Raza

Yusuf, mi tutor de árabe allá en España, me contó que una vez solicitó por teléfono un empleo, anunciado en el diario local, de ayudante en una gasolinera. En la conversación telefónica, le dieron a entender que el trabajo era suyo. Sin embargo, cuando se presentó, le rechazaron alegando que "su apariencia no era la adecuada". "¿Qué quieren ustedes?" les contestó. "Si lo que necesitan es un traje de Pierre Cardin, denlo por hecho". Pero no era el traje. El problema era que si bien hablaba un castellano perfecto (y un francés ídem, y un inglés pasable, y tenía tres títulos universitarios) al hombre "se le veía" (en la piel, en el pelo, se supone, tal vez en las facciones, no sé) origen magrebí. Y eso, claro, era un obstáculo insuperable. ¿Cómo iba a saber un marroquí destapar el depósito de gasolina de un carro? por muchos títulos que tenga. Absurdo. Así que de trabajo nada. El tipo lo tomó filosóficamente. Yo en su caso, tal vez no tanto.

Una mujer anda por la avenida Quito, vestida del uniforme de la empresa donde trabaja: tacones, falda, chaleco, todo escrupulosamente reglamentario. Un grupo de hombres, parados en una esquina, se ponen a gritar. ¡Muñeca! ¡Mamiitaaa! ¡Ven acá, amorcito! De repente a la mujer le entran unas ganas locas de coger un ladrillo del suelo y lanzárselo a la cabeza de alguno de ellos. Por prudencia o por no dar la nota, se resiste al impulso.

Yo, el otro día, me encontraba parado en la columna de gente que esperan retirar sus medicamentos de la farmacia del Hospital de Durán. Llevaba allí como dos horas (algo normal: en la IESS hay una política de contratación que por aquello de la acción afirmativa, favorece a la especie de las tortugas: en aquella farmacia sólo trabajan galápagos, nada de humanos). Un tipo regordote sube la escalera, se dirige a alguna enfermera, pregunta dónde está la farmacia. Se le indica. El man escudriña la larga columna, luego me ve a mí. En un segundo está delante mío, con el consabido "Disculpe, yo estuve aquí antes". Yo ya tengo bien ensayada mi respuesta en tales circunstancias, el gesto amenazador y todo, pero antes de que pueda decir nada, el otro que había estado delante de mí, el de la camiseta de rayas, interrumpe: "es verdad". Él y el gordito se miran como medio sorprendidos, se sonríen, se hacen guiños. No hay ladrillos siquiera para lanzar.

EL concepto de raza, como acertadamente dijo el otro día alguna ministra (podía haber sido incluso la chiflada de la Charvet) pertenece al pasado, donde únicamente luce como título de una película guionizada por el Generalísmo Francisco Franco (la secuela, "Matazz", no llegó ni a estrenarse). Es simplemente un anacronismo científico, como el flogiston, las sanguijuelas, la frenología, la terapia del electrochoque, la astrología, los humores medievales, el "detector de mentiras", etcétera. Hay un consenso científico sobre que la raza humana es una sola; y a quienes se empeñen en dividir nuestra especie en seis, o sesenta, o seiscientas (nunca se pondrán de acuerdo) "razas" con sendas morfologías y pigmentaciones, no se me ocurre mejor respuesta que "ven a Ecuador": pues el que viviendo en este país pueda seguir creyendo en razas habría de ser o ciego, o tonto, o ambas cosas a la vez. Si en algún otro país existen "negros", "amarillos" "blancos", "caucásicos", "afroloquesea", pues será su problema: aquí cada persona tiene su color, su tez, tono, matiz, que como las huellas dactilares muestran infinidad de variaciones: aquí, o hay una sola raza o hay trece millones de ellas; no hay término medio mínimamente sustentable.

A menos, claro, que practiques una suerte de posterize automático, un filtro y una simplificación mental para adecuar la información al prejuicio. También es cierto que la gente sólo ve lo que quiere ver.

Si la raza ha muerto, el racismo en cambio no. De ello se encargan los gobiernos, como el de Ecuador, que a pesar del descubrimiento de la Charvet del Ocho, no tuvo empacho en preguntar en el último censo con qué raza "se identificaba" el censado. (Y soy testigo ocular de que algunos estudiantes ni siquiera se molestaron en preguntarlo: ellos mismos llenaban la casilla con los datos que estimaban obvios). ¿Por qué un regimen supuestamente socialista, progre, "anti" racista haría una pregunta tan obscena a más de inútil? No sé la respuesta, pero se me viene a la mente que la misma ministra del otro día, después de darle por enterrada a la raza, nos sacó de la manga algún aborto de vocablo como eso de la "multiculturalidad". Sí, señores, prácticamente textual: "la raza, eso ya no existe: ahora lo que se lleva es la multi-cul-tur-alidad" (con esa pedante separación de sílabas tan propia de las pedagogas fru-stra-das).

¿Para qué sirve la multiculturalidad, y qué come en invierno? Fascinantes preguntas.

Para mí que los devotos de lo multi lo que les pasa es que quieren seleccionar sus prejuicios en buffet libre, y que la sociedad, el gobierno y las leyes les acolite en esa personalísima selección. Si hoy en día ya no se lleva la raza, aprovechemos otro término, el de las "culturas", para seguir haciendo lo que hemos hecho siempre: clasificar y encasillar a los seres humanos, estereotiparlos, adoptar actitudes paternalistas y desarrollar políticas insultantes. Plus ca change, plus c'est la meme chose. Sólo con la ventaja de que el cuento de las "culturas" endiosa más al político narcisista, pues si es evidente que una persona no puede ser de más de una raza (salvo en EEUU, donde abundan los irlandeses-escoceses-judíos-cheroquíes, y sólo hablo de los perros), en cambio el político estilo Charvet puede demostrar su superioridad al resto de los mortales siendo ampulosamente multi. Tú, simple ciudadano, tienes tu cultura: yo, ex columnista del Telégrafo y ministra del Gobierno de la Revolución, tengo todas las culturas, y además soy tan buena que te incluyo. Doy mi real beneplácito a tus peculiares costumbres, a tus lanzas y tus plumas y tus curiosos instrumentos musicales, a tu pintoresco atuendo y a tu incomprensible idioma. Te garantizo tu espacio en la tele, tu traducción de la Constitución, tu porcentaje de las ondas de radio... pero solamente en tanto cumples con mi estereotipo, encasillándote en esa cultura en que se supone tienes que ser servil y agradecido ante tus amos y señores, dedicarte a bailar y a azotar con ortigas, o a sonreir con espléndida dentadura en los espots del gobierno. Pobre de ti si te atreves a más, si pretendes ser un individuo. De modo que el discurso político actual, en lugar de fomentar esa igualdad ante las instancias gubernamentales (necesariamente colorblind, gender-blind, etcétera) que forma la base de un estado de derecho, se vuelve truculento y fetichista, cultivando según capricho ora este grupo clientelar ("sector"), ora aquél, dignificando con el calficativo de "cultura" al segmento de la población electoralmente prometedor, y menospreciando a los favorecidos de ayer. En lo único que muestran constancia es en el paternalismo, que no falte. Y últimamente, en la espectacularidad de las tonterías propuestas, como eso de establecer reglas de jubilación voluntaria diferentes para hombres y mujeres, y luego tildar de "sexistas", con magnífica ironía, a quienes critican tal indefensible barbaridad.

He dicho que lo único correcto en política es ser colorblind (daltonista, menos en Durán, donde daltonismo es otra enfermedad): a mí eso me parece una evidencia. Las anécdotas arriba deben enseñar el por qué. Si no, aquí hay otra, aunque creo que ya lo conté hace tiempo. Estuve en el Policentro, al lado de las fuentes. Se me acerca un hombre trajeado, de una cierta edad, y con una sonrisa jovial me pregunta muy educadamente en un inglés de colegio caro de dónde soy. "De Durán" le digo con cara de pocos amigos. "No, pero usted no es de aquí", medio riendo. Tuve un impulso muy fuerte de empujarle al tipo, de darle una bofetada, de arrancarle la oreja de un mordisco. En Inglaterra estas reacciones se considerarían completamente normales y adecuadas para el caso, pues apenas hay peor insulto que decir "usted no es de aquí" en ese tono de odiosa y provincial autosuficiencia, y peor todavía, basándose en solamente la apariencia, pues el tipo era un perfecto desconocido. Pero como soy viajado, sé que hay que contenerse. De lo que no hay duda es que lo suyo era racismo: en ese sentido general, amplio, del término, donde significa imponerle al otro tu propia definición de lo que es, basándose en prejuicios como en este caso la supuesta existencia de una morfología diferenciadora, gringa o europea, la misma que "garantiza" que se le puede colar delante en una columna - pues el gringo es de naturaleza cojuda - o que se le puede entablar conversación en un centro comercial sin pretexto alguno. Para mí, en cambio, soy de Durán, pues es donde vivo, y si no hay amistad previa no hay más que contar ni que preguntar. Mi historial de nacer y de vivir en otros lugares es algo privado que no concierne a nadie. En ese instante supe cómo se siente la mujer que "se supone" asequible, vacilable y piropeable solamente por el corte de su ropa. En una sociedad civilizada, lo que ineluctablemente significa mestiza (mestizaje es grandeza) uno no supone, espera entablar amistad para preguntar. Y si una sociedad necesita estas reglas no escritas para ser tal, ¿cuánto más los gobiernos?

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