Sabiduría
Sabido: el que sabe que otros no saben.
Sabio: el que sabe que no sabe.
Me pregunto a veces qué pensará el televangelista provincial cuando recibe en su mail: antes, yo era un pecador, vivía feliz con mis seis gatos y mis tres mujeres y mis botellas de vino recio y adoraba a los desniveles en los tejados de las casas. Ahora he visto la luz. Ahora me he vuelto a nacer en Cristo. Ahora vivo solo y limpio, en el temor del infierno, y siento un ilimitado desprecio hacia los demás, los condenados y pecadores, que tengo entendido que se llama amor. No puedo agradecerle lo suficiento. Dios le bendiga. Reciba un cheque por $27. Le mandaré más cuando consiga vender mi bicicleta.
¿Qué pensará? (1) Otro día de duro trabajo premiado. Esto da resultado. Mejor que vender enciclopedias de todos modos. (2) Juas juas, pobre hijo de perra, otro cojudo que se ha tragado el cuento de la salvación. De veras, la gente es simple. (3) ¿Seré desalmado? Odio este trabajo. Pero no hay otra. A ver, dónde dejé la botella...
No lo sé. Creo que hay de los tres tipos. Los insensibles, los sádicos y los compungidos y pusilánimes. Yo soy de los terceros. Por lo menos eso creo, porque muchas veces afirmo lo que no sé, o por lo menos defiendo fronteras que no veo. No sé por qué lo hago. Tal vez por cansancio. En la eterna huida ante la duda, hay que plantarse en alguna parte: si no, te devora. Es demasiado esperar 50 años para saber quién carajo eres. Obviamente, busco fronteras inofensivas, y me fijo (aunque no parezca) en quiénes caen a ambos lados.
Lo que sí sé es que el día que alguien me diga: pensaba de otro modo, pero me convenciste, me sentiré una mierda. Una mierda halagada y agradecida, pero mierda. Que el otro me crea al 100% lo que yo, al escribirlo, sólo le pude conceder un 89% de probabilidad - suficiente, habitualmente, para dogmatizar dejando de matizar - me haría sentir un vulgar prestidigitador. Ahora sí, creo que esa duda, esa incertidumbre es cosa de cultivarse. El buen profesor la cultiva en sus alumnos (yo no soy buen profesor... aunque enseñar idiomas tampoco te da mucha cancha. Son de las pocas cosas cuya gramática no elude nuestra comprensión. A cualquiera unos años de inglés le vuelve rotundo y pagado de sí. Todo es tan endiabladamente sencillo y explicable). Entre otras cosas, el saber que no sabes te proporciona aquello que Ernest Hemingway llamaba el requisito más importante de cualquier escritor: el detector de excremento taurino. Observándote a ti mismo, sobretodo en tus insolentes mocedades, fácilmente te aprendes todos los trucos, todos los tics y los reflejos del que empapela con falsa seguridad las húmedas manchas de sus múltiples ignorancias. Reconoces la falsa racionalización de un prejuicio, la estadística espontánea, el tecnicismo consultado o la anécdota despistadora con la misma facilidad que el músico reconoce un acorde de séptimo disminuido. Sólo que a veces haces caso omiso de tu propio instinto, y pierdes el tiempo discutiendo con evidentes fantoches, por si acaso.
Si nos limitáramos a hablar con quienes nuestro instinto infalible hubiera identificado como fértiles dialogantes, ¡cuán poco hablaríamos!
Aut tace aut loquere meliora silentio, dicen. Hay veces que todo lo todavía alcanzable por tu abaleado cerebro te parece niñería, y el único consuelo es que otros parecen padecer de las mismas limitaciones que tú. (Reconocerse deficiente es cada vez más costoso en estos tiempos de economía.)
El silencio espera cerca, como un amigo demasiado gigante que tal vez al querer abrazarte, te aniquila.
Sabio: el que sabe que no sabe.
Me pregunto a veces qué pensará el televangelista provincial cuando recibe en su mail: antes, yo era un pecador, vivía feliz con mis seis gatos y mis tres mujeres y mis botellas de vino recio y adoraba a los desniveles en los tejados de las casas. Ahora he visto la luz. Ahora me he vuelto a nacer en Cristo. Ahora vivo solo y limpio, en el temor del infierno, y siento un ilimitado desprecio hacia los demás, los condenados y pecadores, que tengo entendido que se llama amor. No puedo agradecerle lo suficiento. Dios le bendiga. Reciba un cheque por $27. Le mandaré más cuando consiga vender mi bicicleta.
¿Qué pensará? (1) Otro día de duro trabajo premiado. Esto da resultado. Mejor que vender enciclopedias de todos modos. (2) Juas juas, pobre hijo de perra, otro cojudo que se ha tragado el cuento de la salvación. De veras, la gente es simple. (3) ¿Seré desalmado? Odio este trabajo. Pero no hay otra. A ver, dónde dejé la botella...
No lo sé. Creo que hay de los tres tipos. Los insensibles, los sádicos y los compungidos y pusilánimes. Yo soy de los terceros. Por lo menos eso creo, porque muchas veces afirmo lo que no sé, o por lo menos defiendo fronteras que no veo. No sé por qué lo hago. Tal vez por cansancio. En la eterna huida ante la duda, hay que plantarse en alguna parte: si no, te devora. Es demasiado esperar 50 años para saber quién carajo eres. Obviamente, busco fronteras inofensivas, y me fijo (aunque no parezca) en quiénes caen a ambos lados.
Lo que sí sé es que el día que alguien me diga: pensaba de otro modo, pero me convenciste, me sentiré una mierda. Una mierda halagada y agradecida, pero mierda. Que el otro me crea al 100% lo que yo, al escribirlo, sólo le pude conceder un 89% de probabilidad - suficiente, habitualmente, para dogmatizar dejando de matizar - me haría sentir un vulgar prestidigitador. Ahora sí, creo que esa duda, esa incertidumbre es cosa de cultivarse. El buen profesor la cultiva en sus alumnos (yo no soy buen profesor... aunque enseñar idiomas tampoco te da mucha cancha. Son de las pocas cosas cuya gramática no elude nuestra comprensión. A cualquiera unos años de inglés le vuelve rotundo y pagado de sí. Todo es tan endiabladamente sencillo y explicable). Entre otras cosas, el saber que no sabes te proporciona aquello que Ernest Hemingway llamaba el requisito más importante de cualquier escritor: el detector de excremento taurino. Observándote a ti mismo, sobretodo en tus insolentes mocedades, fácilmente te aprendes todos los trucos, todos los tics y los reflejos del que empapela con falsa seguridad las húmedas manchas de sus múltiples ignorancias. Reconoces la falsa racionalización de un prejuicio, la estadística espontánea, el tecnicismo consultado o la anécdota despistadora con la misma facilidad que el músico reconoce un acorde de séptimo disminuido. Sólo que a veces haces caso omiso de tu propio instinto, y pierdes el tiempo discutiendo con evidentes fantoches, por si acaso.
Si nos limitáramos a hablar con quienes nuestro instinto infalible hubiera identificado como fértiles dialogantes, ¡cuán poco hablaríamos!
Aut tace aut loquere meliora silentio, dicen. Hay veces que todo lo todavía alcanzable por tu abaleado cerebro te parece niñería, y el único consuelo es que otros parecen padecer de las mismas limitaciones que tú. (Reconocerse deficiente es cada vez más costoso en estos tiempos de economía.)
El silencio espera cerca, como un amigo demasiado gigante que tal vez al querer abrazarte, te aniquila.
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