Mosquero bermellón (Pyrocephalus rubinus)

Cuando llegué a Ecuador mi patrimonio total sumaba $400 en efectivo, una vieja guitarra, unas cuantas camisas y una colección de libros. Esos $400, en billetes de a veinte, los guardaba en una especie de cinturón de lienzo que llevaba debajo de la ropa.

Mi primera mañana en Ecuador fue amenizada por la visión de un viejo pescador que pasaba debajo del balcón, con un pescado enorme colgado del manillar de su bicicleta. Más tarde pasó otro, esta vez llevando a una señora viejísima como saco de arroz. Poco a poco el aire frente al balcón, ese aire puro Guayas de una soleadísima madrugada de enero, se llenó de aves fragata de muy diversos tamaños y orientaciones, como piezas de un desenfadado puzle hitchcockiano. Me tomé una bebida que me decían que se llamaba “jugo de tomate de árbol”, me desperecé y me dediqué a la tarea de seducir a la mujer con la que estaba. Se dejaba. En ese mundo irreal en el que había aterrizado casi por accidente, hasta yo podía jugar a ser amante: el amante de alguien.

Poco a poco, a base de preguntas, en los días posteriores empecé a entender que estaba en un país diferente a los demás que conocía, un país sin leyes, también aparentemente sin nexos con nada de aquello que yo reconocía como cultura (no soy chovinista a este respecto: lo que para mí es cultura no tiene por qué serlo para otros, y el que a mi nueva amante no le sonaran los nombres ni de Fred Astaire ni de William Shakespeare ni siquiera de Pablo Neruda me tuvo sin cuidado: la cultura de aquí sería, simplemente, diferente). Para mí, recién llegado de Europa, lo más interesante fue observar que el papel del Estado en este nuevo país se limitaba (siempre según mi nueva amante) al de fregar. Ese Lucio fregaba bastante: interrumpía la programación de la tele (surrealistamente mala) con unos indescriptibles spots donde se le veía cabalgando en medio de una muchedumbre aduladora; fregaba, más adelante, todavía más con sus Pichicortes y sus zigzagueantes intentos de atizarle las débiles llamas de la economía. Pero eso era lo único que hacía. Por lo demás, clarísimo que el Estado no contaba para nada. La policía, lejos de precautelar la seguridad ciudadana, actuaba con toda franqueza como una pandilla más, robando, extorsionando y lucrándose a diestra y siniestra; el ejército, quietito y calladito, se dedicaba a bombear sus cuentas bancarias con los fondos mal habidos de Cabrera o con las ventas de armas a las FARC; el fisco se dedicaba a molestar solamente a esos cuatro gatos que no habían entendido las reglas del juego de las coimas; los jueces de vez en cuando se dignaban en dictar alguna sentencia a cambio de una entrada para el próximo Mercedes; los congresistas se iban de farra y a montarse escándalos de ménage à trois en hoteles peruanos; los bombones de gas subsidiado cruzaban alegremente la frontera en interminables caravanas; a las carreteras se les crecían cada día nuevos vigilantes acostados de fabricación casera, como solución barata a esas imprudentes velocidades que difícilmente se conjugaban con esos cavernosos hoyos que nunca se arreglaban. Los autobuses en vez de detenerse, ralentizaban, y la mitad de los usuarios iban cojos. En los cárceles, uno podía entrar de visitante con un par de AK-47s y un saco lleno de cocaína y no te decían nada. La comida de este sorprendente país era horrible (¿dónde más se puede pedir en un restaurante un plato con el nombre de aguado de menudencias, o séase, runny slops?), y su música, con excepción de la divina Carmencita Lara, bochornosa; pero no pude más que quedarme admirado y maravillado ante tanta novedad, ante tanta demostración de que otro mundo sí era posible.

Entonces – decía yo para mis adentros – entonces ¿realmente no hace falta para nada tener un Estado, tener un gobierno? Entonces, ¿todo ese cuento que te meten en Europa, todo eso de que sin un Gobierno nadie podría sobrevivir ni un solo día, todo eso es falso?

Cuando caminaba por Durán, muchas veces casi me caí en alguno de los incontables huecos que había en la vereda. En este país, me decía, se nota que nadie es legalmente responsable de los accidentes. Mi amante comía guineos y botaba las pieles en los bordes de la calzada. Los cigarrillos y las aspirinas se vendían por unidades. Cuando necesitabas un arma, cualquier policía de tropa se aprestaba a venderte uno. Los semáforos eran simples adornos caprichosos. En fin, era un paraíso. Quizás no lo he descrito bien, pero era un paraíso. ¿Qué quieren que les diga? Tenía a una amante que se dejaba.

Luego se nos acabaron los $400.

Me fui a trabajar en un colegio “de ricos”. Como ya dije en otro post, ahí arrancó el infierno. No tenía la más mínima idea de cómo dar clases a esos adolescentes hijos e hijas de la perruqueoisie. No entendía, y sigo sin entender, sus infatigables ganas de joder, de burlarse de los demás, de humillar y de pisotear al débil (ése era yo). Nunca en mi vida había tenido que dar órdenes ni ponerme en plan autoritario: ahora era un requisito contractual. Lo intentaba, pero no me salía, o me salía por la culata. Era objeto de mofa permanente, en parte porque mis alumnos me veían como alguien “de pueblo” (textual). Lo que es más importante, mis clases no salían bien. Los que querían, aprendían lo reglamentario: los que no (los importantes), nada, o poca cosa. Cada día era un nuevo fracaso.

Lo dejé, prefiriendo la honrosa pobreza y los consiguientes problemas matrimoniales. Nunca me he arrepentido de esa decisión. No hay deshonra peor que la de cobrar por un trabajo que no sabes hacer bien.

Ahora, a la vista de tanto odio clasista atizado por el Presidente y secuaces (tal vez debo precisar que acabo de husmear en una página de comentarios sobre un artículo de El Comercio: escalofriante), se me ocurre por primera vez la pregunta: ¿por qué no llegué a odiar, alguna vez en mi vida, a esos pelucones que nacen, según el dicho anglosajón, con cuchara de plata en la boca? ¿Por qué ni siquiera llegué a sentir resentimiento de esos alumnos previsiblemente burgueses que me hacían señales obscenas desde sus autobuses escolares o desde el Hyundai de papá mientras yo aguardaba el autobús fuera del colegio? ¿Por qué, a diferencia del actual Presidente, ni siquiera llegaron a figurar esos misteriosos pelucones en mi visión de lo que es este maravilloso país donde ahora resido?

Primera respuesta: vengo preparado por la vida. Me explico. Desde niño, por razones digamos que médicas o genéticas, me tuve que acostumbrar a la idea de que no, mentira, las personas no son iguales ni hay gobierno ni constitución alguna que pueda conseguir que sean iguales, pues siempre habrá personas como yo que arrastren hándicaps para los cuales la única solución pasa por la resignación, la adaptación y el sentido de humor. De acuerdo con otro post anterior, y para no aburrirle al lector, digamos que fui desde bastante niño gato de tres patas. Por lo demás, evolución similar al de Correa: adolescencia “traumada”, pobreza familiar, padre ausente, becas, brillante carrera académica, docencia. En medio, como recuerdo especial, esas navidades donde, para sacar algo de plata, pasé la Nochebuena trabajando de ascensorista en el Café Royal de Londres, lugar más requetepelucón imposible. Mi uniforme era azul, con botones dorados y unos guantes blancos que no tenía que llevar puestos sino colgados ordenadamente por debajo de los épaulettes de la chaqueta. El trabajo era fácil: subir y bajar a tanto VIP en el ascensor, repetir una frase servil aprendida de memoria al abrirse la puerta. Sólo que esa noche había fiesta de debutantes, vinieron a tocar el grupo de moda de aquel entonces, Spandau Ballet (las únicas propinas que recibí en esos meses fueron las de sus roadies), y más o menos por la medianoche, ya empezaron las niñas ricas a devolver el caviar y el champán al entorno exterior o extracorporal. Total, tuve que dejar el puesto para ir gateando por esas alfombras millonarias con un trapo húmedo, limpiando vómito pelucón antes de que se incrustara y se secara. Supongo que en momentos así, uno empieza a odiar o se vacuna contra el odio para largo. Yo me vacuné.

Me vacuné, tal vez porque una hora antes me habían llamado unos fotógrafos de no sé cuál revista de alta sociedad para que posara en una fotografía de no sé cuáles debutantes donde se echaba en falta algún lacayo para dar el toque picante. Fui elegido para sujetarle la pierna a una chica de apellido guionizado que podía haber tenido mi edad o poco menos. La pierna, enfundada en una fina media francesa, pesaba poco, pero descansaba confiada en mis sudorosas manos. Nunca antes había tocado una pierna así, una pierna tan cara, ni llegaría jamás a tocar otra igual. No se puede odiar una pierna así. Todavía de vez en cuando sueño con esa pierna. (Diría que con la edad, cada vez más.)

No tiene sentido odiar al niño aniñado porque todos los niños lo son. No soy tan ingenuo como para creer que de haber laborado en un colegio fiscal de suburbio los alumnos hubieran sido unos angelitos. Habrían sido exactamente iguales, sólo con otro vocabulario. La clase social no define a las personas. Para lo único que sirve es para hacerte soñar con piernas vedadas. Razón de ser suficiente, en mi opinión. Me gusta la diversidad.

Así que lo siento, pero el pelucón no me quita el sueño a mí como a Rafael. Y aquí viene la segunda respuesta:

Si me dicen Ecuador no pienso en ese colegio porque no vale la pena perderse un momento de esta vida pensando en lo que no te fue bien. En lo que sí pienso es en ese papamoscas escarlata que cada día me saludaba desde un poste de teléfono al bajarme del autobús en Sauces, donde por aquel entonces vivíamos. No hay papamoscas escarlatas en Europa. Ni uno. Así que cada día ocurría el milagro: cada día regresaba del trabajo cargado de pesar y de tristeza, y cada día volvía a aparecer ese pájaro que a mí me recordaba el paraíso, ese pájaro que era personificación viva de la simpatía y de la felicidad. No podía atraparla, no podía tenerla, pero la felicidad estaba ahí, cada tarde, a unos pocos metros de la puerta de nuestra casa alquilada. Y tal vez, como sucedió con esa pierna, tenerla cerca, poder verla, era suficiente, era un privilegio para el que nada de mi vida hasta entonces me había preparado.

Comments

  1. You are GOLD (gold) always believe in your so-oul... Spandau Ballet FTW.

    ¿Por qué dejaste España? OK, hay 10% de desempleo pero ¿No estarías cobrando el paro? En Gran Bretaña los desempleados también cobran beneficios. Quizás deberías hacerte de cierta religión para recibir $1100 mensuales por desempleo.

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