Note how I rub my enchanted hammer.
Es imposible ser educador hoy en día sin ser consciente del poder de atracción que ejercen los comics sobre las mentes juveniles. De modo que tengo asignatura pendiente con el manga, género sobre el cual no sé absolutamente nada, pero que muchos alumnos míos listan entre sus aficiones. En cambio, sin ser experto en el tema, sí puedo atribuirme cierta familiaridad superficial con el mundo de Marvel, pues pasé por una fase, no recuerdo a qué edad, tal vez sobre los 10 años (estaríamos hablando entonces de los tempranos 70) cuando los cómics de Spider Man, del Hulk, y de los Avengers disputaban con las golosinas y las canicas la prioridad sobre ese pocket money que solía aparecer en la época de las vacaciones (largas, gloriosas) de verano. Por eso, y a pesar de que mi primera lealtad sigue siendo hacia esa vengadora gloriosa que fue Diana Rigg, cuando salió esa película ya la pude ubicar fácilmente dentro de un universo de conceptos, que la revisión de la cinta (bajada del Internet en versión pirata, ya que la economía familiar no da para peregrinajes al cine) apenas ha modificado. La peli cumple a rajatabla con todas las expectativas razonables: espectacular, vistosa, efectista, rabiosamente taquillera... incluso, en cierto modo, inteligente. No, en serio. El guión lucha, con impresionante habilidad diría yo, para que nuestra supensión de incredulidad sortee todos los escollos implícitos en el planteamiento, que no son moco de pavo. Si no, ponte en el lugar del guionista un momento:
¿Señor Whedon? Necesitamos un guión donde un dios escandinavo, un ridículo personaje de propaganda de hace medio siglo, un neandertal verdoso que no sabe hablar y apenas distingue amigos y enemigos, y un millonario aficionado a la alta tecnología, formen un equipo y salven la Tierra de la amenaza de su elección. ...Sí. Y necesitamos que esto sea entretenimiento familiar, apto para todo público, no solamente para los ya iniciados en el género: pero al mismo tiempo no debe de haber nada en la historia que contradiga los enrevesados postulados de los cómics originales, so pena de atraer la furia de los cognoscenti, por no hablar de los productores. Por ende, es preciso que el guión tenga algo de diálogo, de desarrollo de los personajes, de conflicto personal. ¿Sexo? No, lo sentimos pero queremos conseguir certificado apto para niños. ¿Humor? Claro, lo que pueda, pero recuerde que no queremos una parodia del género. No, no puede matar a ninguno de los personajes. Los necesitamos todos para la secuela...
El arma principal utilizado en el guión, como otros ya han notado, es el humor irónico, que si bien no dejaría impresionado a Woody Allen, cumple eficazmente con el propósito de anticiparse a nuestras propias dudas y desactivar puntualmente nuestro siempre amenazante sentido del ridículo. Así, cuando de repente se nos ocurre que el uniforme del Capitán América (por no hablar del propio nombre) es el no va más del anacronismo y de la cursilonería, resulta que el problema ya ha sido comentado por los propios personajes. Cuando se nos ocurre que la presencia de "dioses" paganos en una cinta piadosamente yanquicéntrica amenaza con suscitar la furia de la Bible Belt, resulta que ya se nos administró la vacuna:
CAP. AM.: Señora, sólo hay un Dios - y no viste de esa manera.
(A Whedon evidentemente le preocupó el nihil obstat del cristiano militante de tropa. En otra escena posterior, la pretensión expresa de Loki de ser "un dios" es literalmente vapuleada por el monstruo verde, que hasta se permite un momento de lucidez suficiente para emitir, al respecto, su único pronunciamiento coherente en todo el guión.)
Evidentemente, el postulado inicial es tan arriesgado que se espera para un futuro próximo toda una industria de sabihondas críticas al universo necesariamente imposible que se nos presenta, en que (por citar un ejemplo al azar) las máximas autoridades gubernamentales de EEUU se proponen lanzar un misil nuclear contra la ciudad de Nueva York, simplemente para "contener" una amenaza extraterrestre de dimensiones inciertas; o donde un portaaviones puede volar y hasta volverse invisible, pero un ser dotado de numerosos superpoderes no encuentra a quién le enseñe el uso correcto de las contracciones en el idioma inglés. Dejémoslo para los criticones. La película, ya lo dije, cumple, me entretuvo durante sus dos horas y pico, aunque no la volvería a ver. No, no creo. La caducidad viene inscrita en el género, en el planteamiento: es chicle para los ojos y para la mente, y el sabor se disuelve rapidito, dejando sólo una sustancia inerte de problemática digestión.
Lo que me induce a reflexionar sobre la siguiente pregunta: ¿cuál es el atractivo de fondo de este género al parecer tan perenne como desvergonzadamente escapista, el de los superhéroes uniformados defensores del inigualable yogur estadounidense, o sea del llamado American Whey?
Pregunta a la cual contestaré, como de costumbre, haciendo caso omiso de todos los estudios y estadísticas relevantes y centrándome únicamente en mi experiencia personal. Divide ésta entre el número total de lectores de cómic o de espectadores de películas Marvel o DC y podrás cuantificar con exactitud la validez y relevancia de todo lo que sigue, con la alta precisión decimal necesaria para distinguirlo del vecinísimo cero.
Primer punto: dibujar es divertido. Yo empecé, a los tres años creo, dibujando seres humanos con cabeza de pato. (A mi parecer, la estética del rostro humano mejoraba sustancialmente con la añadidura de un pico triangular, que hacía las veces de nariz y de boca.) De ahí pasé a los pájaros, tema que me tuvo ocupado durante mucho tiempo, hasta que saqué de la biblioteca pública dos volúmenes, con los títulos How to Draw Cars y How to Draw Planes. Aprendí a reproducir, con perspectiva y foreshortening, las curvas sinuosas del Rolls Royce Silver Shadow, y las legendarias líneas del Spitfire y del Hurricane. Tanto mis carros como mis aviones empezaron a desarrollar rasgos cada vez más de ciencia ficción, y flirteé con la estética algo sui generis de los creadores de Star Trek: recuerdo haber pasado toda una hora de almuerzo en la escuela entretenido con sucesivas aproximaciones al Enterprise. Pero no fue hasta que empecé a leer los cómics de Marvel que me di cuenta de las posibilidades pictóricas del cuerpo humano. No hay nada extraño en ello. Allá en los años sesenta, un hombre era simplemente un traje acartonado con un cráneo superpuesto, y la anatomía era una rama especializada de la medicina. En cuanto a la mujer, uno no podía pensar en el cuerpo femenino sin que le atormentara una mezcla de atracción, morbo, sensación del ridículo y de oscura culpabilidad, producto de las enseñanzas jesuíticas de la escuela. O tal vez la verdad era que no era muy observador, y temía equivocarme risiblemente en algún detalle importante.
En cambio, leer una tira de Stan Lee era inscribirse en un curso rápido de musculatura masculina. Pecs, abs, deltoids, todo ahí está en su lugar, todo convenientemente resaltado. Y el personaje del Hulk resulta ser un experimento formal en cómo exagerar al máximo el tamaño de cada músculo sin perder por completo las formas y proporciones proto-humanoides. Es el ideal platónico al que todo bodybuilder vanamente aspira (el color es sólo para despistar). Al mismo tiempo, en las tiras originales, la alterada proporción entre estatura y anchura de esta figura permitía reducir la altura de cada frame, permitiendo más frames por página y así un mayor desarrollo argumental (creo).
Marvel me enseñó que exagerando un poquito la musculatura, y usando las peleas como pretexto para ampliar el repertorio de posturas, puedes transformar el cuerpo masculino en algo estéticamente interesante, algo digno de ser delineado e incluso sombreado y coloreado. (Puede que Miguel Ángel haya descubierto eso primero.)
¿Sólo estéticamente? Hm. Vaya tema. Admitamos como hipótesis (ya que los psicólogos suelen coincidir en ello) que el caos hormonal del adolescente, incluso del preadolescente, da para fases homosexuales incluso en sujetos destinados a una adultez clínicamente hetero; y que ello bien podría expresarse en una pasajera fascinación por héroes vestidos de látex, caucho o similar, es decir, ataviados según convenciones abiertamente fetichistas (si Thor no apareció entre los Village People, fue por accidente), donde la temática bélica y pugilística, o sea, "varonil", sirve para enmascarar la verdadera naturaleza de la atracción ejercida por el género. Dicho así, parece plausible; pero no armoniza con mi propia experiencia, pues mis recuerdos todavía son lo suficientemente claros como para poder distinguir entre la satisfacción que generaba el poder dibujarle a Spider Man de modo que se pareciera al original, y aquella satisfacción, muy otra, que resultaba de dibujar a un personaje singular, The Wasp, que era de sexo femenino y constituía, si bien recuerdo, el atractivo principal de la serie de los Avengers (no entiendo muy bien porque no aparece en la película); en este segundo caso, que se pareciera a la original no era tan importante, por lo visto, ya que tengo el vivo recuerdo de haberla dibujado con el torso desnudo, evidentemente como resultado de una pelea heroica con un malvado arrancapecheras. Es más: diré que confundir la contemplación estética del cuerpo masculino con tendencias homosexuales es de mentes simples, y el rechazo a esa natural (a mi entender) admiración es un elemento distorsionador en nuestra cultura judeocristiana. Me parece mucho más sano y salubre el universo de prejuicos de la antigua Grecia, y hasta cierto punto el romano también, el que quiso resucitar Nietzsche y no pudo, dentro del cual tanto la apreciación estética de la forma humana como las tendencias bisexuales eran atributos, juntos o por separado, de la nobleza, y la exclusiva devoción al cuerpo femenino como objeto de deseo se consideraba un tantico plebeyo. Y puedo sostener esto a pesar de tener yo mismo alma plebeyo, y no me importa si en este punto tú me crees o no.
Resumiendo: las superheroinas no necesitan más explicación que cualquier otro subgénero de soft-soft-porn; los superhéroes, en cambio, cumplen la función, valiosa para ambos sexos, de recordarnos que, al margen de tu orientación sexual, el cuerpo de un hombre puede llegar a ser, sí, bello, a pesar de toda nuestra indoctrinación. Un hombre no es, necesariamente, una mujer con todas las partes interesantes removidas, dejando solamente como legítimo objeto de atención el cerebro o la cartera. Tiene su propia estética corporal y su propia potencial como foco de todo tipo de entretenidos y sugerentes fetichismos. Si no me crees a mí, pregunta a cualquier hembra menor de 84 años.
Segundo punto: el elitismo es tentador. Y más ahora que se ha vuelto políticamente incorrecto. En la película esos guerreros se califican como "remarkable people": el adjetivo es llamativo, suena a eufemismo cauto. En la batalla final, se nos pinta mejor en qué consiste la diferencia entre ser un "remarkable person" y no serlo: es la diferencia entre saber defenderse con aplomo y ser, en circunstancias extremas, una simple e indefensa gallina histérica. El guionista, consciente de esta dicotomía, nos pinta al malvado Loki arrodillando a una muchedumbre, y proponiendo la teoría de que a los humanos les va muy bien, en realidad, la esclavitud (sí, Loki es correista hasta la médula). Cuando, en otro momento, a un incauto policía neoyorquino se le ocurre preguntar por qué tendría que seguir las órdenes de un tipo enmascarado que blande un ridículo escudo multicolor, la respuesta de éste es simplemente demostrar sus destrezas de luchador: argumento en último término irrefutable. A pesar de esto, el guión llega a tantear el belicismo proliferacionista y devuelve un veredicto negativo al respecto. No se trata de convertir aros en espadas, o cubos mágicos en misiles: se trata, simplemente, de dejar ser y de dejar hacer a los seres realmente "remarkable". Y a este respecto, el género del cómic americano siempre ha mantenido cierta tensión entre el elitismo del superhombre (recordemos al Übermensch nietzscheano, lenguaraz bisabuelo del soso y aburrido Superman de DC) y la desconfianza de un público de simples extras a que no le gusta tanto que se le recuerde su inferioridad. Muchas películas, incluso las burlescas tipo Los Increíbles, han profundizado en esta tensión: si se proclama como ideal la igualdad, ¿qué hacer con esos seres que en vez de caminar o de arrastrarse, prefieren volar? A "los diferentes" hay que asimilarlos: ¿y si no quieren o no pueden ser asimilados? Aunque la pregunta se plantea en registro de fantasía, por lo menos se plantea: punto a favor del género. Y aunque los superpoderes facilones abundan, en la peli no eclipsan (y esto es algo bastante notable) los talentos y las destrezas meramente humanas y fruto del arduo entrenamiento y de la indomable voluntad (Black Widow y Hawkeye). No toda riqueza es heredada. Tú también puedes ser remarkable. Basta con que te lo propongas... y que el conformismo mediocre y el colectivismo envidioso no lleguen a ti primero.
Y sí, esto es ideología. Recordemos que los primeros cómics, los de DC, cobraron popularidad y relevancia social por su disposición a servir de canales de propaganda durante la segunda guerra mundial, y el Capitán América si no me equivoco nació como figura de propaganda, concebida como azote de hordas de uniformados nazis con esvásticas y monóculos, al igual que (¿?) la aventurera Mujer Maravilla. Hasta en la película hay una curiosa escena que parece ambientada, muy a diferencia del resto de la película, en plena Guerra Fría, con una Viuda Negra interrogada por militares rusos de vodevil; y el guionista se permite una excursión a Stuttgart, al parecer sólo como pretexto para mencionar a Hitler (siniestro personaje cuya derrota, por si el joven espectador no lo sabía, fue hazaña del Capitán América, prácticamente sin ayuda). De modo que las tensiones de los personajes en último término se pueden interpretar como tensiones políticas, o de ideales políticos, y el Kryptonite que amenaza permanentemente a Superman es esa verdad no contada sobre el American Way que él defiende acríticamente y con una ingenuidad, como todo lo demás en él, heroica.
Claro que los personajes de la película ya no defienden Lo Estadounidense. Defienden La Humanidad. Pero es una humanidad, como no podía ser de otra manera, globalizada, lobotomizada, de tebeo. Es un New York universalizado. Si resulta tan fácil proponer la destrucción nuclear de esa ciudad, es porque se supone, se sobreentiende, que como ésa hay más ciudades, todas las que quieras, en fin, lo que nos sobra en este planeta son ciudades, y todas son exactamente iguales, con los mismos McDonalds, los mismos shawarma joints, y el mismo ganado humano colectivizado, atontado e indefenso, que los héroes proponen defender con sentimentalismos y prácticamente sin razones, porque son buenos. Bueno, es una película.
Mucho se ha escrito sobre las semejanzas entre el universo Marvel o el universo DC y los de la mitología griega y romana. Efectivamente, todos carecen de ese punto grotesco que distingue las narrativas de las religiones judeocristianos y derivadas, ese "tiene que ser verdad, es demasiado horrible para ser inventado". Todos tienen una lógica humana, demasiado humana: se supone que los romanos, si se les interrogaba, hubieran admitido sin problemas que todo lo suyo era ficción, y ficción barata, pero entretenida y a veces aleccionadora. Lo único que no se les ocurrió a los antiguos era ponerles a sus dioses máscaras y darles una segunda identidad, como ciudadanos de pro o no tanto. Ahí reside la fuerza del mito en su encarnación moderna, y el único aspecto que la película no aprovecha, al conformarse con héroes sin secretos. Si el cómic del superhéroe todavía a veces le saca de quicio al ultraconservador o al socialista viscerales, es porque propone, bastante abierta y desvergonzadamente, que el lector también se construya su doble vida: que de día sea contribuyente y elector, y de noche sea talentoso y aventurero evasor de impuestos, posiblemente vistiéndose de látex para el propósito. Sí: el cómic, si le apuras un poco, es antisocial, es desestabilizador. Lo que pasa es que el género ya chirria. Necesitamos nuevos personajes, nuevos paradigmas, nuevas narrativas. Para empezar, necesitamos más sexo, más fetichismo, más profundidad, más trama, más chiaroscuro, más líneas argumentales entrelazadas con la realidad cotidiana. Esto no lo veremos ni con Vengadores II ni con Spiderman XII. Pero puede que tú sí lo consigas. Ponte a soñar, inténtalo.
¿Señor Whedon? Necesitamos un guión donde un dios escandinavo, un ridículo personaje de propaganda de hace medio siglo, un neandertal verdoso que no sabe hablar y apenas distingue amigos y enemigos, y un millonario aficionado a la alta tecnología, formen un equipo y salven la Tierra de la amenaza de su elección. ...Sí. Y necesitamos que esto sea entretenimiento familiar, apto para todo público, no solamente para los ya iniciados en el género: pero al mismo tiempo no debe de haber nada en la historia que contradiga los enrevesados postulados de los cómics originales, so pena de atraer la furia de los cognoscenti, por no hablar de los productores. Por ende, es preciso que el guión tenga algo de diálogo, de desarrollo de los personajes, de conflicto personal. ¿Sexo? No, lo sentimos pero queremos conseguir certificado apto para niños. ¿Humor? Claro, lo que pueda, pero recuerde que no queremos una parodia del género. No, no puede matar a ninguno de los personajes. Los necesitamos todos para la secuela...
El arma principal utilizado en el guión, como otros ya han notado, es el humor irónico, que si bien no dejaría impresionado a Woody Allen, cumple eficazmente con el propósito de anticiparse a nuestras propias dudas y desactivar puntualmente nuestro siempre amenazante sentido del ridículo. Así, cuando de repente se nos ocurre que el uniforme del Capitán América (por no hablar del propio nombre) es el no va más del anacronismo y de la cursilonería, resulta que el problema ya ha sido comentado por los propios personajes. Cuando se nos ocurre que la presencia de "dioses" paganos en una cinta piadosamente yanquicéntrica amenaza con suscitar la furia de la Bible Belt, resulta que ya se nos administró la vacuna:
CAP. AM.: Señora, sólo hay un Dios - y no viste de esa manera.
(A Whedon evidentemente le preocupó el nihil obstat del cristiano militante de tropa. En otra escena posterior, la pretensión expresa de Loki de ser "un dios" es literalmente vapuleada por el monstruo verde, que hasta se permite un momento de lucidez suficiente para emitir, al respecto, su único pronunciamiento coherente en todo el guión.)
Evidentemente, el postulado inicial es tan arriesgado que se espera para un futuro próximo toda una industria de sabihondas críticas al universo necesariamente imposible que se nos presenta, en que (por citar un ejemplo al azar) las máximas autoridades gubernamentales de EEUU se proponen lanzar un misil nuclear contra la ciudad de Nueva York, simplemente para "contener" una amenaza extraterrestre de dimensiones inciertas; o donde un portaaviones puede volar y hasta volverse invisible, pero un ser dotado de numerosos superpoderes no encuentra a quién le enseñe el uso correcto de las contracciones en el idioma inglés. Dejémoslo para los criticones. La película, ya lo dije, cumple, me entretuvo durante sus dos horas y pico, aunque no la volvería a ver. No, no creo. La caducidad viene inscrita en el género, en el planteamiento: es chicle para los ojos y para la mente, y el sabor se disuelve rapidito, dejando sólo una sustancia inerte de problemática digestión.
Lo que me induce a reflexionar sobre la siguiente pregunta: ¿cuál es el atractivo de fondo de este género al parecer tan perenne como desvergonzadamente escapista, el de los superhéroes uniformados defensores del inigualable yogur estadounidense, o sea del llamado American Whey?
Pregunta a la cual contestaré, como de costumbre, haciendo caso omiso de todos los estudios y estadísticas relevantes y centrándome únicamente en mi experiencia personal. Divide ésta entre el número total de lectores de cómic o de espectadores de películas Marvel o DC y podrás cuantificar con exactitud la validez y relevancia de todo lo que sigue, con la alta precisión decimal necesaria para distinguirlo del vecinísimo cero.
Primer punto: dibujar es divertido. Yo empecé, a los tres años creo, dibujando seres humanos con cabeza de pato. (A mi parecer, la estética del rostro humano mejoraba sustancialmente con la añadidura de un pico triangular, que hacía las veces de nariz y de boca.) De ahí pasé a los pájaros, tema que me tuvo ocupado durante mucho tiempo, hasta que saqué de la biblioteca pública dos volúmenes, con los títulos How to Draw Cars y How to Draw Planes. Aprendí a reproducir, con perspectiva y foreshortening, las curvas sinuosas del Rolls Royce Silver Shadow, y las legendarias líneas del Spitfire y del Hurricane. Tanto mis carros como mis aviones empezaron a desarrollar rasgos cada vez más de ciencia ficción, y flirteé con la estética algo sui generis de los creadores de Star Trek: recuerdo haber pasado toda una hora de almuerzo en la escuela entretenido con sucesivas aproximaciones al Enterprise. Pero no fue hasta que empecé a leer los cómics de Marvel que me di cuenta de las posibilidades pictóricas del cuerpo humano. No hay nada extraño en ello. Allá en los años sesenta, un hombre era simplemente un traje acartonado con un cráneo superpuesto, y la anatomía era una rama especializada de la medicina. En cuanto a la mujer, uno no podía pensar en el cuerpo femenino sin que le atormentara una mezcla de atracción, morbo, sensación del ridículo y de oscura culpabilidad, producto de las enseñanzas jesuíticas de la escuela. O tal vez la verdad era que no era muy observador, y temía equivocarme risiblemente en algún detalle importante.
En cambio, leer una tira de Stan Lee era inscribirse en un curso rápido de musculatura masculina. Pecs, abs, deltoids, todo ahí está en su lugar, todo convenientemente resaltado. Y el personaje del Hulk resulta ser un experimento formal en cómo exagerar al máximo el tamaño de cada músculo sin perder por completo las formas y proporciones proto-humanoides. Es el ideal platónico al que todo bodybuilder vanamente aspira (el color es sólo para despistar). Al mismo tiempo, en las tiras originales, la alterada proporción entre estatura y anchura de esta figura permitía reducir la altura de cada frame, permitiendo más frames por página y así un mayor desarrollo argumental (creo).
Marvel me enseñó que exagerando un poquito la musculatura, y usando las peleas como pretexto para ampliar el repertorio de posturas, puedes transformar el cuerpo masculino en algo estéticamente interesante, algo digno de ser delineado e incluso sombreado y coloreado. (Puede que Miguel Ángel haya descubierto eso primero.)
¿Sólo estéticamente? Hm. Vaya tema. Admitamos como hipótesis (ya que los psicólogos suelen coincidir en ello) que el caos hormonal del adolescente, incluso del preadolescente, da para fases homosexuales incluso en sujetos destinados a una adultez clínicamente hetero; y que ello bien podría expresarse en una pasajera fascinación por héroes vestidos de látex, caucho o similar, es decir, ataviados según convenciones abiertamente fetichistas (si Thor no apareció entre los Village People, fue por accidente), donde la temática bélica y pugilística, o sea, "varonil", sirve para enmascarar la verdadera naturaleza de la atracción ejercida por el género. Dicho así, parece plausible; pero no armoniza con mi propia experiencia, pues mis recuerdos todavía son lo suficientemente claros como para poder distinguir entre la satisfacción que generaba el poder dibujarle a Spider Man de modo que se pareciera al original, y aquella satisfacción, muy otra, que resultaba de dibujar a un personaje singular, The Wasp, que era de sexo femenino y constituía, si bien recuerdo, el atractivo principal de la serie de los Avengers (no entiendo muy bien porque no aparece en la película); en este segundo caso, que se pareciera a la original no era tan importante, por lo visto, ya que tengo el vivo recuerdo de haberla dibujado con el torso desnudo, evidentemente como resultado de una pelea heroica con un malvado arrancapecheras. Es más: diré que confundir la contemplación estética del cuerpo masculino con tendencias homosexuales es de mentes simples, y el rechazo a esa natural (a mi entender) admiración es un elemento distorsionador en nuestra cultura judeocristiana. Me parece mucho más sano y salubre el universo de prejuicos de la antigua Grecia, y hasta cierto punto el romano también, el que quiso resucitar Nietzsche y no pudo, dentro del cual tanto la apreciación estética de la forma humana como las tendencias bisexuales eran atributos, juntos o por separado, de la nobleza, y la exclusiva devoción al cuerpo femenino como objeto de deseo se consideraba un tantico plebeyo. Y puedo sostener esto a pesar de tener yo mismo alma plebeyo, y no me importa si en este punto tú me crees o no.
Resumiendo: las superheroinas no necesitan más explicación que cualquier otro subgénero de soft-soft-porn; los superhéroes, en cambio, cumplen la función, valiosa para ambos sexos, de recordarnos que, al margen de tu orientación sexual, el cuerpo de un hombre puede llegar a ser, sí, bello, a pesar de toda nuestra indoctrinación. Un hombre no es, necesariamente, una mujer con todas las partes interesantes removidas, dejando solamente como legítimo objeto de atención el cerebro o la cartera. Tiene su propia estética corporal y su propia potencial como foco de todo tipo de entretenidos y sugerentes fetichismos. Si no me crees a mí, pregunta a cualquier hembra menor de 84 años.
Segundo punto: el elitismo es tentador. Y más ahora que se ha vuelto políticamente incorrecto. En la película esos guerreros se califican como "remarkable people": el adjetivo es llamativo, suena a eufemismo cauto. En la batalla final, se nos pinta mejor en qué consiste la diferencia entre ser un "remarkable person" y no serlo: es la diferencia entre saber defenderse con aplomo y ser, en circunstancias extremas, una simple e indefensa gallina histérica. El guionista, consciente de esta dicotomía, nos pinta al malvado Loki arrodillando a una muchedumbre, y proponiendo la teoría de que a los humanos les va muy bien, en realidad, la esclavitud (sí, Loki es correista hasta la médula). Cuando, en otro momento, a un incauto policía neoyorquino se le ocurre preguntar por qué tendría que seguir las órdenes de un tipo enmascarado que blande un ridículo escudo multicolor, la respuesta de éste es simplemente demostrar sus destrezas de luchador: argumento en último término irrefutable. A pesar de esto, el guión llega a tantear el belicismo proliferacionista y devuelve un veredicto negativo al respecto. No se trata de convertir aros en espadas, o cubos mágicos en misiles: se trata, simplemente, de dejar ser y de dejar hacer a los seres realmente "remarkable". Y a este respecto, el género del cómic americano siempre ha mantenido cierta tensión entre el elitismo del superhombre (recordemos al Übermensch nietzscheano, lenguaraz bisabuelo del soso y aburrido Superman de DC) y la desconfianza de un público de simples extras a que no le gusta tanto que se le recuerde su inferioridad. Muchas películas, incluso las burlescas tipo Los Increíbles, han profundizado en esta tensión: si se proclama como ideal la igualdad, ¿qué hacer con esos seres que en vez de caminar o de arrastrarse, prefieren volar? A "los diferentes" hay que asimilarlos: ¿y si no quieren o no pueden ser asimilados? Aunque la pregunta se plantea en registro de fantasía, por lo menos se plantea: punto a favor del género. Y aunque los superpoderes facilones abundan, en la peli no eclipsan (y esto es algo bastante notable) los talentos y las destrezas meramente humanas y fruto del arduo entrenamiento y de la indomable voluntad (Black Widow y Hawkeye). No toda riqueza es heredada. Tú también puedes ser remarkable. Basta con que te lo propongas... y que el conformismo mediocre y el colectivismo envidioso no lleguen a ti primero.
Y sí, esto es ideología. Recordemos que los primeros cómics, los de DC, cobraron popularidad y relevancia social por su disposición a servir de canales de propaganda durante la segunda guerra mundial, y el Capitán América si no me equivoco nació como figura de propaganda, concebida como azote de hordas de uniformados nazis con esvásticas y monóculos, al igual que (¿?) la aventurera Mujer Maravilla. Hasta en la película hay una curiosa escena que parece ambientada, muy a diferencia del resto de la película, en plena Guerra Fría, con una Viuda Negra interrogada por militares rusos de vodevil; y el guionista se permite una excursión a Stuttgart, al parecer sólo como pretexto para mencionar a Hitler (siniestro personaje cuya derrota, por si el joven espectador no lo sabía, fue hazaña del Capitán América, prácticamente sin ayuda). De modo que las tensiones de los personajes en último término se pueden interpretar como tensiones políticas, o de ideales políticos, y el Kryptonite que amenaza permanentemente a Superman es esa verdad no contada sobre el American Way que él defiende acríticamente y con una ingenuidad, como todo lo demás en él, heroica.
Claro que los personajes de la película ya no defienden Lo Estadounidense. Defienden La Humanidad. Pero es una humanidad, como no podía ser de otra manera, globalizada, lobotomizada, de tebeo. Es un New York universalizado. Si resulta tan fácil proponer la destrucción nuclear de esa ciudad, es porque se supone, se sobreentiende, que como ésa hay más ciudades, todas las que quieras, en fin, lo que nos sobra en este planeta son ciudades, y todas son exactamente iguales, con los mismos McDonalds, los mismos shawarma joints, y el mismo ganado humano colectivizado, atontado e indefenso, que los héroes proponen defender con sentimentalismos y prácticamente sin razones, porque son buenos. Bueno, es una película.
Mucho se ha escrito sobre las semejanzas entre el universo Marvel o el universo DC y los de la mitología griega y romana. Efectivamente, todos carecen de ese punto grotesco que distingue las narrativas de las religiones judeocristianos y derivadas, ese "tiene que ser verdad, es demasiado horrible para ser inventado". Todos tienen una lógica humana, demasiado humana: se supone que los romanos, si se les interrogaba, hubieran admitido sin problemas que todo lo suyo era ficción, y ficción barata, pero entretenida y a veces aleccionadora. Lo único que no se les ocurrió a los antiguos era ponerles a sus dioses máscaras y darles una segunda identidad, como ciudadanos de pro o no tanto. Ahí reside la fuerza del mito en su encarnación moderna, y el único aspecto que la película no aprovecha, al conformarse con héroes sin secretos. Si el cómic del superhéroe todavía a veces le saca de quicio al ultraconservador o al socialista viscerales, es porque propone, bastante abierta y desvergonzadamente, que el lector también se construya su doble vida: que de día sea contribuyente y elector, y de noche sea talentoso y aventurero evasor de impuestos, posiblemente vistiéndose de látex para el propósito. Sí: el cómic, si le apuras un poco, es antisocial, es desestabilizador. Lo que pasa es que el género ya chirria. Necesitamos nuevos personajes, nuevos paradigmas, nuevas narrativas. Para empezar, necesitamos más sexo, más fetichismo, más profundidad, más trama, más chiaroscuro, más líneas argumentales entrelazadas con la realidad cotidiana. Esto no lo veremos ni con Vengadores II ni con Spiderman XII. Pero puede que tú sí lo consigas. Ponte a soñar, inténtalo.

Comments
Post a Comment