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Venezuela: you're both right, children!

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Cuenta la historia que un monje budista, de ésos que andan descalzos por el mundo diciendo pendejadas, iba por un camino solitario un día, cuando en ésas se le presenta una mujer, que le pregunta muy respetuosa ella: maestro, ¿cómo puedo conseguir la fortaleza espiritual? El maestro le mira con ojos de gran sabiduría, y responde: ¡ambos tienen razón, niños! Puedes comerlo, ¡y también puedes limpiar el piso con él! Ahí termina la historia en su versión oficial. Hay una especie de coda o posdata de dudosa procedencia, que alarga así la historia: Unos dos minutos después, el monje seguía su camino, cuando en ésas se le aparece la misma mujer, que al parecer viene corriendo atrás de la bicicleta del maestro. Cuando consigue atraparlo, la mujer, jadeando y sudando, le dice: maestro, lo siento, no entendí su última respuesta, eso de que puedo limpiar el piso con no sé qué. ¿Puede explicarme lo que significa? El maestro le mira con ojos de inmensa compasión y ternura, y responde: La coher...

El Pendejómetro

Como se suele decir, son cosas que nadie podría inventarse. Hay un programa de tele del género Reality en Ecuador, de nombre Soy el Mejor , concurso de destrezas físicas y artísticas abierto a hombres y mujeres, que tiene un segmento con nombre propio, El Nalgómetro , donde se trata de medir la rapidez y destreza con que las concursantes femeninas mueven las caderas, con acompañamiento musical, aprovechando esos músculos cuya atrofia en mi propio caso y cuerpo he lamentado  en alguna ocasión . Como el nombre indica, se intenta que tal destreza pélvica sea medible y cuantificable, a fin de asignar puntos y premiar a ganadoras, y con ese propósito se cuentan (supuestamente) las oscilaciones de la zona sacro-ilíaca de la concursante durante la prueba, mediante un pequeño dispositivo electrónico pegado en la parte superior del trasero del sujeto. Si todo eso ya de por sí es surreal (para ser más precisos, parece sacado de un ...

Joyas en la basura

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Estoy harto de referenciarlo: Robin Williams, la tapa de botella de champán, ya saben. Qué quieren que diga: soy producto de los setenta. La generación que fue colilla infumable del baby boom. Haber nacido tan sólo diez años antes, para tener una adolescencia al son de los Beatles, los Stones, y Bacharach. En lugar de lo cual, esto: Salió cuando yo tenía 12 años. A esa edad ya era un viejo pervertido (apenas había dejado los pañales, ya estaba viendo a la Rigg en los Avengers) pero aunque las dos daban peligrosas patadas, esto para mí era nuevo. Sabía que la música era horrible, pero ¿y qué? Ella era adorable. (En realidad, pasaron años antes que me molesté en escuchar la letra para descubrir que a diferencia de lo que había supuesto, sí significaba algo. Aunque sigo sin entender lo del "teenage tiramisú".) Me complace decirles que ella ha envejecido con excepcional gracia. La cara (con esos deliciosos mofletes) no miente, ella siempre fue una dama y yo sigo dispuesto a matar...

¡Que viene la derecha!

Tranquilos: no quisiera para nada interrumpir su orgía de complaciente autofelicitación. Me imagino que debe ser la mar de agradable sentirse miembro de una casta superior, en este caso "la Izquierda", superior no tanto en riquezas (aunque déjales ir) como en virtud moral, en bondad y solidaridad y tierna simpatía hacia el prójimo. Todas aquellas cosas que le faltan a "la Derecha", que como sabemos consiste mayormente en gente egoista, malévola, corrupta y amoral. Esto, sin hablar de la inteligencia, atributo que se encuentra muy extendida entre personas de izquierdas (hasta el punto que son capaces incluso de entender una columna de Orlando Pérez), mientras que el derechista, casi por definición, es un cretino. Repito: no quisiera para nada cuestionar tales verdades evidentes. ¿Quién iba a querer orinar sobre unas papas fritas tan suculentas? Lo mío no es irrumpir en las fiestas, peor aguarlas. No. Lo que yo hago en las fiestas, desde una edad muy temprana, es ...

Por fin llueve (la cita escurridiza)

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Tengo cita con la lluvia. De aquí una hora salgo al patio. Espero para entonces no amaine, como tantas lluvias de estas pasadas semanas. Tiene que durar, fortalecerse, tronar, ocupar toda la noche. Quiero volver a descubrir la distancia, la lejanía, lo subjetivamente infinito, esa dimensión que sólo el sonido de la lluvia puede revelarte. Lo necesito tanto. Mientras, voy a volver sobre algunos pasos anteriores. Voy a repetirme. Lo hago a menudo en este blog; a veces, me acuso de reciclador. No importa. He notado muchas veces a lo largo de los años que todo el que tiene algo que decir, lo dice más de una vez: tanto es así (y sobre todo ahora, en este mundo tan sordo) que quien no recalca como que se pierde en el ruido circundante, y algunos genios a veces se confunden peligrosamente con aquellos locos de una única idée fixe . En el concierto mismo de la lluvia hay muchas repeticiones, así no llegue a basso ostinato. La cita, entonces, que seguramente habrá salido antes en estas página...

Boue to a Goose

  With salt in the offing, the sluggish river declines to rush: her flanks flag, dawdle, take in the sights. Sea-lettuce scales the brackish backwash, slights canoeists, drifts in egret-priested lines. Death commingles here with life, and dines in wayside kitchens; where the fly alights, cross-hairs twitch silver; sudden appetites explode even the mayfly's mild designs.   The deep ahead now scarcely pulls this blood, which curls and clings to talismanic signs, backwater reconstructions of remembered mud: here, when a certain tidal swell reminds of old affairs mistaken at the flood, the subtle serpent drools her anodynes.

Vampiros

Los columnistas del Telégrafo son como los Reyes Magos: si bien todos están ahí para postrarse y adorar al Redentor, algunos lo hacen con ogro, otros con incienso, y otritos con algo que, por el olor, parece mirra en estado puro. Bueno. Me había jurado no meterme más con el Padre Pierrot, y con todo ese montón de mirra que habitualmente coloca en sus artículos. Pero no quería dejar pasar la ocasión para, una solita vez, ponerme de acuerdo con él. Y es que si en una cosa sintonizamos completamente, es que la temporada de elecciones hace pensar en los muertos . Para él, "los muertos" son todos aquéllos que no comulgan con su ideología política: y si a ese requisito se agrega ese terrible extra ecclesiam nulla salus que como sacerdote católico tiene la obligación de sostener como dogma, tenemos a un sujeto que debe de ver muertos por todas partes, como un milagroso superviviente en un relato de holocausto nuclear. Claro: si no te condenas por infiel o por hereje, aún...