener que aguantar las ganas de rascarme se volvió tortura, con todas las letras, hasta que por fin, al cabo de dos horas que parecieron una eternidad, pude entrar en el aseo de un pub, donde me esperó la notable sorpresa de que cuando uno se rasca después de aguantarse las ganas durante bastante tiempo, la sensación resultante se parece asombrosamente a un orgasmo. No se rían: el británico medio tiene con su cuerpo una relación distante, y como me gusta exagerar en todo, conseguí llegar a los cuarenta años sin haber descubierto que incluso en los varones las articulaciones a nivel de caderas posibilitan un limitado movimiento giratorio lateral, que si se desarrolla desde temprana edad permite bailar cumbia amén de otras notables hazañas. No solamente eso, sino que hasta los 43 creí que ese rollo de que el cuerpo masculino tenga zonas erógenas allende del área genital era un mito, ciertamente simpático, como el de la Atlántida en la versión platónica, pero mito en fin, hasta que la Pilar me hizo descubrir una de esas zonas en el lugar más insospechado, verbigracia, en la espalda justo por debajo del hombro izquierdo, más arriba del omoplato, una zona cuadrada de unos tres ó cuatro centímetros nomás, donde una estimulación táctil leve pero insistente me hacía, en cuestión de pocos segundos:
- respirar mejor y más hondo
- sentirme en paz con la humanidad
- reir desmesuradamente
- relajarme
- tener una erección de sorprendentes dimensiones
- recordar lo que hasta entonces había sido mi experiencia no erótica más erótica, es decir:
ir a la peluquería. Para lectores ecuatorianos, una peluquería es un antro algo parecido a un gabinete, pero regentada por jóvenes muchachas del mismo género wanton hussies sólo que sin aparente urticaria genital que llevan bata blanca desabrochada hasta la séptima costilla, y equipado con una especie de lavabos donde uno se sienta y echa la cabeza hacia atrás con el fin de que le laven el cabello. En realidad, uno no echa la cabeza hacia atrás con ese fin, sino para que le mojen la cabeza y la cubran de champú y luego pasen las manos por todo ese cuero cabelludo de una manera absolutamente inmoral e indecente, con una lentitud y sensualidad merecedoras de normas constitucionales y de campañas preventivas (Peluquería Es Violencia). Todo lo cual, más el haber visto y disfrutado como un enano de la película Le Mari de la Coiffeuse, tendría que haberme puesto sobre la pista de que la cabeza era la zona erógena más poderosa que hay, sólo que uno no es muy detective a veces y algunas verdades biológicas le pueden parecer desagradablemente posmedievales.
En todo caso, lo mío ha llegado al punto, conocido sin duda por los médicos, de la definitiva ruptura entre el cuerpo vil, entendido como colección de miembros, extremidades, piel, pintadas en bolígrafo, dedo martillo, etcétera, y el alma, es decir, la glándula pineal cartesiana y environs. Cuando digo ruptura, no me refiero a ninguna reyerta, ni violento desacuerdo sobre temas de religión o política, pues que yo sepa todos mis órganos tienen un mutuo aprecio bastante sólido y a prueba de desavenencias, sino que, por aquellas cosas de la edad, de las fechas de caducidad, de la acción de los microbios, las bombas de relojería genéticas, los malos hábitos y un corto etcétera de razones, últimamente se me cae todo. Llevo semanas, meses, perdiendo brazos, piernas y cabeza a razón de tres ó cuatro por día, como leproso en fast forward. Lo más novedoso es ese picor que me ataca la espalda cada vez que me siento, que parece agresión de múltiples aguijones y que me hace pensar que algún departamento burocrático de mi sistema nervioso ha decidido que ante la escasez de oxígeno en el riego sanguíneo lo más sensato es prescindir de la espalda, que al fin y al cabo para poco sirve si uno no es camello. Nunca he visto lo que le pasa a alguien cuando la espalda se le cae al piso, evento que parece requeteanunciado en el presente caso. Pero ése no es el punto.
Para cuando algo así pasa, y en general al contemplar la cesantía paulatina de funciones vitales, hay un género de nostalgia que a uno le sorprende. Uno lamenta tener que despedirse de su espalda justo en el momento en que empezaba a conocerla bien. Por eso digo, O mis hermanos y hermanas: cuídense las espaldas antes que sea demasiado tarde.
Convaleciente de plurito fuì una epidemia que me la contagiò Matias, un irresistible especìmen de tres años al que la mamà le dijo: "dele un beso a la doctora" Al siguiente dìa salìa a mi incontrolable baño de sol y algo reventò en mi cuello, minutos depuès me encontraba llamando de la base de radio de una isla y reportando varicela, entre los casos me encontraba yo. Bajo la tentaciòn de volver a casa el viaje representaba 3 dias lo mismo que pasarìa la enfermedad, asi que decidì quedarme y aguantar. Sòlo la vanidad frena las ganas de rascar, sòlo me rasque en àreas en dònde no me imporarìa una cicatriz y luego decidì que si bien era cobarde para piercings me vendrìa bien una cicatriz en pezon o màs abajo ; erògenas, eròticas o lo que sea las ampollas marcaban el mapa, en ese momento se me ocurriò que serìa sexy tener las marcas ahì, desiciones con insomnio y antihistamìnicos encima.
ReplyDeleteSufro de plurito post-tauma y cuando el tiempo reglamentario de juego termina, el complementario esta marcado por una comezòn que no se quita con el "hazte màs allà" entonces pica todo el cuerpo y pica la mente, el remedio alejar el alergeno y pegarse un buen baño con un cigarrillo, si nablar en lo posible.
Por otro lado el cuerpo, los miembros fantasmas, das en el punto. Ay si todas las partes fueran intercambiables, a veces una quiere sacarse la cadera!
Eso sì las que tengo no las aguanto por eso admiro mucho a hombres y mujeres que llevan implantes, es decir aunque desnudos estàn vestidos!
Me encantò y ahora soy de ventana de comentario nomàs!
La varicela en los países desarrollados (es decir, los que ofrecen menos de 1 metro cuadrado de espacio vital por persona) se cuenta entre las "enfermedades de la niñez". La culpa de haber tenido varicela en pleno adulterio es tuya por haber crecido en un país con demasiado espacio y por tanto ineficiente contagión. Yo pasé todas esas enfermedades entre los 6 y los 9 años: paperas, sarampión, calcomanía aguda, varicela. Tan sólo el mononucleosis tuve que esperar hasta los 19 años para disfrutarlo, ahí pasa que viví en una zona parca en besos.
ReplyDeleteLas cicatrices no tienen por qué ser antiestéticas, con tal de manifestar la debida simetría lateral. Si revientas una ampolla bajo el seno izquierdo, revienta otra debajo del derecho y asunto arreglado. Si no hay, inventa una y sigue. Mi ex compañero de piso Tommy Barfly tenía un cuerpo raquítico y una cara prematuramente envejecida al son de 50 tacos, pero su cama era como una pasarela de Paris. Por qué?
(a) A cada concubina le recitaba The Waste Land, de cabo a rabo (después, y sin dormirse)
(b) Tenía pezones supernumerarios. Con eso cualquiera arrasa.