El arenque rojo del aborto


Mi esposa, por razones ignotas, lo pronuncia “alborto”. Ya saben, eso de que una mujer embarazada decide que no quiere tener otro hijo, y actúa en consecuencia. ¿Por qué tanto alboroto?

Estamos en un país, claro está, donde se topa con la iglesia hasta en el retrete de la gasolinera. Y la iglesia dice que lo que hay en el vientre de la mamá 0.001 segundos después de la concepción es un ser humano, y que esa vida es sagrada. Sa-gra-da. Si otra persona me lo dice, tal vez le escucho, pero que la Iglesia me venga diciendo que la vida es sagrada ya es el colmo de los sarcasmos. Perdón, ¿cuántos murieron en las cruzadas? ¿Qué fue aquello del sitio de Montségur? ¿La vida no era sagrada entonces? Perdón, recuérdenme, parece que me olvidé, ¿qué fue aquello del Santo Oficio? No me acuerdo, ayúdenme monseñores, ¿quién fue ese tal Torquemada? Ajá, y ¿la vida es sagrada, dicen ustedes? Saben qué, si realmente hubiera un Dios, no pasarían de la primera sílaba de ese “sagrada” antes de ser fulminados por semejante grado de hedionda hipocresía.

Bien. Para quien tenga uso simultáneo de al menos dos ó tres neuronas, ya hace siglos que la Iglesia no tiene autoridad moral para propinarle sermones a nadie – na-di-e – sobre lo sagrada que es la vida. Entonces, bueno pues, la responsabilidad de proteger y garantizar la vida queda entonces con… queda con… esperen…

[mete mano en un saco de lienzo y con dificultad extrae un papelito doblado. Lo abre, pone cara de comfle con yogur de frutilla y PROSIGUE:]
… ¡¡¡el ESTADO!!! [aplausos corteses] Sí, efectivamente, ustedes creían que después de ponerle al viejo de Herodes a cargo de la administración de un prequínder, no nos podíamos superar, pero ¡­ya ve que todavía hay sorpresas y más sorpresas! Sí, el Estado es quien ahora garantizará la vida de todas ustedes, incluidos aquéllos entre ustedes que todavía no han nacido, o tal vez no, en fin, depende de lo que decida nuestro Gran Hermano respecto a la interpretación de unos absurdos artículos escritos por una manada de babeantes y megalómanos imbéciles con servomotores alzapatas y control infrarrojo, ¿qué les parece? A ver, ¿quién dijo eso?

Por favor, señores, un poco de seriedad. El aborto y el alborto son dos temas que requieren de una decisión moral por parte de un individuo, léase mujer, decisión que en el mejor de los casos no es nada fácil y lo menos que podemos hacer es no marearle con Grandes Hermanos de ningún tipo, tengan o no residencia celestial y barbas tropezonadas con caca de paloma blanca. El Estado aquí no tiene nada que decir, así que no les inflemos la cabeza a esas nulidades de gobernantes haciéndoles creer que tienen en sus manos las llaves del Bien y del Mal. Por último les voy a contar un cuento, a ver si se duermen de una vez:

Érase una vez, Jorge. Nótese bien, masculino singular. Érase una vez Jorge, y bueno, ese tipo era buena gente por lo general, sólo que tenía unas ganas de asesinar que se cagaba. Pensaba que si no mataba a alguien pronto, por lo menos en los próximos ocho meses, algo muy malo le iba a suceder. Entonces, como tenía esa necesidad de matar, y no podía esperar, y el asesinato estaba despenalizado, pues entonces fue y asesinó a alguien. Colorín, colorado, fin de la historia.
Si creen que le falta realismo a este cuento, es que no han escuchado nada todavía.

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