Mi maniqueísmo
El dolor de muela, soportado estoicamente durante días, a veces tiene estos efectos. A pesar de ser enemigo declarado del maniqueísmo de cualquier índole, voy a seguir el consejo de esa muela cavernosa y caer en mi propio maniqueísmo, voluntaria y voluntariosamente, durante unos minutos. Después de eso, me tomaré un ibuprofeno y me iré a dormir. Mañana será otro día.
Hay dos tipos de personas: los controladores y los no controladores. Que el conjunto de los no controladores sea idéntico al de los controlados, es una calenturienta fantasía de controlador devoto a artesanales manualidades de alcoba y papel Kleenex. En realidad, por mucho solapamiento que se observe entre las dos categorías, son bien distintas. El hecho de que yo, por ejemplo, no tenga el más mínimo deseo de imponer mi voluntad sobre nadie, no significa que forzosamente tenga que seguir la voluntad de otra persona. El hecho de no ser pastor no implica ser borrego. Hay una tercera opción, que consiste en vivir su vida según sus propias luces, dejando que los demás hagan lo propio. Esta opción es la mía.
Hace unos siglos, algunos hombres – filósofos, escritores, estadistas – pensaron como yo. Supieron generalizar a partir de su propio temperamento individualista, y crear modelos de sociedades individualistas que nunca han sido superados, modelos que en la práctica demostraron su solvencia. Todavía hasta los más trasnochados controladores viven de los restos y las migajas de su legado cultural. El texto del nuevo proyecto de Constitución ecuatoriana demuestra claramente esa deuda, pues apela a conceptos de altivez, de soberanía, de dignidad humana, de una “sociedad de derechos” (sic) aunque en realidad los autores han hecho todo lo posible para que nada de eso sobreviva a aquella “revolución” que pretenden instaurar en el país. Esa hipocresía, ese doble discurso necesario, es lo que confunde y aturde a cualquiera que pretende entender el proyecto. Sin embargo, ponga la mirada fija en cualquier parte, y las verdades poco a poco se van asomando.
Ayer, por ejemplo, entré en una habitación donde la televisión estaba prendida sin sonido. No tenía idea de qué programa se estaba mostrando. Distraído, con el bebé en brazos, me quedé mirando la pantalla: se veía un músico, un guitarrista, hablando en lo que parecía una especie de entrevista. Debajo salió la leyenda: Fulano de Tal, Líder de Opinión.
Me quedé pensando. Para mí, la palabra “líder” es una de las más repulsivas del idioma. No solamente por ser un burdo, pretencioso e innecesario anglicismo, tampoco por ser una marca de cigarrillos de ínfima calidad, sino porque es una palabra que no está cómoda consigo misma: queriendo denominar a una persona creativa e innovadora, que es imitada por otros sin imitar ella misma, en realidad lo que hace es resumir, tanto en su génesis lingüístico como en su uso actual, una cursilería de eterno borrego semianalfabeta. Fíjense cuántos libros se venden cada año con títulos como “Cómo ser un Líder”, “Cómo aumentar su Liderazgo”, “Los hábitos que le transformarán en Líder”, etcétera. Lo cómico de todo eso, evidentemente, es que quien permita que un libro de autoayuda determine su forma de actuar, o quien se permita influenciar en sus aspiraciones por las modas editoriales, difícilmente llegará a “liderar” nada que no sea su propia peregrinación hacia el fracaso.
Por lo que no me sorprendió en absoluto escuchar a ese Correa el otro día jactándose de ser un “líder” cuyos pronunciamientos no eran susceptibles a ser juzgados con los mismos criterios (de cortesía, v.gr.) que para el común de los mortales. Otro tanto.
Pero volvamos a nuestro guitarrista.
Si hay algo más repulsivo que describirse como “líder”, es precisamente ese rematarlo con “…de opinión”. No niego que haya, en cualquier país o comunidad, “líderes de opinión” de facto, en el sentido de personas que por sus propios méritos y por su trayectoria personal y profesional, se han granjeado el respeto de gran número de personas, sobre cuyas opiniones influyen. Eso es innegable. Pero lo que no puedo creer es que una persona así vaya por el mundo dándoselas de “líder de opinión”, pues para serlo de verdad, al menos en una sociedad donde no reine el analfabetismo total, hay que mostrar cierta dosis necesaria de humildad, e insistir en ese preciado don que tiene cualquier ser humano que es la capacidad de pensar por uno mismo y no tragarse las opiniones prefabricadas de nadie.
Entonces, contemplando a ese dicharachero personaje en la pantalla muda, llegué a la conclusión de que lo de “líder de opinión” había sido una añadidura de mal gusto por parte de los creadores del programa, y que el sujeto así identificado, que parecía buena gente, ni se habría dado cuenta de ese detalle. Pero todavía estaba por determinar cuál era aquella profesión en que se había distinguido hasta el punto de convertirse en líder de opinión de facto, que presumiblemente lo sería: ¿era periodista tal vez, autor, sacerdote, cabecilla de algún partido político? En esos segundos empecé a sentirme irritado por aquella omisión, que me recordaba aquello que vi un día por casualidad en no sé qué programa de chismes: “Mengana de Tal, Famosa”. ¿No será, pensé vagamente, que estoy en un país donde se puede llegar a ser “famosa” sin hacer absolutamente nada para justificar tal fama, o ser líder de opinión sin haber demostrado públicamente tener opiniones bien fundadas sobre ningún tema? No será que ahora, para “liderar” la opinión pública sólo haga falta ponerse en escenario con una guitarra y complementar su frágil técnica instrumental con muecas y aspavientos de roquero aspirante a ídolo americano?
Pasaron unos segundos más, y el misterio quedó resuelto: bandera, puño cerrado en cerro, claro, todo fue propaganda política del gobierno.
Con lo cual el susodicho “líder de opinión” era presumiblemente un don nadie mediante quien, por estar de acuerdo con el gobierno, se pretendía captar algún que otro voto entre los jóvenes necesitados de ídolos y role models. (“Mira, ¡tiene una guitarra! ¡Es uno de los vuestros!”)
Ahora sólo falta que nos metan la misma apología del totalitarismo en clave de Háiscu Musical.
El tema de los controladores, de su epidémica proliferación en las sociedades occidentales, tendrá que esperar otro post. Voy a cerrar con otra cita, esta vez del blog de un tal Rafael Méndez Meneses, oscuro poetastro guayaquileño cuya producción online, a primera vista, oscila entre un deleznable entreguismo de aspirante a cargo gubernamental y un narcisismo sin límites (si pinchas en el perfil del autor encontrarás dos blogs creados con el fin exclusivo de promocionar su libro de versos).
Hay que decirle SÍ al cambio, SÍ a la naturaleza, SÍ a la juventud, SÍ a la despolitización de las instituciones, SÍ al control social, SÍ a la Revolución Ciudadana.
Léanlo de nuevo. “SÏ al control social”. Que se pueda decir eso sin disculparse ni avergonzarse: bueno, uno de tantos recordatorios de que, efectivamente, estoy en otro país.
Hay dos tipos de personas: los controladores y los no controladores. Que el conjunto de los no controladores sea idéntico al de los controlados, es una calenturienta fantasía de controlador devoto a artesanales manualidades de alcoba y papel Kleenex. En realidad, por mucho solapamiento que se observe entre las dos categorías, son bien distintas. El hecho de que yo, por ejemplo, no tenga el más mínimo deseo de imponer mi voluntad sobre nadie, no significa que forzosamente tenga que seguir la voluntad de otra persona. El hecho de no ser pastor no implica ser borrego. Hay una tercera opción, que consiste en vivir su vida según sus propias luces, dejando que los demás hagan lo propio. Esta opción es la mía.
Hace unos siglos, algunos hombres – filósofos, escritores, estadistas – pensaron como yo. Supieron generalizar a partir de su propio temperamento individualista, y crear modelos de sociedades individualistas que nunca han sido superados, modelos que en la práctica demostraron su solvencia. Todavía hasta los más trasnochados controladores viven de los restos y las migajas de su legado cultural. El texto del nuevo proyecto de Constitución ecuatoriana demuestra claramente esa deuda, pues apela a conceptos de altivez, de soberanía, de dignidad humana, de una “sociedad de derechos” (sic) aunque en realidad los autores han hecho todo lo posible para que nada de eso sobreviva a aquella “revolución” que pretenden instaurar en el país. Esa hipocresía, ese doble discurso necesario, es lo que confunde y aturde a cualquiera que pretende entender el proyecto. Sin embargo, ponga la mirada fija en cualquier parte, y las verdades poco a poco se van asomando.
Ayer, por ejemplo, entré en una habitación donde la televisión estaba prendida sin sonido. No tenía idea de qué programa se estaba mostrando. Distraído, con el bebé en brazos, me quedé mirando la pantalla: se veía un músico, un guitarrista, hablando en lo que parecía una especie de entrevista. Debajo salió la leyenda: Fulano de Tal, Líder de Opinión.
Me quedé pensando. Para mí, la palabra “líder” es una de las más repulsivas del idioma. No solamente por ser un burdo, pretencioso e innecesario anglicismo, tampoco por ser una marca de cigarrillos de ínfima calidad, sino porque es una palabra que no está cómoda consigo misma: queriendo denominar a una persona creativa e innovadora, que es imitada por otros sin imitar ella misma, en realidad lo que hace es resumir, tanto en su génesis lingüístico como en su uso actual, una cursilería de eterno borrego semianalfabeta. Fíjense cuántos libros se venden cada año con títulos como “Cómo ser un Líder”, “Cómo aumentar su Liderazgo”, “Los hábitos que le transformarán en Líder”, etcétera. Lo cómico de todo eso, evidentemente, es que quien permita que un libro de autoayuda determine su forma de actuar, o quien se permita influenciar en sus aspiraciones por las modas editoriales, difícilmente llegará a “liderar” nada que no sea su propia peregrinación hacia el fracaso.
Por lo que no me sorprendió en absoluto escuchar a ese Correa el otro día jactándose de ser un “líder” cuyos pronunciamientos no eran susceptibles a ser juzgados con los mismos criterios (de cortesía, v.gr.) que para el común de los mortales. Otro tanto.
Pero volvamos a nuestro guitarrista.
Si hay algo más repulsivo que describirse como “líder”, es precisamente ese rematarlo con “…de opinión”. No niego que haya, en cualquier país o comunidad, “líderes de opinión” de facto, en el sentido de personas que por sus propios méritos y por su trayectoria personal y profesional, se han granjeado el respeto de gran número de personas, sobre cuyas opiniones influyen. Eso es innegable. Pero lo que no puedo creer es que una persona así vaya por el mundo dándoselas de “líder de opinión”, pues para serlo de verdad, al menos en una sociedad donde no reine el analfabetismo total, hay que mostrar cierta dosis necesaria de humildad, e insistir en ese preciado don que tiene cualquier ser humano que es la capacidad de pensar por uno mismo y no tragarse las opiniones prefabricadas de nadie.
Entonces, contemplando a ese dicharachero personaje en la pantalla muda, llegué a la conclusión de que lo de “líder de opinión” había sido una añadidura de mal gusto por parte de los creadores del programa, y que el sujeto así identificado, que parecía buena gente, ni se habría dado cuenta de ese detalle. Pero todavía estaba por determinar cuál era aquella profesión en que se había distinguido hasta el punto de convertirse en líder de opinión de facto, que presumiblemente lo sería: ¿era periodista tal vez, autor, sacerdote, cabecilla de algún partido político? En esos segundos empecé a sentirme irritado por aquella omisión, que me recordaba aquello que vi un día por casualidad en no sé qué programa de chismes: “Mengana de Tal, Famosa”. ¿No será, pensé vagamente, que estoy en un país donde se puede llegar a ser “famosa” sin hacer absolutamente nada para justificar tal fama, o ser líder de opinión sin haber demostrado públicamente tener opiniones bien fundadas sobre ningún tema? No será que ahora, para “liderar” la opinión pública sólo haga falta ponerse en escenario con una guitarra y complementar su frágil técnica instrumental con muecas y aspavientos de roquero aspirante a ídolo americano?
Pasaron unos segundos más, y el misterio quedó resuelto: bandera, puño cerrado en cerro, claro, todo fue propaganda política del gobierno.
Con lo cual el susodicho “líder de opinión” era presumiblemente un don nadie mediante quien, por estar de acuerdo con el gobierno, se pretendía captar algún que otro voto entre los jóvenes necesitados de ídolos y role models. (“Mira, ¡tiene una guitarra! ¡Es uno de los vuestros!”)
Ahora sólo falta que nos metan la misma apología del totalitarismo en clave de Háiscu Musical.
El tema de los controladores, de su epidémica proliferación en las sociedades occidentales, tendrá que esperar otro post. Voy a cerrar con otra cita, esta vez del blog de un tal Rafael Méndez Meneses, oscuro poetastro guayaquileño cuya producción online, a primera vista, oscila entre un deleznable entreguismo de aspirante a cargo gubernamental y un narcisismo sin límites (si pinchas en el perfil del autor encontrarás dos blogs creados con el fin exclusivo de promocionar su libro de versos).
Hay que decirle SÍ al cambio, SÍ a la naturaleza, SÍ a la juventud, SÍ a la despolitización de las instituciones, SÍ al control social, SÍ a la Revolución Ciudadana.
Léanlo de nuevo. “SÏ al control social”. Que se pueda decir eso sin disculparse ni avergonzarse: bueno, uno de tantos recordatorios de que, efectivamente, estoy en otro país.
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