El Álgebra del Odio (3)
Los Comentarios de Victor (TM), pese a las apariencias, no es una cadena de restaurantes con fuerte presencia en los malls de Guayaquil, sino un fenómeno ocasional en este blog, muy agradecido por cierto, pues ayuda a mitigar en algo esa sensación que me persigue de estar hablando constantemente con la pared, máxime con alguna salamanquesa que ahí cerca guarda residencia. Si lo menciono en este apartado, es porque uno de esos comentarios me ha obligado a pensar el mi tema escogido, el odio, desde otro ángulo: el de la adaptación genética, o para aficionados a la jerga algo cínica de las discusiones en línea, el del evo-psych.
Consider the chimpanzees in the field. They toil not, neither do they spynne. Well, not much, anyways. But they do have a notable tendencie to duffe one another up. Go ye and do likewise.
-- Every Holie Booke Ever Wryttenne, 9:11
Se ha cuestionado algunas veces los descubrimientos de that Jane Goodall tramp, pero para mí está más que suficientemente establecido: algunos primates (no todos) son especies tribales, y cuando se tiene una especie tribal en un entorno de limitados recursos, se establece a largo plazo la posibilidad de algo así como la masacre de Crow Creek. Clave en este tipo de comportamiento sería la capacidad de distinguir entre miembros de la propia tribu (aliados) y los de la tribu rival (enemigos), no solamente a efectos de evitar friendly fire, sino a efectos de encauzar hacia el enemigo esa saña despiadada cuyas consecuencias, en el caso Crow Creek, se observan en desmembramientos, despellejamientos, degollamientos, etcétera. De modo que tenemos desarrollada, ya de nacimiento, cierta sensibilidad hacia los marcadores tribales, los shibboleths, las señas de pertenencia y de no pertenencia a la tribu: pinturas, cabellos teñidos de achiote, vestimenta, acentos Estuary, camisetas de Emelec, todo tipo de fetiches.
Cuando nos topamos con un nuevo miembro de nuestra especie, en algún lugar recóndito del cerebro lo primero que preguntamos es: ¿Es de los míos, los nuestros, o por el contrario es de los otros? (Por ello, pequeño saltamontes: en las entrevistas de trabajo, monkey see, monkey do.) Si es de los nuestros, se activan todos los mecanismos psicológicos facilitadores de la vida en comunidad: sensibilidad hacia el rango y posicionamiento jerárquico del otro, conciencia de nuestro propio lugar en la jerarquía social, disposición positiva hacia la colaboración productiva, inclusive hacia el sacrificio personal, etcétera. Además, se posibilita esa empatía que permite conductas altruistas como el cuidado de niños y enfermos, la protección de hembras reproductoras, etcétera. En cambio, si es de los otros, es casi por definición un rival (en la competencia tribal por escasos recursos), un peligro. (Claro que dentro de la convivencia tribal también puede haber rivalidades, pero de otro tipo, generalmente sexual.) Ahora, no creo que la otredad constituya de por sí, frente a nuestros instintos, una invitación directa a la violencia asesina. (Por lo menos, espero que no.) Lo que creo que sí hace es poner en estado de alerta ciertos reflejos emocionales que, en caso de extrema necesidad, facilitaran al triunfo en singular combate: entre esos reflejos, pues los ya comentados: indignación, agresividad, y esa curiosa distorsión cognitiva que nos vuelve ciegos ante las cualidades humanas del otro, y que nos obliga a crear en nuestro bestiario mental una nueva especie provisional, el Homo inimicus, cuyas características son: egoísmo, astucia, engaño, criminalidad, perversión, asquerosidad. (Para mayores precisiones, consulten el artículo de opinión del Telégrafo más cercano, rubro "oposición", "neoliberales", "medios independientes" "banqueros", "los ricos", etcétera.)
El odio, entonces, no sería algo que sentimos automáticamente ante la presencia de un ser humano identificado como ajeno a nuestro grupo, sino aquello que estaríamos programados para sentir en caso de producirse un conflicto por recursos a nivel tribal con alguno de esos "otros". Es casi una perogrullada que donde no hay escasez, ni tampoco miedo a la inminente escasez, reina la tolerancia. Para crear odio, nada mejor que la penuria, el desempleo, el miedo al futuro: por lo que en tiempos de crisis, ojo con los energúmenos de extrema derecha (o extrema izquierda, de acuerdo con la Horseshoe Theory). Y en tiempos de lo que sea, ojo también con esa demagogia irresponsable que intenta socavar lo único que nos separa de la hambruna, el caos, e odio generalizado, el conflicto fratricida y el genocidio: ese conjunto de mecanismos de asignación de recursos de que dependemos a diario para sentirnos más o menos seguros y en paz con nuestros prójimos - o sea, el mercado. (Diferente fuera si esa gente tuviera algo mejor que ofrecer en su lugar: pero los enemigos del mercado generalmente se dividen en dos grupos: los que no saben lo que quieren, sólo que no quieren eso, y los propulsores de la "planificación desde arriba", o sea, la tiranía, clase de sistema de cuyas capacidades para dirigir la economía de un país ya tenemos noticias, gracias. Y perdonen la divagación.)
Cuando uno se baña en las aguas del evo-psych, generalmente al reunirse con sus compañeros acostumbra ver narices fruncidas. ¡Uy, qué peste a adaptaciones evolutivas traes por aquí! Si esos compañeros son un poco izquierdosos, y un poco pilas, también escuchará reproches: Ya está bien de tratar a las personas como paleolíticos. Ya dejamos atrás el Homo erectus, actualízate, somos seres pavlovianamente civilizados, la naturaleza humana es cuento infantil, lo importante es el acondicionamiento social. Y de cierto modo estoy de acuerdo... hasta cierto punto. No tan de acuerdo como para no darme cuenta de que cada vez que me pongo detrás del volante del carro, regreso hacia el pasado, unos quinientos mil años tal vez, y soy absolutamente primitivo (¿No sabes lo que es micro-odio? Espera que te cierra un Ford Explorer cuyo dueño acaba de decidir hacer doble fila para virar, y te enterarás al instante). El carro es The Australopithecine Experience, es como un osmoteca de emociones primitivas listas para olfatear. Pero aun así, algo tienen los izquierdosos pilas a su favor. Y es que el evo-psych es como aquella mujer que canta en la iglesia con voz demasiado fuerte y chillona. Se admira el entusiasmo, se lamenta el efecto. Ganas de decirle: puedes bajar la voz un poco, también hay otras explicaciones por aquí, dignas de tomarse en cuenta.
Y también es cierto que ya no se vive en tribu (excepto los nostálgicos de la Amazonia). ¿Significa eso que debemos botar al tacho nuestras elucubraciones tribales? No, pero estamos en deber de actualizarlas un poco, y es lo que nadie está haciendo, salvo en el campo del género, con gente como la Straughan, y es lo que nos falta. Decir, por ejemplo, que ya no hay un único nosotros (definición de tribu: "un único nosotros"), sino que cada persona arrastra una sobreacumulación de identidades compartidas, lo que tiene el efecto positivo de difuminar y de cierto modo ocultar esa distinción primordial nosotros-ellos, sin destruirlo por completo. Por ejemplo, dos estudiantes cualesquiera de la universidad pueden formar un fugaz nosotros cuando se habla de cosas de la edad, de la condición de ser estudiantes, o de ser ecuatorianos, de las tribulaciones del transporte estudiantil, de la dificultad de vivir sin dinero, etcétera. Pueden al mismo tiempo ser de diferentes equipos de fútbol, o de género, o de orientación, o de carrera, o de red social predilecta (tú eres Facebook, yo soy Twitter. En garde). Estamos acostumbrados, como seres civilizados, a tratar a diario con personas con las que tenemos algo en común: algo, pero no todo, acaso no mucho. Nuestro instinto tribal que reclama para sí un "gran nosotros", merecedor de sacrificios, de lealtad, de servilismo, capaz de aligerarnos la pesada carga de le responsabilidad individual, es engañado a diario con remedos de pertenencia, como un gato condenado a perseguir a ratones de relojería entre patas de mueblería barnizada "prohibido arañar". Y es por eso, amigos míos, por ese anhelo frustrado de pertenecer a algo en cuerpo y alma, que tenemos las tonterías que tenemos. Entre ellas:
Religiones. Si vas a Mi Iglesiería, asegúrate de comprar una religión que condene a los infieles a la eterna tormenta... no, mejor todavía, que asegure que hay un lugar en el cielo para quien mate a un infiel. Esas religiones duran más, y necesitan menos mantenimiento (Concilios de Trent, ese tipo de sinsabores). Saber que todos los que no se adscriban a tu secta van a aullar durante toda una eternidad en un lago de fuego da una tremenda sensación de pertenecer. También ayuda reunirse cada semana, o así, para sostener sandías imaginarias en las manos, o agacharte en el suelo para crear una alfombra humana. Cuanto más estrambótico sea el ritual, más especial te sentirás, tú y los tuyos.
Criptorreligiones. Feminismo, trosquismo, libertarismo, justicia social, el quid es crear una cámara de eco, un club exclusivo, con un discurso herméticamente sellado a la realidad, protegido contra los embistes de oposición y adversarios intelectuales con alambre espina verbal. Si tu ideología maneja una letanía de insultos y epítetos despectivos reservados para no creyentes, insultos que al usarlos identifican el carácter de tus propias creencias, entonces lo que tienes es una criptorreligión. Disfruta de ella. Sácale el jugo. Únete a una página de comentarios en la Red y carga contra tu adversario con todo ese poderío que confieren las letras mayúsculas. Apuñálale con las afiladas puntas de tus signos de exclamación. Sé un héroe delante de tu tribu.
Three Day Belonging Experiences. He hablado en otro lugar de estos fenómenos. El que primero me viene a la memoria, el asesinato de Miguel Angel Blanco, cuando toda España creyó durante un centenar de horas que el No Ser Terroristas les confería una identidad compartida la mar de entrañable y apta para celebrar con velas. Todavía medio siglo después de la II Guerra Mundial, había quienes hablaban con cierta nostalgia de esa sensación de compañerismo, comunidad u unidad proporcionada (en Inglaterra) por la Blitzkrieg, Nada como un enemigo común realmente peligroso para crear sensación de pertenencia. Todo político sueña con ello.
Romanticismo Mills & Boon. No, no creas. Ese anhelo de derretirse en los brazos de tu media naranja, de tu salvador, de esa persona especial que con sólo un "te amo" dará sentido a tu vida y te absolverá para siempre jamás de ser un individuo, no es en absoluto una dolencia exclusivamente femenina. Pasa que a los hombres no nos permiten hablar de ello, pero no por ello somos menos propensos a soñar con este tipo de gilipolleces. Acaso más, hoy día.
Racismos y patriotismos. Es triste observar que un rasgo tan trivial e irrelevante como "negritud" puede ser transformado en carta de membresía de una supuesta "comunidad" (con derecho a "reparaciones", nada menos), o que haya gente tan desesperada por pertenecer a algo, que nada más se les ocurre que reivindicar su lugar de nacimiento como base de un patrioterismo altivo i soberano. Esto ya es tocar fondo. Sin embargo, el racismo es precisamente aquello que más me preocupa hoy día, por lo observado en el Viejo Continente.
En fin. Otra interrupción (tengo clase esta tarde) pero resumamos: entre los izquierdosos que cargan furiosos contra cualquier intento de dilucidar la conducta humana que no se base en aquello que ellos aspiran a controlar - cultura, medios, academia, educación estatal, hegemonía política - y los derechosos que apelan a una "naturaleza humana" inmutable e intransigente cuya más perfecta expresión es el status quo, con las líneas tribales existentes, creo que hay un terreno medio y es el que quiero ocupar, donde se reconoce tanto lo primitivo y ancestral de nuestras pautas de conducta, como lo novedoso de su entorno y la capacidad humana de redefinirse, educarse y de cierto modo redimirse. Desde esta perspectiva, el odio es - ¿evidentemente? parte de nuestra programación innata como seres sociales, pero no por ello es algo inevitable. Si me conceden más tiempo intentaré en otro post perseguir esta idea un poco más lejos.
Consider the chimpanzees in the field. They toil not, neither do they spynne. Well, not much, anyways. But they do have a notable tendencie to duffe one another up. Go ye and do likewise.
-- Every Holie Booke Ever Wryttenne, 9:11
Se ha cuestionado algunas veces los descubrimientos de that Jane Goodall tramp, pero para mí está más que suficientemente establecido: algunos primates (no todos) son especies tribales, y cuando se tiene una especie tribal en un entorno de limitados recursos, se establece a largo plazo la posibilidad de algo así como la masacre de Crow Creek. Clave en este tipo de comportamiento sería la capacidad de distinguir entre miembros de la propia tribu (aliados) y los de la tribu rival (enemigos), no solamente a efectos de evitar friendly fire, sino a efectos de encauzar hacia el enemigo esa saña despiadada cuyas consecuencias, en el caso Crow Creek, se observan en desmembramientos, despellejamientos, degollamientos, etcétera. De modo que tenemos desarrollada, ya de nacimiento, cierta sensibilidad hacia los marcadores tribales, los shibboleths, las señas de pertenencia y de no pertenencia a la tribu: pinturas, cabellos teñidos de achiote, vestimenta, acentos Estuary, camisetas de Emelec, todo tipo de fetiches.
Cuando nos topamos con un nuevo miembro de nuestra especie, en algún lugar recóndito del cerebro lo primero que preguntamos es: ¿Es de los míos, los nuestros, o por el contrario es de los otros? (Por ello, pequeño saltamontes: en las entrevistas de trabajo, monkey see, monkey do.) Si es de los nuestros, se activan todos los mecanismos psicológicos facilitadores de la vida en comunidad: sensibilidad hacia el rango y posicionamiento jerárquico del otro, conciencia de nuestro propio lugar en la jerarquía social, disposición positiva hacia la colaboración productiva, inclusive hacia el sacrificio personal, etcétera. Además, se posibilita esa empatía que permite conductas altruistas como el cuidado de niños y enfermos, la protección de hembras reproductoras, etcétera. En cambio, si es de los otros, es casi por definición un rival (en la competencia tribal por escasos recursos), un peligro. (Claro que dentro de la convivencia tribal también puede haber rivalidades, pero de otro tipo, generalmente sexual.) Ahora, no creo que la otredad constituya de por sí, frente a nuestros instintos, una invitación directa a la violencia asesina. (Por lo menos, espero que no.) Lo que creo que sí hace es poner en estado de alerta ciertos reflejos emocionales que, en caso de extrema necesidad, facilitaran al triunfo en singular combate: entre esos reflejos, pues los ya comentados: indignación, agresividad, y esa curiosa distorsión cognitiva que nos vuelve ciegos ante las cualidades humanas del otro, y que nos obliga a crear en nuestro bestiario mental una nueva especie provisional, el Homo inimicus, cuyas características son: egoísmo, astucia, engaño, criminalidad, perversión, asquerosidad. (Para mayores precisiones, consulten el artículo de opinión del Telégrafo más cercano, rubro "oposición", "neoliberales", "medios independientes" "banqueros", "los ricos", etcétera.)
El odio, entonces, no sería algo que sentimos automáticamente ante la presencia de un ser humano identificado como ajeno a nuestro grupo, sino aquello que estaríamos programados para sentir en caso de producirse un conflicto por recursos a nivel tribal con alguno de esos "otros". Es casi una perogrullada que donde no hay escasez, ni tampoco miedo a la inminente escasez, reina la tolerancia. Para crear odio, nada mejor que la penuria, el desempleo, el miedo al futuro: por lo que en tiempos de crisis, ojo con los energúmenos de extrema derecha (o extrema izquierda, de acuerdo con la Horseshoe Theory). Y en tiempos de lo que sea, ojo también con esa demagogia irresponsable que intenta socavar lo único que nos separa de la hambruna, el caos, e odio generalizado, el conflicto fratricida y el genocidio: ese conjunto de mecanismos de asignación de recursos de que dependemos a diario para sentirnos más o menos seguros y en paz con nuestros prójimos - o sea, el mercado. (Diferente fuera si esa gente tuviera algo mejor que ofrecer en su lugar: pero los enemigos del mercado generalmente se dividen en dos grupos: los que no saben lo que quieren, sólo que no quieren eso, y los propulsores de la "planificación desde arriba", o sea, la tiranía, clase de sistema de cuyas capacidades para dirigir la economía de un país ya tenemos noticias, gracias. Y perdonen la divagación.)
Cuando uno se baña en las aguas del evo-psych, generalmente al reunirse con sus compañeros acostumbra ver narices fruncidas. ¡Uy, qué peste a adaptaciones evolutivas traes por aquí! Si esos compañeros son un poco izquierdosos, y un poco pilas, también escuchará reproches: Ya está bien de tratar a las personas como paleolíticos. Ya dejamos atrás el Homo erectus, actualízate, somos seres pavlovianamente civilizados, la naturaleza humana es cuento infantil, lo importante es el acondicionamiento social. Y de cierto modo estoy de acuerdo... hasta cierto punto. No tan de acuerdo como para no darme cuenta de que cada vez que me pongo detrás del volante del carro, regreso hacia el pasado, unos quinientos mil años tal vez, y soy absolutamente primitivo (¿No sabes lo que es micro-odio? Espera que te cierra un Ford Explorer cuyo dueño acaba de decidir hacer doble fila para virar, y te enterarás al instante). El carro es The Australopithecine Experience, es como un osmoteca de emociones primitivas listas para olfatear. Pero aun así, algo tienen los izquierdosos pilas a su favor. Y es que el evo-psych es como aquella mujer que canta en la iglesia con voz demasiado fuerte y chillona. Se admira el entusiasmo, se lamenta el efecto. Ganas de decirle: puedes bajar la voz un poco, también hay otras explicaciones por aquí, dignas de tomarse en cuenta.
Y también es cierto que ya no se vive en tribu (excepto los nostálgicos de la Amazonia). ¿Significa eso que debemos botar al tacho nuestras elucubraciones tribales? No, pero estamos en deber de actualizarlas un poco, y es lo que nadie está haciendo, salvo en el campo del género, con gente como la Straughan, y es lo que nos falta. Decir, por ejemplo, que ya no hay un único nosotros (definición de tribu: "un único nosotros"), sino que cada persona arrastra una sobreacumulación de identidades compartidas, lo que tiene el efecto positivo de difuminar y de cierto modo ocultar esa distinción primordial nosotros-ellos, sin destruirlo por completo. Por ejemplo, dos estudiantes cualesquiera de la universidad pueden formar un fugaz nosotros cuando se habla de cosas de la edad, de la condición de ser estudiantes, o de ser ecuatorianos, de las tribulaciones del transporte estudiantil, de la dificultad de vivir sin dinero, etcétera. Pueden al mismo tiempo ser de diferentes equipos de fútbol, o de género, o de orientación, o de carrera, o de red social predilecta (tú eres Facebook, yo soy Twitter. En garde). Estamos acostumbrados, como seres civilizados, a tratar a diario con personas con las que tenemos algo en común: algo, pero no todo, acaso no mucho. Nuestro instinto tribal que reclama para sí un "gran nosotros", merecedor de sacrificios, de lealtad, de servilismo, capaz de aligerarnos la pesada carga de le responsabilidad individual, es engañado a diario con remedos de pertenencia, como un gato condenado a perseguir a ratones de relojería entre patas de mueblería barnizada "prohibido arañar". Y es por eso, amigos míos, por ese anhelo frustrado de pertenecer a algo en cuerpo y alma, que tenemos las tonterías que tenemos. Entre ellas:
Religiones. Si vas a Mi Iglesiería, asegúrate de comprar una religión que condene a los infieles a la eterna tormenta... no, mejor todavía, que asegure que hay un lugar en el cielo para quien mate a un infiel. Esas religiones duran más, y necesitan menos mantenimiento (Concilios de Trent, ese tipo de sinsabores). Saber que todos los que no se adscriban a tu secta van a aullar durante toda una eternidad en un lago de fuego da una tremenda sensación de pertenecer. También ayuda reunirse cada semana, o así, para sostener sandías imaginarias en las manos, o agacharte en el suelo para crear una alfombra humana. Cuanto más estrambótico sea el ritual, más especial te sentirás, tú y los tuyos.
Criptorreligiones. Feminismo, trosquismo, libertarismo, justicia social, el quid es crear una cámara de eco, un club exclusivo, con un discurso herméticamente sellado a la realidad, protegido contra los embistes de oposición y adversarios intelectuales con alambre espina verbal. Si tu ideología maneja una letanía de insultos y epítetos despectivos reservados para no creyentes, insultos que al usarlos identifican el carácter de tus propias creencias, entonces lo que tienes es una criptorreligión. Disfruta de ella. Sácale el jugo. Únete a una página de comentarios en la Red y carga contra tu adversario con todo ese poderío que confieren las letras mayúsculas. Apuñálale con las afiladas puntas de tus signos de exclamación. Sé un héroe delante de tu tribu.
Three Day Belonging Experiences. He hablado en otro lugar de estos fenómenos. El que primero me viene a la memoria, el asesinato de Miguel Angel Blanco, cuando toda España creyó durante un centenar de horas que el No Ser Terroristas les confería una identidad compartida la mar de entrañable y apta para celebrar con velas. Todavía medio siglo después de la II Guerra Mundial, había quienes hablaban con cierta nostalgia de esa sensación de compañerismo, comunidad u unidad proporcionada (en Inglaterra) por la Blitzkrieg, Nada como un enemigo común realmente peligroso para crear sensación de pertenencia. Todo político sueña con ello.
Romanticismo Mills & Boon. No, no creas. Ese anhelo de derretirse en los brazos de tu media naranja, de tu salvador, de esa persona especial que con sólo un "te amo" dará sentido a tu vida y te absolverá para siempre jamás de ser un individuo, no es en absoluto una dolencia exclusivamente femenina. Pasa que a los hombres no nos permiten hablar de ello, pero no por ello somos menos propensos a soñar con este tipo de gilipolleces. Acaso más, hoy día.
Racismos y patriotismos. Es triste observar que un rasgo tan trivial e irrelevante como "negritud" puede ser transformado en carta de membresía de una supuesta "comunidad" (con derecho a "reparaciones", nada menos), o que haya gente tan desesperada por pertenecer a algo, que nada más se les ocurre que reivindicar su lugar de nacimiento como base de un patrioterismo altivo i soberano. Esto ya es tocar fondo. Sin embargo, el racismo es precisamente aquello que más me preocupa hoy día, por lo observado en el Viejo Continente.
En fin. Otra interrupción (tengo clase esta tarde) pero resumamos: entre los izquierdosos que cargan furiosos contra cualquier intento de dilucidar la conducta humana que no se base en aquello que ellos aspiran a controlar - cultura, medios, academia, educación estatal, hegemonía política - y los derechosos que apelan a una "naturaleza humana" inmutable e intransigente cuya más perfecta expresión es el status quo, con las líneas tribales existentes, creo que hay un terreno medio y es el que quiero ocupar, donde se reconoce tanto lo primitivo y ancestral de nuestras pautas de conducta, como lo novedoso de su entorno y la capacidad humana de redefinirse, educarse y de cierto modo redimirse. Desde esta perspectiva, el odio es - ¿evidentemente? parte de nuestra programación innata como seres sociales, pero no por ello es algo inevitable. Si me conceden más tiempo intentaré en otro post perseguir esta idea un poco más lejos.
Como todos aquellos que tenemos auto, tiempo y voluntad reflexiva he meditado respecto al 'micro-odio' que se siente al volante. Road-rage.
ReplyDeleteSin tener estudios en sociologia, psicologia o, para ser honesto, en cualquier cosa, mi parecer es que tiene mas que ver con poder y orden mas que otra cosa. Elaboro, se sabe que a una persona que nunca se le ha dado poder, puede muy bien transformarse en un despota totalitario gobernando la puerta del banco, por ejemplo, o peor aun, verdugo de ordenanzas metropolitanas. Mi punto es, que existe una personalidad oculta en las personas que solo asoma cuando se ostenta el poder. Tal como dijo alguien alguna vez, pero de manera mas bonita e historica.
Eso es el carro. Es poder.
Por otro lado, no he oido a nadie jamas vilipendiar el orden en el transito. Todos estamos de acuerdo, creo, que el orden vial es imprescindible.
Vamos, entonces, convencidos que somos iguales y tenemos el mismo poder, y para que no haya abusos, existen estas reglas que mantienen todo bonito, sin muertos, cuando de la nada un insurgente apoderado rompe el orden y olimpicamente se orina en tus eternamente mencionadas papas fritas. ¿Que hacemos?
Bueno pues, ahora que somos iguales y tengo la ley y la razon de mi lado, se me han dado las condiciones para dejar salir a la bestia que habita en mi. Esa que he mantenido callada por nunca haber tenido poder o igualdad y momentanemente me convierto en justiciero, vengador callejero, paladin moderno, vamos, en heroe, y como todo heroe que se respete abuso de la violencia para beneficio de las camaras.
De alguna manera, este fenomeno del road-rage me hace tener esperanzas en la humanidad, si entiendes a que me refiero. Tal vez, en un futuro lejano, cuando todos seamos cyborgs tipo Steve Austin, vagaremos por el mundo enderezando entuertos, impidiendo abusos y ayudando a cargar las compras del comisariato. ¿Quien niega?
Claro, a menos que el otro maneje un bus, entonces regresamos a la realidad donde manda el mas fuerte y no el orden y el sentido comun.
Nada que objetar. En cuanto al orden vial, algo que me dio mucho que pensar hace algunos años: un estudio (realizado en Manchester y replicado en otras ciudades y países) parece sugerir que sin semáforos hay menos accidentes (ya que el semáforo, al parecer, les da a algunos conductores el "poder" de pasar a través del fantasma ectoplásmico del otro carro que acaba de saltarse el rojo: "tener la razón" te protege del choque y del desmembramiento, tal parece).
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