Pobre Oswaldo
Cuando vivía en aquella casa, frente a la iglesia evangélica, recuerdo que entre las canciones con las que nos torturaron a altas horas de la noche (batería y guitarra eléctrica incluidas) figuraba ésta:
Eres todo. Poderoso.
Eres grande y majestuoso-o-o
Eres fuerte, invencible.
¡No hay nadie como tú!
No sé por qué, me imagino a Oswaldo cantando esto mientras baila alrededor del Presidente, personaje que, por su parte, cualquier cinéfilo ubicará sin dificultad sentado en posición de lotos encima de un buzón de correo inglés de color rojo. Vestido de policía de tráfico, para mayores precisiones. ¿Estamos?
No sé. La gente servil, aduladora, a veces hace reír, pero el caso de Oswaldo da tristeza. Debe ser triste, a esa edad, tener que resumirse calvamente como "ex docente universitario" (puedo identificarme, voy por el mismo camino); más triste todavía tener que escribir para un diario que lo único que acepta son loas a Su Majestad y a su Revolución. Quiero ser comprensivo: a cualquiera que tenga familia que alimentar, o nietos que llevar al zoológico, le puede pasar. Tal vez dentro de unos cinco años, si sobrevivo tanto, me encontraré, yo también, escribiendo para el Telégrafo suntuosos panegíricos de SM la Muy Excelsa Presidenta de la República Betty Carrillo (quizá debería ponerme a practicar). Puedo solidarizarme. No es nada personal.
Pero quiero discrepar con su argumento. Desempaquetemos:
...en un mundo civilizado la autoridad se ejerce dentro de un orden jurídico para evitar el desacato y abuso con el grato fin de garantizar la paz y el trabajo productivo...
Lo que Oswaldo tal vez ignora es que esta sentencia podría haberla dicho Pinochet, Videla o Trujillo, como justificante para la tortura y la eliminación de opositores: es más, estoy seguro de que todos ellos usaron palabras muy pero muy parecidas. Cualquier inhumanidad puede justificarse con eso de "garantizar la paz" "dentro de un orden jurídico": en un mundo civilizado, esperamos más que eso. Necesitamos que la autoridad se ejerza con ciertas garantías, entre ellas la presunción de inocencia, el debido proceso, el estado de derecho, y la independencia de las funciones del estado. Como notoriamente no hay nada de esto en el Ecuador actual, estamos obligados a concluir que no formamos parte, por el momento, de ningún mundo civilizado. Con lo cual, el resto es paja. Ésa es la cruda realidad.
Pero lo realmente preocupante del caso es que, para Oswaldo, lo que viene primero es "evitar el desacato", luego se le ocurre "y el abuso", y solamente tras algo de reflexión decide rematar con eso del trabajo productivo. Es decir: la autoridad se "acata" porque sí (textual: "la autoridad se ejerce... para evitar el desacato", lo que equivale a decir "te doy órdenes con en fin de que no desobedezcas mis órdenes"...¡?), y solamente en caso de extrema necesidad se busca justificar con buenas palabras el capricho del Todopoderoso Grande y Majestuoso-o-o. Repito: creo que estamos ante la radiografía de una mente servil en grado extremo. Basándome en algo tan discutible como el análisis lingüístico de una frase algo confusa y mal construida, es la impresión que tengo. Puedo equivocarme.
En todo caso, para que esto no sea un simple intercambio de insultos o nice derangement of epitaphs, que diría Mrs Malaprop, reconozcamos que tanto "sobrado" como "servil" son apreciaciones subjetivas, innecesariamente atrabiliosas, y muy poco científicas. Creo que lo mejor aquí sería hacer constar lo que dicen los psicólogos (y si hay alguno del gremio por acá, corrígeme si hace falta, me harías un favor). Lo sano y recomendable en cualquier ser humano es quererse, pues sólo queriéndose se puede aspirar a querer a los demás. Eso ya lo dice la Biblia. Y Erich Fromm acota:
Mientras la fe irracional se fundamenta en la sumisión a un poder que uno siente como acaparador, omnisciente y omnipotente, y en la abdicación del poder y de la fuerza propios, la fe racional se basa en la experiencia opuesta. Tenemos fe en determinada creencia porque es el resultado de nuestra propia observación y pensamiento. Tenemos fe en el potencial de los demás, de nosotros mismos, de la humanidad en la medida precisa en que hemos experimentado el crecimiento de nuestras propias potencialidades, la realidad del crecimiento personal, la fuerza de nuestro poder de razonar y de amar. La base de la fe racional es la creatividad: vivir de acuerdo a nuestra fe significa vivir creativamente. De lo que se deduce que creer en el poder (en el sentido de dominación) y en el uso del poder, es contrario a esta fe. Creer en el poder que existe supone dejar de creer en el crecimiento del potencial que todavía no se ha realizado. Es una predicción del futuro que se basa únicamente en el presente manifiesto; pero resulta ser un grave error, y profundamente irracional en su menosprecio del potencial humano y del crecimiento humano. Poder y fe son incompatibles. Con el poder, sólo existe la sumisión, o por parte de los poderosos, el deseo de seguir ejerciéndolo. Mientras para muchas personas el poder parece ser lo más real, la historia del hombre ha demostrado que de todos los logros humanos es el más inestable. Y el hecho de que fe y poder son mutuamente excluyentes, toda religión y sistema político construido en sus inicios sobre la fe racional se corrompe y finalmente pierde toda la fuerza que tenía, si depende del poder o si se alía con él. (The Art of Loving, p.140, traducción mía, afroamericanita mía, cursiva ya no)
Ante los evidentes signos de alergia (estornudos, repentinos accesos de tos, partos prematuros, eyaculaciones precoces, etc) por parte de mis lectores ateos, debo aclarar que cuando habla de "fe racional", no se trata de fe religiosa, sino de aquella fe que se supone todo educador debe conocer: la que te dice que este estudiante relajoso y desmotivado encierra el potencial para salir primero del curso, si solamente se encuentra la manera de hacerle ver de lo que él mismo es capaz. Por lo mismo, resulta preocupante y (de nuevo la palabra) triste, ver en un "ex docente universitario" esa obsesión (expresada de forma repetida) con la "sociedad organizada", el "acato" a las "disposiciones vigentes", y el omnipresente peligro del "caos":
Hoy, todavía sobreviven algunos intrusos, que a nombre de la libertad de expresión se atreven a vociferar contra el régimen del Buen Vivir.
Es decir, si no estás de acuerdo con una absurda entelequia propugnada por un gobierno cínico y autoritario, no eres siquiera un ciudadano de pro, sino "un intruso". Vaya. ¿No cree usted lo que le estoy contando? ¡Intruso! ¡Salga inmediatamente de mi clase!
Si fuera por mí, la palabra "fe" ni siquiera saldría en el pasaje citado. No creo que sea necesaria. El argumento es bien sencillo: el poder, en la práctica, se expresa mediante la coacción: imposiciones y prohibiciones. En algunos casos, podemos estar seguros de que una imposición o prohibición siempre tendrá un efecto positivo, desde cualquier ética mínimamente coherente: ejemplo, no matarás (con la salvedad de defensa propia debidamente fundamentada). En otros casos, sin embargo, es obvio que quien busca imponer o prohibir lo hace con el fin de conservar aquel status quo que le permite seguir ejerciendo el mismo poder, que ya se ha transformado en un fin en sí mismo. Ejemplo: la absurda prohibición de vender alcohol los domingos, cuya única finalidad parece ser la de evitar que los resúmenes televisadas de la Insultadera Sabatina del Presi tengan que competir con ocupaciones más placenteras por parte de la ciudadanía. Pues bien: cuando se multiplican las coacciones, también se multiplican las pérdidas de oportunidades, y se multiplican mucho más allá de lo que podemos razonablemente prever. Sabemos qué es lo que se prohíbe; no sabemos qué hubiera pasado caso de no existir esa prohibición. Todo músico ecuatoriano supongo que ya estará familiarizado con la siguiente escena, cuya frecuencia supongo que se debe a la marcada y notoria right-brainedness de los músicos y las consecuentes tendencias olvidadizas:
1er Beatle Ecuatoriano: Tenemos el estudio hasta las 12.00. Vamos, a ensayar.
2do Beatle Ecuatoriano: ¿Tienes la hierba?
1er Beatle Ecuatoriano: Claro. Toma. Quico, ¿qué pasa con la cerveza?
3er Beatle Ecuatoriano: Me olvidé.
2do Beatle Ecuatoriano: Bueno, hay una licorera al lado. Voy a comprar.
4to Beatle Ecuatoriano: Espera. Es domingo. Estamos en Ecuador.
1er, 2do, 3er y 4to Beatles Ecuatorianos (al unisono): ¡Mierda!
No hace falta insistir. Si hay músicos entre mis lectores, sabrán que para que de esa sesión salga algo así como el Strawberry Fields del s.XXI, el alcohol es requisito sine qua non. En su ausencia, es más probable que la próxima canción sea algo así como:
1er, 2do, 3er y 4to Beatles Ecuatorianos (al unisono, delante de un retrato del Presi):
Eres todopoderoso.
Eres grande y majestuoso-o-o
Eres fuerte, invencible.
¡No hay nadie como túuuu!
Enmarcado en ¡Pan de Oro! (o similar)
Sin contaminaci-one-e-es
visuales, te adoro,
Mi Brujito de Gulubú.
Lo que supongo es el punto del ejercicio. Sin embargo, a mí me apena que por falta de un simple líquido amarillo se marchite, antes de florecer, el talento de quien pudiera haber sido el Polma Carne latinoamericano del futuro:
Su Majestad es una chica bastante simpática
pero no tiene muchos temas de conversación;
Su Majestad es una chica bastante simpática
pero cambia de un día para otro.
Quisiera decirle que la quiero mucho
Pero primero tengo que llenarme la barriga de vino.
Su Majestad es una chica bastante simpática
Algún día la haré mía, oh sí, algún día la haré mía. (Abbey Road)
¿Ven? En un mundo civilizado, se puede hasta proponer seducir a la Reina en una canción, y compararla desfavorablemente con cierta cantidad de vino, y no pasa absolutamente nada, ni mucho menos sobreviene "el caos".
Tal vez hace falta sentido de humor.
Ayer tuve un percance en el parqueo de Riocentro. Voy por la tercera fila. Por delante, un carro parado, con luces de parqueo. Habrá encontrado su espacio. Nada, le rebaso y sigo buscando. Al rebasar, veo delante de él, en el mismo carril derecho, dos carros más, y lo que es peor, hay otro frente a mí en el carril izquierdo. Mierda. ¿Tendré tiempo para dar marcha atrás, antes de que otro me venga pisando los talones y haya gridlock? De repente veo un espacio a la izquierda sin ocupar. Qué bien. Me meto en ese espacio con una maniobra inexperta. Más o menos, hará falta dar marcha atrás un poquito nomás, maniobrar, no vayamos a rayar al de al lado. Alguien está pitando. Ajá. Resulta que él también codiciaba ese espacio. Lo siento, amigo, estamos en Ecuador. Hay gritos. "Que se baje del carro para pelear". Mi esposa ya saltó del carro. "¿Qué pasa?" "¡Está en mi lugar de parqueo!" "Qué, ¿usted lo habrá comprado acaso?" "Usted es una chola. Que baje ese hombre." Mientras, termino de meter el carro más o menos en el espacio, pero con las prisas no puedo apenas abrir la puerta. Con bastante dificultad (mi cintura ya no es la que era) consigo salir por la puerta del conductor, dispuesto a (si hace falta) liarme a golpes con el joven encolerizado, que resulta que conduce uno de esos 4x4 enormes y tragones. Qué ridiculez... y cuánto me costará reemplazar estos lentes, que supongo será lo primero que se rompe, antes de estos pocos dientes que me quedan. Mierda, lo que faltaba. Por fortuna, cuando por fin consigo salir a enfrentarme con el tipo, la mamá de él ya lo tiene cogido del brazo. Él se retira gruñendo. (Es una de las pocas, poquísimas, ventajas de medir 1m90: la gente, por lo general, se retira gruñendo.) Minutos después, mi hijastra comenta: "la gente rica siempre es así. Se creen dueños de todo".
¿Será?
No sé. Creo que quien se rige por tales pautas de comportamiento no se puede considerar "rico" de ninguna de las maneras. Me refiero a la creencia de que lo único que sirve para moderar los comportamientos humanos es la fuerza, los gritos, los insultos, los golpes, las amenazas, las prohibiciones (jargon alert: motivación extrínsica). Ahí yo veo bastante pobreza. Y por eso viene el título de esta entrada. No sé, en realidad, quién de los dos, yo o el joven 4x4, le merecerá a Oswaldo el título de "sobrado": yo por haber cogido un espacio de parqueo en un lugar público al azar sin haber preguntado previamente a todos los presentes si a ellos les interesaba, o él por haber creído que ese lugar le pertenecía por divino derecho. En fin, el curso de ANETA no abarca los protocolos de parqueo. Yo, por lo general, si ya veo que alguien espera meterse no me meto: por otra parte, a mí se me han adelantado con encomiable astucia decenas de veces (generalmente los Spark, son endiabladamente maniobrables) y no lo considero situación merecedora de gritos y mamporros, máxime dos monosílabas pronunciadas entre dientes: yo lo llamo dignidad. Pero la cuestión para mí es simple: existe un truco mucho más eficaz, que se llama comportamiento civilizado.
"Disculpe usted, señor, señora, seguramente no me vio, pero como ve, yo estaba esperando ocupar ese lugar de parqueo."
Me dicen eso y me salgo. No tengo armas contra la educación. Creo que nadie las tiene. (Para estudiantes de Empresariales, esto se llama "solución win-win": tú ganas el espacio de parqueo, yo gano la intensa satisfacción de haber demostrado públicamente mi urbanidad y savoir-faire. Si quieres probarlo tú, no se te olvide el detalle "señor, señora". Ningún hombre quiere mostrarse inferior en educación delante de su propia esposa. Es infalible.)
Cuando el país descubra este simple y demoledor hecho psicológico, será la auténtica revolución.
Aclarando: Oswaldo quiere enseñanza para la práctica de valores, el respeto a las leyes y a sus semejantes. Es lo que dice. Pero de enseñanza a educación hay un trecho. La enseñanza basta (supuestamente) para saber qué cosas debes evitar para conservar tus dientes o para no terminar en la cárcel. Es bastante fácil, y olvídate de la pizarra: sólo hace falta un palo y una zanahoria. Al final, tienes una sociedad donde los trenes son puntuales, las mujeres se tapan decentemente la cabeza y los aplausos durante el Five Minute Hate semanal resuenan a lo largo y ancho del país. Quien se sirve de este tipo de enseñanza para construir una sociedad demuestra la creencia de que somos todos burros (él no, por supuesto). La educación, en cambio, se basa en esa fe de que habla Fromm: de que (casi) todo ser humano es capaz de ver el incalculable beneficio personal y social que le aportará el comportamiento civilizado, y de interiorizar este conocimiento, convirtiéndolo en motivación intrínseca. A partir de ahí, cada persona persigue sus propios intereses, de manera individualista, sin que esa persecución resulte nociva para la sociedad, pues los intereses de una persona educada, ilustrada, no suelen ser lesivos para nadie. Imagine, Oswaldo: una sociedad sin miedo pero a la vez sin "caos". ¿Cree que eso es imposible? En tal caso, celebro que sea ex docente.
Aclarando más: la cuestión es quererse (cosa que, desde mi punto de vista, es incompatible con escribir para El Telégrafo, pero de nuevo, puedo equivocarme). Todo se entiende mejor desde la autoestima.
Ahora bien. Allí donde este sano reforzamiento de autoestima llega a convertirse en problema, es decir en egoísmo destructor, los psicólogos le dan un nombre, el de trastorno narcisista, donde trastorno significa simplemente "un comportamiento que da problemas de manera continua", y narcisista, que recuerda a un joven mítico que se enamora de su propia imagen. El narcisista se reconoce por la fragilidad de su ego, por su constante necesidad de adulación, y por la grandiosidad de su autoimagen: habitualmente se cree salvador, redentor, experto polifacético, premio Nobel en potencia, y cuando se le contradice en algo de eso, se pone furioso. Excusado decir que su hábitat natural es la política, ese mágico mundo donde se puede conjugar el sueño grandioso y el aplauso continuo con los comportamientos más vistosamente antisociales, de modo más o menos estable. Ahora bien: el narcisista necesita su "supply", el salvador de la Patria, sus seguidores y sus kamikaze y su Telégrafo: ahí, se me hace que los psicólogos no son tan taxativos. No existe (de momento, y siempre según el DSM) ningún "trastorno de personalidad servil", y habría que bucear entre masoquismo, codependencia, Trastorno de Personalidad Dependiente, y otros candidatos para intentar entender que en el mundo en que vivimos, para cada Correa siempre hay un ejército de Oswaldos, dispuestos a justificar y defender lo indefendible. Me refiero, concretamente, a esto:
Otro sobrado sentenciado por injuriar al presidente de la República, Rafael Correa, se burla de la justicia e insiste en la ofensa, pero al final huye y se refugia en la selva.
Perdón, pero en "un mundo civilizado", quien se burla de la justicia es quien emite una sentencia como ésta: $140.000 y año y medio de cárcel simplemente por suponer en voz alta que el jefe supremo de las Fuerzas Armadas dio una orden que sabemos que tuvo que darse y que, en un mundo civilizado y Constitución en mano, sólo le competería a él y a nadie más.
Una tomadura de pelo, en fin. Y el mismo Oswaldo nos revela que él sabe, en su interior, que de eso se trata. Lo demuestra con su afán retórico de intentar equiparar al ex asambleísta Jiménez con uno de esos conductores que atropellan a un peatón y se largan, o con uno de esos insoportables gritones que de vez en cuando le amargan el día a los funcionarios públicos. Quiere a toda costa hacernos ver que el Jiménez es el "sobrado", el "irresponsable" y el "cobarde", precisamente ante el evidente peligro de que, ante los hechos públicos y notorios, lleguemos a la conclusión equivocada, y le colgamos a otro actor involucrado tales epítetos.
Conclusión. Ayer estaba pensando en voz alta sobre el auge de la derecha populista en Europa, y especulé que tal vez se debe a un deseo de pertenencia, esa suerte de "amor" corrompido de que también habla Fromm, el intentar trascenderse o aniquilarse asociándose con algo "más grande que uno", ese instinto suicida de que siempre se han aprovechado y han vivido los gurús y los levitas desde los albores de la humanidad. Ahora bien: vemos que todo populismo, de derecha o de izquierda, funciona así, pero si hay algo que le da alas es el miedo, el pesimismo, el creer que no podemos ser más ni servir para más, ese pesimismo que florece en tiempos de crisis y depresión, y que aconseja mano dura contra esa población de sucios, borregos, primitivos, sobrados que somos, al borde del caos como estamos, la pesadilla del todos contra todos. Es una manera perfectamente racional de procesar la realidad circundante, de acuerdo. Pero aceptarlo significa renunciar a tantas posibilidades, a tanto potencial... por cuestiones profesionales, me veo obligado a la alternativa, a la fe. Espero que a nadie le importe.
Eres todo. Poderoso.
Eres grande y majestuoso-o-o
Eres fuerte, invencible.
¡No hay nadie como tú!
No sé por qué, me imagino a Oswaldo cantando esto mientras baila alrededor del Presidente, personaje que, por su parte, cualquier cinéfilo ubicará sin dificultad sentado en posición de lotos encima de un buzón de correo inglés de color rojo. Vestido de policía de tráfico, para mayores precisiones. ¿Estamos?
No sé. La gente servil, aduladora, a veces hace reír, pero el caso de Oswaldo da tristeza. Debe ser triste, a esa edad, tener que resumirse calvamente como "ex docente universitario" (puedo identificarme, voy por el mismo camino); más triste todavía tener que escribir para un diario que lo único que acepta son loas a Su Majestad y a su Revolución. Quiero ser comprensivo: a cualquiera que tenga familia que alimentar, o nietos que llevar al zoológico, le puede pasar. Tal vez dentro de unos cinco años, si sobrevivo tanto, me encontraré, yo también, escribiendo para el Telégrafo suntuosos panegíricos de SM la Muy Excelsa Presidenta de la República Betty Carrillo (quizá debería ponerme a practicar). Puedo solidarizarme. No es nada personal.
Pero quiero discrepar con su argumento. Desempaquetemos:
...en un mundo civilizado la autoridad se ejerce dentro de un orden jurídico para evitar el desacato y abuso con el grato fin de garantizar la paz y el trabajo productivo...
Lo que Oswaldo tal vez ignora es que esta sentencia podría haberla dicho Pinochet, Videla o Trujillo, como justificante para la tortura y la eliminación de opositores: es más, estoy seguro de que todos ellos usaron palabras muy pero muy parecidas. Cualquier inhumanidad puede justificarse con eso de "garantizar la paz" "dentro de un orden jurídico": en un mundo civilizado, esperamos más que eso. Necesitamos que la autoridad se ejerza con ciertas garantías, entre ellas la presunción de inocencia, el debido proceso, el estado de derecho, y la independencia de las funciones del estado. Como notoriamente no hay nada de esto en el Ecuador actual, estamos obligados a concluir que no formamos parte, por el momento, de ningún mundo civilizado. Con lo cual, el resto es paja. Ésa es la cruda realidad.
Pero lo realmente preocupante del caso es que, para Oswaldo, lo que viene primero es "evitar el desacato", luego se le ocurre "y el abuso", y solamente tras algo de reflexión decide rematar con eso del trabajo productivo. Es decir: la autoridad se "acata" porque sí (textual: "la autoridad se ejerce... para evitar el desacato", lo que equivale a decir "te doy órdenes con en fin de que no desobedezcas mis órdenes"...¡?), y solamente en caso de extrema necesidad se busca justificar con buenas palabras el capricho del Todopoderoso Grande y Majestuoso-o-o. Repito: creo que estamos ante la radiografía de una mente servil en grado extremo. Basándome en algo tan discutible como el análisis lingüístico de una frase algo confusa y mal construida, es la impresión que tengo. Puedo equivocarme.
En todo caso, para que esto no sea un simple intercambio de insultos o nice derangement of epitaphs, que diría Mrs Malaprop, reconozcamos que tanto "sobrado" como "servil" son apreciaciones subjetivas, innecesariamente atrabiliosas, y muy poco científicas. Creo que lo mejor aquí sería hacer constar lo que dicen los psicólogos (y si hay alguno del gremio por acá, corrígeme si hace falta, me harías un favor). Lo sano y recomendable en cualquier ser humano es quererse, pues sólo queriéndose se puede aspirar a querer a los demás. Eso ya lo dice la Biblia. Y Erich Fromm acota:
Mientras la fe irracional se fundamenta en la sumisión a un poder que uno siente como acaparador, omnisciente y omnipotente, y en la abdicación del poder y de la fuerza propios, la fe racional se basa en la experiencia opuesta. Tenemos fe en determinada creencia porque es el resultado de nuestra propia observación y pensamiento. Tenemos fe en el potencial de los demás, de nosotros mismos, de la humanidad en la medida precisa en que hemos experimentado el crecimiento de nuestras propias potencialidades, la realidad del crecimiento personal, la fuerza de nuestro poder de razonar y de amar. La base de la fe racional es la creatividad: vivir de acuerdo a nuestra fe significa vivir creativamente. De lo que se deduce que creer en el poder (en el sentido de dominación) y en el uso del poder, es contrario a esta fe. Creer en el poder que existe supone dejar de creer en el crecimiento del potencial que todavía no se ha realizado. Es una predicción del futuro que se basa únicamente en el presente manifiesto; pero resulta ser un grave error, y profundamente irracional en su menosprecio del potencial humano y del crecimiento humano. Poder y fe son incompatibles. Con el poder, sólo existe la sumisión, o por parte de los poderosos, el deseo de seguir ejerciéndolo. Mientras para muchas personas el poder parece ser lo más real, la historia del hombre ha demostrado que de todos los logros humanos es el más inestable. Y el hecho de que fe y poder son mutuamente excluyentes, toda religión y sistema político construido en sus inicios sobre la fe racional se corrompe y finalmente pierde toda la fuerza que tenía, si depende del poder o si se alía con él. (The Art of Loving, p.140, traducción mía, afroamericanita mía, cursiva ya no)
Ante los evidentes signos de alergia (estornudos, repentinos accesos de tos, partos prematuros, eyaculaciones precoces, etc) por parte de mis lectores ateos, debo aclarar que cuando habla de "fe racional", no se trata de fe religiosa, sino de aquella fe que se supone todo educador debe conocer: la que te dice que este estudiante relajoso y desmotivado encierra el potencial para salir primero del curso, si solamente se encuentra la manera de hacerle ver de lo que él mismo es capaz. Por lo mismo, resulta preocupante y (de nuevo la palabra) triste, ver en un "ex docente universitario" esa obsesión (expresada de forma repetida) con la "sociedad organizada", el "acato" a las "disposiciones vigentes", y el omnipresente peligro del "caos":
Hoy, todavía sobreviven algunos intrusos, que a nombre de la libertad de expresión se atreven a vociferar contra el régimen del Buen Vivir.
Es decir, si no estás de acuerdo con una absurda entelequia propugnada por un gobierno cínico y autoritario, no eres siquiera un ciudadano de pro, sino "un intruso". Vaya. ¿No cree usted lo que le estoy contando? ¡Intruso! ¡Salga inmediatamente de mi clase!
Si fuera por mí, la palabra "fe" ni siquiera saldría en el pasaje citado. No creo que sea necesaria. El argumento es bien sencillo: el poder, en la práctica, se expresa mediante la coacción: imposiciones y prohibiciones. En algunos casos, podemos estar seguros de que una imposición o prohibición siempre tendrá un efecto positivo, desde cualquier ética mínimamente coherente: ejemplo, no matarás (con la salvedad de defensa propia debidamente fundamentada). En otros casos, sin embargo, es obvio que quien busca imponer o prohibir lo hace con el fin de conservar aquel status quo que le permite seguir ejerciendo el mismo poder, que ya se ha transformado en un fin en sí mismo. Ejemplo: la absurda prohibición de vender alcohol los domingos, cuya única finalidad parece ser la de evitar que los resúmenes televisadas de la Insultadera Sabatina del Presi tengan que competir con ocupaciones más placenteras por parte de la ciudadanía. Pues bien: cuando se multiplican las coacciones, también se multiplican las pérdidas de oportunidades, y se multiplican mucho más allá de lo que podemos razonablemente prever. Sabemos qué es lo que se prohíbe; no sabemos qué hubiera pasado caso de no existir esa prohibición. Todo músico ecuatoriano supongo que ya estará familiarizado con la siguiente escena, cuya frecuencia supongo que se debe a la marcada y notoria right-brainedness de los músicos y las consecuentes tendencias olvidadizas:
1er Beatle Ecuatoriano: Tenemos el estudio hasta las 12.00. Vamos, a ensayar.
2do Beatle Ecuatoriano: ¿Tienes la hierba?
1er Beatle Ecuatoriano: Claro. Toma. Quico, ¿qué pasa con la cerveza?
3er Beatle Ecuatoriano: Me olvidé.
2do Beatle Ecuatoriano: Bueno, hay una licorera al lado. Voy a comprar.
4to Beatle Ecuatoriano: Espera. Es domingo. Estamos en Ecuador.
1er, 2do, 3er y 4to Beatles Ecuatorianos (al unisono): ¡Mierda!
No hace falta insistir. Si hay músicos entre mis lectores, sabrán que para que de esa sesión salga algo así como el Strawberry Fields del s.XXI, el alcohol es requisito sine qua non. En su ausencia, es más probable que la próxima canción sea algo así como:
1er, 2do, 3er y 4to Beatles Ecuatorianos (al unisono, delante de un retrato del Presi):
Eres todopoderoso.
Eres grande y majestuoso-o-o
Eres fuerte, invencible.
¡No hay nadie como túuuu!
Enmarcado en ¡Pan de Oro! (o similar)
Sin contaminaci-one-e-es
visuales, te adoro,
Mi Brujito de Gulubú.
Lo que supongo es el punto del ejercicio. Sin embargo, a mí me apena que por falta de un simple líquido amarillo se marchite, antes de florecer, el talento de quien pudiera haber sido el Polma Carne latinoamericano del futuro:
Su Majestad es una chica bastante simpática
pero no tiene muchos temas de conversación;
Su Majestad es una chica bastante simpática
pero cambia de un día para otro.
Quisiera decirle que la quiero mucho
Pero primero tengo que llenarme la barriga de vino.
Su Majestad es una chica bastante simpática
Algún día la haré mía, oh sí, algún día la haré mía. (Abbey Road)
¿Ven? En un mundo civilizado, se puede hasta proponer seducir a la Reina en una canción, y compararla desfavorablemente con cierta cantidad de vino, y no pasa absolutamente nada, ni mucho menos sobreviene "el caos".
Tal vez hace falta sentido de humor.
Ayer tuve un percance en el parqueo de Riocentro. Voy por la tercera fila. Por delante, un carro parado, con luces de parqueo. Habrá encontrado su espacio. Nada, le rebaso y sigo buscando. Al rebasar, veo delante de él, en el mismo carril derecho, dos carros más, y lo que es peor, hay otro frente a mí en el carril izquierdo. Mierda. ¿Tendré tiempo para dar marcha atrás, antes de que otro me venga pisando los talones y haya gridlock? De repente veo un espacio a la izquierda sin ocupar. Qué bien. Me meto en ese espacio con una maniobra inexperta. Más o menos, hará falta dar marcha atrás un poquito nomás, maniobrar, no vayamos a rayar al de al lado. Alguien está pitando. Ajá. Resulta que él también codiciaba ese espacio. Lo siento, amigo, estamos en Ecuador. Hay gritos. "Que se baje del carro para pelear". Mi esposa ya saltó del carro. "¿Qué pasa?" "¡Está en mi lugar de parqueo!" "Qué, ¿usted lo habrá comprado acaso?" "Usted es una chola. Que baje ese hombre." Mientras, termino de meter el carro más o menos en el espacio, pero con las prisas no puedo apenas abrir la puerta. Con bastante dificultad (mi cintura ya no es la que era) consigo salir por la puerta del conductor, dispuesto a (si hace falta) liarme a golpes con el joven encolerizado, que resulta que conduce uno de esos 4x4 enormes y tragones. Qué ridiculez... y cuánto me costará reemplazar estos lentes, que supongo será lo primero que se rompe, antes de estos pocos dientes que me quedan. Mierda, lo que faltaba. Por fortuna, cuando por fin consigo salir a enfrentarme con el tipo, la mamá de él ya lo tiene cogido del brazo. Él se retira gruñendo. (Es una de las pocas, poquísimas, ventajas de medir 1m90: la gente, por lo general, se retira gruñendo.) Minutos después, mi hijastra comenta: "la gente rica siempre es así. Se creen dueños de todo".
¿Será?
No sé. Creo que quien se rige por tales pautas de comportamiento no se puede considerar "rico" de ninguna de las maneras. Me refiero a la creencia de que lo único que sirve para moderar los comportamientos humanos es la fuerza, los gritos, los insultos, los golpes, las amenazas, las prohibiciones (jargon alert: motivación extrínsica). Ahí yo veo bastante pobreza. Y por eso viene el título de esta entrada. No sé, en realidad, quién de los dos, yo o el joven 4x4, le merecerá a Oswaldo el título de "sobrado": yo por haber cogido un espacio de parqueo en un lugar público al azar sin haber preguntado previamente a todos los presentes si a ellos les interesaba, o él por haber creído que ese lugar le pertenecía por divino derecho. En fin, el curso de ANETA no abarca los protocolos de parqueo. Yo, por lo general, si ya veo que alguien espera meterse no me meto: por otra parte, a mí se me han adelantado con encomiable astucia decenas de veces (generalmente los Spark, son endiabladamente maniobrables) y no lo considero situación merecedora de gritos y mamporros, máxime dos monosílabas pronunciadas entre dientes: yo lo llamo dignidad. Pero la cuestión para mí es simple: existe un truco mucho más eficaz, que se llama comportamiento civilizado.
"Disculpe usted, señor, señora, seguramente no me vio, pero como ve, yo estaba esperando ocupar ese lugar de parqueo."
Me dicen eso y me salgo. No tengo armas contra la educación. Creo que nadie las tiene. (Para estudiantes de Empresariales, esto se llama "solución win-win": tú ganas el espacio de parqueo, yo gano la intensa satisfacción de haber demostrado públicamente mi urbanidad y savoir-faire. Si quieres probarlo tú, no se te olvide el detalle "señor, señora". Ningún hombre quiere mostrarse inferior en educación delante de su propia esposa. Es infalible.)
Cuando el país descubra este simple y demoledor hecho psicológico, será la auténtica revolución.
Aclarando: Oswaldo quiere enseñanza para la práctica de valores, el respeto a las leyes y a sus semejantes. Es lo que dice. Pero de enseñanza a educación hay un trecho. La enseñanza basta (supuestamente) para saber qué cosas debes evitar para conservar tus dientes o para no terminar en la cárcel. Es bastante fácil, y olvídate de la pizarra: sólo hace falta un palo y una zanahoria. Al final, tienes una sociedad donde los trenes son puntuales, las mujeres se tapan decentemente la cabeza y los aplausos durante el Five Minute Hate semanal resuenan a lo largo y ancho del país. Quien se sirve de este tipo de enseñanza para construir una sociedad demuestra la creencia de que somos todos burros (él no, por supuesto). La educación, en cambio, se basa en esa fe de que habla Fromm: de que (casi) todo ser humano es capaz de ver el incalculable beneficio personal y social que le aportará el comportamiento civilizado, y de interiorizar este conocimiento, convirtiéndolo en motivación intrínseca. A partir de ahí, cada persona persigue sus propios intereses, de manera individualista, sin que esa persecución resulte nociva para la sociedad, pues los intereses de una persona educada, ilustrada, no suelen ser lesivos para nadie. Imagine, Oswaldo: una sociedad sin miedo pero a la vez sin "caos". ¿Cree que eso es imposible? En tal caso, celebro que sea ex docente.
Aclarando más: la cuestión es quererse (cosa que, desde mi punto de vista, es incompatible con escribir para El Telégrafo, pero de nuevo, puedo equivocarme). Todo se entiende mejor desde la autoestima.
Ahora bien. Allí donde este sano reforzamiento de autoestima llega a convertirse en problema, es decir en egoísmo destructor, los psicólogos le dan un nombre, el de trastorno narcisista, donde trastorno significa simplemente "un comportamiento que da problemas de manera continua", y narcisista, que recuerda a un joven mítico que se enamora de su propia imagen. El narcisista se reconoce por la fragilidad de su ego, por su constante necesidad de adulación, y por la grandiosidad de su autoimagen: habitualmente se cree salvador, redentor, experto polifacético, premio Nobel en potencia, y cuando se le contradice en algo de eso, se pone furioso. Excusado decir que su hábitat natural es la política, ese mágico mundo donde se puede conjugar el sueño grandioso y el aplauso continuo con los comportamientos más vistosamente antisociales, de modo más o menos estable. Ahora bien: el narcisista necesita su "supply", el salvador de la Patria, sus seguidores y sus kamikaze y su Telégrafo: ahí, se me hace que los psicólogos no son tan taxativos. No existe (de momento, y siempre según el DSM) ningún "trastorno de personalidad servil", y habría que bucear entre masoquismo, codependencia, Trastorno de Personalidad Dependiente, y otros candidatos para intentar entender que en el mundo en que vivimos, para cada Correa siempre hay un ejército de Oswaldos, dispuestos a justificar y defender lo indefendible. Me refiero, concretamente, a esto:
Otro sobrado sentenciado por injuriar al presidente de la República, Rafael Correa, se burla de la justicia e insiste en la ofensa, pero al final huye y se refugia en la selva.
Perdón, pero en "un mundo civilizado", quien se burla de la justicia es quien emite una sentencia como ésta: $140.000 y año y medio de cárcel simplemente por suponer en voz alta que el jefe supremo de las Fuerzas Armadas dio una orden que sabemos que tuvo que darse y que, en un mundo civilizado y Constitución en mano, sólo le competería a él y a nadie más.
Una tomadura de pelo, en fin. Y el mismo Oswaldo nos revela que él sabe, en su interior, que de eso se trata. Lo demuestra con su afán retórico de intentar equiparar al ex asambleísta Jiménez con uno de esos conductores que atropellan a un peatón y se largan, o con uno de esos insoportables gritones que de vez en cuando le amargan el día a los funcionarios públicos. Quiere a toda costa hacernos ver que el Jiménez es el "sobrado", el "irresponsable" y el "cobarde", precisamente ante el evidente peligro de que, ante los hechos públicos y notorios, lleguemos a la conclusión equivocada, y le colgamos a otro actor involucrado tales epítetos.
Conclusión. Ayer estaba pensando en voz alta sobre el auge de la derecha populista en Europa, y especulé que tal vez se debe a un deseo de pertenencia, esa suerte de "amor" corrompido de que también habla Fromm, el intentar trascenderse o aniquilarse asociándose con algo "más grande que uno", ese instinto suicida de que siempre se han aprovechado y han vivido los gurús y los levitas desde los albores de la humanidad. Ahora bien: vemos que todo populismo, de derecha o de izquierda, funciona así, pero si hay algo que le da alas es el miedo, el pesimismo, el creer que no podemos ser más ni servir para más, ese pesimismo que florece en tiempos de crisis y depresión, y que aconseja mano dura contra esa población de sucios, borregos, primitivos, sobrados que somos, al borde del caos como estamos, la pesadilla del todos contra todos. Es una manera perfectamente racional de procesar la realidad circundante, de acuerdo. Pero aceptarlo significa renunciar a tantas posibilidades, a tanto potencial... por cuestiones profesionales, me veo obligado a la alternativa, a la fe. Espero que a nadie le importe.
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