Se busca: genio disléxico

Es dura a veces la vocación de misántropo: siempre enfrentado al riesgo de que por alguna razón, por cualquier tontería, alguien te va a caer bien. Ante lo cual, a veces hay que incurrir en flagrante contradicción para que la mala leche siga llegando (como en Inglaterra en la época prethatcheriana) a todos toditos sin distinguir razas, ni credos, ni "orientaciones", ni talla de zapatos. Yo, por ejemplo, soy pedante por naturaleza, así que siempre me fue fácil odiar a los pedantes. La simple introspección me asegura que el pedante es en realidad un ser infeliz, con baja "autoestima" (reservo un desprecio especial por la gente que habla de "autoestima", pero hace mucho me olvidé de la demostración de que la tal cosa no existe, así que finjamos que sí, que hay gente con "autoestima" y sin ella): tan patético es, que se pondrá a criticar tu gramática, tu ortografía, tu imperfecto dominio de la frase hecha, y todo porque en el fondo sabe que su apego a estos nimios detalles es su única manera de distinguirse. El pedante dice: no tengo ideas, no tengo nada que dar al mundo, soy un ser miserable, irrelevante, pero por lo menos sé lo que significa "bizarro", y sé cuándo "aun" se escribe con tilde y cuándo no... así que, por increíble que parezca, no soy el ser más aborrecible del universe, y mi meta sera encontrar a esos desgraciados que no saben esas reglas, dondequiera que se escondan, y señalarlos con el dedo, para sentirme yo por lo menos mejor que ellos. (Algo similar sucede en el campo moral: quien hace grandes aspavientos acerca de la maldad de los violadores, de las madres abandonabebés, como que quiere ganarse puntos en una carrera moral que ya sabe perdida, cuestión en todo caso de no llegar el ultimo).

Una vez fui a comer con la Núria en un restaurante al fresco, creo que en Sitges. Viendo la carta, mi naturaleza de pedante me obligó a hacer un comentario idiota: "Elado sin h, empezamos bien". La Núria arrancó la carta de mi mano. Buscó la palabra con ojos golosos. Evidentemente, encontrar un Elado era para ella mejor que comerse un helado. Insistió en llamar al camarero para hacerle participe de su descubrimiento. Le largó un sermon sobre "la imagen" que da el error ortográfico en una carta de restaurante. "Yo no la escribí" repuso el camarero, con cara de fachada de hospital en día lluvioso, y se fue. Sentí lástima por la Núria: se había quedado sin humillar a otro ser humano ese día. La verdad, enterarme de que la Núria sabía que helado iba con h fue un descubrimiento para mí: en ese año y media que salí con ella, nunca la vi leer nada más que las etiquetas de precio en las tiendas de ropa. Pero su padre coleccionaba Sorollas, así que ella había ido a esa escuela especial en que las niñas bien aprenden lo justo para no desentonar. Me imagino que la clase sobre la h en helado habría durado una hora bien larga. Hasta la experiencia de verme desnudo no la borró de su mente.

Me pregunto si en algún país del mundo, en alguna época histórica, habrá existido un código de comportamiento decoroso según el cual llamarle la atención a un camarero sobre algo que él no escribió es peor pecado social que olvidarse la primera letra de una palabra. Voy buscando ese país, pero sin encontrarlo.

Repito: soy pedante, así que sé lo que alberga el pedante en su interior. Pero para ser buen misántropo, tengo que sentir la misma mala leche hacia el infractor, hacia el alevoso asesino de aches. Para mí eso me resulta más difícil. Pero algo de eso me nace cuando repaso la lista de los nombres de mis alumnos en mis clases. Ya saben: esas "Esthefannies", esos "Geancarlos", esos "Edinson", esas "Cinthya", esos "Cristhian", esos ubicuos "Jhon" o "Jhonny". Hasta cuando encuentras un John bien escrito, o un Stalin sin e y sin h, es difícil no caer en la herejía de una baja autoestima colectiva, una autoinfligida limpieza étnica, un querer renegarse de las propias raíces, como única explicación del por qué hay padres que prefieren ponerle a sus hijos John antes de Juan, o un nombre de tirano asesino de entre doce y veinte millones de seres humanos antes de uno de algún santo medio olvidado y asesino, como mucho, de un puñado de hediondos saracenos o amariconados albigenses. ¿Por qué, sobre todo, ponerle a tu hijo un nombre que, según las reglas de fonética de tu propio idioma, nadie va a saber pronunciar correctamente? Y quedas pensando que quizás para esos padres tener un hijo es algo así como tener un carro: mejor no tenga nombre que huela a fabricación o ensamblado nacional, eso sólo trae problemas. Los mejores carros tienen nombre italiano, alemán o japonés: los mejores bebés, nombre norteamericano (hasta la fecha, aunque esos Jhonatán tienen destino de hiel y de amargo llanto, viendo en qué está quedando el Imperio últimamente). Parece que nadie piensa, ni por un momento, en hacerle un verdadero bien, un bonito regalo, al hijo de sus entrañas concediéndole un nombre que todo el mundo sabrá pronunciar bien y que no pregone el analfabetismo paterno a los cuatro vientos.

Por lo menos, como contrapartida, está la magnífica facilidad con que el latinoamericano pone apodos. Me enamoré diez veces más de mi mujer al saber que tiene un hermano allá en Naranjal al que todo el mundo, desde la familia hasta el alcalde, conoce como Culito. También sentí una ternura especial al escucharla nombrar con cierta frecuencia a un tal Nego-Nego, oriundo de Durán y conocido suyo, al que le auspicio una prometedora vocación de filósofo de la escuela cartesiana. Aunque por otro lado, nadie ha sabido igualar, en mi experiencia, a ese antiguo conocido mío en Inglaterra, en mi época de músico callejero, conocido universalmente por Dross. Dross es, en sí, una magnífica palabra, evocadora como pocas, y tenerla como legítimo apodo debe ser fuente de permanente orgullo. Por desgracia, nunca me enteré de qué hazañas hay que realizar en la vida para quedarte como Dross. El misterio ése nunca se resolvió,

En fin. La cuestión es que, aunque no consigas sentir ninguna repugnancia especial hacia los gráficamente pecaminosos (entre los cuales supongo que me debo incluir al tener una configuración de blog que insiste en que lo que escribo es inglés y debe corregirse como tal), lo que sí decepciona de ellos es que no te dan asas para reivindicarlos como seres originales y creativos. Vete a YouTube, al apartado de los videos de opiniones fáciles, y ponte a leer los comentarios. Hay una relación directa, geométrica, entre el recuento de gazapos y el cómputo de clichés. Cuanto más errores de ortografía, menos originalidad en el pensamiento. Deprimente pero cierto. Y eso no cambiará hasta que algún ser excepcional, algún escritor de verdadera altura, adopte, reivindique y defienda la mala ortografía, creando moda. Razones no le faltarán: la mala ortografía obliga a leer con más cuidado, abre la puerta a polisemias y confusiones a veces hermosas, marca la individualidad, y sobre todo, frustra a pedantes y a Grandes Hermanos automatizados. Y tiene pedigrí. Shakespeare escribía su propio nombre de cinco maneras distintas. La ortografía es conformismo de borrego sin imaginación y sin futuro. Otra afirmación que sería verdadera en ese imaginario y añorado país que uno nunca consigue del todo encontrar.

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