La ideología de la papa

Nunca me he adscrito a ninguna organización - ni a las que yo mismo he organizado. Mi propia independencia es demasiado valiosa para mí. Y filosóficamente, nunca pude aceptar ningún dogma rígido, ninguna ideología, fuera éste cristianismo o marxismo. Una de las cosas más importantes en la vida es lo que el juez Learned Hand describió como 'esa duda interior, permanentemente corrosiva, sobre si tienes razón o no.' Si te falta eso, si crees estar en la pista rápida hacia la verdad absoluta, te vuelves dogmático, carente de humor e intelectualmente estreñido. Los más grandes crímenes en la historia han sido perpetrados por tales fanáticos religiosos y raciales, desde las persecuciones de la Inquisición hasta las purgas comunistas y el genocidio de los Nazis.
 -- Saul Alinsky


Pongamos que desde la infancia llevo desarrollando la estrambótica idea de que los oftalmólogos son una raza alienígena que leen tus pensamientos y secretamente controlan el mundo, propósito facilitado por, entre otras cosas, una droga que ellos añaden al yogur mediante abejas robóticas. Con el paso de los años, sólo hace que crece mi rechazo al yogur, basándome en esas experiencias terroríficas, medio recordadas, de las veces que he comido yogur y durante algunos minutos, los oftalmólogos me han parecido (bajo la nefasta influencia del cultivo lácteo) gente normal.  Además, gran importancia cobrará en mi vida esa experiencia mítica, a la edad de 22 años, cuando descubrí por casualidad que si embadurnas el dedo gordo de tu pie derecho con kétchup, los oftalmólogos ya no pueden controlar tu pensamiento, mientras ese dedo sigue recubierto del mencionado condimento y hasta que te duches. Si creo todo esto, no está dicho que no podré llevar una vida más o menos normal, evitando el yogur por supuesto, y hasta tener una modesta vida social, claro que recordando que la mayoría de la gente vive engañada, creyendo que los oftalmólogos son seres humanos, y que es imposible convencerla de lo contrario, pues sus pensamientos están siendo controlados desde otra parte.

En lo político, pues qué quieres que te diga, votaré siempre por el candidato que mejor me sepa transmitir la sensación de que el dedo gordo de su pie derecho, dentro de esa modesta media de lana gris que lleva, está recubierto de kétchup de tomate de la marca Heinz. Obvio.

Los de la Escuela Frankfurt dirán lo que quieren: si éste fuera mi pensamiento, viviría aun más engañado que la mayoría de la gente, y además, sería lícita tal observación clínica como que estoy como una chota.

Es evidente que todos nosotros vemos el mundo a través de unos filtros proporcionados por nuestros limitados conocimientos, nuestras vastas y polimórficas ignorancias, nuestros prejuicios reconocidos y sin reconocer, nuestras emociones y preferencias y traumas y engaños y desengaños y miedos y odios y amores y anhelos y deshielos. Ver las cosas "tal como son" no nos está dado a los humanos: sin embargo, implícita en esta última afirmación es la creencia filosófica de que sí existe para todo un "tal como es", y en ella también subyace la esperanza piadosa de que algún tipo de acercamiento, siquiera fragmentario y defectuoso y parcial y acaso momentáneo, a este "tal como es" es el anhelo natural y legítimo de cualquier ser humano que no esté muerto en vida. Si no lo fuera, mejor cerramos la tienda de las ideas y vamos a la playa con Jesucristo.

Hace unos días, aparentemente, una asambleísta del partido Los de Siempre consiguió apuntarse un tanto mediático al formular la memorable frase "la papa no tiene ideología". Les diré la verdad: al leer la réplica de Orlando Pérez en el T., conseguí atravesar varias frases, inclusive párrafos, convencido de que aquello que había dicho la tal asambleísta se refería al Papa, y no a la papa, con lo cual no pude más que darle la razón al respetable editor: decir que el Papa no tiene ideología sería, por decir lo menos, una gran boutade. Al percatarme de que se trataba, en cambio, de una discusión sobre el Weltanschauung de un tubérculo me llevé cierta decepción. Que yo sepa, el último filósofo que atribuía un gran nivel de inteligencia a las plantas murió por finales del dieciocho: la discusión sobre si a la teoría de la Relatividad llegó primero Einstein o una coliflor residente en Winnipeg hace mucho que no la veo ocupar las primeras planas ni las tertulias televisivas en ningún país del mundo. Sin embargo, estoy casi terminado con los exámenes, y me presto a jugar. Así que: ideología tubércula, ¿sí o no?

En son de aclarar los términos de esta pregunta, precisamente, puse el ejemplo del sicótico preso de una teoría de conspiración en torno a la figura del oftalmólogo (no es por nada: me acaban de diagnosticar glaucoma). Mi pregunta es: el hipotético votante por el dedo gordo con kétchup ¿tiene ideología? Consultemos al diccionario: tiene un "conjunto de ideas o creencias", bien, inclusive un "sistema": tiene una "visión normativa acaparadora", bien: al parecer se podría conceder el punto, pero por no discutir, me quedaré de momento con un "talvez". Puede tener ideología, pero mientras la tal ideología ni tiene nombre ni tiene adeptos, salvo él mismo, ni tiene relevancia social, de poco le sirve tenerla y de poco nuestra discusión semántica. Ahora: imaginemos que consigo convencer a un gran número de personas que tal delirante sistema de creencias corresponde con la realidad (tal vez cambiando "los Oftalmólogos" por "los Ricos", el Yogur por la Prensa Corrugta, y el dedo gordo con kétchup por el torso con camiseta de Che), e imaginemos que tanto éxito tiene, bajo este nuevo avatar, que hasta le dan un nombre (pongámosle Roquefortismo): entonces ¿qué? ¿Ahora sí podemos hablar de una ideología? Mi respuesta sería: desde luego que sí. No falta ningún elemento del cóctel: un conjunto de ideas que no es sólo conjunto, sino sistema (las ideas se apoyan mutuamente, se entrona la lógica circular), con nombre e identidad, con adeptos, con relevancia social, con influencia sobre el comportamiento, y que se erige en oposición a otras ideologías rivales, a otras maneras de ver las cosas. Bien. ¿Qué hemos demostrado?

Nada, que se puede tener ideología y estar como una chota. Poca cosa. Pero si se acepta lo anteriormente dicho, que para todo existe un tal como es y que nuestra misión como seres pensantes es intentar acercarnos lo más que se puede a esa verdad y describir con la mayor sinceridad posible la parte del elefante que nos ha tocado palpar... entonces, surge la pregunta realmente importante: ¿las ideologías ayudan con eso, o por el contrario, estorban?

Veo a algunas niñas atrás con la mano levantada, dando saltitos. Paciencia. Dejen pensar a toditos. Ya sé que ustedes saben la respuesta. A los demás les sugiero que piensen en nuestro ejemplo de la ideología erigida sobre la base de un transparente complejo de persecución, de una sicosis. Por favor, indíquenme, si pueden, el nombre de alguna ideología conocida y mentada con frecuencia que no tenga elementos sicóticos o utópicos como parte de la mezcla. Ahora, pónganse en el lugar de ese desdichado que, creyendo que los oftalmólogos son la raíz de todos los males en el mundo, tiene que escuchar de parte de otras bocas que, quizás, gran parte de esos males tiene que ver con el hecho de que muchas personas no se lavan las manos antes de comer ni se ponen condones antes de lanzarse al chingue. ¿Cómo reaccionará? ¿Con un "gracias, no sabía eso, me lo pensaré y lo tendré en cuenta"? O tal vez con un "usted es un iluso, es víctima del lavado de cerebro de los oftalmólogos, seguramente esta mañana ha comido yogur, ¿sí o sí?" ¿Ustedes qué piensan?

Para mí la cosa está clara. Todas las ideologías que conozco y que tienen nombre para mí contienen una mezcla de ideas, algunas tal vez buenas, otras muy malas. Lo que tienen de especial es que mantienen cierta coherencia interior, de una sospechosa y onírica sencillez: a veces las ideas malas sostienen (aparentemente) a las buenas, a veces es al revés, pero es precisamente esa falsa coherencia, ese aspecto de mandala perfectamente equilibrado que permite que la ideología se instale en la mente y que sea aceptada por gran número de personas como filtro de percepciones cuasi permanente y más o menos acaparador. (Lo trágico: mientras más inteligente la persona, más acaparadora su ideología, pues la consistencia de sus procesos mentales le obligará a sopesar ideológicamente a un montón de fenómenos que el corto de luces aceptará sin más como elementos de la experiencia "sin asimilar". Los tontos ven las salidas al túnel, los inteligentes con mucha mayor dificultad). Entonces, si te han vendido una ideología, esa pasión por el saber y el descubrimiento que antes tenías se verá en gran medida saciada (excipiente: 99%), y será reemplazado por esa arrogancia intelectual que ni Sócrates pudo ("´sólo sé que no sé nada" versus "lo único que no sé son meros detalles"), y la mente abierta empezará a parecerte el mayor defecto que una persona puede arrastrar por la vida. Y lo principal: como las ideologías son socialmente normativas, tener una te permitirá (¡por fin!) juzgar y condenar a tus semejantes. Y aquí encontramos la intersección con mi tema escogido de los últimos días: el odio.

Si el siglo XX ha sido, para historiadores, "el siglo de las ideologías", y si ahora hacemos votos, con creciente desesperación, para que el XXI no lo sea también, es por ese motivo, transparente para todo aquel que no sea editor de un diario gubernamental: me refiero a que las ideologías han resultado ser, desde el movimiento bolchevique para adelante, la herramienta predilecta de los políticos para someter a la población mediante el cultivo deliberado del odio fratricida, siguiendo las pautas descritas en anteriores posts. Para odiar a una sola persona, tal vez no necesites una ideología, tan sólo una mala experiencia: pero para odiar a todo un grupo, a menos que seas un desalmado, seguramente sí. Y en el mundo de hoy no faltan quienes te regalarán, prestos y gustosos, ese pretexto para odiar con la conciencia tranquila: a "los ricos", a "la burguesía", a "los banqueros", a "los inmigrantes", a "los musulmanes", a "los infieles", a "los hombres", a "la oposición", usted elige. Lo imprescindible de las ideologías en este respecto: "doctores tiene la iglesia", o sea, puede que en este momento no entiendas la utilidad de esa agresión bárbara que estás cometiendo contra un ser humano inocente, pero tranquilo, otros la han previsto y la han examinado y te han exculpado prolépticamente. Así que adelante, a aplastar cabezas, a quemar libros, a encender hornos, a destruir vidas. Desde alguna esquina, la cabeza de Mao, del Che, de Karlie, de Chávez, de Kim Jong, de Bin Laden te contempla con una cruel, twisted smile. Estás cumpliendo con tu destino, y tu ideología con el suyo.

Si quieres convencerme (a mí, a quien sea) de que eres un ser vivo, no deje de respirar. Así. Respira. Para dentro va todo ese aire: para fuera, el dióxido, los desechos, lo que no te sirve. Así con las ideas. Ábrete a todo. Piénsalo todo. Desecha lo que no te sirve. No dejes, como el Clinton ése, de inhalar. Haz costumbre de ello. Vivirás. Y mientras sigues respirando ese aire puro, esperemos que nunca, nunca, caerás en la enfermedad de la ideología, que es el coágulo de las ideas, cuando ya no fluyen, cuando te empieza a importar la "coherencia ante todo", cuando ya no puedes contradecirte porque costaría demasiado reconocer que todos esos bebés, esos prepucios (por el video de la Karen), esos secuestros, esos actos terroristas fueron en vano. Cuando te tienes que responsabilizar de un pasado oscuro, la ideología puede que sea el único amigo que te queda. Pero ojo: se puede morir de ideología como se puede morir de enfisema. Pregúntame cómo se siente eso.

En fin. Gozo y jolgorio me ha dado ver como, uno por uno, los telegrafistas han caído ante la provocación, han levantado amargamente la cabeza para aullar a la luna, algo así como que "todo el mundo tiene ideología, no somos los únicos, sólo que otritos no quieren reconocerlo". Y puede que en parte tengan razón: sí, todos tenemos nuestros filtros, nuestros prejuicios, nuestras muletillas, yo más que nadie. Pero por lo menos buscamos la salida. Por lo menos nos avergonzamos debidamente cuando nos pillan con una idée recue colgando de la boca. Por lo menos nos rebelamos ante la canina coherencia de la muerte. Por lo menos suplicamos que venga algún Buen Samaritano y nos regalen una opinión nueva, diferente, digerible. Por lo menos sabemos lo que todo ser humano debe saber, antes de tener ideas: que ninguna idea ni ninguna utopía vale una sola vida humana. Por lo menos cultivamos la vida y no la muerte.

Los que no se quieren mover de donde están, o les aterra demasiado la idea de hacerlo, pues papas serán. La metáfora no me disgusta. Quédense ahí, y sueñen con ser Smiths Crisps. Hay peores maneras de pudrirse. Doy fe.


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