El Álgebra del Odio (2)
Resumen esquemático del primer post sobre este tema:
El odio consta de tres elementos: indignación, desprecio y animosidad (deseo de lastimar). Dados los mecanismos de retroalimentación de la psique humana, es suficiente suscitar dos de ellos para que el tercero siga. La fiabilidad de tal respuesta psicológica nunca será absoluta a nivel del individuo (que en el mejor de los casos se supone racional), pero a nivel colectivo sí. Por tanto, en el campo del discurso político, se puede razonablemente hablar de "discurso de odio" siempre que se presenten dos de estos tres elementos, dirigidos contra un determinado grupo humano, si bien el discurso de odio más clásico, el del nazismo en contra de los judíos, contenía todos tres. En cambio, si se acusa a un individuo cualquiera de ser "odiador" (una cuestión distinta), tienes que demostrar que los tres elementos mencionados coexisten en su discurso, o se revelan a través de su conducta. Bien.
La primera conclusión que sigue, partiendo de esta base conceptual, y la más trivial en cuanto a mis propósitos aquí, es que muchas acusaciones en esta línea no se sustentan por ningún lado. El ejemplo más flagrante sería seguramente esa acusación de misoginia con que la típica feminista Tumblr recibe cualquier crítica: si no estás de acuerdo conmigo en todo, es porque odias a las mujeres. (Nunca se les ocurre que podría ser más bien un odio hacia los llevadores de lentes de contacto, o hacia las personas de nariz respingona, o hacia los usuarios de iPhone.) Quien dice eso generalmente sería incapaz de citar ni siquiera un ejemplo de menosprecio hacia "todas las mujeres" (menospreciar a alguna, solamente a alguna, no cuenta), menos todavía un expreso deseo de lastimar, y menos aún una supuesta indignación causada por una imaginaria ofensa. De lo que no se dan cuenta las y los amantes de la exageración histérica (incluidas las acusaciones de odio sin fundamento) es que, como comenté anteriormente, lo que realmente están haciendo es devaluar esas palabras abusadas, y así, indirectamente, debilitar nuestra capacidad de reaccionar ante casos realmente graves y flagrantes. Si al final resulta que casi todo el mundo "odia" a alguien, lo reconozca o no, entonces se llega a la conclusión de que odiar no es cosa tan grave. (Tal vez sea lo que inconscientemente pretenden.)
En realidad, no quería hablar de eso, sino de algo que se me antoja mucho más grave: el avance de la extrema derecha racista en Europa, en especial en el Reino hUnDido, aparentemente a raíz de la crisis de refugiados sirios. Este tema me preocupa desde que tropecé por casualidad en YT con un video de una organización "Britain First" que al parecer había decidido organizar una manifestación en alguna zona de Londres con preponderancia de residentes musulmanes, manifestación que consistía en vestirse de atuendo paramilitar y llevar una cruz de madera Queen Size por la calle en busca de reacciones airadas o intolerantes que se podían filmar. El penoso espectáculo que dieron esos imbéciles ante la incredulidad circundante hasta se podría tomar por el lado cómico... pero creo que es señal de algo grave que se avecina, en parte por lo ya comentado, porque la inteligencia emocional no se enseña en las escuelas como se debiera, y no me extrañara si el mismo virus se propagara en otros países europeos.
El mensaje de estas organizaciones es sencillo: ellos, los invasores, quieren robarnos nuestro país (o ya lo han hecho). Son gente de lo último, con extrañas y perversas costumbres, gente cínica, codiciosa (gracias Tati), acaparadora, egoísta, traicionera, mentirosa, violenta, sin "cultura". Son (por supuesto) "odiadores". Usted decidirá cómo quiere enfrentarse a esta situación: con cobardía o con valentía. Si es valiente, se unirá a nosotros en nuestra cruzada por librar a "nuestro" país de esta plaga, de esta amenaza. Es ellos o nosotros.
El mensaje colará en la medida en que se consiga crear un clima mediático de miedo, de desconfianza y de histerismo. También, en la medida en que la gente esté emocionalmente y cognitivamente desprevenida contra el canto de sirena del odio. Y, yo añadiría, en la medida en que ya esté alcanzada por el virus del colectivismo. Me explico:
Más allá del detalle de aprovechar la adhesión de los "inmigrantes" a una religión minoritaria, el Islam, para crear una especie de caricatura muy al estilo Der Stürmer del grupo enemigo (el elemento menosprecio), lo que más llama la atención en este discurso es que el elemento indignación se intenta provocar apelando a un supuesto, e inexistente, derecho de propiedad que se tendría sobre "un país", en razón de etnia o de antecedentes familiares (creo que la mayoría de esos neonazis lo basan en consideraciones "raciales"), o sea, en razón del colectivo del cual uno supuestamente deriva su identidad. Según esa narrativa, el país era "nuestro", y los inmigrantes, sean o no refugiados, quieren "robarlo". A lo que habría que contestarles, tajantemente: el país no es de nadie, o es de todo aquel que quiera establecer allí su residencia, bajo la tutela de la Declaración Universal de Derechos Humanos, que establece el libre tránsito como derecho fundamental. Los refugiados no son aprovechados, no son receptores de caridad ni de generosidad a quienes les corresponde "agradecer" el trato recibido: son personas libres con derecho a viajar a cualquier rincón del mundo, y a asentarse donde les dé la real gana, salvando leyes migratorias tiránicas e inhumanas; por lo tanto, no están "robando" nada. Lo preocupante en este caso es que ante esa incipiente histeria colectiva, ningún político, ningún comentarista se atreve a pronunciar estas simples verdades: los políticos menos que nadie, ya que el juego electoral requiere que cada cuatro años erijan en fantasmagórico holograma la visión escurridiza de un país-comunidad, con lechero incluido, con vallas y cercas y guardias de seguridad en todas las puertas y puertos, donde todo el mundo comparte cultura, valores y hasta libro sagrado, y la gente rara queda fuera.
Todo lo cual más bien sugiere que, como ya comenté en otros lugares, cargar a las personas de falsos "derechos" (como en este caso el "derecho a escoger la religión, el país de nacimiento y el color de piel de los vecinos de mi calle) es hacerles una terrible crueldad: es allanarles el camino hacia una vida ensombrecida por el odio y el rencor.
Afortunadamente, todavía queda gente en el mundo (¿la suficiente? no lo sé) capaz de detectar cuando les están manipulando. Ojalá se hagan escuchar allá donde cuenta.
(más exámenes)
El odio consta de tres elementos: indignación, desprecio y animosidad (deseo de lastimar). Dados los mecanismos de retroalimentación de la psique humana, es suficiente suscitar dos de ellos para que el tercero siga. La fiabilidad de tal respuesta psicológica nunca será absoluta a nivel del individuo (que en el mejor de los casos se supone racional), pero a nivel colectivo sí. Por tanto, en el campo del discurso político, se puede razonablemente hablar de "discurso de odio" siempre que se presenten dos de estos tres elementos, dirigidos contra un determinado grupo humano, si bien el discurso de odio más clásico, el del nazismo en contra de los judíos, contenía todos tres. En cambio, si se acusa a un individuo cualquiera de ser "odiador" (una cuestión distinta), tienes que demostrar que los tres elementos mencionados coexisten en su discurso, o se revelan a través de su conducta. Bien.
La primera conclusión que sigue, partiendo de esta base conceptual, y la más trivial en cuanto a mis propósitos aquí, es que muchas acusaciones en esta línea no se sustentan por ningún lado. El ejemplo más flagrante sería seguramente esa acusación de misoginia con que la típica feminista Tumblr recibe cualquier crítica: si no estás de acuerdo conmigo en todo, es porque odias a las mujeres. (Nunca se les ocurre que podría ser más bien un odio hacia los llevadores de lentes de contacto, o hacia las personas de nariz respingona, o hacia los usuarios de iPhone.) Quien dice eso generalmente sería incapaz de citar ni siquiera un ejemplo de menosprecio hacia "todas las mujeres" (menospreciar a alguna, solamente a alguna, no cuenta), menos todavía un expreso deseo de lastimar, y menos aún una supuesta indignación causada por una imaginaria ofensa. De lo que no se dan cuenta las y los amantes de la exageración histérica (incluidas las acusaciones de odio sin fundamento) es que, como comenté anteriormente, lo que realmente están haciendo es devaluar esas palabras abusadas, y así, indirectamente, debilitar nuestra capacidad de reaccionar ante casos realmente graves y flagrantes. Si al final resulta que casi todo el mundo "odia" a alguien, lo reconozca o no, entonces se llega a la conclusión de que odiar no es cosa tan grave. (Tal vez sea lo que inconscientemente pretenden.)
En realidad, no quería hablar de eso, sino de algo que se me antoja mucho más grave: el avance de la extrema derecha racista en Europa, en especial en el Reino hUnDido, aparentemente a raíz de la crisis de refugiados sirios. Este tema me preocupa desde que tropecé por casualidad en YT con un video de una organización "Britain First" que al parecer había decidido organizar una manifestación en alguna zona de Londres con preponderancia de residentes musulmanes, manifestación que consistía en vestirse de atuendo paramilitar y llevar una cruz de madera Queen Size por la calle en busca de reacciones airadas o intolerantes que se podían filmar. El penoso espectáculo que dieron esos imbéciles ante la incredulidad circundante hasta se podría tomar por el lado cómico... pero creo que es señal de algo grave que se avecina, en parte por lo ya comentado, porque la inteligencia emocional no se enseña en las escuelas como se debiera, y no me extrañara si el mismo virus se propagara en otros países europeos.
El mensaje de estas organizaciones es sencillo: ellos, los invasores, quieren robarnos nuestro país (o ya lo han hecho). Son gente de lo último, con extrañas y perversas costumbres, gente cínica, codiciosa (gracias Tati), acaparadora, egoísta, traicionera, mentirosa, violenta, sin "cultura". Son (por supuesto) "odiadores". Usted decidirá cómo quiere enfrentarse a esta situación: con cobardía o con valentía. Si es valiente, se unirá a nosotros en nuestra cruzada por librar a "nuestro" país de esta plaga, de esta amenaza. Es ellos o nosotros.
El mensaje colará en la medida en que se consiga crear un clima mediático de miedo, de desconfianza y de histerismo. También, en la medida en que la gente esté emocionalmente y cognitivamente desprevenida contra el canto de sirena del odio. Y, yo añadiría, en la medida en que ya esté alcanzada por el virus del colectivismo. Me explico:
Más allá del detalle de aprovechar la adhesión de los "inmigrantes" a una religión minoritaria, el Islam, para crear una especie de caricatura muy al estilo Der Stürmer del grupo enemigo (el elemento menosprecio), lo que más llama la atención en este discurso es que el elemento indignación se intenta provocar apelando a un supuesto, e inexistente, derecho de propiedad que se tendría sobre "un país", en razón de etnia o de antecedentes familiares (creo que la mayoría de esos neonazis lo basan en consideraciones "raciales"), o sea, en razón del colectivo del cual uno supuestamente deriva su identidad. Según esa narrativa, el país era "nuestro", y los inmigrantes, sean o no refugiados, quieren "robarlo". A lo que habría que contestarles, tajantemente: el país no es de nadie, o es de todo aquel que quiera establecer allí su residencia, bajo la tutela de la Declaración Universal de Derechos Humanos, que establece el libre tránsito como derecho fundamental. Los refugiados no son aprovechados, no son receptores de caridad ni de generosidad a quienes les corresponde "agradecer" el trato recibido: son personas libres con derecho a viajar a cualquier rincón del mundo, y a asentarse donde les dé la real gana, salvando leyes migratorias tiránicas e inhumanas; por lo tanto, no están "robando" nada. Lo preocupante en este caso es que ante esa incipiente histeria colectiva, ningún político, ningún comentarista se atreve a pronunciar estas simples verdades: los políticos menos que nadie, ya que el juego electoral requiere que cada cuatro años erijan en fantasmagórico holograma la visión escurridiza de un país-comunidad, con lechero incluido, con vallas y cercas y guardias de seguridad en todas las puertas y puertos, donde todo el mundo comparte cultura, valores y hasta libro sagrado, y la gente rara queda fuera.
Todo lo cual más bien sugiere que, como ya comenté en otros lugares, cargar a las personas de falsos "derechos" (como en este caso el "derecho a escoger la religión, el país de nacimiento y el color de piel de los vecinos de mi calle) es hacerles una terrible crueldad: es allanarles el camino hacia una vida ensombrecida por el odio y el rencor.
Afortunadamente, todavía queda gente en el mundo (¿la suficiente? no lo sé) capaz de detectar cuando les están manipulando. Ojalá se hagan escuchar allá donde cuenta.
(más exámenes)
Comments
Post a Comment