Homúnculo
El púlpito no entrena muy bien para el debate.
Cada lugar tiene sus protocolos, y en la iglesia, se supone que al feligrés no le luce el papel de interlocutor. Si no estás de acuerdo con lo que dice el cura en el sermón, te lo callas, por lo menos hasta que tengas un momento en privado con él, y si tal momento se produce, lo más probable es que entre tantos pecados que hay que confesar, el posible tanto dialéctico parecerá irrelevancia y frivolidad. De modo que lo único que llegará a escuchar el cura sobre su sermón, en que acaba de demostrar a su propia satisfacción el estatus privilegiado de la "familia tradicional", es ese borboteo entusiasmado de la viejita de 84 años que siempre viene a felicitarte al final de la misa, pero que a veces te da un poco la sensación de que cuando está sola en casa va felicitando a la olla arrocera y a alguna que otra salamanquesa que esté ahí de paso, también.
De modo que el hacendoso curita cae en malos hábitos. Se permite, de vez en cuando, referirse a "especialistas", palabra que cada vez que la saca a relucir le parece un hallazgo, ya que luce menos pasmado que "expertos" sin dejar de cumplir la misma función, la de conjurar a esas autoridades imaginarias (pero que deben de existir en alguna parte) que están de acuerdo con uno pero, a diferencia de uno, tienen razones convincentes para estarlo. Doctores tiene la iglesia, eh. Asimismo, se ve incapaz de matar ese tic que le acompaña desde sus días de seminario, ese "todo el mundo sabe", que una vez leyó que no era precisamente un topos retórico brillante, aunque ya no se acuerda por qué lo decían. A él le sigue pareciendo un recurso infalible, como para enmudecer a cualquiera.
Así que seamos indulgentes con esos detalles. Al fin y al cabo, el cura, si tiene cierta edad, puede que haya nacido en un mundo en que cada pueblo tenía su cura, su médico, su notario, y el resto analfabeta. En muchos lugares está acostumbrado todavía a ser recibido con cierta deferencia, y no le importa atribuir esto a su carisma personal y a su gran sabiduría acumulada más que a los distintivos de su oficio. De modo que, si toca escribir una carta de protesta a una revista, el instinto le aconsejará que con abultarse un poco el plumaje, habrá suficiente:
Todo el mundo sabe (sobre todo, los especialistas) que la ideología de género tiene como estrategia la manipulación del lenguaje y la Prensa, para así corromper hábilmente las conciencias.
(...)
La Ideología de género se ha propuesto el final de la familia natural para lograr la corrupción de los niños y adolescentes. Hay que acabar con la familia - dice esta ideología - porque es en ella donde los niños y los adolescentes captan como algo natural la diferenciación entre varón y mujer; el sentido de Dios, el valor de la religión, la necesidad del matrimonio; el aprecio a la familia misma; comprende a través de los ojos el rol del varón y la mujer, establecido por Dios y la naturaleza. La distinción entre varón y mujer es simplemente un esquema judeo-cristiano, bíblico, que debe ser abandonado como fruto de una cultura trasnochada. Quien defiende la distinción entre varón y mujer es un "sexista". La idea de sexo debe ser sustituida por la de "género", según la cual, uno puede libremente optar por la "orientación sexual" que se le ocurra, sin ningún límite. Con este artículo, usted se ubica claramente a favor de esta reingeniería social atea e inhumana. Lamentable.
(Epístola de San Paulino a los Vistacenses, cap. 1, v. 5, 25-28)
Y firma: "con todo mi respeto y mi dolor". A lo que uno - un servidor, digamos - piensa: sí, un poco doloroso es todo esto. Por varias razones, entre las cuales: que el curita éste, en el fondo, parece buen tipo. Digo "en el fondo": a mí se me antoja que de esta materia cruda se podría, con el tiempo, fabricar un buen compañero para ir de putas, pues tiene el principal ingrediente, es decir tiene clara "la diferenciación entre varón y mujer", cuestión a la que retorna más adelante, con cierto resquicio de simpática babosidad en el labio inferior:
que Dios le dé muchos y maravillosos hijos y nietos y nietas: varones bien varones, y mujeres, bien mujeres...
Versículo que me incita irresistiblemente a imaginarme a este Paulino a la una de la madru, en El Imperio, con cuatro botellas vacías en la mesa, ojeando a la pole dancer de turno: ¡Dios mío, qué mujer bien mujer! No es tan poca cosa, tampoco: uno está hoy en día más acostumbrado a leer sobre curas a quienes les llaman más la atención los niños bien niños. Al lado de aquéllos, este Padre Paulino me tiene ganado el corazón.
Claro que dentro de la Iglesia Universal Pentecostal de la Mujer Bien Mujer, de la que yo mismo soy adepto, históricamente ha habido bastante desacuerdo, con su séquito de escismas, anatemas, excomulgaciones, etcétera, sobre nada menos que la definición ortodoxa y dogmática de la Mujer Bien Mujer. La cosa llegó a tal punto que en 1996 se produjo la escisión definitiva de la Tradición Mujer, Mujer, con José María Aznar en el rol de Supremo Antipontífice. Pues bien, les confieso francamente, no sé todavía si me atrae más la Mujer Bien Mujer o la Mujer, Mujer: lo único que sí sé es que ésta es una cuestión personal, que tiene que ver con la espiritualidad íntima de cada uno. Si a mí me induce mística éxtasis una larga cabellera de negro azabache que coquetea con el cóccix, no es para que intente imponer el corte Mélisande por la vía de la Ley, o de la Constitución, ni tampoco es para que escriba furibundas denuncias a las revistas que dedican todo un artículo a la Marilyn Monroe sin contrastarla (en aras de la objetividad y del equilibrio) con Raquel Welch, o que se olvidan de mencionar las desventajas de aquélla (por ejemplo, el intrigante dato, proporcionado por Tony Curtis si bien recuerdo, que besarla era "como besar a Hitler") frente a cualquier rival suya. Porque la verdad es (y éste es el punto que parece eludirle al Padre Paulino) que vivimos en un mundo tan grande y maravilloso que dentro de él, cabe todo - hasta caben los artículos de revista monotemáticos y con evidente sesgo, ¡sí! Incluso se me ocurre que si todas las mujeres fuesen clones de Welch, o de Rigg, o de la Tierney, o de quién sea, nos quedaría un planeta bien empobrecido y, sin los estimulantes de la diversidad y de la competencia por bienes escasos, unos cerebros bastante desaprovechados. Ahora, de sobras sé que el lector que esto admite no necesariamente me va a conceder con tanta facilidad que, al igual que en el mundo caben todas las cabelleras, en Ecuador caben todas las configuraciones imaginables de "matrimonio" o de "familia". Y no es mi intención argumentar este punto en detalle: en lugar de eso, mi idea es simplemente piropearle al lector, es decir, suponerle lo suficientemente desarrollado intelectualmente y con la suficiente honestidad como para hacerse a sí mismo las siguientes preguntas:
¿Soy capaz de desaprobar algo - de encontrarlo feo, repugnante, estúpido, de mal gusto, netamente asqueroso - sin dejar de reconocer la libertad que otras personas tienen de no coincidir con mi criterio? (Si te tienta decir que sí, prueba a encontrar un ejemplo concreto.) ¿O en cambio, tengo tendencia a querer prohibir, desterrar o aniquilar todo aquello que a mí no me gusta, simplemente porque no me gusta (sea por razones descaradamente estéticas o pretendidamente "morales" o, peor, "políticas")?
¿En qué me baso para creer que esas nociones morales que me incitan a limitar la libertad de otras personas son superiores a las nociones morales de esas mismas personas, con las que ellas ya regulan y limitan su propio comportamiento sin mi ayuda? Y si es porque mi moralidad la comparto con Dios, ¿tengo suficientes motivos para creer que mi Dios, cuyos prejuicios coinciden con tan misteriosa exactitud con los míos propios, merece mayor respeto que el Dios alternativo que presumiblemente guía la conducta de aquellas otras personas?
Podría seguir, pero me parece que estas preguntas serían suficientes, en el hipotético caso de que el lector esté en el mismo nivel de desarrollo y de madurez que el propio Padre Paulino, quien, repito, me parece una persona perfectamente rescatable por lo menos en cuanto a sus instintos "bien varoniles", pero muy retardado en lo que se refiere al desarrollo de esa virtud básica para la convivencia humana que es la tolerancia. Porque no se trata aquí de que "cada uno quiera imponer lo suyo": no estamos viendo una guerra a muerte entre La Familia Tradicional y la Perversa Familia Alternativa, que la experiencia demuestra pueden convivir en perfecta armonía si se les permite. El desacuerdo es entre los adalides de la filosofía del "todo cabe" y los del "no, aquí sólo cabe lo que yo apruebo". Es absolutamente indiferente, por lo menos para mí, el hecho de que el buen sacerdote esté a favor del matrimonio heterosexual; si él quisiera imponer el matrimonio homosexual en exclusión de cualquier otra modalidad, el problema sería exactamente el mismo. Y este problema, en el fondo, nace de la inmadurez psicológica: es decir, de sobredimensionar el propio ego: de tener por tontos o inmorales a todos aquéllos que demuestren tener gustos o preferencias que difieren de los propios.
Dicho todo esto, en una cosa sí tiene razón, a mi entender, el Padre Paulino, y eso es en señalar la existencia de una "ideología", o tal vez mejor dicho, un núcleo de prejuicios, jergas, ideas estrambóticas y alambicados puritanismos, cuyos propulsores suelen identificarse como "feministas", y que suelen demostrarle bastante cariño a esa palabra que al parecer tanta furia le inspira al curita, el dichoso "género", y cuyo amuleto es el signo de la arroba. Ese es otro aspecto de ese mínimo y tenue dolor que la carta del buen Padre inspira a este lector: después de casi casi identificar un tema que merece seria discusión, lo estropea todo, primero olvidándose de incluir siquiera un argumento coherente en todo su discurso, y segundo, reemplazando la observación desapasionada por paranoias y fantasías. Pero no es descartable que en algún futuro me encuentre acá de nuevo defendiendo la tolerancia ante los embistes de los (y las) del otro lado, que sí existen: aquellos legisladorcillos (e illas) que no toleran que a la Mujer Bien Mujer, o a su contraparte masculino, se le rinda homenaje de cualquiera de esas numerosas maneras que los fieles en libertad hemos desarrollado para tan sagrado propósito. Y si dudas de que esto pueda suceder, hagan una búsqueda en este blog con la palabra "Buenaño", que a mí ya se me acaba el tiempo para hacerlo. La progresía, ella también, tiene sus propias Madres Maulinas. Otro día será.
Cada lugar tiene sus protocolos, y en la iglesia, se supone que al feligrés no le luce el papel de interlocutor. Si no estás de acuerdo con lo que dice el cura en el sermón, te lo callas, por lo menos hasta que tengas un momento en privado con él, y si tal momento se produce, lo más probable es que entre tantos pecados que hay que confesar, el posible tanto dialéctico parecerá irrelevancia y frivolidad. De modo que lo único que llegará a escuchar el cura sobre su sermón, en que acaba de demostrar a su propia satisfacción el estatus privilegiado de la "familia tradicional", es ese borboteo entusiasmado de la viejita de 84 años que siempre viene a felicitarte al final de la misa, pero que a veces te da un poco la sensación de que cuando está sola en casa va felicitando a la olla arrocera y a alguna que otra salamanquesa que esté ahí de paso, también.
De modo que el hacendoso curita cae en malos hábitos. Se permite, de vez en cuando, referirse a "especialistas", palabra que cada vez que la saca a relucir le parece un hallazgo, ya que luce menos pasmado que "expertos" sin dejar de cumplir la misma función, la de conjurar a esas autoridades imaginarias (pero que deben de existir en alguna parte) que están de acuerdo con uno pero, a diferencia de uno, tienen razones convincentes para estarlo. Doctores tiene la iglesia, eh. Asimismo, se ve incapaz de matar ese tic que le acompaña desde sus días de seminario, ese "todo el mundo sabe", que una vez leyó que no era precisamente un topos retórico brillante, aunque ya no se acuerda por qué lo decían. A él le sigue pareciendo un recurso infalible, como para enmudecer a cualquiera.
Así que seamos indulgentes con esos detalles. Al fin y al cabo, el cura, si tiene cierta edad, puede que haya nacido en un mundo en que cada pueblo tenía su cura, su médico, su notario, y el resto analfabeta. En muchos lugares está acostumbrado todavía a ser recibido con cierta deferencia, y no le importa atribuir esto a su carisma personal y a su gran sabiduría acumulada más que a los distintivos de su oficio. De modo que, si toca escribir una carta de protesta a una revista, el instinto le aconsejará que con abultarse un poco el plumaje, habrá suficiente:
Todo el mundo sabe (sobre todo, los especialistas) que la ideología de género tiene como estrategia la manipulación del lenguaje y la Prensa, para así corromper hábilmente las conciencias.
(...)
La Ideología de género se ha propuesto el final de la familia natural para lograr la corrupción de los niños y adolescentes. Hay que acabar con la familia - dice esta ideología - porque es en ella donde los niños y los adolescentes captan como algo natural la diferenciación entre varón y mujer; el sentido de Dios, el valor de la religión, la necesidad del matrimonio; el aprecio a la familia misma; comprende a través de los ojos el rol del varón y la mujer, establecido por Dios y la naturaleza. La distinción entre varón y mujer es simplemente un esquema judeo-cristiano, bíblico, que debe ser abandonado como fruto de una cultura trasnochada. Quien defiende la distinción entre varón y mujer es un "sexista". La idea de sexo debe ser sustituida por la de "género", según la cual, uno puede libremente optar por la "orientación sexual" que se le ocurra, sin ningún límite. Con este artículo, usted se ubica claramente a favor de esta reingeniería social atea e inhumana. Lamentable.
(Epístola de San Paulino a los Vistacenses, cap. 1, v. 5, 25-28)
Y firma: "con todo mi respeto y mi dolor". A lo que uno - un servidor, digamos - piensa: sí, un poco doloroso es todo esto. Por varias razones, entre las cuales: que el curita éste, en el fondo, parece buen tipo. Digo "en el fondo": a mí se me antoja que de esta materia cruda se podría, con el tiempo, fabricar un buen compañero para ir de putas, pues tiene el principal ingrediente, es decir tiene clara "la diferenciación entre varón y mujer", cuestión a la que retorna más adelante, con cierto resquicio de simpática babosidad en el labio inferior:
que Dios le dé muchos y maravillosos hijos y nietos y nietas: varones bien varones, y mujeres, bien mujeres...
Versículo que me incita irresistiblemente a imaginarme a este Paulino a la una de la madru, en El Imperio, con cuatro botellas vacías en la mesa, ojeando a la pole dancer de turno: ¡Dios mío, qué mujer bien mujer! No es tan poca cosa, tampoco: uno está hoy en día más acostumbrado a leer sobre curas a quienes les llaman más la atención los niños bien niños. Al lado de aquéllos, este Padre Paulino me tiene ganado el corazón.
Claro que dentro de la Iglesia Universal Pentecostal de la Mujer Bien Mujer, de la que yo mismo soy adepto, históricamente ha habido bastante desacuerdo, con su séquito de escismas, anatemas, excomulgaciones, etcétera, sobre nada menos que la definición ortodoxa y dogmática de la Mujer Bien Mujer. La cosa llegó a tal punto que en 1996 se produjo la escisión definitiva de la Tradición Mujer, Mujer, con José María Aznar en el rol de Supremo Antipontífice. Pues bien, les confieso francamente, no sé todavía si me atrae más la Mujer Bien Mujer o la Mujer, Mujer: lo único que sí sé es que ésta es una cuestión personal, que tiene que ver con la espiritualidad íntima de cada uno. Si a mí me induce mística éxtasis una larga cabellera de negro azabache que coquetea con el cóccix, no es para que intente imponer el corte Mélisande por la vía de la Ley, o de la Constitución, ni tampoco es para que escriba furibundas denuncias a las revistas que dedican todo un artículo a la Marilyn Monroe sin contrastarla (en aras de la objetividad y del equilibrio) con Raquel Welch, o que se olvidan de mencionar las desventajas de aquélla (por ejemplo, el intrigante dato, proporcionado por Tony Curtis si bien recuerdo, que besarla era "como besar a Hitler") frente a cualquier rival suya. Porque la verdad es (y éste es el punto que parece eludirle al Padre Paulino) que vivimos en un mundo tan grande y maravilloso que dentro de él, cabe todo - hasta caben los artículos de revista monotemáticos y con evidente sesgo, ¡sí! Incluso se me ocurre que si todas las mujeres fuesen clones de Welch, o de Rigg, o de la Tierney, o de quién sea, nos quedaría un planeta bien empobrecido y, sin los estimulantes de la diversidad y de la competencia por bienes escasos, unos cerebros bastante desaprovechados. Ahora, de sobras sé que el lector que esto admite no necesariamente me va a conceder con tanta facilidad que, al igual que en el mundo caben todas las cabelleras, en Ecuador caben todas las configuraciones imaginables de "matrimonio" o de "familia". Y no es mi intención argumentar este punto en detalle: en lugar de eso, mi idea es simplemente piropearle al lector, es decir, suponerle lo suficientemente desarrollado intelectualmente y con la suficiente honestidad como para hacerse a sí mismo las siguientes preguntas:
¿Soy capaz de desaprobar algo - de encontrarlo feo, repugnante, estúpido, de mal gusto, netamente asqueroso - sin dejar de reconocer la libertad que otras personas tienen de no coincidir con mi criterio? (Si te tienta decir que sí, prueba a encontrar un ejemplo concreto.) ¿O en cambio, tengo tendencia a querer prohibir, desterrar o aniquilar todo aquello que a mí no me gusta, simplemente porque no me gusta (sea por razones descaradamente estéticas o pretendidamente "morales" o, peor, "políticas")?
¿En qué me baso para creer que esas nociones morales que me incitan a limitar la libertad de otras personas son superiores a las nociones morales de esas mismas personas, con las que ellas ya regulan y limitan su propio comportamiento sin mi ayuda? Y si es porque mi moralidad la comparto con Dios, ¿tengo suficientes motivos para creer que mi Dios, cuyos prejuicios coinciden con tan misteriosa exactitud con los míos propios, merece mayor respeto que el Dios alternativo que presumiblemente guía la conducta de aquellas otras personas?
Podría seguir, pero me parece que estas preguntas serían suficientes, en el hipotético caso de que el lector esté en el mismo nivel de desarrollo y de madurez que el propio Padre Paulino, quien, repito, me parece una persona perfectamente rescatable por lo menos en cuanto a sus instintos "bien varoniles", pero muy retardado en lo que se refiere al desarrollo de esa virtud básica para la convivencia humana que es la tolerancia. Porque no se trata aquí de que "cada uno quiera imponer lo suyo": no estamos viendo una guerra a muerte entre La Familia Tradicional y la Perversa Familia Alternativa, que la experiencia demuestra pueden convivir en perfecta armonía si se les permite. El desacuerdo es entre los adalides de la filosofía del "todo cabe" y los del "no, aquí sólo cabe lo que yo apruebo". Es absolutamente indiferente, por lo menos para mí, el hecho de que el buen sacerdote esté a favor del matrimonio heterosexual; si él quisiera imponer el matrimonio homosexual en exclusión de cualquier otra modalidad, el problema sería exactamente el mismo. Y este problema, en el fondo, nace de la inmadurez psicológica: es decir, de sobredimensionar el propio ego: de tener por tontos o inmorales a todos aquéllos que demuestren tener gustos o preferencias que difieren de los propios.
Dicho todo esto, en una cosa sí tiene razón, a mi entender, el Padre Paulino, y eso es en señalar la existencia de una "ideología", o tal vez mejor dicho, un núcleo de prejuicios, jergas, ideas estrambóticas y alambicados puritanismos, cuyos propulsores suelen identificarse como "feministas", y que suelen demostrarle bastante cariño a esa palabra que al parecer tanta furia le inspira al curita, el dichoso "género", y cuyo amuleto es el signo de la arroba. Ese es otro aspecto de ese mínimo y tenue dolor que la carta del buen Padre inspira a este lector: después de casi casi identificar un tema que merece seria discusión, lo estropea todo, primero olvidándose de incluir siquiera un argumento coherente en todo su discurso, y segundo, reemplazando la observación desapasionada por paranoias y fantasías. Pero no es descartable que en algún futuro me encuentre acá de nuevo defendiendo la tolerancia ante los embistes de los (y las) del otro lado, que sí existen: aquellos legisladorcillos (e illas) que no toleran que a la Mujer Bien Mujer, o a su contraparte masculino, se le rinda homenaje de cualquiera de esas numerosas maneras que los fieles en libertad hemos desarrollado para tan sagrado propósito. Y si dudas de que esto pueda suceder, hagan una búsqueda en este blog con la palabra "Buenaño", que a mí ya se me acaba el tiempo para hacerlo. La progresía, ella también, tiene sus propias Madres Maulinas. Otro día será.
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