Sacred Poles in Ancient Near Eastern City States (4)

"All of the leaves come down every time babies cry"
 - Chrissie Hynde, "Lovers of Today"

Mi año 1985.

Me despierto debajo de esa ventana practicada en el techo, y al lado de mis cuarenta botellas de cerveza de fabricación casera. En la noche soñé con disparos confusos, con jadeos y con caras demasiado cercanas: una de las botellas luce degollada, hay un charco de espuma, y vidrio por toda la habitación, incluída mi improvisada cama en el piso. Fermentación secundaria. El cristal, que obliga a ser cuidadoso, benévolo con los bártulos, describe mi nueva vida. Frente a mí, pegados en la madera de la pared, mis últimos dibujos: uno, una copia de una foto descubierta en una revista dominical, de dos mujeres que llevan entre ellas un cántaro, tomada durante la Guerra Civil Española. El otro, una representación de la Santísima Trinidad, donde la cara de Dios Padre es la de Marx, y Jesucristo es Lev Davidovich, con hacha de hielo enterrada en la cabeza. El Espíritu Santo tiene barbilla de Lenin.

Mis ojos empiezan a enfocarse. Muchas de las botellas, ahora, lucen vacías, salvo los inevitables restos de levadura: claro, ayer hubo fiesta, una fiesta para muy pocos. Un tal Keith, el sempiterno Organizador de Conciertos de Rock Benéficos para Causas Perdidas, con esa novia muda y retrasada que siempre le acompañaba como sombra: también había venido, durante un rato, ese anciano que semanas atrás conocí en Rhyl.

Porque cualquiera puede sentarse en un banco frente al mar.

El anciano galés, cuyo nombre ya no recuerdo, cuando yo le vi estaba envuelto en una gabardina vieja y descosida. Miré mi propia gabardina, también a la moda Charity Shop, de cuadros galeses gris oscuro con esos botones amarillos que yo mismo le había cosido, y decidí que podríamos ser hermanos a pesar de la diferencia de edad. Me senté al lado suyo y dije:

 - porque cualquiera puede sentarse en un banco frente al mar.

- Yo estuve en la Guerra de Corea - , me contestó - Mira.

Y arremangó la pata derecha de su pantalón, revelando una espinilla torcida, de color iracundo.

 - No hay modo de dormir - , continuó. - Hace demasiado frío. No tengo mantas.

 - ¿Has probado el Citizens Advice Bureau - ? le dije. - Yo trabajo ahí, quiero decir el de allá, de Connah's Quay. Tal vez le consigan algo.

En ésas, la pierna derecha de este hombre se ha vuelto enorme, como en un cuadro de Dalí. Llega un grupo de niños y empiezan a bailar tous en rond alrededor de esa espinilla torcida. El mar va y viene en la distancia como un mayordomo olvidadizo.

Estaba yo muy afectado porque en la Campaña Contra los Recortes en la Seguridad Social de Clwyd, había conocido a una mujer, de la que recién me decidía enamorado.

 - Estoy enamorado de una mujer - , le conté al viejo, ya que tenía la casi total seguridad de que él no escuchaba nada de lo que decía, debido a los gritos de las gaviotas - pero resulta casada y no creo interesarle. En cambio hay otra que dice estar enamorada de mí, pero yo de ella no. Es de Caergwrle y está casada con un taxista. Lleva pieles de animales ridículos, tales zorros y conejos. La única vez que pudimos estar juntos, resultó tener un coño del tamaño del Canal de Bristol. Ha parido cinco veces, ya sabes.

El viejo hizo un leve gesto de contrariedad, como si le decepcionara pensar que alguien pudiera tener un coño tan grande.

 - De todas maneras, si vienes aquí a diario, otro día le traigo una botella de cerveza. La hago yo mismo. No está mal. Quizás le sobra algo de levadura, pero el truco está en no apurar la botella.

Con eso, el viejo se entusiasmó un poco. Pronto me estaba enseñando la habitación donde vivía. Había una ventana completamente ausente, donde habitaba un trozo de cartón nomás. Pensé que quizás los veteranos de Corea, al ir a pelearse allá, se habían perdido las clases de arreglos domésticos.

Esa mujer de la que me había enamorado creo que una vez celebró conmigo mi cumpleaños: conmigo y con un montón de gente más, que por lo general era gordísima y se llamaba Tracey. Estoy casi seguro de ello. Nunca perdí esa fea costumbre de intentar aprovechar mi cumpleaños para maquinarme una cita con alguna diosa suplente.

Ahora, quedaba el cristal. Eso, y el recuerdo molesto de la semana pasada.

Había intentado aprovecharme de la simpleza mental de la hermana gemela de la novia de Keith, que recién había soltado el interesante dato de que los papás de ellas se pasaban en el pub, sin dirigirse la palabra, pues se odiaban mutuamente. ÉL había ido a casa de ellos, para pedirles la mano de su hija: había encontrado una especie de antro, lleno de excrementos.

Esa chica al final de la velada me dejó acompañarla a casa. A medio camino se quitó el zapato y me lo dio para llevar. Yo iba borracho perdido. Cuando llegamos a su casa, los dos nos acostamos juntos, sin mediar palabra. Me dormí instantáneamente. Cuando me desperté, noté la cama empapada. Pensé que probablemente el incontinente había sido yo, a pesar de que nunca antes me había pasado algo así. Me levanté preso de vergüenza y chuchaqui y me fui. Nunca más volví a hablar con ella.

Ahora, a levantarse, a arreglarse, a ir a hacer horas en el Citizens. Hoy probablemente tocará otra visita de esa señora infatigable que lleva ya tres años intentanto sacar del Municipio una indemnización por los daños causados por una grieta en el pavimento a su "bootee". Y yo que ni siquiera sé a ciencia cierta lo que es un "bootee". Siempre me pasan esos casos.

(continuará)

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