No lo siento

Creo que le debo a Ecuador una disculpa. Los anuncios a los que se refiere Vallejo en su artículo son plagiados de este blog, y por tanto, la responsabilidad de las aberrantes nociones presentadas es, en último término, mía. Para mayor ilustración del lector:

 “El actual Emperador, Endivio Roquefort I … es el único ocupante del balcón … y monarca absoluto del Estado, que se rige según las normas de un despotismo ilustrado.”

(del apartado “Datos Personales” de este blog)

 Ahora lo citado por Vallejo:

 “En mi República por decreto jamás se botará un papel en la calle”. “En mi República por mandato, siempre se ayuda a la gente”. “En mi República no se pierde la paciencia, así piten y piten”. “En mi República por mandato se recoge la caca del perro”. (de una serie de anuncios en Ecuador TV)

No hay cómo negarlo: los publicistas de Ecuador TV me han copiado. En ambas citas aparece la misma idea, la de un mini-Estado, cuya población humana se limita (por lo menos según la discutible interpretación de Vallejo) a un solo individuo, el cual se siente libre a emitir “decretos” y “mandatos” (esta última palabra, en su nueva acepción correísta, equivalente a “decretos”, pero con colmillos más puntiagudos) o de ejercer una suerte de “despotismo”, que en este contexto lo mismo da, aplicables en un radio muy reducido, digamos de unos cuantos metros. ¿Estamos?

Pues bien, les debo una disculpa, por lo menos, a todos los televidentes que a partir de los mencionados anuncios fueron inducidos a fundar sendas micro Repúblicas secesionistas personales, a imagen y semejanza de la tragicómica de Sealand: a crear constituciones, a emitir decretos y mandatos, a improvisar banderas, a acuñar monedas y sellos y a planificar carreteras y ferrocarriles para proveer las necesidades infraestructurales de sus balcones, patios o pasillos, creyendo que con la realización de dichas tareas se ganarían automáticamente un lugar en la Asamblea General de las Naciones Unidas. Lamento informarles de que la cosa no es tan, tan fácil.

Sin embargo, no pienso disculparme. La razón es, en parte, porque los sobrados, arrogantes, enanos, pitufos, majaderos, oligarcas, gente de fuera, etcétera, no acostumbramos hacerlo y no oso romper con esa tradición. Por otra parte, creo que en estos casos a quien realmente le corresponde disculparse es al cojudo que se tomó la broma en serio. La falta de sentido de humor es, después de todo, el peor defecto que ser humano alguno puede ostentar.

Hay otra cosa también. Creo que aquí se esconde un malentendido. Lo digo por la siguiente razón: creo sinceramente que para recoger la caca de un perro no hace falta una Declaración de Independencia, ni una heroica batalla librada en las faldas de Pichincha para determinar quién será el recogedor. En mi experiencia personal, lo único que hace falta para recoger la caca de un perro es un elemental sentido de responsabilidad personal. Con lo cual, el mensaje de los citados anuncios vendría a ser algo así como: quiero vivir en un país donde la gente tenga ese sentido de responsabilidad personal, donde ejerza voluntariamente un poco de autodisciplina y de solidaridad humana, más allá de lo que razonablemente puede conseguirse a base de leyes y sanciones (pues hasta la fecha, en ningún país del mundo se ha logrado mediante estatuto y amenazas que las personas “siempre ayuden a la gente”).

Dicho de otra manera: la República del Ecuador (“mi República”), ese país en que todos vivimos, no es una entidad cuyos atributos son determinados únicamente por el gobierno. Con las mismas leyes y la misma estructura política, podríamos ser egoístas, inescrupulosos, estafadores, mercenarios, “vivos” y sabidos, como nuestros propios políticos que nos dan la pauta - o podríamos ser otra clase de personas: solidarias, honestas, frontales, responsables, amables, cuidadosas. Si esto último te parece mejor, pues la transformación arranca contigo mismo. Adelante.

Es mi interpretación. Puedo equivocarme. Y tal vez debo añadir que, aun interpretándolos así, no me gustan nada los mencionados anuncios tal como los describe Vallejo, porque de los mismos emana un tufo a autocomplacencia y a dictadorzuelo metiche y repulsivo: y esto, porque al hablar de “decretos” y “mandatos” podría dar a entender que si bien el mensaje es para ti, el cumplimiento del mismo le corresponde (como siempre, y sobre todo tratándose de excrementos caninos de autoría controvertida) al otro, al vecino.

Creo que en esto por lo menos fui un poco más claro: los únicos “mandatos” que pienso emitir en lo que me queda de vida atañerán únicamente a la conducta de los residentes del mencionado Balcón, que como sabemos constan de una población total de una (1) sola persona, es decir yo.

Y sí, se trata de una broma. Ahora mismo, ni siquiera tengo un balcón.

En todo caso, ha sido tristemente reveladora la reacción de Vallejo, escritor que no hace mucho consiguió impresionarme al desvincularse públicamente de la línea oficialista en torno a los atributos satánicos del dibujante Bonil, defendiendo el derecho inconstitucional a tener sentido de humor. Qué se le puede hacer: a fin de cuentas es columnista del Telégrafo. Supongo que por lo mismo sería ingenuo esperar otra cosa que un lobo colectivista, por muy conseguido que sea el disfraz de cordero bonachón. Fíjense si no:

El individuo ‘robinsonado’ es únicamente social cuando son medios para satisfacer los deseos y aspiraciones individuales. Y ese individuo natural independiente del todo mayor, inexistente en la familia o la tribu o las comunidades, aparece únicamente en la sociedad moderna, la sociedad burguesa. La sociedad que vincula a los individuos unos a otros por medio del mercado.

Mi República de los cinco pasos es un producto de esta relación individual, natural y preexistente, que excluye a lo social de la construcción social. Es únicamente en mi República de los cinco pasos en donde yo puedo construir una relación armoniosa con mi medio. ... Esta es una noción algo alejada de ese Sumak Kawsay constitucional y fundacional por el cual alguna vez votamos. 

 
Ayjj. Dónde empezar. Repito: no sé de dónde saca que los anuncios en cuestión “excluyen a lo social”… a menos que para Vallejo cualquier tímida sugerencia de que las personas deban enfrentar ciertos temas (caca de perro, etc) con sentido de responsabilidad implique un rechazo violento a las leyes, a las costumbres, a la pertenencia étnica y comunitaria, a todo lo que él entiende por “social”. Ahí no le sigo. Lo que sí creo detectar en estos párrafos es la presencia del mismo hombre de paja, disfrazado de cuco, que se asoma con tediosa frecuencia en todo el discurso tabloide del Telégrafo. Me refiero al Malvado Neoliberal, que cree en el siguiente decálogo:

 
(1)   Lo único que vale es el dinero. Yo tengo mucho, tú poco. Peor para ti.

(2)   Quien cree que otras cosas puedan tener valor, o que exista algo así como un “valor no monetario” es un cojudo.

(3)   Las relaciones humanas, los sentimientos altruistas, el trabajo voluntario sin ánimo de lucro, la compasión, la generosidad, todo eso apesta.

(4)   Las puestas de sol también apestan.

(5)   El mercado es aquello que me ayuda a conseguir más dinero. Por tanto, estoy fervorosamente a favor del mercado. No hace falta nada más para hacer felices a la gente. Bueno, a mí. El resto de gente no importa.

(6)   La libertad es importante porque quiero hacer lo que me salga del níspero, sin importarme las consecuencias en la vida de otras personas. Es decir, lo que realmente me importa es MI libertad. La tuya, tengas o no tengas, bueno, digamos que no me quita el sueño.

(7)   Las personas, sobre todo las de clase baja, existen para ser explotadas.

(8)   La única ley que debe regir la sociedad es la Ley de la Selva.

(9)   Me encanta destruir el medio ambiente. Me da un no sé qué, como una especie de risa tonta, aniquilar especies para toda la eternidad.

(10) Hitler fue un gran tipo.

 
¿No es extraño que el “neoliberalismo” es la única filosofía política que no tiene ni un solo adepto confeso? Lo único que hay son “criptoneoliberales”, que se reúnen en capillas subterráneas para practicar sus misas negras y sacrificios, y se reconocen entre ellos por unos extraños apretones de manos que tienen. Pero lejos de mí insinuar que todo esto sea una simple creación de la paranoia. Seguramente sí existe, en algún lugar, alguien que crea en todo el decálogo. Lo que no me convence tanto es que esa persona tenga gran poder de convocatoria, así sea todo un dueño de Facebook. Yo, por si acaso, ni uno solo de los diez.

No sé lo que le pasa a Vallejo. Tal vez no le explicaron en la escuela que la economía era “la ciencia sombría”, por su costumbre de reducir todo a oferta y demanda, pero no me consta que ningún economista, de la tendencia que sea, haya afirmado alguna vez que únicamente es real aquello que él se autocondena a medir. Sería como el proctólogo que insiste en que un ser humano no es más que un ano con poder de locomoción. El Homo oeconomicus, ese personaje tristón que frecuenta los autobuses a Durán y que siempre se está preguntando cuánto le cuesta, cuánto le vale…  no me consta que nadie realmente crea en él. Es una necesaria simplificación para que salgan bien las ecuaciones. Pueden apreciar la dificultad en que se encuentran los economistas:

Imaginen que mi vecino se entera de que cada día voy al curro por la Perimetral pasando al lado del Fortín. Él trabaja de albañil ahí cerca. No  tiene carro. Me dice: “¿Me podría llevar cada día ahí, a cambio de dos dólares diarias?” Si soy el Homo oeconomicus, antes de contestarle hago un estudio de mercado para averiguar en cúanto se cotiza actualmente el taxi-amistad por kilómetro, y la próxima vez que le veo le digo: serán $3.57. Te lo rebajo a $3.50. Como no soy él, me quedo pensando un momento. Puedo decir sí, y entonces se realiza una (trompetas) transacción monetaria, algo que le hace feliz a los economistas, porque lo pueden cuantificar. Transporte a cambio de dinero: perfecto. El mercado en acción. A mi modesta manera, acabo de ayudar a determinar el Precio del Transporte. También puedo decir: olvídate de los dos dólares, está por mi camino, claro que te llevaré. ¿Por qué haría algo así? Tal vez porque aprecio su compañía, o porque tal acción me da la sensación de pertenecer a una Comunidad de Vecinos que se Ayudan Mutuamente, algo que entiendo que nuestro Vallejo valora aunque no sé si tales cosas forman parte del Sumak Kawsay, eso me lo tendría que decir él. En fin. Ahora, más que discutible que se pueda seguir hablando del Mercado en Acción, porque no ha habido propiamente intercambio de bienes, a menos que un nice warm feeling sea un bien (o que yo secretamente esté pensando en pedirle que me ayude a remodelar mi cocina). Si lo es, adiós ecuaciones, pues los nice warm feelings tienen ciertas características que impiden su cuantificación y cotización. Además, no es para nada evidente que al conseguir mi nice warm feeling, se lo haya quitado a él, o si el tal feeling realmente haya cambiado de dueño. Tal vez sea un bien público. A mí me tiene sin cuidado eso.

Para el economista, si no le exijo los dos dólares desaparezco del mapa. Así de simple. Pero no creo que él insista, aunque sea el mismísimo Adam Smith, en que lo que acabo de contar sea contra natura, ni que yo sea un cojudo por llevar a alguien sin cobrarle. Simplemente, tanto yo como mi vecino nos hemos vuelto irrelevantes frente al PIB. Eso es todo.

La conclusión de lo que acabo de contar es algo que siempre me ha parecido obvio y que, sin embargo, deja malparado no solamente a Ricardo sino también a Marx: el valor de un bien es a fin de cuentas subjetivo. Para algunos, el viaje al Fortín valdrá dos dólares. Para otros, valdrá un nice warm feeling. Eso depende de cada cual, según su personalidad y sus prioridades y la colección de CDs que lleve en su vehículo.

¿Será por esto mismo que prefiero la escuela austríaca, o será porque las ecuaciones con letras griegas en mayúscula me dan repelús? Su Majestad escoja.

En fin. La falsa disyuntiva acá debe de haber quedado clara: o bien El Mercado, y nada más, en el sentido más excluyente, las relaciones humanas reducidas a precios monetarios, alienación, nada de comunidades ni de vínculos familiares ni afectivos, soledad, un auténtico infierno sobre la tierra; o bien… bueno, ¿cuál es la alternativa?

Hemos visto que la “República de los cinco pasos” de Vallejo, contrariamente a lo que él insinúa, no es un experimento a lo Robinson Crusoe: no excluye para nada “lo social”, la pertenencia a una comunidad, etcétera, y no hay nada en los mencionados anuncios que sugiera siquiera tal exclusión, y la escuela económica que preconiza esa pesadilla “robinsoniana” en realidad nunca existió, salvo como recurso retórico tabloide. ¿Qué es lo que le saca de quicio, entonces? Una sola cosa: la libertad. La única diferencia entre esa sociedad “individualista” de que él abjura, y ese Sumak Kawsay colectivista que añora, estriba en ese insignificante detalle: que el individualista razona su ética personal, su “no dejarás cacas de perro sin recoger”, y en cuanto a “lo social”, la familia, las comunidades, la tribu… pues también decide, ejerce su propia libertad, aplica sus propios criterios. Quiero formar parte de esta comunidad, de esa otra no. Mi decisión al respecto es mía, no tengo por qué justificarla ante nadie. En cambio, para el colectivista, es tan importante conseguir esa sociedad soñada (simétrica, ordenada, sumisa, ancestral, ecológica, feliz a su manera) que termina siendo inadmisible la libertad personal, por su potencial de provocar a cada paso el desorden. Con lo que no nos queda más remedio: tenemos que denunciar la libertad como sinónimo de egoísmo, a pesar de que en la gran mayoría de personas se manifiesta justamente en lo contrario. Que no se le ocurra a nadie ser bueno por ímpetu propio: eso sí sería contra natura. Las personas (aparte de nosotros) son malas, y la única manera de conseguir que no lo sean en apariencia es a través de una constitución, un eslogan, un líder salvador de la Patria, una élite de iluminados, y un ejército de uniformados con pistola. Ésa es la única manera de conseguir que la gente recoja las cacas de sus perros. Todo lo demás ya se ha probado, amigo. No Hay Alternativa.


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