"Not blithering, the mountain roe..."
El asilo de ancianos es el sueño erótico de este vetusto. Insisto.
La silla de ruedas es la silla del capitán minutos antes de ser proyectados a través de las galaxias y de los tiempos (toutes les étoiles tombent): por eso te agarras tanto a los brazos, todo miedo y expectativa.
La enfermera, portavoz del clima, relojera de orgasmos, embajadora de talco, desparasita tus defectos personales en una habitación contigua.
Hoy, a las 9 en punto, toca ser victoriano. Empieza a llover, y Londres se llena de putas.
Tú siempre pensabas que hacíamos el amor con música de fondo; ahora empiezas a entender (¡por fin!) que la música hacía el amor consigo mismo a través de nosotros, cómplices fugaces, y que la mascara de juventud y belleza que llevabas puesta era sólo bandera blanca, "no me mates antes de que te dé este mensaje..." Por dentro siempre éramos estos ancianos tontos, imposibilitados, ahora sin mascaras y sin técnicas, desnudos por esta sola y única vez. "Este mensaje..." y ponías el disco, con la cara repentinamente perdida en una sombra.
La música empezó a sonar. (Ésta, por ejemplo, 13:15.)
Y pensabas: ¿cómo es posible que una mujer, entre todos los unicornios, entienda esto? Y observabas esa cara desoladoramente hermosa en busca de señales de química cerebral.
Ahora pocas esperanzas quedan (ella dejó atrás una prometedora carrera de ser otra cosa para convertirse en foto) pero aun así, sigues buscando.
La silla de ruedas es la silla del capitán minutos antes de ser proyectados a través de las galaxias y de los tiempos (toutes les étoiles tombent): por eso te agarras tanto a los brazos, todo miedo y expectativa.
La enfermera, portavoz del clima, relojera de orgasmos, embajadora de talco, desparasita tus defectos personales en una habitación contigua.
Hoy, a las 9 en punto, toca ser victoriano. Empieza a llover, y Londres se llena de putas.
Tú siempre pensabas que hacíamos el amor con música de fondo; ahora empiezas a entender (¡por fin!) que la música hacía el amor consigo mismo a través de nosotros, cómplices fugaces, y que la mascara de juventud y belleza que llevabas puesta era sólo bandera blanca, "no me mates antes de que te dé este mensaje..." Por dentro siempre éramos estos ancianos tontos, imposibilitados, ahora sin mascaras y sin técnicas, desnudos por esta sola y única vez. "Este mensaje..." y ponías el disco, con la cara repentinamente perdida en una sombra.
La música empezó a sonar. (Ésta, por ejemplo, 13:15.)
Y pensabas: ¿cómo es posible que una mujer, entre todos los unicornios, entienda esto? Y observabas esa cara desoladoramente hermosa en busca de señales de química cerebral.
Ahora pocas esperanzas quedan (ella dejó atrás una prometedora carrera de ser otra cosa para convertirse en foto) pero aun así, sigues buscando.
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