El Álgebra del Odio (1)
Tal como apunté en alguna ocasión, hace ¿cuántos años? ¿seis? (los calendarios no son lo mío, mi sangre exangüe se arrastra en cámara lenta, vivo en otra dimensión temporal, el lector disculpará) fui víctima de un robo, nada del otro mundo, un simple burglary de andar por casa, y de lanzar el botín por la ventana, entre ello: guitarra, laptop, joyas de mi mujer, pasaportes, y un corto etcétera (culpa nuestra: los cortos etcéteras nunca deben guardarse en la casa), pero fue suficiente para que yo descubriera en ese entonces lo que significa odiar. Odié a ese anónimo ladrón durante días, tal vez semanas, hasta recobrar la sensatez. Si visito el tema ahora, otra vez, es porque me temo mucho que la anatomía del odio no forma parte de esa educación sicológica básica que todo infante recibe en la escuela, y debería. (Y más en las escuelas de conducción.) A fin de cuentas, no es siquiera muy complicado de enseñar, y se espera que con un mayor conocimiento de los mecanismos que entran en juego, la gente anduviera más prevenida. Y así, se evitaría tanto neonazismo, tanto Britain First, tanta "Justicia Social", tanto correísmo, tanto feminismo, tanto Donald Trump, tanta Jess Phillips como merodea por ahí. De modo que preguntemos: ¿cómo se produce el odio, cuáles son sus ingredientes, cómo se mantiene, y cómo se puede acabar con él?
A mí me parece que el odio es una emoción parasitaria que se sirve de ciertas debilidades cognitivas en el huésped para asentarse, y luego mantenerse mediante una progresiva distorsión de esos mismos mecanismos cognitivos para sus propios fines de supervivencia. Podemos aislar tres elementos principales, a saber:
(1) La convicción de que el objeto del odio ha vulnerado un derecho o un privilegio del sujeto, ha "robado" algo que le pertenece, o se ha apoderado de algún bien de manera injusta, sin el debido esfuerzo, sacrificio o merecimiento, haciendo caso omiso de las normas de convivencia social;
(2) Una progresiva distorsión o degeneración en la representación mental de que el sujeto se sirve cuando piensa en el objeto. El objeto del odio no es una persona, con virtudes y defectos, con vulnerabilidades, merecedor de respeto, empatía o compasión; por el contrario, es un ser infrahumano, primitivo, egoísta, paleolítico, repulsivo, una amenaza para la "sociedad".
(3) Una actitud de hostilidad cuyas consecuencias prácticas abarcan desde la indiferencia cultivada hacia el objeto y sus sufrimientos, hasta el deseo activo de infligir sufrimiento, o una venganza elaborada en fantasía e imaginada con fruición.
El lector puede discrepar con este esquema. En tal caso, sus discrepancias tal vez se resuman en lo que la gente comúnmente llama "una discusión semántica", o sea, aun aceptando que estos tres elementos pueden darse en conjunto, se podría objetar que no son todos necesarios para que se pueda hablar de odio. Esta cuestión me parece importante, y les diré por qué. En un mundo informatizado, hipermediático como el que tenemos, donde estamos rodeados de discusiones de poca rigurosidad intelectual, existe una creciente tendencia de las palabras a devaluarse, a ser usadas por sus connotaciones más que por su denotación: en el post anterior vimos algunos casos con "derecho", "rabid", "slut", "libertad". El problema es que cuando las palabras se devalúan, se esfuma la claridad en la conversación. De modo que nos vemos obligados a apelar a la polisemia y a defender las fronteras de un discurso intelectual depurado, estableciendo líneas divisoras entre la acepción popular de una palabra y su denotación precisa: de modo, por ejemplo, que "fascista" puede referirse a todo aquel que difiera contigo sobre cuestiones políticas y que, encima, te parece un poco HdP., por un lado, y por otro, puede referirse a las creencias y las doctrinas de una tendencia política nacida hace aproximadamente un siglo y llevada a la práctica en la Italia del Duce.
Del mismo modo, si quieres hablar de "odio" para el caso de, digamos, una persona que siente una especie de rechazo o repulsión física hacia otra por razón de algún rasgo "racial", o de género o de orientación, y que en consecuencia evita el trato con ese grupo, pero sin creerse ofendido ni desearle ningún mal al representante del grupo objeto, te diré que tu definición de odio puede ser comúnmente aceptada, pero no es rigurosa, y que ayudaría mucho a mantener la claridad y nitidez en los conceptos si pudiéramos distinguir entre, por lo menos:
(1) "Moral outrage", que sería la descripción de esa convicción de que existe una vulneración de derechos de parte de otro, o sea el (1) arriba, ausentes el (2) y/o el (3). No sé bien cómo traducirlo: tal vez indignación.
(2) "Contempt", desprecio. Una distorsión negativa en tu representación mental del otro, ausente la indignación y tal vez ausente el deseo de infligir sufrimiento. A veces colinda con una especie de repulsión incluso física, con hondas raíces neurológicas, poco susceptible de tratamiento terapéutico.
(3) "Animosity", hostilidad o animosidad, el deseo de infligir sufrimiento, también conocido como sadismo en el caso de que no venga motivado por desprecio alguno, sino tal vez por una distorsión de signo contrario (aquí entramos en el terreno de la parafilia sexual, irrelevante para nuestros propósitos).
Así que voy a insistir en una definición de odio que combine los tres elementos: indignación, desprecio y animosidad (deseo de lastimar). Esta insistencia arranca de mi propia y susodicha experiencia vivida, pero descansa en otras dos consideraciones, a saber:
(1) La cuestión de cómo se define el odio tiene importantes consecuencias políticas. En muchos países está prohibido el discurso de odio; donde no está prohibido, es sujeto a un amplio rechazo consensual. La prohibición legal me parece errada y contraproducente, a más de iliberal; el rechazo social, en cambio, es algo que uno desearía mantener y fortalecer. Una persona que predique el odio debería, en una sociedad sana, sentir vergüenza, y debería ser recibida con abucheos. Se trata de una reacción social, en mi opinión, saludable; el problema es que muchos oradores se sirven de ese consenso en contra del odio en beneficio propio, alegando muy a la ligera y sin evidencias que su adversario intelectual "es un odiador", para desacreditarlo. De este recurso demagógico se sirven tanto aquellas feministas para quienes todo adversario intelectual es ipso facto "misógino", como aquellos correístas para quienes "la oposición" (cualquier oposición) es ineluctablemente "sufridora y odiadora". Por tanto, una definición precisa de odio ayudaría a vacunarse contra la demagogia, y también, a evitar censuras caprichosas y capciosas.
(2) Si bien se pueden dar por separado cualquiera de los tres elementos detallados, existen mecanismos de retroalimentación psicológica que apelan a completar el cuadro faltando alguno de sus elementos. Así, el orador provisto de un discurso de odio sabe que no hace falta promover, explícitamente, la violencia contra el grupo rechazado, pues basta con crear en su público indignación y desprecio: la hostilidad entonces está garantizada en el ánimo del oyente (1+2->3: observa como lo hace Antony en la versión Shakespeariana). Del mismo modo, si soy objeto de un supuesto agravio y tengo el ánimo vengativo, un instinto certero me aconsejará que debo caricaturizar mentalmente al enemigo, borrando sus rasgos humanos, para evitar escrúpulos de conciencia (1+3->2); asimismo, si ya siento desprecio hacia una persona o grupo de personas y de ese desprecio nace el deseo de hacerla sufrir, pero esa persona o grupo no me ha hecho ningún mal, mi inquieta conciencia irá en busca de algún supuesto agravio, por fantasioso o por ancestral que sea, que me sirva de pretexto y aplaque mi conciencia: 2+3->1. Estos mecanismos existen en la psique humana, son comunes, y aunque un ser racional puede neutralizarlos (vide infra), la supervivencia de la civilización depende, tal vez, de que seamos conscientes de su existencia y del peligro que encierran a nivel colectivo.
Y hablando de peligro...
Espero que el lector no me oponga la Ley de Godwin si hago referencia aquí al nacionalsocialismo alemán como fenómeno histórico en este contexto, ya que por común acuerdo se suele considerar como una especie de laboratorio de odio insuperable en su pureza y despiadada eficacia. Hace unos días quise indagar un poco en la propaganda nazi de los años treinta, para ayudar a despejar una duda que me rondaba por la cabeza. Mi duda era si esa propaganda vertía exclusivamente sobre la naturaleza supuestamente infrahumana del judío, tal como me habían enseñado en las clases de historia, es decir, apelaba exclusivamente al desprecio, o si también apelaba a la indignación fruto de algún imaginario agravio. La respuesta me vino en este excelente archivo, del cual me permito extraer a fines ilustrativos:
Más claro imposible: Die Juden sind unser Unglück, los judíos son nuestra desventura, debajo de un artículo que explica con toda seriedad cómo el judío utiliza la sangre de cristianos sacrificados en sus rituales satánicos. Abundan, por otra parte, las imputaciones de una gran conspiración a nivel mundial, de poderosos banqueros judíos, culpables de todos los males de la economía alemana y del hundimiento del marco, despiadados en su deseo de esclavizar al noble e inocente teutón, y en general al mundo entero, motivado al parecer por una insaciable e ilimitada codicia (gracias, Tati). En fin, no hace falta insistir sobre el tema. La propaganda nazi en su persecución de la comunidad judía no desaprovecha ninguno de los tres elementos: indignación cultivada, desprecio y animosidad, ésta última comunicada mediante la metáfora frecuente de la escisión de un parásito, o la aniquilación de una plaga, en un claro llamado a ejercer la violencia, o a tolerarla.
En otro post veremos cómo se intenta aprovechar los mismos reflejos psicológicos para fines políticos en nuestros días, y en otro posterior, cuál sería en mi opinión la mejor manera de protegernos contra el contagio del odio, que a mí me parece algo más preocupante en extensión y efectos que el del Zika. Pero lo primero es lo primero: hartos exámenes para calificar.
A mí me parece que el odio es una emoción parasitaria que se sirve de ciertas debilidades cognitivas en el huésped para asentarse, y luego mantenerse mediante una progresiva distorsión de esos mismos mecanismos cognitivos para sus propios fines de supervivencia. Podemos aislar tres elementos principales, a saber:
(1) La convicción de que el objeto del odio ha vulnerado un derecho o un privilegio del sujeto, ha "robado" algo que le pertenece, o se ha apoderado de algún bien de manera injusta, sin el debido esfuerzo, sacrificio o merecimiento, haciendo caso omiso de las normas de convivencia social;
(2) Una progresiva distorsión o degeneración en la representación mental de que el sujeto se sirve cuando piensa en el objeto. El objeto del odio no es una persona, con virtudes y defectos, con vulnerabilidades, merecedor de respeto, empatía o compasión; por el contrario, es un ser infrahumano, primitivo, egoísta, paleolítico, repulsivo, una amenaza para la "sociedad".
(3) Una actitud de hostilidad cuyas consecuencias prácticas abarcan desde la indiferencia cultivada hacia el objeto y sus sufrimientos, hasta el deseo activo de infligir sufrimiento, o una venganza elaborada en fantasía e imaginada con fruición.
El lector puede discrepar con este esquema. En tal caso, sus discrepancias tal vez se resuman en lo que la gente comúnmente llama "una discusión semántica", o sea, aun aceptando que estos tres elementos pueden darse en conjunto, se podría objetar que no son todos necesarios para que se pueda hablar de odio. Esta cuestión me parece importante, y les diré por qué. En un mundo informatizado, hipermediático como el que tenemos, donde estamos rodeados de discusiones de poca rigurosidad intelectual, existe una creciente tendencia de las palabras a devaluarse, a ser usadas por sus connotaciones más que por su denotación: en el post anterior vimos algunos casos con "derecho", "rabid", "slut", "libertad". El problema es que cuando las palabras se devalúan, se esfuma la claridad en la conversación. De modo que nos vemos obligados a apelar a la polisemia y a defender las fronteras de un discurso intelectual depurado, estableciendo líneas divisoras entre la acepción popular de una palabra y su denotación precisa: de modo, por ejemplo, que "fascista" puede referirse a todo aquel que difiera contigo sobre cuestiones políticas y que, encima, te parece un poco HdP., por un lado, y por otro, puede referirse a las creencias y las doctrinas de una tendencia política nacida hace aproximadamente un siglo y llevada a la práctica en la Italia del Duce.
Del mismo modo, si quieres hablar de "odio" para el caso de, digamos, una persona que siente una especie de rechazo o repulsión física hacia otra por razón de algún rasgo "racial", o de género o de orientación, y que en consecuencia evita el trato con ese grupo, pero sin creerse ofendido ni desearle ningún mal al representante del grupo objeto, te diré que tu definición de odio puede ser comúnmente aceptada, pero no es rigurosa, y que ayudaría mucho a mantener la claridad y nitidez en los conceptos si pudiéramos distinguir entre, por lo menos:
(1) "Moral outrage", que sería la descripción de esa convicción de que existe una vulneración de derechos de parte de otro, o sea el (1) arriba, ausentes el (2) y/o el (3). No sé bien cómo traducirlo: tal vez indignación.
(2) "Contempt", desprecio. Una distorsión negativa en tu representación mental del otro, ausente la indignación y tal vez ausente el deseo de infligir sufrimiento. A veces colinda con una especie de repulsión incluso física, con hondas raíces neurológicas, poco susceptible de tratamiento terapéutico.
(3) "Animosity", hostilidad o animosidad, el deseo de infligir sufrimiento, también conocido como sadismo en el caso de que no venga motivado por desprecio alguno, sino tal vez por una distorsión de signo contrario (aquí entramos en el terreno de la parafilia sexual, irrelevante para nuestros propósitos).
Así que voy a insistir en una definición de odio que combine los tres elementos: indignación, desprecio y animosidad (deseo de lastimar). Esta insistencia arranca de mi propia y susodicha experiencia vivida, pero descansa en otras dos consideraciones, a saber:
(1) La cuestión de cómo se define el odio tiene importantes consecuencias políticas. En muchos países está prohibido el discurso de odio; donde no está prohibido, es sujeto a un amplio rechazo consensual. La prohibición legal me parece errada y contraproducente, a más de iliberal; el rechazo social, en cambio, es algo que uno desearía mantener y fortalecer. Una persona que predique el odio debería, en una sociedad sana, sentir vergüenza, y debería ser recibida con abucheos. Se trata de una reacción social, en mi opinión, saludable; el problema es que muchos oradores se sirven de ese consenso en contra del odio en beneficio propio, alegando muy a la ligera y sin evidencias que su adversario intelectual "es un odiador", para desacreditarlo. De este recurso demagógico se sirven tanto aquellas feministas para quienes todo adversario intelectual es ipso facto "misógino", como aquellos correístas para quienes "la oposición" (cualquier oposición) es ineluctablemente "sufridora y odiadora". Por tanto, una definición precisa de odio ayudaría a vacunarse contra la demagogia, y también, a evitar censuras caprichosas y capciosas.
(2) Si bien se pueden dar por separado cualquiera de los tres elementos detallados, existen mecanismos de retroalimentación psicológica que apelan a completar el cuadro faltando alguno de sus elementos. Así, el orador provisto de un discurso de odio sabe que no hace falta promover, explícitamente, la violencia contra el grupo rechazado, pues basta con crear en su público indignación y desprecio: la hostilidad entonces está garantizada en el ánimo del oyente (1+2->3: observa como lo hace Antony en la versión Shakespeariana). Del mismo modo, si soy objeto de un supuesto agravio y tengo el ánimo vengativo, un instinto certero me aconsejará que debo caricaturizar mentalmente al enemigo, borrando sus rasgos humanos, para evitar escrúpulos de conciencia (1+3->2); asimismo, si ya siento desprecio hacia una persona o grupo de personas y de ese desprecio nace el deseo de hacerla sufrir, pero esa persona o grupo no me ha hecho ningún mal, mi inquieta conciencia irá en busca de algún supuesto agravio, por fantasioso o por ancestral que sea, que me sirva de pretexto y aplaque mi conciencia: 2+3->1. Estos mecanismos existen en la psique humana, son comunes, y aunque un ser racional puede neutralizarlos (vide infra), la supervivencia de la civilización depende, tal vez, de que seamos conscientes de su existencia y del peligro que encierran a nivel colectivo.
Y hablando de peligro...
Espero que el lector no me oponga la Ley de Godwin si hago referencia aquí al nacionalsocialismo alemán como fenómeno histórico en este contexto, ya que por común acuerdo se suele considerar como una especie de laboratorio de odio insuperable en su pureza y despiadada eficacia. Hace unos días quise indagar un poco en la propaganda nazi de los años treinta, para ayudar a despejar una duda que me rondaba por la cabeza. Mi duda era si esa propaganda vertía exclusivamente sobre la naturaleza supuestamente infrahumana del judío, tal como me habían enseñado en las clases de historia, es decir, apelaba exclusivamente al desprecio, o si también apelaba a la indignación fruto de algún imaginario agravio. La respuesta me vino en este excelente archivo, del cual me permito extraer a fines ilustrativos:
Más claro imposible: Die Juden sind unser Unglück, los judíos son nuestra desventura, debajo de un artículo que explica con toda seriedad cómo el judío utiliza la sangre de cristianos sacrificados en sus rituales satánicos. Abundan, por otra parte, las imputaciones de una gran conspiración a nivel mundial, de poderosos banqueros judíos, culpables de todos los males de la economía alemana y del hundimiento del marco, despiadados en su deseo de esclavizar al noble e inocente teutón, y en general al mundo entero, motivado al parecer por una insaciable e ilimitada codicia (gracias, Tati). En fin, no hace falta insistir sobre el tema. La propaganda nazi en su persecución de la comunidad judía no desaprovecha ninguno de los tres elementos: indignación cultivada, desprecio y animosidad, ésta última comunicada mediante la metáfora frecuente de la escisión de un parásito, o la aniquilación de una plaga, en un claro llamado a ejercer la violencia, o a tolerarla.
En otro post veremos cómo se intenta aprovechar los mismos reflejos psicológicos para fines políticos en nuestros días, y en otro posterior, cuál sería en mi opinión la mejor manera de protegernos contra el contagio del odio, que a mí me parece algo más preocupante en extensión y efectos que el del Zika. Pero lo primero es lo primero: hartos exámenes para calificar.

Creo que el odio debe mas bien definirse no como consecuencia de algo, sino por si mismo. Por su esencia. A saber, el odio puede ser una emocion o un sentimiento. Y tal vez vale usar su antonimo para tratar de entender algo que habita fuera de nuestro universo logico racional.
ReplyDeleteIndudablemente las emociones y sentimientos tienen un origen causal, pero sucede muy a menudo que esa causa nos elude totalmente, al punto de parecernos inexistente.
Sucede que una persona nos causa desazon, inconformidad, hostilidad con su sola presencia e igualmente lo contrario. Ese sentimiento suele tener origenes subconscientes o inconscientes, y sin embargo, es muy real. ¿Es posible sentir odio hacia alguien sin saber porque? Estoy seguro que si. ¿Existen causales que se ajusten a tus tres condiciones? Tal vez no.
Si definimos al odio como un anhelo destructor ¿no estamos amando la destruccion? ¿Acaso no existen momentos en los que nos provoca destruir, solo por placer? Se que a mi me sucede.
Pienso que lo importante no es el origen del odio como emocion, sino la forma en que lo alimentamos, racionalizamos y justificamos como sentimiento. Y es a mi parecer claro, que si lo alimentamos, es porque nos gusta. Esta es a mi parecer la primera verdad que como humanos debemos abrazar, sentir odio nos brinda placer.
Y como todo placer, elude la necesidad de explicacion. El placer en si mismo es justificacion suficiente. Es asi, que los discursos de odio estan llenos de falacias y absurdos. Verdaderamente no necesitamos muchas escusas para disfrutar nuestro odio, mas bien, al contrario, cualquiera que sea razonable y coherente destruyendo nuestra fantasia, esta verdaderamente, orinandose en nuestras papas fritas.
El odio, per se, no es mas que un sentimiento y como tal no es bueno o malo, mas alla de lo que nosotros creamos que sea. Si yo pienso que odiar es malo, cuando sienta odio, lo disfrutare, pero me sentire mal y culpable. Lo mismo me puede pasar si pienso que sentir amor es malo. Si pienso que sentir compasion es malo. Si pienso que sentir envidia es malo. Dejando de lado la moralidad y los valores tradicionales, verdaderamoente considero que algo es malo para uno, solo si uno piensa que es malo. Entiendo que es una linea filosofica 'desagradable', pero en mi experiencia los humanos somos capaces de muchas cosas que solo se explican si nuestro universo psico-emocional es mucho mas colorido que blanco y negro.
¿Adonde voy con estas divagaciones?
A mi entender lo malo no es odiar, es actuar basado en odio.
Puedo odiar, hablar con odio, fantasear y elucubrar con odio. No hay mal en eso.
No es dificil de entender que no son las emociones aka.sentimientos los malos, sino el dejarse llevar por ellos. He ahi, que una persona consumida por el odio, pero inoperante, puede ser mucho mejor vecino que alguien saciado de amor incapaz de controlar una fugaz emocion antisocial. Prefiero un neonazi mal encarado que nunca va a hacer nada, a un cristiano gentil y bondadoso que apesadumbrado me mate por mi bien.
Discrepo contigo entonces en considerar al odio como un sentimiento malsano, fruto de causales nitidos y delineables. Pienso que las razones para odiar son tantas y variadas e incluso sinrazones, como las existentes para amar.
Al final, al pie del abismo, ¿tenemos miedo de caer? o ¿tenemos miedo de lanzarnos?
ReplyDeleteSi di la impresión de creer que los causales del odio siempre son conocidos por el sujeto, lo siento, no es lo que creo. El esquema presentado aquí se limita a proponer que si siento un rechazo "irracional" hacia una persona, tal como describes, y si encima disfruto de la emoción que tal rechazo me causa, en la medida en que este rechazo se vuelve consciente y me obliga a reconocer su presencia, me sentiré obligado a justificarlo, precisamente porque creo que la mayoría de nosotros nos resistimos ante la idea de ser odiadores irracionales. Entonces, inventaré una "ofensa", una "injusticia", un agravio que sirva para justificar este sentimiento consentido, del cual me resisto a deshacerme. No digo que siempre suceda, pues seguramente existen personas capaces de reconocer con toda tranquilidad que X persona les causa rechazo, les da asco, e incluso que a veces disfrutan imaginando que X cae por un hueco en Durán, o se muere su perro, o le duela la muela, o que encuentra un dedo humano en su chaulafán. Para mis propósitos, este "odio" tal vez ni merece el nombre, y ciertamente no tiene relevancia política, pues si la propia persona reconoce que no tiene motivo por sentir rechazo a X, difícilmente va a poder comunicar o compartir o extender ese odio entre otras personas. Es algo personal suyo, y tiene todo el derecho de disfrutar de ese sentimiento discutiblemente malsano el tiempo que quiera. Lo que nos lleva a la pregunta:
¿Puede ser bueno cultivar ese tipo de sentimiento de rechazo, y esas fantasías que tú llamas destructoras? Tal vez sí, si uno tiene la suficiente autonomía para dejar de lado los prejuicios "tradicionales" (no diré "moralidad tradicional": esa moralidad se limita a aconsejarnos a no llevar nuestras fantasías al terreno práctico: cumpliendo con eso, se desentiende de nuestro predicamento). Sin embargo, creo que cada uno debe plantearse la posibilidad de vivir sin odio, y ensayar aquellos mecanismos que posiblemente lo permitan: puede que descubra por ese lado una mayor tranquilidad y plenitud. En este respecto hago una analogía con el deseo sexual. Hubo un tiempo en que creí imposible vivir sin deseo: entonces, el quid era desarrollar esos mecanismos psicológicos, conductuales, etcétera, que permitieran que mi deseo no interfiriese en la libertad y la felicidad ajenas. Más recientemente, como consecuencia de la enfermedad me veo en la situación de no tener que lidiar con el deseo sexual: con un mínimo de esfuerzo puedo prescindir completamente de él. Algunas personas en mi situación verían eso como una tragedia: yo lo asumo como una liberación. La cuestión, supongo, es simplemente saber lo que uno quiere.
Hablando de deseo sexual, se me ocurrio esa indeleble imagen de mujeres totalmente cubiertas en medio oriente y hombres incapaces de controlar sus emociones, al punto de convertirse en rabiosa jauria destrozando su presa.
DeleteIgualmente, me coloco en una playa nudista e imagino mi verguenza por mi desnudez y eventualmente, mi verguenza por mi ereccion. Sin embargo, facilmente me veo superando el 'eso inevitable' y arribando a la naturalidad.
El problema, insisto, no es aquello que sentimos, sino el no ser capaz de controlarlo.
Efectivamente, hago la distincion entre emocion y sentimiento, respecto a la accion personal. Puede ser una distincion mia, mas que realmente tecnica, pero es algo que durante mucho tiempo nos ha ocupado a los hispano parlantes a la hora de definir el 'eso' emocional. Una emocion es de origen indefinido, aparentemente inmediata e instintiva. Como dices, pasiva. No hay proactividad ni premeditacion, sucede, y es por tanto fugaz, aunque no por eso ligera. Un sentimiento es la extension de una emocion en ese sentido. Es lo que le sucede a una emocion cuando la alimentas con voluntad de construirla o destruirla. Sucede una transformacion y a menudo la emocion inicial se desdibuja y se convierte en una caricatura de si misma, pero igual puede que sea mejor a no sentir nada.
ReplyDeletePuede ser prerrogativa de los inclinados emocionalmente, diseccionar ese 'ello' y tratar de explicarlo, pero me temo que el lenguaje tradicionalmente nos deja un hueco grisaceo cuando se refiere a sentimientos y emociones.
Es tal vez en ese punto en el cual puedo coincidir con la doctora que mencionas. Es definitivamente posible sentir odio hacia algo y mantenerlo bajo total control. Aceptarlo profundamente y, ademas, aceptar nuestra propia voluntad de no accionar bajo su efecto. Usando la misogenia, imaginemos alguien que efectivamente siente un profundo desagrado por las mujeres, las repudia. La sola presencia de una mujer, inmediatamente le genera una emocion de odio. Sin embargo, el considera totalmente normal y natural esa emocion y esta seguro que su labor es ocultar e ignorar las imagenes brutales que lo asaltan. Elige no alimentar la emocion con fantasias de destruccion, sino pretender que no existe. Ha aprendido que es mejor evitarse inconvenientes y ademas, no existe motivo para ser injusto.
Podemos especular sobre el origen de esa emocion, puede ser una reaccion bioquimica, una debilidad genetica o una reaccion subconsiente respecto a algun trauma infantil o cualquier cosa. El punto es que si bien el odio existe y es inevitable, son las consecuencias las que estan bajo su total control.