Cita del día (Burqa, etc)
"The French seem to take secularism to religious extremes..."
(de un comentario a este artículo)
Los franceses parecen llevar el laicismo a extremos religiosos.
Allá en Cataluña, hace algunos años, una psicóloga me comentó un día en tono resignado que el barrio donde ella vivía se había llenado de ecuatorianos bulliciosos y pendencieros. Puse cara de limón. ¿Qué te hace pensar que son ecuatorianos? le espeté, esperando la respuesta más predecible: qué quieres que sean, si llevan gorras de beisbol y la mitad de las mujeres andan con el pelo teñido del mismo color de la piel, para que de lejos parezcan macrocefálicas calvas. Pero lo que me dijo, sorpresivamente, fue esto: qué quieres que sean, si casi todas las noches al salir una al balcón se escucha: puta, yo te vi mirando a ese hombre, a mí no me engañas, ya te dije que no te pongas esa falda que se te ve todo.
Fue cuando me enteré de que en Ecuador primaba un extraño código social según el cual los casados o emparejados no debían mirar a seres humanos del sexo opuesto, con excepción de la pareja; también, que el marido ecuatoriano prefiere que a su mujer no se le vea todo. (Todavía no me consta con seguridad que lo mismo esperan las mujeres de sus maridos.) Lo que últimamente en algún momento me ha hecho pensar que tal vez se estila en este país, y en algún otro, que las parejas casadas ejerzan alguna influencia, tal vez un poder de veto, sobre el atuendo de su cónyuge. En mi caso no es así. Mi esposa suele quejarse de que "siempre llevo las mismas camisas", pero nunca lo dice a tiempo para que me ponga otra más a su gusto. Ayer fui a dar clase por la mañana con una camisa azul claro que tenía un pequeño agujero en el pecho, al lado izquierdo, fruto de una ascua de cigarrillo caída hace no sé cuántos años: como toda la familia duerme cuando me levanto, y no quiero estorbar encendiendo luces, sólo me di cuenta de este detalle al salir de casa. Cuando llegué a mi destino, tuve tiempo para comprar una botella de Pepsi, la cual desconsideramente decidió estallar al abrirse, manchando la parte correspondiente de la camisa por el lado derecho. Uno se siente un poquito incómodo dando clase disfrazado de basurero loco. Dicho de otra manera, me encantaría que mi pareja me dictara la ropa que tenía que llevar cada día: sería otra sensación más de culpabilidad y de atroz contingencia existencial que me ahorraría. Claro que no serviría para evitar exuberancias de bebidas refrescantes, pero por lo menos significaría el fin de la exhibición pública de las camisas quemadas.
Por tanto, no me puedo solidarizar demasiado con esas esposas de algunos maridos franceses que supuestamente las obligan a llevar burqa o niqab. Evidentemente, habrá quienes no gusten de este tipo de vestuario, pero la solución evidente en tal caso sería (a) no casarse con ese tipo de hombre, o (b) caso de encontrarse ya casada con uno, divorciarse. La cuestión es que tanto el hombre como la mujer al casarse sacrifica ciertas libertades en aras de la convivencia (me salió clonvivencia, acháquenlo a Freud), de forma contractual; el matrimonio en teoría no tiene por qué suponer ningún sacrificio, pero en la práctica casi siempre conlleva alguno. Si tal sacrificio te parece demasiado grande o injustamente repartido, no te cases. Yo para estar casado he dejado de beber, de fumar en la cama, de frecuentar prostíbulos, de leer novelas, de bailar, de pasar sin afeitarme más de dos días, y de decidir cómo gastarme la plata (como no acostumbro tener plata, este último sacrificio es más aparente que real). Mi esposa ha dejado de decir démelon (por dénmelo) y de teñirse el cabello de un color nuevo cada tres días. En todos estos casos, ni ella ni yo sentimos la necesidad de que el Estado intervenga para sancionar al supuesto autor de tales crueles limitaciones a nuestra libertad. Hasta diría que para mi esposa sería noticia el que por culpa suya yo haya dejado de leer novelas. El sacrificio no es resultado de una prohibición explícita, sino del deseo de evitar escenas desagradables (tipo "qué chucha haces ahí leyendo, como vago, cuando hay tanta cosa por hacer"). Yo me imagino que ha de estar así en muchos casos, tengan o no algo que ver con el tema de la ropa. Y convengamos en que, de todas maneras, para la gente pobre y trabajadora la ropa es un asunto absolutamente trivial.
Por todo ello, me parece francamente surrealista esa nueva ley francesa que, no contenta con prohibir que alguien lleve la cara tapada, al estilo niqab, hasta pretende sancionar con fuertes multas al marido que insista en que su esposa lleve tal atuendo. Examinemos los argumentos presentados en apoyo a dicha ley:
(1) Llevar la cara tapada en público es incompatible con el secularismo (laicité).
En primer lugar, aunque no he podido comprobarlo de modo satisfactorio, el artículo antes referido sostiene que ni el burqa (enfantasmamiento de cuerpo entero) ni el niqab (taparse la cara al estilo policía antinarcóticos) son preceptos islámicos, sino que son simples tradiciones culturales de ciertas comunidades y naciones. De ser cierto, esto haría irrelevante cualquier argumento relacionado con la laicité, entendida ésta como la ausencia de influencia religiosa en la vida pública. Si por el contrario se acepta que el taparse la cara es habitualmente una práctica religiosa, o que lo importante es que sea interpretado como tal, entonces por simple coherencia estaríamos obligados a prohibir un sinnúmero de manifestaciones de prácticas religiosas afines actualmente permitidas hasta en Francia. Yo recuerdo de mi niñez que en los años sesenta las mujeres católicas todavía se cubrían la cabeza para asistir a misa (fruto de una interpretación literalista de San Pablo). Los judíos ortodoxos se dejan crecer las patillas (aquí la interpretación es del Leviticus, donde dice que "no hay que cuadrarse la cabeza"). Los Sikhs llevan turbante y no se cortan el cabello. Los Hari Krishnas llevan ropa anaranjada. Las Testigas de Jehováh llevan vestidos largos, para no tentar a los hombres con la voluptuosidad de sus pantorrillas. Los Amish llevan fibras naturales. De modo que en una supuesta sociedad laïque, tendrían que prohibirse los vestidos largos, las patillas exuberantes, la ropa de color naranja, los cabellos largos, los turbantes, las fibras ostentosamente naturales y cualquier tipo de sombrero o pañuelo que cubra la coronilla. Pero hay más. Sería inaceptable llevar una cadena alrededor del cuello con una medalla de San Cristóbal, o una cruz. Asimismo, las cruces por ser símbolo cristiano no deberían ser visibles públicamente bajo ninguna circunstancia, ni como adorno en la ropa, ni como forma arquitectónica. Podríamos fácilmente extender la lista, pero el punto es obvio: es prácticamente imposible impedir que en algún lugar, en algún momento, se asome públicamente algo que pudiera interpretarse como símbolo religioso. Y en todo caso, convengamos en que el taparse la cara no tiene por qué interpretarse así. Hasta es bastante probable que algún día llegue una moda juvenil al estilo punk o goth de taparse la cara, como extensión lógica de la moda hoodie de nuestros días. Prohibir tal cosa, entonces, sería lo mismo que prohibir que los hombres lleven el cabello en colita, o que la gente se tatúe, o que se perfore la nariz. Adieu, Notre Dame de Paris, hola, 1984.
Frente a estos absurdos, si realmente nos interesa salvar el concepto de laïcité, mejor lo limitamos a la encomiable voluntad de evitar que las religiones se impongan en la sociedad civil, es decir, evitando que el estado las financie siquiera mínimamente, por ejemplo.
(2) El taparse la cara ayuda a cometer robos y otros crímenes.
No he visto citarse ningún estudio que lo demuestre. Sería interesante conocer las estadísticas de robos y asesinatos cometidos en Francia por mujeres vestidas con burqa o niqab. Sospecho que habrán sido poquísimos. En todo caso, lo mismo se podría decir de cualquier ropa holgada: ayuda a cometer crímenes, en el sentido de que permite esconder armas blancas o de otro tipo (en relación a esto, una maligna ocurrencia de un dibujante de Private Eye, basándose en la architemida pregunta de las esposas inglesas Does my bum look big in this?, fue dibujar a una mujer palestina con chador total diciendo al marido Does my bomb look big in this?). Si la seguridad contra el crimen es más importante que la libertad para llevar la ropa que uno quiere, mejor hagamos una ley que diga que todo el mundo debe de ir siempre en bañador o biquini, o por lo menos en ropa muy apretada.
(3) Las mujeres que llevan la cara tapada lo hacen porque les obligan los maridos o las comunidades. No tiene nada que ver con ninguna libertad.
Eso no es necesariamente cierto. Allá en el Reino hUnDido, más de una vez me he topado con artículos y entrevistas donde algunas mujeres de esas ciertas comunidades aseguraban que el velo les proporcionaba una sensación agradable de anonimato y de seguridad, y que sin él se sentían expuestas, vulnerables y avergonzadas. Es decir, ellas lo escogían libremente porque complementaba su forma de ser. Lo entiendo perfectamente. Si llegara a ser moda masculina, yo también iría con la cara tapada todo el tiempo. En mi caso, y dado que soy extremadamente feo, sería un acto intachable de generosidad hacia mis semejantes. En todo caso, como antes dije, el quid está en propiciar una cultura social donde para casarse nadie se sentiría ni obligado ni presionado, y donde el divorcio sería un simple trámite sencillo e instantáneo al alcance de todo el mundo: para que los que actuén habitualmente por obligación impuesta por el cónyuge sean solamente los que realmente quieren someterse a ese tipo de regimen, por natural y bendita perversidad. Cualquier otra cosa es marear la perdiz, y hacerles pagar a los solteros los platos rotos de los casados.
(4) Esa gente que viene de fuera tiene que adaptarse a nuestras costumbres, de la misma manera que cuando nosotros vamos a sus países tenemos que adaptarnos a las suyas.
Es discutible hasta qué punto una mujer "occidental", fuera de los casos extremos de Irán y Arabia Saudita, se encuentra legalmente obligada a llevar ropas exóticas en sus viajes por el mundo. Pero en todo caso, aquí creo que llegamos al meollo del asunto. Olvidémonos de los argumentos hipócritas de secularismo, de peligrosidad criminal y todo lo demás, y convengamos que de lo que se trata en realidad es de una expresión de rechazo a una cultura que se considera inasimilable y peligrosa para la, ejem, clonvivencia. Da lo mismo que esa cultura provenga del Quran o simplemente de los prejuicios de algunos mullahs influyentes. La cuestión es que no nos gusta, y nos sentimos amenazados.
Si de Islám se trata, a mí tampoco me gusta. Me parece una religión peculiarmente antipática, estúpida y miserable. Pretende abiertamente construir estados antiliberales, y donde aun no alcanza tal fin, construye comunidades antiliberales. Algunos creen que contra ese tipo de amenaza hace falta un Estado fuerte, que intervenga activamente a favor de los que tal religión o cultura pretende oprimir, principalmente las mujeres. Yo considero errada esa opinión. Primero, porque en una sociedad razonablemente abierta y tolerante, el Estado, con la mejor voluntad del mundo, que ya es decir, realmente no puede hacer mucho para ayudar. Para que tal intervención sea eficaz, hay que renunciar a tantas libertades que el objetivo empieza a ser cuestionable. Estamos sacrificando liberté en el altar de egalité, a marchas forzadas, y la fraternité hace tiempo que ya ni se asoma. A veces para vencer a un enemigo hay que parecerse a él, de acuerdo, pero siempre a título individual y voluntario. Yo puedo convertirme en monstruo para defender a mi familia, pero en todo caso con la idea de que así ellos no tendrán que convertirse en monstruos. Si todos tenemos que ser monstruos (en el caso que nos ocupa, si todos tenemos que postrarnos tres veces al día en dirección a Paris, y llevar solamente aquella ropa que el Estado (que Robespierre le bendiga) haya pronunciado apta para la clonvivencia pacífica, ya perdimos el argumento y la batalla.
Frente a eso, sostengo que nadie se tiene que adaptar a las costumbres de nadie. En una situación normal, la mujer que lleva la cara tapada sólo molesta a las personas profundamente intolerantes, los que quieren vivir en una monocultura, es decir, los que quieren rodearse de copias de sí mismos. (Seguramente, tales personas tampoco estarían cómodas en una ciudad como Toronto, donde las normas municipales permite a las mujeres andar en topless sin ser detenidas por espectáculo indecente o cualquier idiotez de leguleyada por el estilo.) Ser tan intolerante, aceptémoslo, no es compatible con la vida en sociedad. Y si no estamos en tal situación normal, si a mucha gente de buena voluntad le infunde paranoia ver lo que consideran una invasión de costumbres y atuendos exóticos y amenazadores, la culpa en gran parte la tienen los mismos gobiernos que cuando no nos están largando sermones sobre la diversidad, se dedican casi a tiempo completo a los negocios de la guerra, al discurso del odio, y a la infamia de las leyes migratorias xenófobas.
(de un comentario a este artículo)
Los franceses parecen llevar el laicismo a extremos religiosos.
Allá en Cataluña, hace algunos años, una psicóloga me comentó un día en tono resignado que el barrio donde ella vivía se había llenado de ecuatorianos bulliciosos y pendencieros. Puse cara de limón. ¿Qué te hace pensar que son ecuatorianos? le espeté, esperando la respuesta más predecible: qué quieres que sean, si llevan gorras de beisbol y la mitad de las mujeres andan con el pelo teñido del mismo color de la piel, para que de lejos parezcan macrocefálicas calvas. Pero lo que me dijo, sorpresivamente, fue esto: qué quieres que sean, si casi todas las noches al salir una al balcón se escucha: puta, yo te vi mirando a ese hombre, a mí no me engañas, ya te dije que no te pongas esa falda que se te ve todo.
Fue cuando me enteré de que en Ecuador primaba un extraño código social según el cual los casados o emparejados no debían mirar a seres humanos del sexo opuesto, con excepción de la pareja; también, que el marido ecuatoriano prefiere que a su mujer no se le vea todo. (Todavía no me consta con seguridad que lo mismo esperan las mujeres de sus maridos.) Lo que últimamente en algún momento me ha hecho pensar que tal vez se estila en este país, y en algún otro, que las parejas casadas ejerzan alguna influencia, tal vez un poder de veto, sobre el atuendo de su cónyuge. En mi caso no es así. Mi esposa suele quejarse de que "siempre llevo las mismas camisas", pero nunca lo dice a tiempo para que me ponga otra más a su gusto. Ayer fui a dar clase por la mañana con una camisa azul claro que tenía un pequeño agujero en el pecho, al lado izquierdo, fruto de una ascua de cigarrillo caída hace no sé cuántos años: como toda la familia duerme cuando me levanto, y no quiero estorbar encendiendo luces, sólo me di cuenta de este detalle al salir de casa. Cuando llegué a mi destino, tuve tiempo para comprar una botella de Pepsi, la cual desconsideramente decidió estallar al abrirse, manchando la parte correspondiente de la camisa por el lado derecho. Uno se siente un poquito incómodo dando clase disfrazado de basurero loco. Dicho de otra manera, me encantaría que mi pareja me dictara la ropa que tenía que llevar cada día: sería otra sensación más de culpabilidad y de atroz contingencia existencial que me ahorraría. Claro que no serviría para evitar exuberancias de bebidas refrescantes, pero por lo menos significaría el fin de la exhibición pública de las camisas quemadas.
Por tanto, no me puedo solidarizar demasiado con esas esposas de algunos maridos franceses que supuestamente las obligan a llevar burqa o niqab. Evidentemente, habrá quienes no gusten de este tipo de vestuario, pero la solución evidente en tal caso sería (a) no casarse con ese tipo de hombre, o (b) caso de encontrarse ya casada con uno, divorciarse. La cuestión es que tanto el hombre como la mujer al casarse sacrifica ciertas libertades en aras de la convivencia (me salió clonvivencia, acháquenlo a Freud), de forma contractual; el matrimonio en teoría no tiene por qué suponer ningún sacrificio, pero en la práctica casi siempre conlleva alguno. Si tal sacrificio te parece demasiado grande o injustamente repartido, no te cases. Yo para estar casado he dejado de beber, de fumar en la cama, de frecuentar prostíbulos, de leer novelas, de bailar, de pasar sin afeitarme más de dos días, y de decidir cómo gastarme la plata (como no acostumbro tener plata, este último sacrificio es más aparente que real). Mi esposa ha dejado de decir démelon (por dénmelo) y de teñirse el cabello de un color nuevo cada tres días. En todos estos casos, ni ella ni yo sentimos la necesidad de que el Estado intervenga para sancionar al supuesto autor de tales crueles limitaciones a nuestra libertad. Hasta diría que para mi esposa sería noticia el que por culpa suya yo haya dejado de leer novelas. El sacrificio no es resultado de una prohibición explícita, sino del deseo de evitar escenas desagradables (tipo "qué chucha haces ahí leyendo, como vago, cuando hay tanta cosa por hacer"). Yo me imagino que ha de estar así en muchos casos, tengan o no algo que ver con el tema de la ropa. Y convengamos en que, de todas maneras, para la gente pobre y trabajadora la ropa es un asunto absolutamente trivial.
Por todo ello, me parece francamente surrealista esa nueva ley francesa que, no contenta con prohibir que alguien lleve la cara tapada, al estilo niqab, hasta pretende sancionar con fuertes multas al marido que insista en que su esposa lleve tal atuendo. Examinemos los argumentos presentados en apoyo a dicha ley:
(1) Llevar la cara tapada en público es incompatible con el secularismo (laicité).
En primer lugar, aunque no he podido comprobarlo de modo satisfactorio, el artículo antes referido sostiene que ni el burqa (enfantasmamiento de cuerpo entero) ni el niqab (taparse la cara al estilo policía antinarcóticos) son preceptos islámicos, sino que son simples tradiciones culturales de ciertas comunidades y naciones. De ser cierto, esto haría irrelevante cualquier argumento relacionado con la laicité, entendida ésta como la ausencia de influencia religiosa en la vida pública. Si por el contrario se acepta que el taparse la cara es habitualmente una práctica religiosa, o que lo importante es que sea interpretado como tal, entonces por simple coherencia estaríamos obligados a prohibir un sinnúmero de manifestaciones de prácticas religiosas afines actualmente permitidas hasta en Francia. Yo recuerdo de mi niñez que en los años sesenta las mujeres católicas todavía se cubrían la cabeza para asistir a misa (fruto de una interpretación literalista de San Pablo). Los judíos ortodoxos se dejan crecer las patillas (aquí la interpretación es del Leviticus, donde dice que "no hay que cuadrarse la cabeza"). Los Sikhs llevan turbante y no se cortan el cabello. Los Hari Krishnas llevan ropa anaranjada. Las Testigas de Jehováh llevan vestidos largos, para no tentar a los hombres con la voluptuosidad de sus pantorrillas. Los Amish llevan fibras naturales. De modo que en una supuesta sociedad laïque, tendrían que prohibirse los vestidos largos, las patillas exuberantes, la ropa de color naranja, los cabellos largos, los turbantes, las fibras ostentosamente naturales y cualquier tipo de sombrero o pañuelo que cubra la coronilla. Pero hay más. Sería inaceptable llevar una cadena alrededor del cuello con una medalla de San Cristóbal, o una cruz. Asimismo, las cruces por ser símbolo cristiano no deberían ser visibles públicamente bajo ninguna circunstancia, ni como adorno en la ropa, ni como forma arquitectónica. Podríamos fácilmente extender la lista, pero el punto es obvio: es prácticamente imposible impedir que en algún lugar, en algún momento, se asome públicamente algo que pudiera interpretarse como símbolo religioso. Y en todo caso, convengamos en que el taparse la cara no tiene por qué interpretarse así. Hasta es bastante probable que algún día llegue una moda juvenil al estilo punk o goth de taparse la cara, como extensión lógica de la moda hoodie de nuestros días. Prohibir tal cosa, entonces, sería lo mismo que prohibir que los hombres lleven el cabello en colita, o que la gente se tatúe, o que se perfore la nariz. Adieu, Notre Dame de Paris, hola, 1984.
Frente a estos absurdos, si realmente nos interesa salvar el concepto de laïcité, mejor lo limitamos a la encomiable voluntad de evitar que las religiones se impongan en la sociedad civil, es decir, evitando que el estado las financie siquiera mínimamente, por ejemplo.
(2) El taparse la cara ayuda a cometer robos y otros crímenes.
No he visto citarse ningún estudio que lo demuestre. Sería interesante conocer las estadísticas de robos y asesinatos cometidos en Francia por mujeres vestidas con burqa o niqab. Sospecho que habrán sido poquísimos. En todo caso, lo mismo se podría decir de cualquier ropa holgada: ayuda a cometer crímenes, en el sentido de que permite esconder armas blancas o de otro tipo (en relación a esto, una maligna ocurrencia de un dibujante de Private Eye, basándose en la architemida pregunta de las esposas inglesas Does my bum look big in this?, fue dibujar a una mujer palestina con chador total diciendo al marido Does my bomb look big in this?). Si la seguridad contra el crimen es más importante que la libertad para llevar la ropa que uno quiere, mejor hagamos una ley que diga que todo el mundo debe de ir siempre en bañador o biquini, o por lo menos en ropa muy apretada.
(3) Las mujeres que llevan la cara tapada lo hacen porque les obligan los maridos o las comunidades. No tiene nada que ver con ninguna libertad.
Eso no es necesariamente cierto. Allá en el Reino hUnDido, más de una vez me he topado con artículos y entrevistas donde algunas mujeres de esas ciertas comunidades aseguraban que el velo les proporcionaba una sensación agradable de anonimato y de seguridad, y que sin él se sentían expuestas, vulnerables y avergonzadas. Es decir, ellas lo escogían libremente porque complementaba su forma de ser. Lo entiendo perfectamente. Si llegara a ser moda masculina, yo también iría con la cara tapada todo el tiempo. En mi caso, y dado que soy extremadamente feo, sería un acto intachable de generosidad hacia mis semejantes. En todo caso, como antes dije, el quid está en propiciar una cultura social donde para casarse nadie se sentiría ni obligado ni presionado, y donde el divorcio sería un simple trámite sencillo e instantáneo al alcance de todo el mundo: para que los que actuén habitualmente por obligación impuesta por el cónyuge sean solamente los que realmente quieren someterse a ese tipo de regimen, por natural y bendita perversidad. Cualquier otra cosa es marear la perdiz, y hacerles pagar a los solteros los platos rotos de los casados.
(4) Esa gente que viene de fuera tiene que adaptarse a nuestras costumbres, de la misma manera que cuando nosotros vamos a sus países tenemos que adaptarnos a las suyas.
Es discutible hasta qué punto una mujer "occidental", fuera de los casos extremos de Irán y Arabia Saudita, se encuentra legalmente obligada a llevar ropas exóticas en sus viajes por el mundo. Pero en todo caso, aquí creo que llegamos al meollo del asunto. Olvidémonos de los argumentos hipócritas de secularismo, de peligrosidad criminal y todo lo demás, y convengamos que de lo que se trata en realidad es de una expresión de rechazo a una cultura que se considera inasimilable y peligrosa para la, ejem, clonvivencia. Da lo mismo que esa cultura provenga del Quran o simplemente de los prejuicios de algunos mullahs influyentes. La cuestión es que no nos gusta, y nos sentimos amenazados.
Si de Islám se trata, a mí tampoco me gusta. Me parece una religión peculiarmente antipática, estúpida y miserable. Pretende abiertamente construir estados antiliberales, y donde aun no alcanza tal fin, construye comunidades antiliberales. Algunos creen que contra ese tipo de amenaza hace falta un Estado fuerte, que intervenga activamente a favor de los que tal religión o cultura pretende oprimir, principalmente las mujeres. Yo considero errada esa opinión. Primero, porque en una sociedad razonablemente abierta y tolerante, el Estado, con la mejor voluntad del mundo, que ya es decir, realmente no puede hacer mucho para ayudar. Para que tal intervención sea eficaz, hay que renunciar a tantas libertades que el objetivo empieza a ser cuestionable. Estamos sacrificando liberté en el altar de egalité, a marchas forzadas, y la fraternité hace tiempo que ya ni se asoma. A veces para vencer a un enemigo hay que parecerse a él, de acuerdo, pero siempre a título individual y voluntario. Yo puedo convertirme en monstruo para defender a mi familia, pero en todo caso con la idea de que así ellos no tendrán que convertirse en monstruos. Si todos tenemos que ser monstruos (en el caso que nos ocupa, si todos tenemos que postrarnos tres veces al día en dirección a Paris, y llevar solamente aquella ropa que el Estado (que Robespierre le bendiga) haya pronunciado apta para la clonvivencia pacífica, ya perdimos el argumento y la batalla.
Frente a eso, sostengo que nadie se tiene que adaptar a las costumbres de nadie. En una situación normal, la mujer que lleva la cara tapada sólo molesta a las personas profundamente intolerantes, los que quieren vivir en una monocultura, es decir, los que quieren rodearse de copias de sí mismos. (Seguramente, tales personas tampoco estarían cómodas en una ciudad como Toronto, donde las normas municipales permite a las mujeres andar en topless sin ser detenidas por espectáculo indecente o cualquier idiotez de leguleyada por el estilo.) Ser tan intolerante, aceptémoslo, no es compatible con la vida en sociedad. Y si no estamos en tal situación normal, si a mucha gente de buena voluntad le infunde paranoia ver lo que consideran una invasión de costumbres y atuendos exóticos y amenazadores, la culpa en gran parte la tienen los mismos gobiernos que cuando no nos están largando sermones sobre la diversidad, se dedican casi a tiempo completo a los negocios de la guerra, al discurso del odio, y a la infamia de las leyes migratorias xenófobas.
(5) La prohibición es voluntad de la mayoría de franceses, y punto. No tenemos que dar explicaciones.
Cuando ellos sean mayoría, entonces, podrán decretar lo que les venga en gana sin dar explicaciones ni atenerse a ninguna norma civilizada. La raison du plus fort, justo lo que ellos quieren. Gracias, cojudos.

A tí no se te da lo obvio, viejo ridículo, al ritmo de inmigracion musulmana hacia Europa pronto las varias culturas de los diferentes paises europeos se convertirán en una monocultura árabe musulmana, muy rica en intolerancia hacia todo lo que no sea islamico como los no-musulmanes, el alcohol, la música, las mujeres, el progreso o la diversión.
ReplyDeleteCasos de gente que se viste de burqa para cometer crimenes:
asaltantes vestidos con burqa asaltan oficina postal en Francia
hombre se pone burqa para robar banco
En la cultura musulmana la mujer no puede escojer al marido y el marido puede divorciarse de ella diciendole talaq tres veces
En Arabia no puedes llevar un crucifijo porque te lo arrancan del cuello, ni una biblia porque la queman, ni alcohol porque te azotan en publico, pero para ti pendejo sólo son intolerantes los que se molestan por vivir rodeados de fantasmas sin identidad para volar gente en pedazos con una sensación agradable de anonimato y de seguridad, como la puta que amenazó con volar la torre Eiffel la semana pasada.
Si ahora que todavia no son mayoría han logrado que se prohiba la evangelización, las cruces, los perros, la comida que no ha sido sacrificada estilo musulman, las banderas nacionales, expendios de alcohol cerca de mezquitas, y hasta el ingreso de Franceses a los guetos musulmanes, los franceses son acosados, humillados y asesinados en su propio terruño por los musulmanes pero para imbeciles como tú los únicos intolerantes son los que se sienten incómodos cuando ven una burqa.
La razón del más fuerte es lo que pretenden evitar los franceses prohibiendo las burqas y limitando la inmigración, no han sido tan cojudos como tú por ejemplo, ellos no necesitan seguir el ejemplo "intolerante" de los franceses, pues la intolerancia hacia lo que no sea su monocultura destructiva y asesina está escrito en el coran.
12 millones de ilegales ya no son inmigrantes sino invasores, con tantos enemigos que ha hecho USA en el mundo lo más sensato es que abran las fronteras de par en par y dejen entrar a todo el mundo, cierto Juan Sebastian, estúpido?
ReplyDeleteSobre el comentario larguito del 30de septiembre, mil disculpas, acabo de encontrarlo languideciendo en el buzón del spam. En lo referente al contenido, gracias por apoyar mi tesis de que el uso del burqa para cubrir asaltos realmente sea muy inusual (convengamos en que dos casos son "muy pocos", tal como dije). Por el resto, me ha gustado tu referencia a la monocultura, pues en cierto modo resume el contenido de éste y de tus otras misivas: aunque tal vez la palabra sea "monomanía", o simplemente paranoia. Sería tal vez demasiado facilista recomendarte un siquiatra; pero sí me atrevo a recomendarte un cursillo de análisis textual. Muéstrame en qué lugar he dicho que " los únicos intolerantes son los que se sienten incómodos cuando ven una burqa". Cuando descubras que este pensamiento es pura proyección tuya, y no tiene nada que ver con lo que yo escribí, tal vez podamos hablar y limar conceptos un poco más.
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