Educación: ¡abajo el fantasticismo!
De no recuerdo qué comentario a no recuerdo qué blog, hablando de la crisis de la educación en el R. hUnD.: Se necesitan profesores fantásticos, que se hagan respetar por esos adolescentes problemáticos, y lastimosamente tales profesores son muy escasos.
Primera observación: "adolescentes problemáticos" es una redundancia.
Segunda observación: "profesores fantásticos"... bueno, no es una redundancia, y sin embargo tampoco es una contradicción, pues al parecer sí existen, lo que pasa es que les detesto, a esos profesores fantásticos. ¿Por qué? Porque fui profesor durante dos años y medio en un colegio secundario, y en todo ese tiempo me cuidé muy mucho de ser fantástico con mis alumnos, porque... bueno, aunque parezca inverosímil, diría que porque los respetaba. Yo recordaba mi propia adolescencia, y sabía que para un adolescente no hay nada que le saque más de quicio, que le produzca mayor repugnancia, que ser tratado como un niño o como un idiota, o lo que es un poco lo mismo, tener un profesor que intente mediante trucos ganarse la amistad de sus alumnos, congraciarse con ellos, o peor todavía, largarles sermones y consejos en plan avuncular, de haut en bas. Por ello, pensé que era mejor y más honesto, en lugar de erigirme en supuesto modelo de rol tal como recomendaban las autoridades del plantel, ser yo mismo, es decir ser antipático, inestable, fumador detrás del arbusto, rígido, antisocial, y sobre todo - preciado don - mortalmente aburrido. De tal manera, pensé, ganaré a los más inteligentes su respeto como rompedor del sofocante molde del supermíster, y para el resto serviré de cuento precaucionario sobre lo patético que puede llegar a ser una persona perdedora en la vida. En la segunda intención tal vez logré mi propósito: en la primera, decididamente no. Fue más adelante cuando daba clases en la universidad, que se me ocurrió preguntar a algunos estudiantes quién había sido su "mejor profesor", y recibí como respuesta invariable "Fulano de Tal, porque era como un amigo, y me/nos dio muchos buenos consejos, por ejemplo, me/nos dijo que hay que confiar en uno mismo, que hay que ser honesto aunque cueste, que hay que superarse cada día un poco más..." Me quedé boquiabierto. ¿Eso es un "buen profesor", un tipo capaz de eructar semejante retahíla de piadosas bobadas como si fuera una lección magistral en el arte de vivir? En mi colegio, un profesor que hubiera soltado un lugar común tan quesoso como "hay que superarse cada día un poco más" habría sido objeto de constantes burlas y sátiras. Alguien habría levantado la mano enseguida para preguntar, con la cara muy seria, si se había comprobado la relativa eficacia de superarse cada día un poco menos. No sé, pero parece que aquí el alumnado dieciseisañero es mucho más inocente.
¿Por qué en algún momento no se me ocurrió comprobar, mediante simple experimento, la relativa eficacia de ser un profesor fantástico? Con lo fácil que parece ser y todo.
Hasta algunos alumnos, ahora que recuerdo, sostuvieron que El Club de los Poetas Muertos era "una buena película", "real" como el atún mismo. Sorprendente.
Pero no quería hablar de eso.
Esta mañana (y se debe entender que no como últimamente mucha fruta, ni duermo, el presupuesto no da, y lloro un poco en los buses al ver la belleza femenina del siglo entrante) caminando por Abel Gilbert se me reveló la respuesta a una pregunta que desde hace mucho tiempo me molestaba: ¿cuál debe de ser el siguiente mantra? Siempre he tenido un mantra, es decir una palabra o una frase que repito para mis adentros, o en voz baja, como una suerte de distracción para evitar el excesivo ensimismamiento cuando mis pensamientos se ponen feos. Hace algunos años decía "slime". Más recientemente, "dead rabbits" o "dead cockroaches". En algún momento el mantra ha sido cualquier sustantivo aleatoriamente compuesto que contenga el elemento "termite", por ejemplo, "reversible termite jellification meter", que creo que dije en voz alta hace unos días cuando le cambiaba el pañal al niño. No soy consciente de haber escogido estas palabras. Surgen del inconsciente, simplemente, y se instalan. Lo que pasa es que no me gustan mucho: son, cómo lo digo, algo tétricos y con un exagerado sesgo entomológico. Otras personas dicen om mani padme hum: tampoco me impresiona, pues no parece significar mucho. Debe de existir una frase que sirva en todo lugar para darse un poco de ánimo. Y de repente se me reveló:
It helps if you learn a few of their words.
Esta frase, que vi por primera vez en el dominical The Observer, hace cosa de quince años, en una lista de las 50 frases más repetidas en los artículos sobre viajes (travel clichés), hasta hoy nunca me pareció interesante. Pero resulta que últimamente ese tema de la educación, y cómo mejorarla, me ha llegado a obsesionar. En el momento en que se me ocurrió la frase, me estaba preguntando qué es lo que falló en mi propia educación, por qué no fui capaz de retener los misterios de las matemáticas y de la química más allá de esos 24 horas que sirvieron para sacar sobresalientes en los exámenes, cómo pudo ser que en cuestión de días o de semanas conseguí olvidar por completo todo lo supuestamente aprendido en esas materias... y como siempre, empecé a preguntarme si la respuesta no habría tenido algo que ver con el hecho de que tales asignaturas me parecían completamente irrelevantes, aburridas, sin ninguna aplicación práctica remotamente inspiradora. Y en tal caso, me decía por enésima vez, ¿existiría una manera de enseñarlas para que el alumno los viera como algo relevante, sin por ello presumir demasiado sobre los supuestos intereses y pasiones del alumno en cuestión? Entonces me salió esta frase, repito:
It helps if you learn a few of their words.
Me imaginaba un profesor (de mates, de física, de literatura, poco importa) diciendo eso, y me daba un escalofrío de placer. ¡Qué modo más elegante de dar a entender que los autores de los libros de texto constituían un "ellos", un conjunto de seres remotos, tal vez limitados, sospechosos pigmeos emocionales, presos de una insoslayable pedantería, pero que sin embargo eran partícipes de unos conocimientos que de cierto modo ya te pertenecían, pero que requerían un simple aprendizaje instrumental para lubricar el provechoso tránsito entre sus mentes y el tuyo! Más aun: empecé a imaginarme diversas situaciones más o menos límite, y en cada una, esta frase se demostraba apta, profunda y capaz de facilitar una mirada benigna y un actuar positivo.
Mañana intentaré comer unas peras. A ver si se me arreglan un poco las células y los pensamientos.
Para otro post: por qué y cómo la educación debe de ser organizada de tal manera que no hagan falta profesores "fantásticos", sino simplemente profesores competentes, como en cualquier otra profesión.
Primera observación: "adolescentes problemáticos" es una redundancia.
Segunda observación: "profesores fantásticos"... bueno, no es una redundancia, y sin embargo tampoco es una contradicción, pues al parecer sí existen, lo que pasa es que les detesto, a esos profesores fantásticos. ¿Por qué? Porque fui profesor durante dos años y medio en un colegio secundario, y en todo ese tiempo me cuidé muy mucho de ser fantástico con mis alumnos, porque... bueno, aunque parezca inverosímil, diría que porque los respetaba. Yo recordaba mi propia adolescencia, y sabía que para un adolescente no hay nada que le saque más de quicio, que le produzca mayor repugnancia, que ser tratado como un niño o como un idiota, o lo que es un poco lo mismo, tener un profesor que intente mediante trucos ganarse la amistad de sus alumnos, congraciarse con ellos, o peor todavía, largarles sermones y consejos en plan avuncular, de haut en bas. Por ello, pensé que era mejor y más honesto, en lugar de erigirme en supuesto modelo de rol tal como recomendaban las autoridades del plantel, ser yo mismo, es decir ser antipático, inestable, fumador detrás del arbusto, rígido, antisocial, y sobre todo - preciado don - mortalmente aburrido. De tal manera, pensé, ganaré a los más inteligentes su respeto como rompedor del sofocante molde del supermíster, y para el resto serviré de cuento precaucionario sobre lo patético que puede llegar a ser una persona perdedora en la vida. En la segunda intención tal vez logré mi propósito: en la primera, decididamente no. Fue más adelante cuando daba clases en la universidad, que se me ocurrió preguntar a algunos estudiantes quién había sido su "mejor profesor", y recibí como respuesta invariable "Fulano de Tal, porque era como un amigo, y me/nos dio muchos buenos consejos, por ejemplo, me/nos dijo que hay que confiar en uno mismo, que hay que ser honesto aunque cueste, que hay que superarse cada día un poco más..." Me quedé boquiabierto. ¿Eso es un "buen profesor", un tipo capaz de eructar semejante retahíla de piadosas bobadas como si fuera una lección magistral en el arte de vivir? En mi colegio, un profesor que hubiera soltado un lugar común tan quesoso como "hay que superarse cada día un poco más" habría sido objeto de constantes burlas y sátiras. Alguien habría levantado la mano enseguida para preguntar, con la cara muy seria, si se había comprobado la relativa eficacia de superarse cada día un poco menos. No sé, pero parece que aquí el alumnado dieciseisañero es mucho más inocente.
¿Por qué en algún momento no se me ocurrió comprobar, mediante simple experimento, la relativa eficacia de ser un profesor fantástico? Con lo fácil que parece ser y todo.
Hasta algunos alumnos, ahora que recuerdo, sostuvieron que El Club de los Poetas Muertos era "una buena película", "real" como el atún mismo. Sorprendente.
Pero no quería hablar de eso.
Esta mañana (y se debe entender que no como últimamente mucha fruta, ni duermo, el presupuesto no da, y lloro un poco en los buses al ver la belleza femenina del siglo entrante) caminando por Abel Gilbert se me reveló la respuesta a una pregunta que desde hace mucho tiempo me molestaba: ¿cuál debe de ser el siguiente mantra? Siempre he tenido un mantra, es decir una palabra o una frase que repito para mis adentros, o en voz baja, como una suerte de distracción para evitar el excesivo ensimismamiento cuando mis pensamientos se ponen feos. Hace algunos años decía "slime". Más recientemente, "dead rabbits" o "dead cockroaches". En algún momento el mantra ha sido cualquier sustantivo aleatoriamente compuesto que contenga el elemento "termite", por ejemplo, "reversible termite jellification meter", que creo que dije en voz alta hace unos días cuando le cambiaba el pañal al niño. No soy consciente de haber escogido estas palabras. Surgen del inconsciente, simplemente, y se instalan. Lo que pasa es que no me gustan mucho: son, cómo lo digo, algo tétricos y con un exagerado sesgo entomológico. Otras personas dicen om mani padme hum: tampoco me impresiona, pues no parece significar mucho. Debe de existir una frase que sirva en todo lugar para darse un poco de ánimo. Y de repente se me reveló:
It helps if you learn a few of their words.
Esta frase, que vi por primera vez en el dominical The Observer, hace cosa de quince años, en una lista de las 50 frases más repetidas en los artículos sobre viajes (travel clichés), hasta hoy nunca me pareció interesante. Pero resulta que últimamente ese tema de la educación, y cómo mejorarla, me ha llegado a obsesionar. En el momento en que se me ocurrió la frase, me estaba preguntando qué es lo que falló en mi propia educación, por qué no fui capaz de retener los misterios de las matemáticas y de la química más allá de esos 24 horas que sirvieron para sacar sobresalientes en los exámenes, cómo pudo ser que en cuestión de días o de semanas conseguí olvidar por completo todo lo supuestamente aprendido en esas materias... y como siempre, empecé a preguntarme si la respuesta no habría tenido algo que ver con el hecho de que tales asignaturas me parecían completamente irrelevantes, aburridas, sin ninguna aplicación práctica remotamente inspiradora. Y en tal caso, me decía por enésima vez, ¿existiría una manera de enseñarlas para que el alumno los viera como algo relevante, sin por ello presumir demasiado sobre los supuestos intereses y pasiones del alumno en cuestión? Entonces me salió esta frase, repito:
It helps if you learn a few of their words.
Me imaginaba un profesor (de mates, de física, de literatura, poco importa) diciendo eso, y me daba un escalofrío de placer. ¡Qué modo más elegante de dar a entender que los autores de los libros de texto constituían un "ellos", un conjunto de seres remotos, tal vez limitados, sospechosos pigmeos emocionales, presos de una insoslayable pedantería, pero que sin embargo eran partícipes de unos conocimientos que de cierto modo ya te pertenecían, pero que requerían un simple aprendizaje instrumental para lubricar el provechoso tránsito entre sus mentes y el tuyo! Más aun: empecé a imaginarme diversas situaciones más o menos límite, y en cada una, esta frase se demostraba apta, profunda y capaz de facilitar una mirada benigna y un actuar positivo.
Mañana intentaré comer unas peras. A ver si se me arreglan un poco las células y los pensamientos.
Para otro post: por qué y cómo la educación debe de ser organizada de tal manera que no hagan falta profesores "fantásticos", sino simplemente profesores competentes, como en cualquier otra profesión.
Comments
Post a Comment