Hazlo tú mismo
Si lo sabré yo, que poner "un negocio" es difícil. Desde que puse éste,
hemos vendido el carro (el reemplazo, un San Remo de la edad de mi esposa, sustituye el aburrido utilitarismo japonés del otro con un despliegue de latinidad, que va desde la boya del combustible, que no funciona, hasta el velocímetro, que tampoco, hasta las puertas, que no se pueden cerrar, hasta la caja de cambios, que rechaza la segunda, hasta la tapicería, que parece haber servido para transportar chanchos al matadero, hasta las manillas elevalunas, que a uno se le quedan en la mano, hasta la dirección, que tiene marcado sesgo izquierdista. A mi esposa no le gusta nada, pero un carro así se encomienda a mi perversidad característica, pues cuando en Roma, hay que conducir como los italianos, y es lo que me faltaba, experimentar en primera persona tanta latinidad chatarrera; además, da una sensación de poder en la carretera no tener que preocuparse por los choques, pues este carro si se choca seguramente queda con mejor aspecto que antes, al igual que el conductor. Así que apártese usted.)
hemos discutido (cosa habitual en los matrimonios. En mi caso, tales discusiones me resultan saludables, pues obligan a enfrentarse a cosas como la muerte solitaria (ya quedó claro que ella se queda con la casa, con el negocio y con todo; a pesar de todo, soy caballero); cada uno verá la muerte como quiere, tendrá su propia relación con ella, así que no voy a generalizar, sólo decir que en mi caso verla de cerca, digamos, a una distancia de días, o de horas, o como mucho de semanas, me trae a la mente dos cosas; primero, que mi deber en la vida no era trabajar, tampoco dar de comer a la familia (un momento de reflexión me convence que sin mí, mi esposa podría hacer todo eso seguramente mucho mejor que yo), tampoco era programar bases de datos, tampoco disfrutar, sino simplemente plasmar una particularidad. Me explico. El instinto de supervivencia no es otra cosa que el afán de autoreproducción programado en el gen, sin el cual no existiríamos; en mi caso, los genes que llevo son de muy mala calidad, pero eso no importa: el quid está en que como subproducto de la reproducción sexual, de las leyes evolutivas y de la incertidumbre heisenbergiana está (a la vista) esta maravillosa diversidad que hace que todo valga la pena a nivel personal: es decir, el hecho de que el universo de cada uno es distinto del de los demás. Esa progresiva simplificación de la personalidad que cada persona sufre a lo largo de los años, en parte obedece (de modo seguramente inconsciente) a ese mismo criterio: como seres vivos, nos esforzamos en no parecernos demasiado a los demás, descartando las semblanzas y favoreciendo la idiosincrasia, pues solamente así podemos garantizar no ser un simple clon de otro ser vivo, un ente prescindible, una redundancia andante. Hasta que, a estas alturas o bajezas (la última palabra me parece más descriptiva del síndrome de la mediana edad que ya se despide; "maleza", tal vez mejor todavía) por fin tenemos claro qué es lo que nos hace únicos. En mi caso, el problema no es el saberlo, sino el plasmarlo, y eso porque mi particular conjunto de perversiones difícilmente admite de un tratamiento literario de alto vuelo. Si tuviera tiempo, me inclinaría hacia la poesía formal simbolista (antes lo hacía) pero falta tiempo, falta tiempo. Además adolezco de cierta dosis de gandulería. Lo segundo que me hacer recordar ese pana tan del alma que es la muerte para mí: las carreteras hacia ninguna parte que atraviesan el finito campo, el sudor que a uno se le cae en los ojos al champear las paredes de la casa en medio de la maleza sumergida de invierno y de los amigos mosquitos, los momentos de sicotropia debajo de setos vivos al faltarle a uno la comida, todo aquello que intentaron plasmar los Beat, fallando principalmente en la trama argumental y en las distancias afectadas que tomaron respecto a nuestros primos carnívoros.)
hemos puesto la casa en venta...
"y etcétera": hay escualideces que no vienen al caso (the Girl With Colitis goes by). Hace meses me decían: cuidado no explotes a tus empleados, haciéndote empresaurio. Como todo saurio sabe, primero hay que comer. Ojalá tuviera ingresos de donde sacar plusvalía marxista, de donde egoistamente robar. Ojalá tuviera la opción de ser desalmado, para descubrir si lo soy o no lo soy. Ojalá tuviera clientes. Ojalá algo me funcionara en la vida. Ser egoista se me antoja un lujo inalcanzable en estas malezas.
Antes sólo lo sospechaba, ahora lo sé en carne propia: ser un mandado es fácil. Ser víctima (de otro, no de uno mismo) es fácil. Ser empleado es fácil. (Desempleado también, con un poco de práctica y un poco de maña. He conocido a desempleados profesionales que viven magníficamente: alguno hasta tiene hamaca y bebe Pilsener.) Tener reglas y leyes es fácil. Anoche, se nos acabó el gas y voy a comprar, en el susodicho jalopy: el vendedor me dice que no me puede vender, pues el Gobierno (bendito sea su nombre) recientemente ha prohibido que se venda gas a personas que se desplacen en automóvil. ¿Ven qué fácil? Ahora, como vivimos en la maleza y no estoy para trotes en bicicleta (que tampoco tenemos), no podemos cocinar con gas, pero bien mirado, eso no deja de ser una nueva facilidad que se nos ofrece, de parte del Gobierno (alabado sea su nombre) pues significa que ahora en vez de cocinar, mi esposa puede dedicarse a tareas más amenas, como leer el Telégrafo, cultivar bonsais, o intentar colgar bolitas de ají en sus orejas (los ladrones ya se llevaron todos sus aretes). En fin, lo más difícil del mundo es poner una empresa que funcione, y peor todavía, que funcione tan bien como para permitir la desalmada explotación de los trabajadores (es decir, que permita que uno hasta tenga empleados y todo). Lo normal, supongo, cuando uno intenta poner algo así, es que vaya directamente a la mierda (Do not pass Go. Do not collect $200.) pero no sin antes proporcionar una valiosa lección al empresario, que en mi caso habrá ejercido de secretario, contable, cartero, abogado, publicista, diseñador, programador, concerje, profesor, director, negociador, electricista, chófer, auxiliar de limpieza, cocinero, entre otras atribuciones pasajeras de las que prefiero no acordarme. Quiero decir que lo único que no he hecho para que prospere este negocio, es colocarme sombrero de copa. Es decir, ser "empresario" según la acepción digamos que popular. Y eso, porque lo popular apesta.
De ahí, que mucha gente, hasta algún que otro comentarista, prefiera que otros lo hagan. De ahí que cuando, después de lo que parece meses que no he podido ni escribir ni leer nada en línea, me acerco a los blogs, veo que dichos comentaristas, clonándose frenéticamente a sí mismos, no se han mudado ni un centímetro de esa gilipollez de la dimensión social de los medios de comunicación, es decir, del deber de esos medios de hacer por mí lo que no tengo la real gana de hacer yo mismo: informarme, contrastar, destilar alguna verdad servicial de la maraña de subjetividades, omisiones y partis pris que encontraré, sempiterna y forzosamente, en el discurso ajeno. Y que, además, dale que dale al cuco de los poderes fácticos, de la banca, de los intereses económicos y la larga noche neo. Veamos:
"A partir de ahora los banqueros no podrán ser dueños de medios. Tendrán que decidir a qué nomás se quieren dedicar." (El Gobierno (alabados sean sus hijos, sus nietos y casi todos sus hermanos))
"Defendemos la propiedad privada" (La Constitución olvidada, que ahora asume con dignidad su papel de resignada cachuda ante los flirteos de su marido con el neototalitarismo privador de gas doméstico)
Se me ocurre:
“Está prohibido que un vendedor de dentífricos sea también dueño de una camioneta roja.”
“Está prohibido que un taxista sea también dueño de una muela podrida.”
“Está prohibido que un turista escocés sea dueño de unos prismáticos más nuevos que los míos.”
“Está prohibido que una profesora de universidad sea dueña de un grueso jersei de lana”
"Todos ellos tendrán que decidir a qué nomás se quieren dedicar."
El Gobierno (canturreado sea su excelso nombre) está en ello, no se preocupen.
El poeta, que ya murió, lo decía a menudo: “si ellos fueran obedecidos, no lo sobrevivirían.”
Faltaba más, pero se me acaba el tiempo. Que el Zelaya sea un miserable, concedido: que lo que le reemplaza ha sido peor, evidente (creo, a estas alturas). La importancia del elemento cherchez-le-narco, discutible: la falta de frontalidad del Gobierno (alabado sea su calientacuellos rojo) y su mendacidad al respecto, demostrados. A mí, simplemente, que no me callen quienes, a diferencia de mi pana muerte y mi enemigo trabajo, no tienen atribuciones para ello. Lo demás, últimamente, como quien oye llover. Tengo que concentrarme en lo mío.
hemos vendido el carro (el reemplazo, un San Remo de la edad de mi esposa, sustituye el aburrido utilitarismo japonés del otro con un despliegue de latinidad, que va desde la boya del combustible, que no funciona, hasta el velocímetro, que tampoco, hasta las puertas, que no se pueden cerrar, hasta la caja de cambios, que rechaza la segunda, hasta la tapicería, que parece haber servido para transportar chanchos al matadero, hasta las manillas elevalunas, que a uno se le quedan en la mano, hasta la dirección, que tiene marcado sesgo izquierdista. A mi esposa no le gusta nada, pero un carro así se encomienda a mi perversidad característica, pues cuando en Roma, hay que conducir como los italianos, y es lo que me faltaba, experimentar en primera persona tanta latinidad chatarrera; además, da una sensación de poder en la carretera no tener que preocuparse por los choques, pues este carro si se choca seguramente queda con mejor aspecto que antes, al igual que el conductor. Así que apártese usted.)
hemos discutido (cosa habitual en los matrimonios. En mi caso, tales discusiones me resultan saludables, pues obligan a enfrentarse a cosas como la muerte solitaria (ya quedó claro que ella se queda con la casa, con el negocio y con todo; a pesar de todo, soy caballero); cada uno verá la muerte como quiere, tendrá su propia relación con ella, así que no voy a generalizar, sólo decir que en mi caso verla de cerca, digamos, a una distancia de días, o de horas, o como mucho de semanas, me trae a la mente dos cosas; primero, que mi deber en la vida no era trabajar, tampoco dar de comer a la familia (un momento de reflexión me convence que sin mí, mi esposa podría hacer todo eso seguramente mucho mejor que yo), tampoco era programar bases de datos, tampoco disfrutar, sino simplemente plasmar una particularidad. Me explico. El instinto de supervivencia no es otra cosa que el afán de autoreproducción programado en el gen, sin el cual no existiríamos; en mi caso, los genes que llevo son de muy mala calidad, pero eso no importa: el quid está en que como subproducto de la reproducción sexual, de las leyes evolutivas y de la incertidumbre heisenbergiana está (a la vista) esta maravillosa diversidad que hace que todo valga la pena a nivel personal: es decir, el hecho de que el universo de cada uno es distinto del de los demás. Esa progresiva simplificación de la personalidad que cada persona sufre a lo largo de los años, en parte obedece (de modo seguramente inconsciente) a ese mismo criterio: como seres vivos, nos esforzamos en no parecernos demasiado a los demás, descartando las semblanzas y favoreciendo la idiosincrasia, pues solamente así podemos garantizar no ser un simple clon de otro ser vivo, un ente prescindible, una redundancia andante. Hasta que, a estas alturas o bajezas (la última palabra me parece más descriptiva del síndrome de la mediana edad que ya se despide; "maleza", tal vez mejor todavía) por fin tenemos claro qué es lo que nos hace únicos. En mi caso, el problema no es el saberlo, sino el plasmarlo, y eso porque mi particular conjunto de perversiones difícilmente admite de un tratamiento literario de alto vuelo. Si tuviera tiempo, me inclinaría hacia la poesía formal simbolista (antes lo hacía) pero falta tiempo, falta tiempo. Además adolezco de cierta dosis de gandulería. Lo segundo que me hacer recordar ese pana tan del alma que es la muerte para mí: las carreteras hacia ninguna parte que atraviesan el finito campo, el sudor que a uno se le cae en los ojos al champear las paredes de la casa en medio de la maleza sumergida de invierno y de los amigos mosquitos, los momentos de sicotropia debajo de setos vivos al faltarle a uno la comida, todo aquello que intentaron plasmar los Beat, fallando principalmente en la trama argumental y en las distancias afectadas que tomaron respecto a nuestros primos carnívoros.)
hemos puesto la casa en venta...
"y etcétera": hay escualideces que no vienen al caso (the Girl With Colitis goes by). Hace meses me decían: cuidado no explotes a tus empleados, haciéndote empresaurio. Como todo saurio sabe, primero hay que comer. Ojalá tuviera ingresos de donde sacar plusvalía marxista, de donde egoistamente robar. Ojalá tuviera la opción de ser desalmado, para descubrir si lo soy o no lo soy. Ojalá tuviera clientes. Ojalá algo me funcionara en la vida. Ser egoista se me antoja un lujo inalcanzable en estas malezas.
Antes sólo lo sospechaba, ahora lo sé en carne propia: ser un mandado es fácil. Ser víctima (de otro, no de uno mismo) es fácil. Ser empleado es fácil. (Desempleado también, con un poco de práctica y un poco de maña. He conocido a desempleados profesionales que viven magníficamente: alguno hasta tiene hamaca y bebe Pilsener.) Tener reglas y leyes es fácil. Anoche, se nos acabó el gas y voy a comprar, en el susodicho jalopy: el vendedor me dice que no me puede vender, pues el Gobierno (bendito sea su nombre) recientemente ha prohibido que se venda gas a personas que se desplacen en automóvil. ¿Ven qué fácil? Ahora, como vivimos en la maleza y no estoy para trotes en bicicleta (que tampoco tenemos), no podemos cocinar con gas, pero bien mirado, eso no deja de ser una nueva facilidad que se nos ofrece, de parte del Gobierno (alabado sea su nombre) pues significa que ahora en vez de cocinar, mi esposa puede dedicarse a tareas más amenas, como leer el Telégrafo, cultivar bonsais, o intentar colgar bolitas de ají en sus orejas (los ladrones ya se llevaron todos sus aretes). En fin, lo más difícil del mundo es poner una empresa que funcione, y peor todavía, que funcione tan bien como para permitir la desalmada explotación de los trabajadores (es decir, que permita que uno hasta tenga empleados y todo). Lo normal, supongo, cuando uno intenta poner algo así, es que vaya directamente a la mierda (Do not pass Go. Do not collect $200.) pero no sin antes proporcionar una valiosa lección al empresario, que en mi caso habrá ejercido de secretario, contable, cartero, abogado, publicista, diseñador, programador, concerje, profesor, director, negociador, electricista, chófer, auxiliar de limpieza, cocinero, entre otras atribuciones pasajeras de las que prefiero no acordarme. Quiero decir que lo único que no he hecho para que prospere este negocio, es colocarme sombrero de copa. Es decir, ser "empresario" según la acepción digamos que popular. Y eso, porque lo popular apesta.
De ahí, que mucha gente, hasta algún que otro comentarista, prefiera que otros lo hagan. De ahí que cuando, después de lo que parece meses que no he podido ni escribir ni leer nada en línea, me acerco a los blogs, veo que dichos comentaristas, clonándose frenéticamente a sí mismos, no se han mudado ni un centímetro de esa gilipollez de la dimensión social de los medios de comunicación, es decir, del deber de esos medios de hacer por mí lo que no tengo la real gana de hacer yo mismo: informarme, contrastar, destilar alguna verdad servicial de la maraña de subjetividades, omisiones y partis pris que encontraré, sempiterna y forzosamente, en el discurso ajeno. Y que, además, dale que dale al cuco de los poderes fácticos, de la banca, de los intereses económicos y la larga noche neo. Veamos:
"A partir de ahora los banqueros no podrán ser dueños de medios. Tendrán que decidir a qué nomás se quieren dedicar." (El Gobierno (alabados sean sus hijos, sus nietos y casi todos sus hermanos))
"Defendemos la propiedad privada" (La Constitución olvidada, que ahora asume con dignidad su papel de resignada cachuda ante los flirteos de su marido con el neototalitarismo privador de gas doméstico)
Se me ocurre:
“Está prohibido que un vendedor de dentífricos sea también dueño de una camioneta roja.”
“Está prohibido que un taxista sea también dueño de una muela podrida.”
“Está prohibido que un turista escocés sea dueño de unos prismáticos más nuevos que los míos.”
“Está prohibido que una profesora de universidad sea dueña de un grueso jersei de lana”
"Todos ellos tendrán que decidir a qué nomás se quieren dedicar."
El Gobierno (canturreado sea su excelso nombre) está en ello, no se preocupen.
El poeta, que ya murió, lo decía a menudo: “si ellos fueran obedecidos, no lo sobrevivirían.”
Faltaba más, pero se me acaba el tiempo. Que el Zelaya sea un miserable, concedido: que lo que le reemplaza ha sido peor, evidente (creo, a estas alturas). La importancia del elemento cherchez-le-narco, discutible: la falta de frontalidad del Gobierno (alabado sea su calientacuellos rojo) y su mendacidad al respecto, demostrados. A mí, simplemente, que no me callen quienes, a diferencia de mi pana muerte y mi enemigo trabajo, no tienen atribuciones para ello. Lo demás, últimamente, como quien oye llover. Tengo que concentrarme en lo mío.
No sorprenda a nadie, que pronto, y como diría el filósofo de monólogos Michelena, se publique en el registro oficial y luego se eleve a ley de la república vía asamblea, un acápite que diga:
ReplyDelete"Prohibido cacar mas de una libra"
Claro está, dentro de poco, eso no será una de esas leyes inaplicables. Tal y como va la economía, el pueblo, pujando, pujando, llegará a las 2 onzas de mierda. Las cagadas descomunales serán cosa rutinaria y exclusiva de los obesos revolucionarios y uno que otro pelucón.
Le hemos extrañado, mi dilecto emperador, ya no voy a molestarme en recordarle su inmortalidad (que parece dispuesto a rechazar de manera tan rebelde como inútil) pero deseo reiterar mis más sinceras consideraciones de admiración y estima.
ReplyDeleteSobre la frenética clonación de los que carecen de la conexión neuronal imprescindible para generar un sólo pensamiento original y prefieren el adorno tedioso de las citas ajenas en un fatuo ejercicio de lorismo cacatúo perpétuo, sólo añadir una reverencia con adorno, en amago genuflexo, al alimón de cuesco con sordina, en dedicatoria al interfecto.