The Retrozanahoriation of Man
Una cara lúgubre aparece en la reja de la ventana de la calle a las 9 de la noche. Esto en sí es algo normal, frecuente. La cara dice: Honey, I'm human. Aparece la Beta Half (v.14.0), quien le informa que tiene que ir a Abel Gilbert a comprar la pastilla (algún asunto de hormonas, cree). La cara lúgubre deja caer la maleta (¿cuántas personas tienen que ir a trabajar con maleta?) y emprende de nuevo el eterno viaje de Sísifo a la Cruz Azul.
Por el camino, piensa: ¿qué me falta para ser feliz? La respuesta es obvia: un bar donde sirven patatas bravas y sepia a la plancha, y una botella de tinto manchego. Sobre todo esto último. No parece gran cosa. Tal vez incluso serviría un cartón de ese tinto tipo "Don Simón" que venden en Mi Comisariato por $2.60, con tal de tener cola para calimochearlo. Tres cuartos de felicidad por lo menos. Pero la cuestión es que, como siempre en la vida, aquella pequeña cosita que necesita para ser feliz es justo lo que no tiene, lo que no puede tener, lo que está vedado por las circunstancias. En su actual situación económica, un cartón de vino de $2.60 es un lujo inalcanzable, tanto que ya ni se acuerda de la última vez que tomó vino, aunque estima que posiblemente hace un par de años se armó un calimocho un día, y blogueó copiosamente al respecto. La realidad ahora son las pastillas que hay que comprar a diario.
Como siempre en la vida.
Confusamente, recuerda que en aquella lejana época cuando tomaba manchego casi a diario, cuando con sólo la Yanira poblaba la mesa de botellas y de colillas (Fortuna y Ducados, pino y nieve en rústico contrapunto), no era feliz porque entonces faltaba otra cosita. ¿Qué era? Alguna tontería, cree, tipo "amor" o "sexo", algo que ahora se le antoja ridículo y perfectamente prescindible. Pensar en eso le deprime: es complicado reconocer que uno tiene tan poco en común con su anterior yo, su deleznable pasado, que con ese ser apenas hay base siquiera para una simple amistad.
¿Será - le pregunta al semáforo - que el ser humano es así? ¿Somos como esos burros que tienen la zanahoria suspendida de una caña montada en el cuello, para que camine que camine nunca la alcanzamos, aunque está siempre a un solo paso por delante?
Pero en su caso por delante no está, sino atrás, en el pasado. A la vista está. Hay que vivir en Ecuador para saber lo despampanantemente sibarita que es la existencia hasta del más humilde desempleado en España. Sibarita en comida, en bebida, en lluvia, en aire, en paisajes, en girasoles, en ideas. ¿Seguirán sirviendo boquerones rutinariamente con la cerveza en Segovia? Él cambiaría el arroz y las papas, hasta la yuca, de un año entero por un pescadito de ésos. Confusamente, se pone a intentar visualizar el burro con la zanahoria suspendida por encima del lomo: su cabeza torcida hacia atrás aunque los pies siguen hacia adelante. Es él.
Pero si siempre ha vivido de nostalgia, ¿qué cosa nostalgiaba antes de la Carmen? Curioso misterio. Tal vez aquella esquina de la infancia, la cual al torcerla arrancó ese cúmulo de equivocaciones que conforma su vida, su mente, su todo.
Y en realidad, cuando todavía creía necesitar "sexo" y "amor", lo que realmente quería era aquella persona que le llevara de vuelta a aquella esquina, para empezar de nuevo.
Por el camino, piensa: ¿qué me falta para ser feliz? La respuesta es obvia: un bar donde sirven patatas bravas y sepia a la plancha, y una botella de tinto manchego. Sobre todo esto último. No parece gran cosa. Tal vez incluso serviría un cartón de ese tinto tipo "Don Simón" que venden en Mi Comisariato por $2.60, con tal de tener cola para calimochearlo. Tres cuartos de felicidad por lo menos. Pero la cuestión es que, como siempre en la vida, aquella pequeña cosita que necesita para ser feliz es justo lo que no tiene, lo que no puede tener, lo que está vedado por las circunstancias. En su actual situación económica, un cartón de vino de $2.60 es un lujo inalcanzable, tanto que ya ni se acuerda de la última vez que tomó vino, aunque estima que posiblemente hace un par de años se armó un calimocho un día, y blogueó copiosamente al respecto. La realidad ahora son las pastillas que hay que comprar a diario.
Como siempre en la vida.
Confusamente, recuerda que en aquella lejana época cuando tomaba manchego casi a diario, cuando con sólo la Yanira poblaba la mesa de botellas y de colillas (Fortuna y Ducados, pino y nieve en rústico contrapunto), no era feliz porque entonces faltaba otra cosita. ¿Qué era? Alguna tontería, cree, tipo "amor" o "sexo", algo que ahora se le antoja ridículo y perfectamente prescindible. Pensar en eso le deprime: es complicado reconocer que uno tiene tan poco en común con su anterior yo, su deleznable pasado, que con ese ser apenas hay base siquiera para una simple amistad.
¿Será - le pregunta al semáforo - que el ser humano es así? ¿Somos como esos burros que tienen la zanahoria suspendida de una caña montada en el cuello, para que camine que camine nunca la alcanzamos, aunque está siempre a un solo paso por delante?
Pero en su caso por delante no está, sino atrás, en el pasado. A la vista está. Hay que vivir en Ecuador para saber lo despampanantemente sibarita que es la existencia hasta del más humilde desempleado en España. Sibarita en comida, en bebida, en lluvia, en aire, en paisajes, en girasoles, en ideas. ¿Seguirán sirviendo boquerones rutinariamente con la cerveza en Segovia? Él cambiaría el arroz y las papas, hasta la yuca, de un año entero por un pescadito de ésos. Confusamente, se pone a intentar visualizar el burro con la zanahoria suspendida por encima del lomo: su cabeza torcida hacia atrás aunque los pies siguen hacia adelante. Es él.
Pero si siempre ha vivido de nostalgia, ¿qué cosa nostalgiaba antes de la Carmen? Curioso misterio. Tal vez aquella esquina de la infancia, la cual al torcerla arrancó ese cúmulo de equivocaciones que conforma su vida, su mente, su todo.
Y en realidad, cuando todavía creía necesitar "sexo" y "amor", lo que realmente quería era aquella persona que le llevara de vuelta a aquella esquina, para empezar de nuevo.
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