Glicina, buganvilia

Es el sueño de todo inglés de las generaciones de la posguerra (este gene pool empobrecido, el mío, heredero de ortodoncias Stonehenge y otros horrores, y eso, niños, es lo malo de las guerras, que suelen diezmar a los sanos y burocratizar la fealdad), cuando ya quedó claro que la isla, lo que quedaba de ella, sin la catedral de Coventry y la pluma de Auden valía verga y media, pues eso, el sueño desde entonces consistía en encontrar aquel lugar donde, sin grandes aspavientos y dosificando muy estrictamente a esa Barbara Pym que todos llevamos dentro, uno pudiera congratularse continuamente por haber descubierto un sol sostenido, un sol discreto, un sol fiable y un tanto elegíaco, que no tiene apenas otra cosa que hacer que bañar contínuamente un jardín de acuarela y tomarse el té con algún antropólogo alicaído de paso. Símbolo de ello, la glicina (wisteria), esa planta que comandaba el destino tanto del personaje de la Tierney en Que el Cielo la Juzgue como de las protagonistas de Enchanted April. Lo que tiene la glicina de especial no es tanto su aspecto marcadamente nipón, ni siquiera sus pintorescas coloraciones, sino el hecho de que no puede sobrevivir a la primavera inglesa, lo cual ya de por sí es carta de recomendación decisiva. En la misma línea, los inglesitos de la generación de los años setenta, la generación Torremolinos, descubrieron o creyeron descubrir la buganvilia, fogosa y exótica trepadora conocida por resistir todos los inviernos, menos el inglés. De modo que si uno volvía de sus vacaciones en cualquier parte del mundo y decía "buganvilia", de buen seguro que todos los amigos y vecinos el año siguiente irían a ese mismo lugar. Era uno de tantos shibboleths de la clase media-media-alta, upwardly o mejor dicho asymptotically mobile. Que yo sepa, lo sigue siendo. Los ganadores de la nueva Lotería (tristeza de país que tenga una Lotería, casi tan desolador que tener un Ministerio de Cultura) ineluctablemente compran casa en Provenza (malditos colonialistas) y llevan en la guantera del carro un vademécum de vinos para camarones en la materia, y envejecen intentando vanamente recordar alguna brizna de su O level French. (El embudo de la enseñanza olvidada al final a todos nos mata de sed.)

Ninguno de nosotros llegamos siquiera a sospechar que las plantas, lo que son las plantas, no trabajan. En este respecto son todas absolutamente francesas. Para ellas, la huelga es más que reivindicación: es estilo de vida. Las azaleas no asisten a cursos de recliclaje. Las rosas no atienden al público. Las burócratas ecuatorianas (Petulantia superba) no siembran ni cosechan: se limitan a lucir, a florecer, a perfumar el aire. ¿Para qué más? La hermosura siempre ha sido su propia justificación, y su Padre Celestial les proveerá.

Entonces, cuando el inglés se acerca cada vez más a su sueño, a ese jardín mediterráneo o tropical que ha proporcionado justificación a toda una vida de esfuerzo, humillación y resignación, se produce un fenómeno bastante singular. De reojo, y de paso, alguna noche cree vislumbrar allá en el patio provisional una flor que no lleva maletín ni tiene sudor y suciedad por debajo del cuello de la camisa. Empieza a sospechar que sus Gardenia no han dado golpe en todo el día. Y de ahí es un paso a darse cuenta de que esas plantas, a lo largo de esas interminables horas cuando él está currando, siguen ahí, hablando entre ellas, adueñándose del lugar, pasando olímpicamente de él y de sus pretensiones de terrateniente. Está excluido de la conversación de sus propias rosas. Y de ahí, poco a poco, empieza a temer la fruición de su sueño, que conlleva la fulminante demostración de su propia irrelevancia. A partir de ahí, no cultiva el jardín, sino negocia con él. Se aplazan ciertas plantas "hasta que tenga tiempo para disfrutarlas". Se rodea de lo provisional, de lo barato y de lo baladí, para entonar con su paisaje interior, para no anticiparse.

Hasta que un día, el médico le informa que debido al estado de sus pulmones, no llegará ni a la edad de jubilación. Es decir, no existirá ese día cuando por fin podrá empezar a "disfrutar".

¿Qué hacer?

La solución es oscura y poco respetable, y tiene que ver con una especie de bifurcación vital, donde su vida, desde fuera enteramente dedicada al trabajo como de costumbre, se empieza a llenar de pequeños entresijos de un furtivo ocio mental, y se pasa el tiempo escondiéndose tras el seto, tras la puerta, tras el libro, tras los lentes, para buscar la flor más cercana, sea ésta buganvilia o no, con mirada de colibrí y una culpa que le carcome el estómago.

"Trata a tus semejantes como si no tuvieras empleo," murmulla para sí, "Ésa es el principio y el fin del buen gusto y de la desesperación gentilmente llevada".

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