El Evangelio del Odio

Buen tipo me parece el papa Francisco. Por lo menos si se le compara con su siniestro e inquietante predecesor. Hasta como para compartir con él lo que dura media pinta de Guinness, si me apuran. Una pinta entera, hmm, creo que languidecería la conversa. No le veo cara de disfrutar de un buen chiste verde, ni de ser devoto incondicional de las longorias de la Mamaria, pero nunca se sabe. Algo me dice que sí sabe de vinos y de quesos europeos un buen rato: quizás sea ese embonpoint suyo que hace que cuando camine bajo esa larga falta abierta, parece que ande sobre ruedecitas como un mueble, detalle que en un papa siempre se aprecia y se agradece. Además se le nota en eso de las bendiciones bastante puntería. Casi todas las bendiciones de hoy ¿lo vieron? llegaron a su objetivo: ninguno cayó al suelo. Bien. Es tal vez "lo que la Iglesia Católica necesitaba", no lo dudo. Pero todo y así, estamos ante el dato (gentilmente proporcionado por El Telégrafo hace unos días, cortesía de la Pew Research Center)  de que el catolicismo en América Latina ha bajado de un 88% de la población en 1910, hasta un 69% en el año pasado, y hasta en Ecuador ha perdido algo en los últimos años. O sea que sigue siendo a force to be reckoned with, y con este papa seguramente hasta repuntará un poquito, pero la tendencia a largo plazo es de declive. Lo que para mí personalmente no deja de ser una buena noticia, ya que el abandono de una religión mayoritaria u oficial, cuando tal abandono es voluntario, considero que es un proxy bastante fidedigno del progreso material de una sociedad.

Sí: no hace falta que releas la última frase, ni que te frotes los ojos de esa manera. Acabo de señalar que estoy a favor del progreso material. Incluso me atrevería a decir que creo que no ser pobre es mejor que ser pobre, y que comer endivias con roquefort es mejor que comer grillos asados a falta de otra cosa. Lo cual, si estás de acuerdo por lo menos en eso, es una buena razón para estar en contra del catolicismo. Estamos hablando de una religión que, siempre que ha podido, ha impuesto la miseria y la ignorancia como normas sociales, supuestamente en aras de un acercamiento espiritual con Dios. Si bien existe una corriente en América Latina de teología de la liberación (la cual considero como simple astucia o estratagema para no perder fieles ante ciertos rivales ideológicos), opuesta a ciertos gobiernos dictatoriales, históricamente la Iglesia se ha alzado en contra de todo lo que huela a avance científico, progreso material, autonomía y dignidad humana, a favor de la miseria, el sometimiento y el inmovilismo. Y no es de extrañar: nunca la Iglesia ha sido tan poderosa como en la época feudal, y la nostalgia del poder por lo visto no la abandona, ni previsiblemente la abandonará mientras una mínima cota de poder temporal sirva para cometer y posteriormente silenciar abusos como los que el propio Ratzinger se dedicó durante tanto tiempo a ocultar. Y tampoco es sólo historia pasada: hoy por hoy, el catolicismo constituye uno de los grandes obstáculos al progreso de las sociedades más pobres del continente africano, con su oposición demente a los métodos anticonceptivos y de protección contra el SIDA.

Todo lo cual, evidentemente, no me impide en lo mínimo considerar al Sr. Bergoglio como un tipo formidable.

¿Quieren saber el secreto de tamaña disonancia cognitiva? Es bastante sencillo, y va así:

Para mí sería imposible ser católico creyente y conservar mi humanidad. Un católico creyente, según yo, tiene que creer en el infierno, y así, tiene que creer que parte de la humanidad merece , sí merece, ser torturada eternamente. Yo no podría creer eso, por lo menos sin someterme a una cirugía cerebral bastante radical. Además, también según yo, ser católico te condena a tener ideas raras, francamente repulsivas, sobre temas como homosexualidad, aborto y anticoncepción. Tampoco podría. También está el detalle de que tienes que creer en cuentos de hadas como la existencia de un Ser Supremo, etcétera, pero ésas son nimiedades, por lo menos en mi caso, pues desafortunadamente tengo que reconocerme como lo que soy, un tipo algo crédulo y con bastante imaginación, para quien inventarse floreadas razones por creer en absurdos siempre le ha sido relativamente fácil. Así que no es tanto la doctrina lo que me aleja del catolicismo, sino esa repugnancia que cualquier persona normal siente ante un guión que te condena de antemano a ser un hijo de puta.

Bien.

Pero la cuestión está en esas escurridizas palabras "para mí" y "según yo". Representan un modo de ver o punto de vista que deriva de mi propia experiencia, y de mis (necesariamente limitados) raciocinios. Ya tengo edad para recordar épocas en que no creía lo que ahora creo, y viceversa. Aunque con lo poco que me queda por vivir no lo veo probable, nada descarta que cambie de opinión sobre ciertos temas en un futuro. Cualquier punto de vista es también un punto en un camino intelectual o espiritual, un camino que no tiene fin, se supone, salvo en la muerte. De modo que uno se da cuenta, tarde o temprano, de lo infantil y de lo arrogante que resultaría suponer en los demás idénticas experiencias, idénticas preocupaciones, idénticas prioridades. Dicho de otra manera, tal o cual persona puede no estar de acuerdo conmigo porque está más atrás en el camino, sin haber descubierto las cosas que yo sí he descubierto; también puede ser que esté mucho más adelantado, y que sabe cosas que yo ignoro. Ante tal disyuntiva, queda descartado el menosprecio rutinario de opiniones o creencias contrarias. Sería un camino seguro hacia el estancamiento intelectual.

Digo "rutinario". Hay casos en que el menosprecio puede estar hasta cierto punto justificado (o si no menosprecio, pena), y son aquéllos en que la persona visiblemente se ha quedado en el camino, sin ánimos para seguir. Son aquellas personas que uno ya intuye, por su manera de expresarse, que no quieren avanzar en comprensión, ni descubrir sus propios errores, ni llegar a comprender mejor el mundo. Se consideran ya poseedores de la verdad, la cual según ellos queda adecuadamente expresada en lugares comunes fosilizados, y defenderán esa verdad contra todo contrincante, sin escuchar siquiera lo que éste tiene que decir. Son personas que cuando pronuncian la palabra "diálogo", te caes de la silla de la sorpresa, antes de darte cuenta de que para ellos, ésta es una entre muchas palabras que han conseguido, según su propia jerga, "resignificar". Por diálogo léase jugada táctica para confundir al enemigo. Eso es todo. No te asustes.

Pero, insisto, no es tanto el punto de vista de tu adversario lo que te repulsa: es el hecho aparente de que el individuo "se identifica" con ese punto de vista, hasta el punto de defenderlo con uñas y dientes, sin reconocerse como algo mucho más grandioso que un simple conducto de percepciones de segunda mano. Sí. Será signo de que ya de puro viejo chocheo y me acerco al non plus ultra de incoherencia y estupidez, pero mira: últimamente paso el tiempo, bastante tiempo, como pasmado ante la poca estimación que las personas tienen de ellas mismas, ante el rutinario autobasureo. A diferencia del Papa, no creo que las personas vayamos a vivir siempre, que seamos seres inmortales. Pero el que nuestra vida tiene principio y fin no quita, para mí, nada de lo milagroso y lo glorioso de esa chispa que somos entre dos eternidades. Será que en este punto del camino, los paisajes son especialmente espectaculares.

El Papa, mejor dicho su religión, tiene otro punto en su contra. El catolicismo siempre ha contado con un único aliado psicológico, el miedo. Una religión que no inspire miedo no tiene futuro, eso está bastante claro. Pero ya a partir del s.XIX, y sobre todo en el XX, los ambiciosos de poder se dieron cuenta de que hay algo que funciona todavía mejor que el miedo, y ese algo es el odio. Si quieres avasallar a todo un pueblo, si quieres tener "fieles" o "súbditos", puedes probar metiéndoles miedo, tal vez te funcione: pero lo más rápido y seguro es darles un enemigo para odiar. Lo vimos con especial claridad con el nazismo, con el maoísmo y el estalinismo, por supuesto, pero no se me ocurre ahora ningún político, siquiera entre los más "democráticos", que no haya jugado con ese fuego hasta cierto punto aunque sea a escondidas. Y en el correísmo, por supuesto, el método funciona a la perfección. De modo que cuando vi en la tele a Correa caminando con el Papa, me extasié ante lo dostoievskiano del momento: el Miedo caminando con el Odio, dos Grandes Inquisidores en fraterna y amena conversación ante la muchedumbre de fieles de las dos especies. (Hablo simbólicamente: si Bergoglio te da miedo, debes dejar de tomar esas pastillas pero ya.) ¿Necesitas pruebas de que el correísmo se basa en el odio? No creo, a esas alturas, pero por si acaso, recomiendo la lectura del artículo de hoy de Juan C. Paz y Miño C. en el Telégrafo (where else). Y quiero decir una lectura atenta, porque la cosa no está tan, tan clara a primera vista.

Resumo apresurada e injustamente: una historia de Ecuador de los últimos 180 años. Gobiernos, presidentes, constituciones, cambios. Bien. Y en todo ello, una constante: la "mentalidad" de la "burguesía oligárquica", que pervive hasta hoy día en la forma de la oposición al correísmo, la que emana por ejemplo de las cámaras de producción, que entre otros horrores, "defiende patrimonios familiares". En ningún lugar Juan C. Paz y Miño C. te dice que debes de odiar esos "burgueses oligárquicos". No hace falta que lo diga. Se limita a no proporcionarte manera alguna de no odiarlos. Son caricaturas hechas de trazos simples y gruesos. Ellos "tienen", siempre han tenido, lo que es tuyo por derecho: no hace falta saber nada más sobre ellos. Ellos son tus enemigos. Además, son la escoria de la tierra. Y la prueba está en que ninguno de ellos, pero ninguno, alguna vez ha dicho: bueno, tienen razón, es injusto que yo sea tan rico, así que voy a cerrar mis empresas y echar todos sus trabajadores a la calle, y condenarme a mí mismo y a mi familia a la penuria, y donar todo mi patrimonio, hasta el último centavo, a los pobres, no, mejor dicho, al gobierno para que ellos decidan qué hacer con él. Y la prueba es que, si alguno alguna vez dijera eso, sería candidato para el siguiente Papa, pues hasta la fecha ni un Santo Padre ha dicho eso tampoco, y lo que tiene la Iglesia de patrimonio no es moco de pavo. En fin.

Tengo una cita pendiente con un programa de la tele que nunca he visto, llamado Downton Abbey. He recibido informes contradictorios. Algunos dicen que es una maravilla de serie. Otros, que no tanto. Pero lo que parece unir a la crítica es que la serie hace algo que hasta la fecha apenas se había probado en alguna ocasión: humanizar a las clases altas y pudientes de esa Inglaterra de la preguerra. Y a esto, de cierto modo, se resume mi punto. Si quieres poder político, bueno, adelante, hazte con un diario y siembra el odio a diario, contra personas reales o imaginarios, poco importa, que de otra manera lo tienes difícil. Pero si eres alguien como yo, que aunque deseara tener poder lo tiene crudo crudísimo, puedes escoger entre poblar tu mente de caricaturas, de "clases sociales", de "representantes de religiones impresentables", de "portavoces de la burguesía" (o "del comunismo", según Paz y Miño: sí, también hay de ésos), y así, conformarte con vivir en un mundo de tebeo, donde la pobreza (la tuya, la de tu imaginación) está garantizada. O bien, puedes valorar primero y último lo humano en toda persona, vivir sin enemigos, y si se da la ocasión, compartir media pinta de Guinness con el Papa o una pinta entera con quien sea, sin exigir que nadie sea como tú ni crea lo que tú. Sé cuál opción prefiero.

Comments

Popular posts from this blog

Odio

Relaciones diplomáticas

Primero vinieron por los toros