Pertenecer
Este mes tocan elecciones al parlamento europeo. Entre los partidos británicos con mayores esperanzas para estas elecciones, hay uno que reviste horribles colores, un nombre divertido (el acrónimo UKIP suena como "you kip", o sea, tú duermes: se aceptan bromas), y un líder que se parece alarmantemente a Mr Toad. Se me hace que cuando estas elecciones se produzcan, el día siguiente en la prensa mundial habrá crujir de dientes sobre los avances de la Extrema Derecha a nivel europeo. Por otro lado, quien dice esto no es un sesudo analista político, ni dispongo apenas de información de sondeos para avalar lo dicho. Es simplemente una corazonada. Aclarado esto, me da excusa para abordar unos cuantos temas relacionados.
Primero, declaración de intereses y posible sesgo. No soy de la extrema derecha (aunque en la imaginación de algún correísta o chavista, probablemente sí). La extrema derecha en el Reino hUnDido, así como en otros países, ocupa un terreno político muy definido y circunscrito. Les gustan las banderas; no les gusta la inmigración. En esto se muestran muy poco británicos, pues la mayoría de sus compatriotas, por tradición, sentimos cierta repulsión hacia esa bandera (por ser símbolo de un siniestro y vergonzoso pasado colonial, o tal vez simplemente por el mal gusto que demuestra en su diseño, que recuerda los hábitos indumentarios de la Reina) y en cambio celebramos la inmigración, única fuente de belleza femenina y recetas comestibles en esas malogradas islas. De hecho, a lo largo de la historia, hasta tiempos muy recientes, ha sido extremadamente difícil conseguir que alguien inmigre allí. Cuando el emperador Calígula llegó a vislumbrar, desde la costa de en frente, los blancos acantilados de Dover, le entró la tentación repentina de, en lugar de embarcar, ponerse a coleccionar conchas (los historiadores están en desacuerdo sobre qué tipo de conchas). Años después, los soldados romanos estacionados en el norte sólo pedían más y más calzoncillos (subligaria) y medias contra el frío y hablaban pestes de la población nativa (Britunculi, si bien recuerdo). Los Vikingos, aparentemente, trataban las aldeas costeñas de la isla como, digamos, una liquidación de Casa Tosi, y tuvieron la sensatez de (casi) siempre volver a casa después de una dura jornada de estupro y espolio. Felipe II envió una Armada Invencible, pero todos aquellos hombres decidieron unívocamente cambiar de rumbo y terminaron pasando un ameno día en la Disneylandia de Paris (bueno, más o menos). Incluso para conseguir reyes hubo a veces problemas. Algunos historiadores han descrito la Revolución Gloriosa como "un país que pide traer un rey como quien llama a pedir una pizza", pero el man se hizo de rogar: tanto, que los británicos tuvieron que aceptar lo nunca visto, un rey-y-reina a la vez (Williamanmary) como precio acordado para que el noble holandés sacrificara los coffee shops de Ámsterdam para ir a reinar sobre tan bárbara y apestosa población. Hasta en el 2006, más de la mitad de la población del R.hU. estaban haciendo sus planes de fuga, estilo Colditz. Y es que para querer vivir en un lugar tan perdido de la mano de Dios (lluvia, nieblas, frío, vacas locas, David Cameron, the Daily Mail, realeza, mushy peas), hace falta, sin duda, una buena dosis de masoquismo.
O tal vez otra cosa. ¿Optimismo?
A eso suena el manifiesto electoral de UKIP, pues nos propone, si le entiendo bien al Farage, dos cosas: primero, que el R.hU., mediante referéndum, podrá salir ileso de la Unión Europea, y segundo, que un gobierno británico podrá, algún día, "defender la libertad individual". Lo segundo, excusado decir que es una meta inalcanzable y absurda (proponer un gobierno que "defienda la libertad" es como proponer un sofá que promueva el ejercicio; a quienes toca defender la libertad individual somos los individuos, concha). Lo primero, se me hace que quizás, aunque harto difícil: por eso, si yo fuera votante en esas elecciones daría mi voto (con ciertos remilgos) a ese partido. La Unión Europea puede que no sea el problema más grande que tiene Europa en este momento: pero es un obstáculo para la solución de cualquier problema, grande o pequeño, en cualquier lado del continente, y aparte, es una entidad autoritaria, burocrática, cuasi soviética, que ha abandonado por completo su principio fundacional de subsidiariedad, y amenaza con arrastrar al continente entero a una suerte de criptofascismo actualizado y tecnificado: bien merece un voto en contra, a pesar de todos los pesares. El Gran Abrevadero de Bruselas es como cualquier watering hole de las selvas africanas, con la diferencia de que en vez de encontrar animales darwinianamente sanos y fuertes, la fauna que allá se observa consiste grandemente en seres lisiados y grotescos; es como una convención de sietemesinos intelectuales (un poco como El Telégrafo, vamos), que vienen atraídos por el olor de burocracia y corrupción que rodea dicha ciudad como ese smog londinense a que Dickens dio el nombre de London Particular. Pues bien: en tiempos de vacas gordas, las ciudadanías pueden hacerle a tales extravagancias la correspondiente vista gorda: pero se me hace que, con la nueva moda de la austeridad ajena, a nivel continental existe un hartazgo palpable frente a una clase política cada vez más arrogante, moralizante y dispendiosa. ¿Qué cosa le reemplazará a la tambaleante partidocracia europea? ¿Qué monstruo se arrastra hacia Belén a fin de nacer? La respuesta, allá como acá, merece preocupación.
Ahora, y siguiendo con las confesiones: si no creo que UKIP (así como la Frente Nacional de Marine le Pen, y grupos similares) sea una formación tan, tan peligrosa, como algunos dicen, alegando la presencia de algún que otro chiflado racista entre sus candidatos, es porque desde mi punto de vista lo que se manifiesta como racismo tiene diferentes causas, que conviene distinguir. La palabra odio hoy en día ha sido (como tantas palabras) corrompida y trivializada por exceso de uso: sinceramente no creo que a cualquier ciudadano educado del mundo actual le resulte fácil odiar a los extranjeros, o a los judíos, o a los yanquis, o a los otramente coloreados (o, llegados a eso y a modo de reductio ad absurdum, a las mujeres: como dije en otro lado, la auténtica misoginia es notoriamente un fenómeno tan raro y exótico como la necrofilia, aunque el feminismo estadounidense pelea diariamente contra este hecho). No digo que no haya odiadores. Sí hay, y por desventura, seguramente se sentirán más en casa entre las filas de UKIP o el Front National que en otro sitio (desde luego, en Ecuador, si te pasas el día odiando a quienquiera se te ponga delante en la cola de la farmacia o en el parqueo de Riocentro, Alianza País será tu hogar). Lo que digo es que ese número relativamente pequeño de enfermos psíquicos no define a esas agrupaciones (bueno, a algunas sí, a las minúsculas, léase British Movement, Vlaams Blok, etcétera), aunque sí constituye un reclamo contra su discurso demasiadas veces irresponsable y demagógica. El éxito de formaciones populistas como el Front National no se debe a que el francés de a pie odie a los sucios inmigrantes: creo que se debe más bien a que esa persona hipotética y simplificada quiere pertenecer a algo.
He dicho confesión, pues aquí está: yo no pertenezco a nada. No me siento ni británico ni ecuatoriano, ni de ningún país. No he encontrado una ideología que me deje repantigarme y quitarme los zapatos. No tengo religión. No soy hincha de ningún equipo. Mi clase social es un absoluto misterio para mí: nací en el Lower Middle y desde entonces ha sido una sensación vertiginosa de free fall. Identificarse con una "raza" me ha parecido desde niño una postura tan cretina como identificarse con un signo astrológico. Por razones que merecerían varias onzas de Old Holborn para desgranar, y pese a ciertos atributos fisiológicos, tampoco me identifico, ya desde los 16 años (por lo menos) con el "género hombre", y tampoco, valga aclarar, con su opuesto. Ni siquiera estoy seguro de a qué brow pertenezco: mis gustos se congregan alrededor del middle, con abierta y patética envidia al high, y frecuentes y entusiastas excursiones en el low (se supone que la pornografía será lowbrow por definición). No vivo dentro de una comunidad, que yo sepa: mi carácter de moderado fóbico social ha impedido a lo largo de mi vida la práctica del social networking, con o sin tecnología. Tengo una familia, eso es todo. ¿Le pertenezco a esa familia? Sin duda, sí: pero sólo a través de las cadenas de la responsabilidad, la lealtad y el afecto. Lo que no hay es ese positive reinforcement, ese estímulo de serotonina, ese nice warm feeling, que se supone acompaña a la identificación con un colectivo. Eso siempre me ha faltado. ¿Se echa de menos? Sí, claro que sí. No ha sido algo escogido, sino la consecuencia inevitable (¿?) de las circunstancias y de mis genes. Eso creo.
Y lo digo en parte porque, si el tipo todavía me lee, espero el comentario anónimo puntual de siempre: soy un degenerado, un antipatriota, un hedonista, un etcétera, todo porque me resisto al arrastre de la xenofobia, o del islamofobia, o sea cual sea la fobia del mes. Puedes ahorrarte las palabras: sí, soy un etcétera, y si lees bien acabas de enterarte del por qué, y no, la cosa no está up for discussion. A estas alturas, que yo de repente "descubra" que sí pertenezco a algo, y que ese algo merece defenderse contra las hordas de Los Diferentes con bates de beisbol y cadenas de bicicleta, simplemente no es dable. Ha sido demasiado tiempo de soledad. Soy un caso perdido.
Mejor dicho, y más sinceramente: mis adhesiones son como hámsteres enjaulados. En algún momento dormitan, los saco, los acaricio, y los dejo donde estaban. Eso es todo.
Lo que no sé es si este hecho, llamémoslo ausencia de adhesiones tribales políticamente determinantes, invalida todo lo que puedo pensar en el terreno de la política, o si por el contrario, es una ventaja. Realmente, no lo sé. Lo único que sí sé es la postura al respecto que tendrá Anónimo. Tal vez tenga razón. Sinceramente, no lo sé.
En todo caso, y volviendo al tema: lo que ofrece Marine (no sé mucho sobre ella, aparte de que tanto su fisonomía como su entrada biográfica me sugieren una mujer bastante lúcida, voire inteligente, voire simpática: estoy especulando nomás, wishful thinking, hormonas, no se asusten) creo que es algo tan sencillo como ese nice warm feeling, que se propone alcanzar mediante la identificación con algo así como una "nación". O sea, exactamente lo mismo que ofrece acá Alianza País: una "patria soberana i (sic) altiva": populismo puro y chabacano. Ahora, como hedonista que soy, no tengo nada en contra de los nice warm feelings: creo que son como para cultivarse. Pero recelo de su relevancia en la política. Es más: creo que si estamos en la coyuntura triste (¿trágica?) de que un número importante de electores no encuentran ese sentimiento en otra cosa que no sea la demagogia de un político avispado, es para ponerse a llorar, largo y tendido. De ahí mi recelo con el UKIP. Quiero que la UE tenga una muerte fulminante y espectacular en plan Liga de Naciones (pero no por la misma causa), o por lo menos una agonía crepuscular en plan Naciones Unidas, y desde luego, reconozco la avasalladora simpatía del bueno de Farage: no quiero, en cambio, que los británicos se pongan patriotas, porque quien dice patriota dice fracasado, y no le deseo ese fracaso íntimo y personal a nadie. Un ser humano medianamente realizado siempre tendrá algo de que enorgullecerse sin tener que echar mano del accidente del lugar de nacimiento. ¿Quién nos ha transformado, colectivamente, en seres tan patéticos, tan náufragos, tan necesitados de comunidades y naciones para sentir que pertenecemos, y por tanto, que valemos? No lo sé. En parte creo que los mismos políticos, por conveniencia personal y gremial. En fin. La cuestión se escapa de este articulúnculo. Merece mayor seriedad de la que puede dar de sí esta taza de PG Tips de importación ilegal.
¿Soluciones? Creo que avanzaremos en algo a partir del reconocimiento de que "solución política" es, de por sí, oxímoron. Los políticos no ofrecen soluciones, sólo más problemas. Toda solución pasa ineluctablemente por el esfuerzo personal voluntario y no solicitado, en pos de un nice warm feeling más auténtico y duradero que cualquier cosa que ellos pueden ofrecer. Las soluciones se encuentran en el estudio, en el diálogo, en el conocimiento, en la ciencia. Nunca en la política. Seamos realistas. Intentemos prescindir de esa gente en la mayor medida posible, y no votemos nunca a quien se propone imprescindible. Eso es todo.
Pero yo sigo pensando. ¿A qué cosa pudiera haber pertenecido, de más joven, caso de haber encontrado el aliciente necesario? Creo que a prácticamente cualquier cosa, con tal de que no implicara mamporros, impuestos, fusilamientos, torturas, deportaciones y similar. Casi cualquier cosa. Soy patético. No me hagan demasiado caso. En el fondo, soy patético.
Primero, declaración de intereses y posible sesgo. No soy de la extrema derecha (aunque en la imaginación de algún correísta o chavista, probablemente sí). La extrema derecha en el Reino hUnDido, así como en otros países, ocupa un terreno político muy definido y circunscrito. Les gustan las banderas; no les gusta la inmigración. En esto se muestran muy poco británicos, pues la mayoría de sus compatriotas, por tradición, sentimos cierta repulsión hacia esa bandera (por ser símbolo de un siniestro y vergonzoso pasado colonial, o tal vez simplemente por el mal gusto que demuestra en su diseño, que recuerda los hábitos indumentarios de la Reina) y en cambio celebramos la inmigración, única fuente de belleza femenina y recetas comestibles en esas malogradas islas. De hecho, a lo largo de la historia, hasta tiempos muy recientes, ha sido extremadamente difícil conseguir que alguien inmigre allí. Cuando el emperador Calígula llegó a vislumbrar, desde la costa de en frente, los blancos acantilados de Dover, le entró la tentación repentina de, en lugar de embarcar, ponerse a coleccionar conchas (los historiadores están en desacuerdo sobre qué tipo de conchas). Años después, los soldados romanos estacionados en el norte sólo pedían más y más calzoncillos (subligaria) y medias contra el frío y hablaban pestes de la población nativa (Britunculi, si bien recuerdo). Los Vikingos, aparentemente, trataban las aldeas costeñas de la isla como, digamos, una liquidación de Casa Tosi, y tuvieron la sensatez de (casi) siempre volver a casa después de una dura jornada de estupro y espolio. Felipe II envió una Armada Invencible, pero todos aquellos hombres decidieron unívocamente cambiar de rumbo y terminaron pasando un ameno día en la Disneylandia de Paris (bueno, más o menos). Incluso para conseguir reyes hubo a veces problemas. Algunos historiadores han descrito la Revolución Gloriosa como "un país que pide traer un rey como quien llama a pedir una pizza", pero el man se hizo de rogar: tanto, que los británicos tuvieron que aceptar lo nunca visto, un rey-y-reina a la vez (Williamanmary) como precio acordado para que el noble holandés sacrificara los coffee shops de Ámsterdam para ir a reinar sobre tan bárbara y apestosa población. Hasta en el 2006, más de la mitad de la población del R.hU. estaban haciendo sus planes de fuga, estilo Colditz. Y es que para querer vivir en un lugar tan perdido de la mano de Dios (lluvia, nieblas, frío, vacas locas, David Cameron, the Daily Mail, realeza, mushy peas), hace falta, sin duda, una buena dosis de masoquismo.
O tal vez otra cosa. ¿Optimismo?
A eso suena el manifiesto electoral de UKIP, pues nos propone, si le entiendo bien al Farage, dos cosas: primero, que el R.hU., mediante referéndum, podrá salir ileso de la Unión Europea, y segundo, que un gobierno británico podrá, algún día, "defender la libertad individual". Lo segundo, excusado decir que es una meta inalcanzable y absurda (proponer un gobierno que "defienda la libertad" es como proponer un sofá que promueva el ejercicio; a quienes toca defender la libertad individual somos los individuos, concha). Lo primero, se me hace que quizás, aunque harto difícil: por eso, si yo fuera votante en esas elecciones daría mi voto (con ciertos remilgos) a ese partido. La Unión Europea puede que no sea el problema más grande que tiene Europa en este momento: pero es un obstáculo para la solución de cualquier problema, grande o pequeño, en cualquier lado del continente, y aparte, es una entidad autoritaria, burocrática, cuasi soviética, que ha abandonado por completo su principio fundacional de subsidiariedad, y amenaza con arrastrar al continente entero a una suerte de criptofascismo actualizado y tecnificado: bien merece un voto en contra, a pesar de todos los pesares. El Gran Abrevadero de Bruselas es como cualquier watering hole de las selvas africanas, con la diferencia de que en vez de encontrar animales darwinianamente sanos y fuertes, la fauna que allá se observa consiste grandemente en seres lisiados y grotescos; es como una convención de sietemesinos intelectuales (un poco como El Telégrafo, vamos), que vienen atraídos por el olor de burocracia y corrupción que rodea dicha ciudad como ese smog londinense a que Dickens dio el nombre de London Particular. Pues bien: en tiempos de vacas gordas, las ciudadanías pueden hacerle a tales extravagancias la correspondiente vista gorda: pero se me hace que, con la nueva moda de la austeridad ajena, a nivel continental existe un hartazgo palpable frente a una clase política cada vez más arrogante, moralizante y dispendiosa. ¿Qué cosa le reemplazará a la tambaleante partidocracia europea? ¿Qué monstruo se arrastra hacia Belén a fin de nacer? La respuesta, allá como acá, merece preocupación.
Ahora, y siguiendo con las confesiones: si no creo que UKIP (así como la Frente Nacional de Marine le Pen, y grupos similares) sea una formación tan, tan peligrosa, como algunos dicen, alegando la presencia de algún que otro chiflado racista entre sus candidatos, es porque desde mi punto de vista lo que se manifiesta como racismo tiene diferentes causas, que conviene distinguir. La palabra odio hoy en día ha sido (como tantas palabras) corrompida y trivializada por exceso de uso: sinceramente no creo que a cualquier ciudadano educado del mundo actual le resulte fácil odiar a los extranjeros, o a los judíos, o a los yanquis, o a los otramente coloreados (o, llegados a eso y a modo de reductio ad absurdum, a las mujeres: como dije en otro lado, la auténtica misoginia es notoriamente un fenómeno tan raro y exótico como la necrofilia, aunque el feminismo estadounidense pelea diariamente contra este hecho). No digo que no haya odiadores. Sí hay, y por desventura, seguramente se sentirán más en casa entre las filas de UKIP o el Front National que en otro sitio (desde luego, en Ecuador, si te pasas el día odiando a quienquiera se te ponga delante en la cola de la farmacia o en el parqueo de Riocentro, Alianza País será tu hogar). Lo que digo es que ese número relativamente pequeño de enfermos psíquicos no define a esas agrupaciones (bueno, a algunas sí, a las minúsculas, léase British Movement, Vlaams Blok, etcétera), aunque sí constituye un reclamo contra su discurso demasiadas veces irresponsable y demagógica. El éxito de formaciones populistas como el Front National no se debe a que el francés de a pie odie a los sucios inmigrantes: creo que se debe más bien a que esa persona hipotética y simplificada quiere pertenecer a algo.
He dicho confesión, pues aquí está: yo no pertenezco a nada. No me siento ni británico ni ecuatoriano, ni de ningún país. No he encontrado una ideología que me deje repantigarme y quitarme los zapatos. No tengo religión. No soy hincha de ningún equipo. Mi clase social es un absoluto misterio para mí: nací en el Lower Middle y desde entonces ha sido una sensación vertiginosa de free fall. Identificarse con una "raza" me ha parecido desde niño una postura tan cretina como identificarse con un signo astrológico. Por razones que merecerían varias onzas de Old Holborn para desgranar, y pese a ciertos atributos fisiológicos, tampoco me identifico, ya desde los 16 años (por lo menos) con el "género hombre", y tampoco, valga aclarar, con su opuesto. Ni siquiera estoy seguro de a qué brow pertenezco: mis gustos se congregan alrededor del middle, con abierta y patética envidia al high, y frecuentes y entusiastas excursiones en el low (se supone que la pornografía será lowbrow por definición). No vivo dentro de una comunidad, que yo sepa: mi carácter de moderado fóbico social ha impedido a lo largo de mi vida la práctica del social networking, con o sin tecnología. Tengo una familia, eso es todo. ¿Le pertenezco a esa familia? Sin duda, sí: pero sólo a través de las cadenas de la responsabilidad, la lealtad y el afecto. Lo que no hay es ese positive reinforcement, ese estímulo de serotonina, ese nice warm feeling, que se supone acompaña a la identificación con un colectivo. Eso siempre me ha faltado. ¿Se echa de menos? Sí, claro que sí. No ha sido algo escogido, sino la consecuencia inevitable (¿?) de las circunstancias y de mis genes. Eso creo.
Y lo digo en parte porque, si el tipo todavía me lee, espero el comentario anónimo puntual de siempre: soy un degenerado, un antipatriota, un hedonista, un etcétera, todo porque me resisto al arrastre de la xenofobia, o del islamofobia, o sea cual sea la fobia del mes. Puedes ahorrarte las palabras: sí, soy un etcétera, y si lees bien acabas de enterarte del por qué, y no, la cosa no está up for discussion. A estas alturas, que yo de repente "descubra" que sí pertenezco a algo, y que ese algo merece defenderse contra las hordas de Los Diferentes con bates de beisbol y cadenas de bicicleta, simplemente no es dable. Ha sido demasiado tiempo de soledad. Soy un caso perdido.
Mejor dicho, y más sinceramente: mis adhesiones son como hámsteres enjaulados. En algún momento dormitan, los saco, los acaricio, y los dejo donde estaban. Eso es todo.
Lo que no sé es si este hecho, llamémoslo ausencia de adhesiones tribales políticamente determinantes, invalida todo lo que puedo pensar en el terreno de la política, o si por el contrario, es una ventaja. Realmente, no lo sé. Lo único que sí sé es la postura al respecto que tendrá Anónimo. Tal vez tenga razón. Sinceramente, no lo sé.
En todo caso, y volviendo al tema: lo que ofrece Marine (no sé mucho sobre ella, aparte de que tanto su fisonomía como su entrada biográfica me sugieren una mujer bastante lúcida, voire inteligente, voire simpática: estoy especulando nomás, wishful thinking, hormonas, no se asusten) creo que es algo tan sencillo como ese nice warm feeling, que se propone alcanzar mediante la identificación con algo así como una "nación". O sea, exactamente lo mismo que ofrece acá Alianza País: una "patria soberana i (sic) altiva": populismo puro y chabacano. Ahora, como hedonista que soy, no tengo nada en contra de los nice warm feelings: creo que son como para cultivarse. Pero recelo de su relevancia en la política. Es más: creo que si estamos en la coyuntura triste (¿trágica?) de que un número importante de electores no encuentran ese sentimiento en otra cosa que no sea la demagogia de un político avispado, es para ponerse a llorar, largo y tendido. De ahí mi recelo con el UKIP. Quiero que la UE tenga una muerte fulminante y espectacular en plan Liga de Naciones (pero no por la misma causa), o por lo menos una agonía crepuscular en plan Naciones Unidas, y desde luego, reconozco la avasalladora simpatía del bueno de Farage: no quiero, en cambio, que los británicos se pongan patriotas, porque quien dice patriota dice fracasado, y no le deseo ese fracaso íntimo y personal a nadie. Un ser humano medianamente realizado siempre tendrá algo de que enorgullecerse sin tener que echar mano del accidente del lugar de nacimiento. ¿Quién nos ha transformado, colectivamente, en seres tan patéticos, tan náufragos, tan necesitados de comunidades y naciones para sentir que pertenecemos, y por tanto, que valemos? No lo sé. En parte creo que los mismos políticos, por conveniencia personal y gremial. En fin. La cuestión se escapa de este articulúnculo. Merece mayor seriedad de la que puede dar de sí esta taza de PG Tips de importación ilegal.
¿Soluciones? Creo que avanzaremos en algo a partir del reconocimiento de que "solución política" es, de por sí, oxímoron. Los políticos no ofrecen soluciones, sólo más problemas. Toda solución pasa ineluctablemente por el esfuerzo personal voluntario y no solicitado, en pos de un nice warm feeling más auténtico y duradero que cualquier cosa que ellos pueden ofrecer. Las soluciones se encuentran en el estudio, en el diálogo, en el conocimiento, en la ciencia. Nunca en la política. Seamos realistas. Intentemos prescindir de esa gente en la mayor medida posible, y no votemos nunca a quien se propone imprescindible. Eso es todo.
Pero yo sigo pensando. ¿A qué cosa pudiera haber pertenecido, de más joven, caso de haber encontrado el aliciente necesario? Creo que a prácticamente cualquier cosa, con tal de que no implicara mamporros, impuestos, fusilamientos, torturas, deportaciones y similar. Casi cualquier cosa. Soy patético. No me hagan demasiado caso. En el fondo, soy patético.
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