He’s got issues
Según la bobalicona frase californiana, esto de tener “issues” (más o menos, problemas pendientes de resolución) sería algo propio de cualquier sujeto que no haya vivido toda su vida en una burbuja de plástico semitransparente en algún lugar de las afueras de Orlando, FL. El hecho de que una persona tenga “issues” se revela habitualmente en algún comentario traicionero, donde se apercibe claramente las evidencias de que tal persona haya vivido experiencias no admitidas en el canon del Padre Walt, experiencias que por tanto carecen de guión preestablecido en cuanto a lo que su interiorización y procesamiento mental se refiere. En la altamente conformista sociedad norteamericana, puede ser fuente de intensa angustia el tener que enfrentarse a una situación para la cual no exista una reacción estereotipada sancionada por el cliché televisivo de consumo diario; tanto es así que, en su desesperada búsqueda de desambiguación moral, algunos estadounidenses se han volcado en la Biblia como manual de instrucciones para la vida, y en ese lema útil y reconfortante susceptible de ser grabado en pulseras y chapas y bordados de ropa interior: “What would Jesus Do?” (lo que en versión ecuatoriana vendría a ser algo así como “¿Qué haría Abdalá?”, o en correísta, “¿Qué haría Hugo?”). De modo que en este Mundo Nuevo nadie se queda sin su role model, o sea, sin su pretexto para no responsabilizarse, para no decidirse, para no pensar demasiado y para no llegar a ser nunca demasiado feliz.
Cuando llegué a Ecuador, una de las cosas que me encantó del país fue observar que el papel de padre, en la sociedad ecuatoriana, se definía primariamente como una escenificación continua de la ausencia. El padre se define aquí como Aquel que No Está en Este Momento, bien porque está en España o en Estados Unidos, bien porque está chupando en el bar de la esquina, bien porque se largó hace años con la zorra del barrio, bien porque está muerto. Por eso, el día del Padre en Ecuador también es el día de las ausencias, de las fiestas que no se hacen, de los regalos que no se dan, de los ingresos comerciales que no se realizan, de las loterías que quedan sin ganador, de los mariachis que cantan al albor delante de una casucha de caña vacía. Es por ello que suena todavía más ridículo aquí que en otras partes hablar, como todavía se empeñan en hacerlo algunas feministas locales, de un supuesto Patriarcado, sea en plan conspiración, sea en plan estructura social, pues lo primero que salta a la vista en Ecuador es el carácter abrumadoramente matriarcal de esta sociedad. La madre aquí es quien lo hace todo y lo decide todo. Y propio de madres es saberse que aquel hijo que antaño fuera indefenso consumidor de lácteos con marcada tendencia cuadrúpeda, el día de mañana se convierte en nueva ausencia desgarradora, pues propio de seres humanos correctamente criados y destetados es ese independizarse, ese querer volar, esa impepinable vocación de foutre le camp.
Por ello mismo aquí no resulta difícil ser católico a ultranza: aquel Padre Celestial fetichista de fetos a quien se rinde pleitesía dominicalmente a lo largo y ancho del país encaja bastante cómodamente en la definición local de un papá, pues la habilidad que ha demostrado con más brío y talento a lo largo de estos últimos dos mil años es precisamente la de No Estar Aquí en Este Momento. Con lo que se le brinda con gusto los derechos de naturalización dentro de esta sociedad hecha, por partes desiguales, de madres, de críos y de apellidadas ausencias.
Ahora bien: si en otras partes del mundo al padre se le sigue otorgando un papel algo más extenso que el de simple fecundador, por algo será: y ese algo creo que lo estamos viendo en la actualidad, pues a pesar de la aparente omnipotencia de la madre ecuatoriana, es de conocimiento común que para toda madre habida y por haber existe una tentación antigua y devastadora, que aquí se llama “mamitis” y que consiste en no querer dejar que el hijo tan amado y que tanto sacrifico ha costado ni madure, ni crezca, ni se vaya. Si bien a esa tendencia se ha dado en llamarla pecado original, resulta de lo más comprensible y perdonable hasta para un servidor que por razones cromosómicas no puede ser madre biológica, pero que de ese segundo parto alguna cosa sabe por aquello de haber tenido que despedirse, él también, para siempre, de quien más ha amado en la vida. Es en ese fenómeno, en esa tentación a la que ninguna madre escapa, que (según docta opinión de algunos psicólogos) se sustenta el papel de un padre “no ausente”: aquel ser, mítico en el contexto local, sería el encargado de asegurarse de que el hijo encuentre en sus diferentes etapas de crecimiento, no solamente el cariño y el apoyo incondicional de su madre, sino también el necesario adoctrinamiento en las leyes naturales que rigen en el mundo fuera del hogar, ese mundo que nada sabe de derechos (por muchas pataletas que se dé al respecto), ni de perdón, ni de privilegios, ni de cariño, pero sí de mamporros y de hostias y de varazos un buen rato.
Por lo mismo, que el país entero se esté dudando entre dejar que el hijo, llamémoslo ciudadano, crezca o no es un tema de actualidad diaria a que se le suele denominar “proyecto de nueva constitución”: y lo ecuatorianamente sorprendente del caso es que aquello que se pretende nuevo, progresista y liberador resulta ser, visto de cerca, todo lo contrario. Es decir, ese texto que según sus creadores promete la emancipación definitiva del imberbe ciudadano, su soñada independencia frente a aquel malvado padrastro del FMI, su primero paso orgulloso en ese grande y globalizado mundo lleno de Patrias Altivas i (y) Soberanas, resulta ser un arrullador cuento para niños, una nana dulzona y soporífica para uso y provecho de mamás cansadas de ver que sus hijos anden con malas amistades.
“Hijo, no quiero que andes con aquella pandilla del barrio. Son de lo peor que hay. Ese Pepito no da chance a nadie, y no conocemos a sus familias. La la la la la etc.” (Art. 96)
“Hijo, no quiero que pelees con la Juanita, que hoy viene esa gente de la iglesia a comer cangrejo, y no quiero que se vayan hablando de nosotros por todo el vecindario. La la la la la li la.” (Art. 156)
“Hijo, no te vayas hoy al gimnasio. Sí estás un poco gordito, pero tu mamá te quiere igual, y siempre te cuidaré pase lo que pase, aunque tenga que robar a otros por ti. La la la la la, un besito.” (Art. 369)
“Hijo, ya está bien de usar malas palabras. Aquí, en esta casa, están prohibidas – pro-hi-bi-das – esas vulgaridades. La la la la la, ¿entendido?” (Art. 384)
“Hijo, quiero que me muestres lo que tienes en los bolsillos. No irás prestando a ese tal Mauricio, ya te lo dije. La la la la la.” (Art. 335)
“Hijo, quiero que lleves este arroz que nos sobró a los vecinos de enfrente. Ya sé que no te simpatizan, pero son nuestros vecinos. La la la la la, y punto.” (Art. 334)
“Hijo, ¿te acuerdas de esa vieja bicicleta que tenías? Pues la vendí esta mañana, por diez dólares. No te enfades, hacía tiempo que tú no la usabas. La la la la la no te escucho.” (Art. 321)
“Hijo, ¿sabes quién viene a vivir con nosotros? ¡Tu tío Willy! ¡Sí, ya está de vuelta! Le he dado tu habitación. La la la la la, ¿adónde vas?” (Art. 282)
“Hijo, como no te sacaste la basura esta semana, te prohíbo ir a ninguna fiesta este mes. La la la la la.” (Art. 268)
“Hijo, hoy llamé a casa de la Juanita. Le dije que ya no quiero que salgas con ella. Mira, hijo, alguien tiene que controlar estas cosas. Tú no tienes edad para saber el tipo de mujer que te conviene. La la la la la… la.” (Art. 288)
“Hijo, te prohíbo que leas esa revista. La la la, y la, la.” (Art. 19)
“Hijo, quiero que limpies el patio otra vez. Ese perro Pacha no hace más que hacer caca por todos lados. No sé qué le pasa últimamente. La la lay lalay lala.” (Art. 71)
Y así, y así, ad nauseam (444). No entremos a discutir ahora si tal o tal precepto maternal está bien o mal desde el punto de vista de las relaciones de esa Mamá Estado con el resto del barrio – tema que me tiene sin cuidado – tampoco me atrevería a decir que todo, absolutamente todo lo que dice son arcaísmos de cincuentona beata – algo de eso hay, evidentemente – pero insisto en que el ciudadano ya tiene edad (178 años si recuerdo bien, ya no está en pañales) para prescindir de tanto control social (textual) y empezar a cometer sus propios errores y a vivir su propia vida; de lo contrario, con ese régimen sofocador, está en riesgo de convertirse en maricón del peor género, de ésos que llevan camisas bordadas y andan peleándose con todo el mundo, porque piensan que con la notoriedad de su condición y con algún que otro gesto amanerado y petulante se salvan siempre.
Bah.
Acostumbrémonos – yo lo hice, a los 13 años (otro post) – a que papá no está, y a que tenemos que descubrir nosotros mismos lo que está bien y lo que está mal. Valoremos a aquella madre que, aunque duela, y sí duele, sepa dar libertad a sus hijos en pro de su crecimiento y madurez. Las que lo hacen suelen ser recompensadas a la larga. No cambiaría mi larga retahíla de issues por Buen Vivir alguno, si viene en esos términos y con esas condiciones.
Cuando llegué a Ecuador, una de las cosas que me encantó del país fue observar que el papel de padre, en la sociedad ecuatoriana, se definía primariamente como una escenificación continua de la ausencia. El padre se define aquí como Aquel que No Está en Este Momento, bien porque está en España o en Estados Unidos, bien porque está chupando en el bar de la esquina, bien porque se largó hace años con la zorra del barrio, bien porque está muerto. Por eso, el día del Padre en Ecuador también es el día de las ausencias, de las fiestas que no se hacen, de los regalos que no se dan, de los ingresos comerciales que no se realizan, de las loterías que quedan sin ganador, de los mariachis que cantan al albor delante de una casucha de caña vacía. Es por ello que suena todavía más ridículo aquí que en otras partes hablar, como todavía se empeñan en hacerlo algunas feministas locales, de un supuesto Patriarcado, sea en plan conspiración, sea en plan estructura social, pues lo primero que salta a la vista en Ecuador es el carácter abrumadoramente matriarcal de esta sociedad. La madre aquí es quien lo hace todo y lo decide todo. Y propio de madres es saberse que aquel hijo que antaño fuera indefenso consumidor de lácteos con marcada tendencia cuadrúpeda, el día de mañana se convierte en nueva ausencia desgarradora, pues propio de seres humanos correctamente criados y destetados es ese independizarse, ese querer volar, esa impepinable vocación de foutre le camp.
Por ello mismo aquí no resulta difícil ser católico a ultranza: aquel Padre Celestial fetichista de fetos a quien se rinde pleitesía dominicalmente a lo largo y ancho del país encaja bastante cómodamente en la definición local de un papá, pues la habilidad que ha demostrado con más brío y talento a lo largo de estos últimos dos mil años es precisamente la de No Estar Aquí en Este Momento. Con lo que se le brinda con gusto los derechos de naturalización dentro de esta sociedad hecha, por partes desiguales, de madres, de críos y de apellidadas ausencias.
Ahora bien: si en otras partes del mundo al padre se le sigue otorgando un papel algo más extenso que el de simple fecundador, por algo será: y ese algo creo que lo estamos viendo en la actualidad, pues a pesar de la aparente omnipotencia de la madre ecuatoriana, es de conocimiento común que para toda madre habida y por haber existe una tentación antigua y devastadora, que aquí se llama “mamitis” y que consiste en no querer dejar que el hijo tan amado y que tanto sacrifico ha costado ni madure, ni crezca, ni se vaya. Si bien a esa tendencia se ha dado en llamarla pecado original, resulta de lo más comprensible y perdonable hasta para un servidor que por razones cromosómicas no puede ser madre biológica, pero que de ese segundo parto alguna cosa sabe por aquello de haber tenido que despedirse, él también, para siempre, de quien más ha amado en la vida. Es en ese fenómeno, en esa tentación a la que ninguna madre escapa, que (según docta opinión de algunos psicólogos) se sustenta el papel de un padre “no ausente”: aquel ser, mítico en el contexto local, sería el encargado de asegurarse de que el hijo encuentre en sus diferentes etapas de crecimiento, no solamente el cariño y el apoyo incondicional de su madre, sino también el necesario adoctrinamiento en las leyes naturales que rigen en el mundo fuera del hogar, ese mundo que nada sabe de derechos (por muchas pataletas que se dé al respecto), ni de perdón, ni de privilegios, ni de cariño, pero sí de mamporros y de hostias y de varazos un buen rato.
Por lo mismo, que el país entero se esté dudando entre dejar que el hijo, llamémoslo ciudadano, crezca o no es un tema de actualidad diaria a que se le suele denominar “proyecto de nueva constitución”: y lo ecuatorianamente sorprendente del caso es que aquello que se pretende nuevo, progresista y liberador resulta ser, visto de cerca, todo lo contrario. Es decir, ese texto que según sus creadores promete la emancipación definitiva del imberbe ciudadano, su soñada independencia frente a aquel malvado padrastro del FMI, su primero paso orgulloso en ese grande y globalizado mundo lleno de Patrias Altivas i (y) Soberanas, resulta ser un arrullador cuento para niños, una nana dulzona y soporífica para uso y provecho de mamás cansadas de ver que sus hijos anden con malas amistades.
“Hijo, no quiero que andes con aquella pandilla del barrio. Son de lo peor que hay. Ese Pepito no da chance a nadie, y no conocemos a sus familias. La la la la la etc.” (Art. 96)
“Hijo, no quiero que pelees con la Juanita, que hoy viene esa gente de la iglesia a comer cangrejo, y no quiero que se vayan hablando de nosotros por todo el vecindario. La la la la la li la.” (Art. 156)
“Hijo, no te vayas hoy al gimnasio. Sí estás un poco gordito, pero tu mamá te quiere igual, y siempre te cuidaré pase lo que pase, aunque tenga que robar a otros por ti. La la la la la, un besito.” (Art. 369)
“Hijo, ya está bien de usar malas palabras. Aquí, en esta casa, están prohibidas – pro-hi-bi-das – esas vulgaridades. La la la la la, ¿entendido?” (Art. 384)
“Hijo, quiero que me muestres lo que tienes en los bolsillos. No irás prestando a ese tal Mauricio, ya te lo dije. La la la la la.” (Art. 335)
“Hijo, quiero que lleves este arroz que nos sobró a los vecinos de enfrente. Ya sé que no te simpatizan, pero son nuestros vecinos. La la la la la, y punto.” (Art. 334)
“Hijo, ¿te acuerdas de esa vieja bicicleta que tenías? Pues la vendí esta mañana, por diez dólares. No te enfades, hacía tiempo que tú no la usabas. La la la la la no te escucho.” (Art. 321)
“Hijo, ¿sabes quién viene a vivir con nosotros? ¡Tu tío Willy! ¡Sí, ya está de vuelta! Le he dado tu habitación. La la la la la, ¿adónde vas?” (Art. 282)
“Hijo, como no te sacaste la basura esta semana, te prohíbo ir a ninguna fiesta este mes. La la la la la.” (Art. 268)
“Hijo, hoy llamé a casa de la Juanita. Le dije que ya no quiero que salgas con ella. Mira, hijo, alguien tiene que controlar estas cosas. Tú no tienes edad para saber el tipo de mujer que te conviene. La la la la la… la.” (Art. 288)
“Hijo, te prohíbo que leas esa revista. La la la, y la, la.” (Art. 19)
“Hijo, quiero que limpies el patio otra vez. Ese perro Pacha no hace más que hacer caca por todos lados. No sé qué le pasa últimamente. La la lay lalay lala.” (Art. 71)
Y así, y así, ad nauseam (444). No entremos a discutir ahora si tal o tal precepto maternal está bien o mal desde el punto de vista de las relaciones de esa Mamá Estado con el resto del barrio – tema que me tiene sin cuidado – tampoco me atrevería a decir que todo, absolutamente todo lo que dice son arcaísmos de cincuentona beata – algo de eso hay, evidentemente – pero insisto en que el ciudadano ya tiene edad (178 años si recuerdo bien, ya no está en pañales) para prescindir de tanto control social (textual) y empezar a cometer sus propios errores y a vivir su propia vida; de lo contrario, con ese régimen sofocador, está en riesgo de convertirse en maricón del peor género, de ésos que llevan camisas bordadas y andan peleándose con todo el mundo, porque piensan que con la notoriedad de su condición y con algún que otro gesto amanerado y petulante se salvan siempre.
Bah.
Acostumbrémonos – yo lo hice, a los 13 años (otro post) – a que papá no está, y a que tenemos que descubrir nosotros mismos lo que está bien y lo que está mal. Valoremos a aquella madre que, aunque duela, y sí duele, sepa dar libertad a sus hijos en pro de su crecimiento y madurez. Las que lo hacen suelen ser recompensadas a la larga. No cambiaría mi larga retahíla de issues por Buen Vivir alguno, si viene en esos términos y con esas condiciones.
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