El deseo es messy
Cumpli la fatídica edad de veinte años y dos meses detrás de un par de platos giratorios, que recién había aprendido a manejar. En realidad el ser DJ de discoteca no tiene mucho misterio, o no tenía en ese entonces. Te hallabas con el disco puesto. Te buscabas otro. Aprovechando el detalle anatómico de tener dos orejas (a veces sospecho que me dieron el trabajo por esa peculiaridad: no tenía nada más a mi favor), usabas los cascos para comparar ritmos entre las dos canciones. Basándote en la similitud o diferencia de ritmos y, hasta cierto punto, de claves, decidías si era mejor un cambio brusco o uno paulatino (yo, en general, me decantaba por los primeros). Con el dedo índice, girabas el segundo elepé o estendeplé (que cabalgaba sobre un disco de cartón encima del plato) hasta encontrar el momento donde tenía que irrumpir. Lo guardabas ahí, inmóvil, con el mismo dedo. Cuando era el momento, lo soltabas y al mismo tiempo, ajustabas los potenciómetros de volumen. Y dal capo. Con un poco de práctica, conseguías el propósito, que era que los ocupantes de la pista de baile no se dieran cuenta apenas del cambio de canción, y seguían bailando. El fracaso era ver cómo todos abandonaban en tropel aquella pista, tras una transición torpe. Pero no era tanto fracaso: a lo mejor rellenarían el vaso. Les dabas tiempo para eso y luego los sacabas otra vez a la pista con Boys Town Gang. Ese EP nunca fallaba.
Fue en esa discoteca donde conocí a la Susi. Pero eso fue algo más tarde. Primero me tocó colitis. Todavía recuerdo lo difícil que resultaba cambiar los discos desde una posición agachada, doblada por el acaparador dolor de entrañas. Lo vistoso del dolor, de ese retorcerme y esas muecas, no atraía la atención de muchos, pues estaba escondido en un cubículo de cristal perdido en la oscuridad. Casi el único que se interesó fue El Solitario. Ese hombre era camarero de un bar de la Plaza Mayor (antes Plaza de Franco) y asistía casi todas las noches a la discoteca donde yo trabajaba. Tenía una edad absolutamente inconclusa: podía haber sido razonablemente joven, siendo la suya de esa especie de fealdades vistosas que hacen pensar que nació ya anciano y decrépito. Tipo enjuto, con la cara chupada, arrugas que sugerían un permanente hastío sobrellevado con condescendencia, y la cabeza engominada. Su aspecto de intelectual introvertido no casaba muy bien con su profesión. No bailaba: se instalaba a un extremo de la barra y miraba, a veces al vacío. No hablaba con nadie. Incluso, con el tiempo, empecé a notar que alrededor de ese hombre había como una zona muerta, que ningún cuerpo humano franqueaba. Llegué hasta a especular sobre una presunta halitosis galopante.
Fue él quien me preguntó qué me pasaba. No recuerdo mi respuesta. Unos días después, cuando lo peor ya se me había pasado, volvió a aparecer cerca de la entrada de mi caja de cristal, esta vez para iniciar una extraña conversación sobre el posible hecho de que, mientras a algunas personas les gusta el ladrillo, a otras les podría gustar más la madera. Asentí, tanto a esa hipótesis de que a diferentes personas les pueden gustar diferentes materiales de construcción, como a la conclusión de que realmente, no había nada de malo en no coincidir con el gusto mayoritario. Para mis adentros, supuse que el tipo estaba decorando su sala de estar y que ese día había recibido alguna punzante crítica estética al respecto. Se fue contento.
No recuerdo cuántos días o semanas pasaron antes de que me quedé un día, como resultado de otra historia picaresca que no viene al caso, sin hogar. Se me ocurrió preguntar a un par de compañeros si conocían de alguna casa de huéspedes barata donde me pudiera alojar antes de encontrar un apartamento. La noticia le llegó al Solitario, quien acudió presto para ofrecerme alojamiento "en su casa". Acepté con todos los signos de agradecimiento de rigor, pues mi horario laboral se extendía hasta las tres y media de la madrugada y a esa hora difícilmente iba a encontrar alojamiento alternativo. Además, a esa edad uno ya ha dormido en muchas alfombras y en muchas baldosas. Sin embargo, cuando salimos del antro resultó que "su casa" era en realidad una casa de huéspedes situada casi en frente del local, en una callejuela estrecha, y tardé tal vez años en llegar a la conclusión irresistible de que aquella habitación donde me llevó era alquilada por una sola noche, o sea que en rigor el tipo no "vivía" allí.
No voy a puntualizar en qué momento preciso, dentro de esa escueta habitación de cama simple, silla y mesita, caí en la cuenta de que el tipo era maricón (según la terminología ibérica de mayor usanza), y que se había propuesto seducirme. Sólo diré que a mí mismo, al recordar esa escena, me sorprende mi propia ingenuidad, que a estas alturas me parece que se debe a las siguientes causas:
Primero, la doctrina políticamente correcta de la época, según la cual, el peor pecado era el "prejuicio"; doctrina que, como el lector habrá notado, tengo muy interiorizada, o sea, no se trata en mi caso de simple pose o postura argumentativa. Ello significa que cada vez que se me ocurría, con cierta insistencia, la posibilidad de que El Solitario era gay, rechazaba ese pensamiento como producto de un estereotipo o de acondicionamiento social, indigno de una persona adulta y educada. Al fin y al cabo, estábamos en las postrimerías del siglo veinte: si el tipo era homosexual, no tenía por qué no decirlo, con toda naturalidad, en el momento en que el dato se volviera relevante.
Segundo, esa incredulidad que me ha acompañado toda la vida, cuyas raíces no vienen al caso, frente a la posibilidad de que cualquier persona, con independencia de sexo o de orientación, podría proponerse una relación física conmigo, aunque fuese de corta duración.
Sea como sea, el caso es que cuando ya no había equivocación posible, abandoné el lugar con cierta brusquedad, disculpándome por el malentendido y dejando al tipo con la factura de una habitación vacía por pagar. Por fortuna, aquella noche no hacía tanto frío, y además, dio la casualidad de que por la Plaza Mayor rondaba un grupo de jóvenes turistas italianos, molto allegro, equipados con cerveza de botellón y una guitarra. En poco tiempo les estaba entreteniendo con mis versiones de los Beatles. Les conté, en nuestra lingua franca improvisada que era una especie de inglés macarrónico plagado de dudosos italianismos, la historia del malentendido de esa noche y les pareció la mar de graciosa. Y así, hasta las cinco/cinco y media, cuando abrían las churrerías. En las noches posteriores, llegué a frecuentar bastante esos benditos comercios, dedicados a la venta de chocolate y aguardiente a los trabajadores nocturnos, por ejemplo, los encargados de regar con agua purificadora la calle Juan Bravo de arriba abajo. Benditos negocios, y maldita la neblina de sueño impenetrable con que se solían rodear.
La noche siguiente, El Solitario no apareció en esa discoteca. No recuerdo cuánto tardó en volver a aparecer. Predeciblemente, nunca más volvió a mirarme ni a dirigirme la palabra. Cuando conocí a la Susi, y le conté esa historia, ella me sorprendió con la fuerza de su reacción condenatoria hacia el tipo, a quien al parecer conocía (ella conocía a todo el mundo en esa ciudad). Años más tarde, me volvió a dejar perplejo la reacción de otra mujer, esta vez una amiga canadiense, que al conocer la anécdota dijo que el tipo era "un desalmado", "peligroso", o algo por el estilo. Ello contrasta llamativamente con la reacción de cualquier oyente masculino, que invariablemente toma esta historia por el lado humorístico. Y así, me deja pensando. Parece que aquí hay pauta.
Todos estamos de acuerdo, supongo, en que el sexo forzado es un acto criminal, mientras que el sexo consensuado entre adultos en posesión de sus facultades carece de categoría o de relevancia moral ni legal, y que ello es así con independencia del género o de la orientación de los participantes. Hasta ahí bien. Siguiendo estas líneas directrices, en la conducta del Solitario no hay absolutamente nada de reprobable, pues no hubo sexo, y tampoco ninguna tentativa de coacción. La reacción fuertemente moralista de la Susi y otras parece basarse, pues, en otra cosa: presumiblemente, en un supuesto engaño. Tal vez no les convencería el argumento de que esa conversación simbólica sobre ladrillos y madera podría haberle hecho creer al Solitario que había topado con una alma gemela, y no con un simple ingenuo. Para ellas, el tipo era un depredador que abusaba de la confianza de sus jóvenes víctimas. O sea, un estereotipo. Percepción que, se me ocurre, sólo puede justificarse si se argumenta que, para que no haya engaño, es necesario que cualquier tentativa de seducción vaya precedida por una especie de Advertencia Miranda que detalle lo que se propone y avise sobre derechos y opciones. Con eso sólo tengo un problema: no es lo que sucede en la vida real. (Sí, ya lo sé, category error. Sean condescendientes por esta vez.)
Lo que a su vez nos lleva a otro aspecto de la cuestión: el problema del sí desganado. Imaginemos que El Solitario hubiese sido La Solitaria, es decir una mujer anciana, fea, rara, tal vez deforme o en todo caso absolutamente falta de atractivo. Lo más probable (aunque no me parece muy seguro; me cuesta ponerme en los zapatos de mi avatar más joven; los años confunden) es que en tal caso, hubiera accedido a tener sexo con ella, aunque sin ganas, simplemente "por compasión", como se suele decir, o en plan paga del alquiler de la habitación, o para disimular la propia ingenuidad. (Y en tal caso, no hubiera sido la única vez en la vida que ocurría algo así.) Es decir, lo único que impidió la realización del deseo del Solitario fue esa indomable e innegociable repugnancia que me produce la simple idea del contacto íntimo con otro hombre. Se trata de un rechazo instintivo, cuya fuerza a mí mismo a veces me sorprende. Ahora, la vida nos enseña que no todo veintañero siente exactamente eso. Entre ser hetero a ultranza y homo convencido (con o sin clóset), hay toda una gama de actitudes y orientaciones intermedias, lo que en la práctica significa que el Solitario, de seguir con la misma práctica de tantear a cuanto jovenzuelo despistado se le presente, probablemente alguna vez se encontrará con eso, con un sí desganado, es decir con alguien que prefiere colmar los deseos del otro antes de armar una escena, a pesar de que no siente él mismo el correspondiente deseo, y a pesar de que no existe propiamente dicho coerción (por lo menos, no coerción física).
Alrededor de este fenómeno creo que existe una densa nube hecha en parte de tabúes y en parte de prejuicios.
Por un lado, hay quien sostiene que para un hombre, es llanamente imposible el sexo sin deseo. Si no hay deseo, dicen, no hay erección. Eso es una simpleza de monjita, en tanto que confunde diferentes facultades, en último término diferentes partes del cerebro. La parte reptil, más primitiva, es la que controla el riego sanguíneo, es decir el aspecto hidráulico. A veces, por ejemplo durante el sueño, actua con absoluta independencia de la voluntad. Otras veces, basta la simple voluntad, unida con algunos trucos imaginativos de fácil aprendizaje, para accionarla. Pero aun así, no tiene necesariamente nada que ver con esa otra parte del cerebro primate que es la encargada de decidir si lo que está pasando realmente nos gusta. Es decir, una cosa es lo que hemos decidido hacer, otra la respuesta física que podemos (aunque no siempre) sobornar para la consecución de tal fin, y muy otra, lo que preferiríamos ("deseamos") hacer en ausencia de ciertas circunstancias que pueden resultarnos determinantes.
Por otro lado, hay quien ve implícita en la definición de "hombre" la imposibilidad de cualquier tipo de sí desganado. El hombre, según ellos, sólo hace lo que realmente quiere. Si no quiere sexo, dice que no y punto. Su deseo es egoista y por lo tanto, insobornable. Y si la simple observación nos reporta que apenas nunca dice que no, pues será porque casi siempre quiere. La conclusión es lógica, pero la premisa errónea, o por lo menos, vistosamente no demostrada. Mi propia experiencia la desmiente. Es perfectamente posible que un ser dotado de pene a veces acceda a tener sexo por motivos, buenos o equivocados, que no tengan nada (o no mucho) que ver con el deseo. Incluso, que "haga el amor". E inclusive (pero no nos pongamos demasiado autobiográficos) que se comprometa en una relación de larga duración a sabiendas de que no es lo que realmente hubiese querido, por un erróneo concepto de "lealtad". Todo eso y más, es posible. Doy fe.
Y por otro lado más (pues muchos lados tiene esto), los mismos que sostienen eso, que el hombre siempre hace lo que quiere dentro de la Ley, y que si no lo hace merece todo tipo de repudio, burla y desprecio, suelen dar por descontado que la mujer es otra cosa. Ella, "por naturaleza", será experta en fingir. Tanto, que si decidimos ponernos moralistas al respecto, estamos perdiendo el tiempo. Las mujeres fingen orgasmos porque pueden; más allá de eso, fingen desear lo que no desean, o más que lo que realmente desean, porque son así: son sensibles, empáticas, compasivas, influenciables, un tanto caprichosas, y además, interesadas. De modo que, si El Solitario hubiera sido un simple viejo verde de andar por casa, y yo una tierna doncella, pues tan respetable hubiera sido la decisión de quedarme con él y "darle lo que quiere", por cualquiera de esos insondables motivos femeninos que señalaban la Via Crucis de Freud, como la de no seguir con la comedia y largarme. Lo que no sería respetable, en todo caso, sería el proceder cínico y carnívoro del propio Solitario. A él, si bien la Ley no lo puede tocar, le colmaremos (¿quieres? ¿te apuntas?) de epítetos. (Si eres hombre cincuentón, cállate, tu opinión staëliana no interesa.) Es un viejo verde baboso, un aprovechado, sin escrúpulos, repugnante, repulsivo, cínico, corrupto y corruptor... y si es gay, pues todo eso with brass knobs on, o sea, elevado al cuadrado ¿Estamos?
Por mi parte, propongo un punto de vista alternativo: el deseo es messy.
No encuentro traducción para messy. Desordenado: viscoso, manchasábanas: asimétrico: problemático: misterioso: caprichoso: difícilmente legislable. Hubo alguna generación pasada (en esto estoy de acuerdo con Vargas Llosa) que entendió esto mejor que nosotros, porque leía novelas, y tal vez en parte porque no había tanta propaganda bienintencionada y políticamente correcta al respecto. El deseo no conoce de leyes, ni siquiera, en alguna de sus vertientes, de modas y de normas sociales. Es un fenómeno biológico y psíquico que abarca, como un imperio decimonónico, diversos territorios cerebrales, algunos leales y sumisos, otros no tanto. Tiene que ver con nuestro lado más bestial, pero también involucra nuestra más exquisita sensibilidad estética. Con la imagen social civilizada que como individuos queremos proyectar, negocia con cautela, como con una potencia enemiga secular. Si bien necesita ser domado y subyugado por razones sociales, eso no significa que carezca de su propio componente altruista y empático, que cuando se le da cancha, suele sorprender. Además, en realidad no se deja subyugar, pues lo que le negamos en la "vida real" nos lo cobra en la imaginativa. Es condenadamente creativo. Y es la esencia de lo que somos.
Por todo ello, al humanista le produce, habitualmente, cierta sensación de desazón cuando encuentra que la opinión más vociferante se limita a juicios y prescripciones legalistas, condenando sin ambajes al que presuntamente traspase la línea que separa lo consensuado de lo que no lo es, mientras que a este lado de la línea impera el guiño indulgente, el prejuicio y el frívolo estereotipo sexista, que dejan desamparadas a las "sí quería, pero no eso, pero no así". ¡Tanto terror que produce la simple posibilidad de que, por alguna peligrosa equivocación, justifiquemos o alentemos o traicionemos a esa fuerza aterradora que ya tanto nos complica la vida! Ni modo que reconozcamos que el Solitario que permanece solitario, luchando interiormente con ese deseo que la sociedad, por su declarada preferencia por los ladrillos, no entiende, intuitivamente es héroe, y que el lápsus, la equivocación, el intento frustrado, no cancela ni aniquila por completo tal heroicidad, que en alguna medida todos compartimos. Ni modo que nos enteremos de que nadie es altruista ni todo el día ni al cien por cien, y que el ser oportunista y aprovechado es de todos, hasta cierto punto, el cual varía según el individuo y las circunstancias de una manera imposible de regular, ni vía leyes, ni vía habladuría biempensante. Y terminemos con la oración del mismo humanista acobardado y acomplejado: por favor, que no me toquen, que no manchen con sus corrosivos prejuicios, la sagrada legitimidad de la mirada compasiva. Que no digan que quien lo hace "por" el otro es enferma y víctima, ni quien se esfuerza por entender el deseo que no comparte es tonta e ingenua.
¿Estoy deuaneando? Probablemente.
Unos veinte años más tarde, estuve en una discoteca, esta vez en calidad de cliente, y acompañado. La Trish, excelente mujer, ahora perturbadoramente cristiana, por aquella época amiga y algo más. No me acuerdo de qué hablábamos: yo estaba mirando fijamente, a través de cincuenta metros de pista vacía, el perfil trasero de otra mujer, considerablemente más joven que yo o que ella. De repente la Trish me dijo:
- Espectacular, ¿verdad?
Volví la cabeza. Lo que encontré en la cara de Trish no era sarcasmo, ni decepción, ni nada por el estilo. Era una sonrisa plácida, cariñosa e indulgente. Decía: te entiendo.
Estas dos últimas palabras, hace mucho que las considero las más maravillosas y al mismo tiempo las más provocadoras que existen, en cualquier idioma.
Léete alguna novela, pero de las buenas.
Fue en esa discoteca donde conocí a la Susi. Pero eso fue algo más tarde. Primero me tocó colitis. Todavía recuerdo lo difícil que resultaba cambiar los discos desde una posición agachada, doblada por el acaparador dolor de entrañas. Lo vistoso del dolor, de ese retorcerme y esas muecas, no atraía la atención de muchos, pues estaba escondido en un cubículo de cristal perdido en la oscuridad. Casi el único que se interesó fue El Solitario. Ese hombre era camarero de un bar de la Plaza Mayor (antes Plaza de Franco) y asistía casi todas las noches a la discoteca donde yo trabajaba. Tenía una edad absolutamente inconclusa: podía haber sido razonablemente joven, siendo la suya de esa especie de fealdades vistosas que hacen pensar que nació ya anciano y decrépito. Tipo enjuto, con la cara chupada, arrugas que sugerían un permanente hastío sobrellevado con condescendencia, y la cabeza engominada. Su aspecto de intelectual introvertido no casaba muy bien con su profesión. No bailaba: se instalaba a un extremo de la barra y miraba, a veces al vacío. No hablaba con nadie. Incluso, con el tiempo, empecé a notar que alrededor de ese hombre había como una zona muerta, que ningún cuerpo humano franqueaba. Llegué hasta a especular sobre una presunta halitosis galopante.
Fue él quien me preguntó qué me pasaba. No recuerdo mi respuesta. Unos días después, cuando lo peor ya se me había pasado, volvió a aparecer cerca de la entrada de mi caja de cristal, esta vez para iniciar una extraña conversación sobre el posible hecho de que, mientras a algunas personas les gusta el ladrillo, a otras les podría gustar más la madera. Asentí, tanto a esa hipótesis de que a diferentes personas les pueden gustar diferentes materiales de construcción, como a la conclusión de que realmente, no había nada de malo en no coincidir con el gusto mayoritario. Para mis adentros, supuse que el tipo estaba decorando su sala de estar y que ese día había recibido alguna punzante crítica estética al respecto. Se fue contento.
No recuerdo cuántos días o semanas pasaron antes de que me quedé un día, como resultado de otra historia picaresca que no viene al caso, sin hogar. Se me ocurrió preguntar a un par de compañeros si conocían de alguna casa de huéspedes barata donde me pudiera alojar antes de encontrar un apartamento. La noticia le llegó al Solitario, quien acudió presto para ofrecerme alojamiento "en su casa". Acepté con todos los signos de agradecimiento de rigor, pues mi horario laboral se extendía hasta las tres y media de la madrugada y a esa hora difícilmente iba a encontrar alojamiento alternativo. Además, a esa edad uno ya ha dormido en muchas alfombras y en muchas baldosas. Sin embargo, cuando salimos del antro resultó que "su casa" era en realidad una casa de huéspedes situada casi en frente del local, en una callejuela estrecha, y tardé tal vez años en llegar a la conclusión irresistible de que aquella habitación donde me llevó era alquilada por una sola noche, o sea que en rigor el tipo no "vivía" allí.
No voy a puntualizar en qué momento preciso, dentro de esa escueta habitación de cama simple, silla y mesita, caí en la cuenta de que el tipo era maricón (según la terminología ibérica de mayor usanza), y que se había propuesto seducirme. Sólo diré que a mí mismo, al recordar esa escena, me sorprende mi propia ingenuidad, que a estas alturas me parece que se debe a las siguientes causas:
Primero, la doctrina políticamente correcta de la época, según la cual, el peor pecado era el "prejuicio"; doctrina que, como el lector habrá notado, tengo muy interiorizada, o sea, no se trata en mi caso de simple pose o postura argumentativa. Ello significa que cada vez que se me ocurría, con cierta insistencia, la posibilidad de que El Solitario era gay, rechazaba ese pensamiento como producto de un estereotipo o de acondicionamiento social, indigno de una persona adulta y educada. Al fin y al cabo, estábamos en las postrimerías del siglo veinte: si el tipo era homosexual, no tenía por qué no decirlo, con toda naturalidad, en el momento en que el dato se volviera relevante.
Segundo, esa incredulidad que me ha acompañado toda la vida, cuyas raíces no vienen al caso, frente a la posibilidad de que cualquier persona, con independencia de sexo o de orientación, podría proponerse una relación física conmigo, aunque fuese de corta duración.
Sea como sea, el caso es que cuando ya no había equivocación posible, abandoné el lugar con cierta brusquedad, disculpándome por el malentendido y dejando al tipo con la factura de una habitación vacía por pagar. Por fortuna, aquella noche no hacía tanto frío, y además, dio la casualidad de que por la Plaza Mayor rondaba un grupo de jóvenes turistas italianos, molto allegro, equipados con cerveza de botellón y una guitarra. En poco tiempo les estaba entreteniendo con mis versiones de los Beatles. Les conté, en nuestra lingua franca improvisada que era una especie de inglés macarrónico plagado de dudosos italianismos, la historia del malentendido de esa noche y les pareció la mar de graciosa. Y así, hasta las cinco/cinco y media, cuando abrían las churrerías. En las noches posteriores, llegué a frecuentar bastante esos benditos comercios, dedicados a la venta de chocolate y aguardiente a los trabajadores nocturnos, por ejemplo, los encargados de regar con agua purificadora la calle Juan Bravo de arriba abajo. Benditos negocios, y maldita la neblina de sueño impenetrable con que se solían rodear.
La noche siguiente, El Solitario no apareció en esa discoteca. No recuerdo cuánto tardó en volver a aparecer. Predeciblemente, nunca más volvió a mirarme ni a dirigirme la palabra. Cuando conocí a la Susi, y le conté esa historia, ella me sorprendió con la fuerza de su reacción condenatoria hacia el tipo, a quien al parecer conocía (ella conocía a todo el mundo en esa ciudad). Años más tarde, me volvió a dejar perplejo la reacción de otra mujer, esta vez una amiga canadiense, que al conocer la anécdota dijo que el tipo era "un desalmado", "peligroso", o algo por el estilo. Ello contrasta llamativamente con la reacción de cualquier oyente masculino, que invariablemente toma esta historia por el lado humorístico. Y así, me deja pensando. Parece que aquí hay pauta.
Todos estamos de acuerdo, supongo, en que el sexo forzado es un acto criminal, mientras que el sexo consensuado entre adultos en posesión de sus facultades carece de categoría o de relevancia moral ni legal, y que ello es así con independencia del género o de la orientación de los participantes. Hasta ahí bien. Siguiendo estas líneas directrices, en la conducta del Solitario no hay absolutamente nada de reprobable, pues no hubo sexo, y tampoco ninguna tentativa de coacción. La reacción fuertemente moralista de la Susi y otras parece basarse, pues, en otra cosa: presumiblemente, en un supuesto engaño. Tal vez no les convencería el argumento de que esa conversación simbólica sobre ladrillos y madera podría haberle hecho creer al Solitario que había topado con una alma gemela, y no con un simple ingenuo. Para ellas, el tipo era un depredador que abusaba de la confianza de sus jóvenes víctimas. O sea, un estereotipo. Percepción que, se me ocurre, sólo puede justificarse si se argumenta que, para que no haya engaño, es necesario que cualquier tentativa de seducción vaya precedida por una especie de Advertencia Miranda que detalle lo que se propone y avise sobre derechos y opciones. Con eso sólo tengo un problema: no es lo que sucede en la vida real. (Sí, ya lo sé, category error. Sean condescendientes por esta vez.)
Lo que a su vez nos lleva a otro aspecto de la cuestión: el problema del sí desganado. Imaginemos que El Solitario hubiese sido La Solitaria, es decir una mujer anciana, fea, rara, tal vez deforme o en todo caso absolutamente falta de atractivo. Lo más probable (aunque no me parece muy seguro; me cuesta ponerme en los zapatos de mi avatar más joven; los años confunden) es que en tal caso, hubiera accedido a tener sexo con ella, aunque sin ganas, simplemente "por compasión", como se suele decir, o en plan paga del alquiler de la habitación, o para disimular la propia ingenuidad. (Y en tal caso, no hubiera sido la única vez en la vida que ocurría algo así.) Es decir, lo único que impidió la realización del deseo del Solitario fue esa indomable e innegociable repugnancia que me produce la simple idea del contacto íntimo con otro hombre. Se trata de un rechazo instintivo, cuya fuerza a mí mismo a veces me sorprende. Ahora, la vida nos enseña que no todo veintañero siente exactamente eso. Entre ser hetero a ultranza y homo convencido (con o sin clóset), hay toda una gama de actitudes y orientaciones intermedias, lo que en la práctica significa que el Solitario, de seguir con la misma práctica de tantear a cuanto jovenzuelo despistado se le presente, probablemente alguna vez se encontrará con eso, con un sí desganado, es decir con alguien que prefiere colmar los deseos del otro antes de armar una escena, a pesar de que no siente él mismo el correspondiente deseo, y a pesar de que no existe propiamente dicho coerción (por lo menos, no coerción física).
Alrededor de este fenómeno creo que existe una densa nube hecha en parte de tabúes y en parte de prejuicios.
Por un lado, hay quien sostiene que para un hombre, es llanamente imposible el sexo sin deseo. Si no hay deseo, dicen, no hay erección. Eso es una simpleza de monjita, en tanto que confunde diferentes facultades, en último término diferentes partes del cerebro. La parte reptil, más primitiva, es la que controla el riego sanguíneo, es decir el aspecto hidráulico. A veces, por ejemplo durante el sueño, actua con absoluta independencia de la voluntad. Otras veces, basta la simple voluntad, unida con algunos trucos imaginativos de fácil aprendizaje, para accionarla. Pero aun así, no tiene necesariamente nada que ver con esa otra parte del cerebro primate que es la encargada de decidir si lo que está pasando realmente nos gusta. Es decir, una cosa es lo que hemos decidido hacer, otra la respuesta física que podemos (aunque no siempre) sobornar para la consecución de tal fin, y muy otra, lo que preferiríamos ("deseamos") hacer en ausencia de ciertas circunstancias que pueden resultarnos determinantes.
Por otro lado, hay quien ve implícita en la definición de "hombre" la imposibilidad de cualquier tipo de sí desganado. El hombre, según ellos, sólo hace lo que realmente quiere. Si no quiere sexo, dice que no y punto. Su deseo es egoista y por lo tanto, insobornable. Y si la simple observación nos reporta que apenas nunca dice que no, pues será porque casi siempre quiere. La conclusión es lógica, pero la premisa errónea, o por lo menos, vistosamente no demostrada. Mi propia experiencia la desmiente. Es perfectamente posible que un ser dotado de pene a veces acceda a tener sexo por motivos, buenos o equivocados, que no tengan nada (o no mucho) que ver con el deseo. Incluso, que "haga el amor". E inclusive (pero no nos pongamos demasiado autobiográficos) que se comprometa en una relación de larga duración a sabiendas de que no es lo que realmente hubiese querido, por un erróneo concepto de "lealtad". Todo eso y más, es posible. Doy fe.
Y por otro lado más (pues muchos lados tiene esto), los mismos que sostienen eso, que el hombre siempre hace lo que quiere dentro de la Ley, y que si no lo hace merece todo tipo de repudio, burla y desprecio, suelen dar por descontado que la mujer es otra cosa. Ella, "por naturaleza", será experta en fingir. Tanto, que si decidimos ponernos moralistas al respecto, estamos perdiendo el tiempo. Las mujeres fingen orgasmos porque pueden; más allá de eso, fingen desear lo que no desean, o más que lo que realmente desean, porque son así: son sensibles, empáticas, compasivas, influenciables, un tanto caprichosas, y además, interesadas. De modo que, si El Solitario hubiera sido un simple viejo verde de andar por casa, y yo una tierna doncella, pues tan respetable hubiera sido la decisión de quedarme con él y "darle lo que quiere", por cualquiera de esos insondables motivos femeninos que señalaban la Via Crucis de Freud, como la de no seguir con la comedia y largarme. Lo que no sería respetable, en todo caso, sería el proceder cínico y carnívoro del propio Solitario. A él, si bien la Ley no lo puede tocar, le colmaremos (¿quieres? ¿te apuntas?) de epítetos. (Si eres hombre cincuentón, cállate, tu opinión staëliana no interesa.) Es un viejo verde baboso, un aprovechado, sin escrúpulos, repugnante, repulsivo, cínico, corrupto y corruptor... y si es gay, pues todo eso with brass knobs on, o sea, elevado al cuadrado ¿Estamos?
Por mi parte, propongo un punto de vista alternativo: el deseo es messy.
No encuentro traducción para messy. Desordenado: viscoso, manchasábanas: asimétrico: problemático: misterioso: caprichoso: difícilmente legislable. Hubo alguna generación pasada (en esto estoy de acuerdo con Vargas Llosa) que entendió esto mejor que nosotros, porque leía novelas, y tal vez en parte porque no había tanta propaganda bienintencionada y políticamente correcta al respecto. El deseo no conoce de leyes, ni siquiera, en alguna de sus vertientes, de modas y de normas sociales. Es un fenómeno biológico y psíquico que abarca, como un imperio decimonónico, diversos territorios cerebrales, algunos leales y sumisos, otros no tanto. Tiene que ver con nuestro lado más bestial, pero también involucra nuestra más exquisita sensibilidad estética. Con la imagen social civilizada que como individuos queremos proyectar, negocia con cautela, como con una potencia enemiga secular. Si bien necesita ser domado y subyugado por razones sociales, eso no significa que carezca de su propio componente altruista y empático, que cuando se le da cancha, suele sorprender. Además, en realidad no se deja subyugar, pues lo que le negamos en la "vida real" nos lo cobra en la imaginativa. Es condenadamente creativo. Y es la esencia de lo que somos.
Por todo ello, al humanista le produce, habitualmente, cierta sensación de desazón cuando encuentra que la opinión más vociferante se limita a juicios y prescripciones legalistas, condenando sin ambajes al que presuntamente traspase la línea que separa lo consensuado de lo que no lo es, mientras que a este lado de la línea impera el guiño indulgente, el prejuicio y el frívolo estereotipo sexista, que dejan desamparadas a las "sí quería, pero no eso, pero no así". ¡Tanto terror que produce la simple posibilidad de que, por alguna peligrosa equivocación, justifiquemos o alentemos o traicionemos a esa fuerza aterradora que ya tanto nos complica la vida! Ni modo que reconozcamos que el Solitario que permanece solitario, luchando interiormente con ese deseo que la sociedad, por su declarada preferencia por los ladrillos, no entiende, intuitivamente es héroe, y que el lápsus, la equivocación, el intento frustrado, no cancela ni aniquila por completo tal heroicidad, que en alguna medida todos compartimos. Ni modo que nos enteremos de que nadie es altruista ni todo el día ni al cien por cien, y que el ser oportunista y aprovechado es de todos, hasta cierto punto, el cual varía según el individuo y las circunstancias de una manera imposible de regular, ni vía leyes, ni vía habladuría biempensante. Y terminemos con la oración del mismo humanista acobardado y acomplejado: por favor, que no me toquen, que no manchen con sus corrosivos prejuicios, la sagrada legitimidad de la mirada compasiva. Que no digan que quien lo hace "por" el otro es enferma y víctima, ni quien se esfuerza por entender el deseo que no comparte es tonta e ingenua.
¿Estoy deuaneando? Probablemente.
Unos veinte años más tarde, estuve en una discoteca, esta vez en calidad de cliente, y acompañado. La Trish, excelente mujer, ahora perturbadoramente cristiana, por aquella época amiga y algo más. No me acuerdo de qué hablábamos: yo estaba mirando fijamente, a través de cincuenta metros de pista vacía, el perfil trasero de otra mujer, considerablemente más joven que yo o que ella. De repente la Trish me dijo:
- Espectacular, ¿verdad?
Volví la cabeza. Lo que encontré en la cara de Trish no era sarcasmo, ni decepción, ni nada por el estilo. Era una sonrisa plácida, cariñosa e indulgente. Decía: te entiendo.
Estas dos últimas palabras, hace mucho que las considero las más maravillosas y al mismo tiempo las más provocadoras que existen, en cualquier idioma.
Léete alguna novela, pero de las buenas.
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