Embrutecimiento
Algo se muere en el alma, a veces, cuando una palabra se va. Mejor dicho: la lista de las palabras que se han vuelto obsoletas en un idioma es también la necrológica de los conceptos asociados, y en algunos casos, con los conceptos se extingue también un modo de ver, una civilización.
Ejemplo (y en contestación a una pregunta ocasional de mis estudiantes): no sé exactamente cuántos siglos tendríamos que retroceder en el tiempo para que palabras como “cuckold” tuvieran actualidad en inglés. Dos, mínimo. Los americanos, y quién sabe si los australianos, se aferran todavía a “to cheat on sb”. Con esto ya nos estamos alejando de la cultura latina, que al igual que la isabelina de Shakespeare, consideraba que el marido engañado era víctima de una horrible deformidad, el de los cuernos o cachos, visible para todos y fuente de inexplicables dolores de cabeza: el estadounidense, ahora, prefiere verlo como un mal jugador de cartas, que no ve cómo le están trocando sota de bastos por rey de oros bajo la mano. En Inglaterra, ni eso. Hay quien se sirve del mencionado cheat, pero hallarás que siempre es la misma persona que también usa be likepor say, y otros americanismos todavía más feos, es decir que inconscientemente está intentando seguir el guion de Hollywood, con facticia indignación y todo, para quedar como en la película. En realidad, la gran mayoría de los ingleses (esto sospecho) no solamente reconocen lo impepinable, que la cuestión de con quién se acuesta tu mujer es asunto de ella, no tuyo, sino que tampoco les importa un comino, mientras haya futbol en la tele. Puede que sí haya algún inglesito tierno que llore largo y tendido sobre la almohada cuando sale el mensaje de texto “me voy con Cecil, tus medias están en el microondas, ciao”, pero por lo menos nos hemos civilizado al punto de reconocer que dichas lágrimas no son fenómeno social ni espectáculo público.
Peor aguantan el peso de servir como insulto.
En fin. Ya saben lo que pienso al respecto: los ecuatorianos, realmente, ya va siendo hora de que se autocivilicen un poco y dejen a un lado esa estupidez de los celos, que ridiculiza a todo el que toca. Pero con toda la incomodidad que corresponde, también tengo que reconocer que cuando perdí la capacidad de sentir celos, perdí algo más también. ¿Qué cosa? No lo sé, en realidad.
Pero no quería hablar de eso.
Entre las palabras que asedian mi mente, entre clase y clase, últimamente, figuran un par que pertenecen al mismo ático crepuscular de la obsolescencia conceptual. Me refiero a “embrutecimiento” y a “esfera”. La segunda será tema de otro post. La primera, de éste. Y eso por la sencilla razón de que voy por la página 257 (de 356) de 50 Shades of Grey. El por qué… bueno, dos cosas en realidad. Primero, estoy harto de no haber leído las pocas, poquísimas, recontrapoquísimas cosas que mis estudiantes sí han leído. (Esto empezó con esa cómosellama Stephanie Creoquemeyers. Ya saben, la de los vampiros cursis. No, me niego. Ni hablar. Tan bajo no caigo.) Segundo, porque me susurraron que ahí había nalgadas, y ése sí es un tema que me resulta interesante, por lo sensual y sonoro y rosadito. Así que hala, adelante. Me bajé el PDF.
Los pensamientos al respecto brotan, se siguen, se chocan.
Me siento como en un velatorio: de mi propia lengua, entre otras cosas.
No sé, estoy triste.
La palabra “embrutecimiento” no sale en el libro. Es lo que se me ocurrió pensar cuando iba por la página 30, más o menos. Fue así: la primera página fue un gozo. Nunca en mi vida había visto una primera página tan deliciosamente mal escrita. Lees unas cuantas frases y piensas: ¿en serio? ¿Se puede escribir con tamaña torpeza y todavía ser publicado? Qué digo: ¿y todavía vender? Si no has leído el libro, te aseguro que no es para menos. Es francamente asombrosa la incompetencia linguïstica y léxica de la autora: uno se pregunta qué pasó con esa antaño noble profesión de editor, entre cuyas sagradas responsabilidades figuraba la de salvar al autor de las peores consecuencias de su propia ignorancia. Supongo que el tema se ha tratado detalladamente en otros lugares, así que no me voy a detener en esto, en los alientos que hacen autostop, en el supuesto personaje latino que dice “cariña” por “cariño”, en ese irritante personaje “my subconscious” (aparentemente la autora cree que esta última palabra es un sustantivo), etcétera. La cuestión es que, ya digo, andaba por la 30 y me di cuenta de una cosa terrible: ya me estaba acostumbrando.
No quiero decir que me entretenía. El libro es un poco menos aburrido que la liturgia de la misa tridentina en versión larga y latina, pero juega en la misma liga. Lo que quiero decir es que simplemente, me acostumbré al estilo, a esa descerebrada repetición de tantos Oh myy Holy Cow (C.: et cum spiritu tuo) y demás sandeces, a esa pobreza de recursos que obliga a la autora a echar mano de las pretendidas muecas cómicas de “mi subconsciente” en prácticamente cada página, acompañada a partir de cierto momento de “mi diosa interior”, convirtiendo cada ocurrencia en cansina y machacona muletilla, para poder llegar al tanto de páginas propuesto, que mejor hubieran sido 56 y no 356. Y eso a su vez me hizo pensar, a mi manera habitualmente vaga y brumosa: ¿no es así con todo? (Últimamente me estoy aficionando demasiado a los “¿no es así con todo?”. Desconfíen de mí mientras dure.) ¿No será que uno se acostumbra con demasiada facilidad a la pobreza, a la carencia, a lo sucedáneo, a la superchería, en cualquier compartimento de su vida? ¿Hasta el punto que acepta como normal lo que hace unos minutos era escandaloso? ¿Qué me pasa, que me he vuelto tan condenadamente adaptivo?
En realidad no creo que sea tan fácil escribir un best seller como ése. Creo que la reacción natural de toda persona educada al leerlo es pensar: yo podría haber escrito algo así, esto mismo, pero con mucho mejor estilo. ¿Por qué no lo hago? Estoy harto de no tener plata. Así que: a cortejar el público semianalfabeta se ha dicho. Creo que se equivocan. Si escribes 50 Sombras de Grey“con mucho mejor estilo”, el público, ese público que convirtió a la autora en millonaria, no lo tragaría. La torpeza no es ningún talón de Aquiles: es la principal y primaria virtud del libro (virtud, digo, en términos comerciales). Si corriges todos los gazapos y pules el estilo y presentas una historia ya medianamente inteligente, con personajes creíbles y un argumento apasionante, ya no te lo compran. ¿Por qué no? Porque entre semianalfabetas hay una especie de código secreto masónico a nivel de idiolecto. Se reconocen entre ellos. Y no aceptan intrusos. Para vender a ese público tendrías que ingerir grandes cantidades de plomo, y después atar una cuerda alrededor del cuello e impedir que tu cerebro se oxigene durante minuto y medio. Ni así. Tendrías que hacer otra cosa también: embrutecerte.
Uno cae en cuenta más o menos por la mitad del libro. Ese “subconscious” tan trillado, tan abusado por parte de la narradora (y que no tiene nada de subconsciente, por supuesto), es en efecto una representación mental de “la sociedad”, así en singular, la única que ella conoce: la de la prudencia cínica y mercenaria, la del qu’en-dira-t-on, de la idée reçue, la que impone no sólo modismos (supongo que en Word, fue tarea sencilla reemplazar todos los OMG por Oh my! antes de mandar a imprimir: ya, que nadie diga que mi personaje es cursi) sino también maneras de pensar y de (no) sentir, asombros, incoherencias, vacas sagradas, hasta metas vitales. Porque, querido lector, usted no sé pero yo empiezo a sentir cierto deja vu con esto. Lo único que le falta a esta Pamela de nuestros días es su correspondiente Shamela, y eso porque ya no tenemos los Fieldings de antes. Si la heroína no se casa al final de la trilogía(Dios mío) con Mr B. entonces que la autora acepte mis más humildes disculpas, me equivoqué. Pero no lo creo. Ya veremos.
A pesar del fino olfato comercial con que se aborda un tema supuestamente tabú (en el mainstream) como el BDSM, la historia no rompe ningún molde, ni arriesga nada, ni demuestra siquiera una mínima comprensión del asunto (para hacerlo, tendría que haber dotado a la narradora de un cerebro, entre otras cosas). Si lo hiciera, creo que no hubiera suscitado la ira de Rushdie: él sí conoce de riesgos. En lugar de eso, pues ya digo: un simbolismo elemental de luz y oscuridad, donde luz=matrimonio aventajado, aka “mi subconsciente”, aka un futuro feliz de “rolling your eyes”, y oscuridad=bueno, ya saben, la esposa loca encerrada a la que hay que quemar primero. Aun así y con todo, hubiera podido ser algo, si no fuera por la espectacular incompetencia de la autora, a quien hasta se le ocurre describir una rabieta de lloriqueo solitario como una “noche oscura del alma”, y queda con esa sonrisa en la boca, demasiado autocomplaciente para ser irónica, que no deja de asombrar al incauto lector. Ni siquiera se le ocurre que el lector tenga derecho a unos personajes que aprueben el Turing Test. La propia narradora es un simple algoritmo:
He knocks on the door.
Christian Grey is knocking on his own door!
Oh my!
I open the door.
My subconscious puts the cupcakes in the oven, treads on a cockroach, and tunes in to Oprah.
"Can I come in?"
Christian Grey is asking to come in!
Holy crap!
My breath hitches a lift to Newport Pagnell Services, WA, in a red Audi, with electric windows.
"Yes, please come in."
My inner goddess sneezes. Holy shit!
"Here's a diamond necklace."
"I can't accept that." Yes I can. Gimme.
"Now I am going to spank you."
From my upside down position, I notice that all the walls are white, and that his bedside table, made of the finest Swedish mahogany, matches the sideboard. Holy cow! I shatter into a million pieces.
"I like you."
Christian Grey is saying he likes me! My inner goddess burps, takes another swig of Southern Comfort, and glares at me. Holy shit!
¿Ven? Hasta yo puedo hacerlo.
Pero tampoco quería hablar de eso. Al menos, no creo. El chicklit tampoco da tanto de sí.
Pero ¿no es así con todo?
Me siento como en un velatorio: de mi propia lengua, entre otras cosas.
Y prohibido lamentar el crepúsculo de la civilización, porque para eso tenemos a Vargas Llosa.
No sé, estoy triste.
Como me lo dijo una amiga hace poco, debería ser hasta motivacional esa certeza de que "yo lo podría hacer mejor", como para emprender una obra propia. En palabras de Stephen King:
ReplyDeletehttp://youtu.be/hqp7A0B7abc