Por qué me gusta todo lo feo

¿Qué significa feo para ti? Álvaro Noboa diciendo “adelante, Ecuador, adelante”? De acuerdo, pero visto cómo ha salido la alternativa, ya te da nostalgia, ¿verdad? Qué tiempos fueron aquéllos. Ese hombre realmente era un héroe mal comprendido, un intrépido paladín de la inofensiva imbecilidad, de esa imbecilidad que tan mala prensa tiene en estos días, y tan injustamente, pues ¿qué mundo tendríamos si todos fueran béciles y no hubiera ningún imbécil para despuntar el contraste? Si Dios fuera pintor, la estupidez sería simplemente otro color más de su paleta, un azul celeste tal vez: y hay partes del cuadro donde sólo cabe ese color, y ningún otro. Hasta los mismos asambleístas (que Dios bendiga sus mediecitas de algodón) en su afán de quedar bien con la Santa Inquisición de lo Políticamente Correcto Norteamericano, y tal vez reconociendo vagamente esa necesidad de que la imbecilidad sea conservada dentro de nuestro medio ambiente como recurso de explotación, apenas no pudieron formar frase sin soltar alguna que otra “diversidad”, aunque normalmente la englobaban dentro de una “unidad”, por si las moscas o las correas. En fin, para mí no hay problema: la estupidez me ha fascinado y me ha atraído desde joven, y en mi mundo ideal ese Noboa tendría su propio chat show vespertino, y la asamblea montecristina sería un espectáculo permanente abierto a los turistas gringos para que pudieran entrar y tomar fotos de esas graciosas marionetas alzamanos eternamente enzarzadas en sus swiftianas discusiones sobre el Derecho a No Tener Que Dormir Encima De Esa Parte Mojada De La Sábana, o sus inacabables intentos (cual Sísifo) de crear un texto no susceptible de revisión y descomposición por parte de la Comisión Reductora.

En esta vida, con quienes mejor me he llevado siempre ha sido con los basureros. No tanto por héroes, sino porque suelen frecuentar los mismos bares que yo frecuento, y porque son la gente más sabia del mundo, pues son los que se encuentran con la diversidad en estado crudo y sin censura alguna. Si quieres saber en qué tipo de sociedad vives, simplemente tienes que examinar sus desechos. El examen de heces es tan certero para una sociedad como para un cuerpo. Además, como diría Robin Williams en esa película, “en la basura a veces se encuentran cosas hermosas” (tengo prejuicio al respecto: mi primer Playboy lo encontré de niño botado en un bosque cerca de mi casa). Tal vez por esa fascinación con la basura pasé gran parte de mi infancia merodeando cerca de un enorme vertedero en las afueras de la ciudad, donde solían congregarse gran número de gaviotas hambrientas: allí tenía la sensación de estar cara a cara con una inmensa nirvana hedionda de pura sabiduría. Además, era mejor que estar en casa, donde sólo había varazos.

Más adelante, cuando pasé por mi época de católico practicante, objeto de mi devoción particular era ese San Telimondenus, oscuro santo medieval que lleva la distinción de ser patrón de la basura. Es posible que lo hayan desterrado de la enciclopedia católica en sus últimas ediciones, por aquello de que la Iglesia se ha visto obligado a esconder a muchos antiguos santos cuyos méritos han sido demostrados por la ciencia actual haber derivado del síndrome de Down más que de un ejercicio de humildad heroica, pero he aquí la última entrada que saqué al respecto:

San Telimondenus (1387-?, b. Ratzendorf, Alemania) Patrón de la basura. A una temprana edad sus padres le mandaron a vivir en un vertedero de basura municipal. Allí, se hizo amigo de muchas ratas y de varias bacterias, y se consagró a la contemplación religiosa de lechugas rancias, cáscaras de huevo vacías y restos de cocido de garbanzos con capas solidificadas de hongos azulados. Nunca aprendió a hablar, pero su aceptación de la Voluntad de Dios era tenida como notable por la gente del campo, quienes solían venir desde otros pueblos para botar verduras podridas y excremento encima de él, en señal de bendición. Tras su temprana muerte, cuyas causas no han sido aclaradas, se le empezó a atribuir diversos milagros, entre ellos la aparición de un cartón de leche vacío en la puerta de una anciana enferma de gota, y el­ ­repentino escabullimiento de un malévolo hombre amigo de un psiquiatra no existente. Al santo, según la tradición iconográfica occidental, se le pinta sosteniendo en la mano un reloj despertador no funcional comprado en un tienda llamada “El Dolarazo” regentado por asiáticos: su expresión habitual en estos retratos es de lírica decepción. Su día es el 12 de octubre.
(continuará)

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