Sacred Poles in Ancient Near Eastern City States (2)
Nos graduamos. Ella se fue al norte a estudiar Derecho (pues ser licenciada en Teología como que no abre demasiadas puertas ni ensancha demasiados horizontes), y yo durante un tiempo me quedé en Oxford, ensayando con mi grupo, con la idea de convertirme en estrella de rock o por lo menos en éminence grise composicional detrás de alguna estrella, pues lo mío era componer y no tanto ensayar aspavientos en el escenario. (Mucho más adelante, el grupo, ya dedicado exclusivamente al ska, sí tuvo un modicum de éxito - googleen Maroon Town - e incluso volví a tocar con ellos un par de veces, en el festival de Tárrega y en un concierto en la Costa Brava). Para seguir viéndonos, echamos mano del hitch-hiking o autostop, medio de transporte que llegamos a dominar. Si íbamos juntos, yo me escondía tras algún poste y ella colocaba su toalla enrollada debajo del jersei, para simular un embarazo de varios meses. El carro se paraba y los dos caíamos encima como avispas sobre una jarra de cerveza. Una vez dentro del carro ella tanteaba las simpatías políticas del conductor, y si resultaba ser de izquierdas, con la labia de ella normalmente conseguimos que nos llevaran hasta la puerta de destino o muy cerca. Si no, a Holmes Chapel Service Station como mínimo, y de ahí, la ruta camionera (lo que se consigue con un simple disco de taquímetro). Fue por esa época que empezó a aflorar esa enfermedad mental suya que recuerdo bajo la etiqueta de The Helen De Witt Incident. Punto y aparte.
La tal De Witt, quien ahora es novelista consagrada y también googleable, había sido vecina de Yvonne en el colegio mayor donde ésta última (supuestamente) estudiaba. (Yo nunca la llegué siquiera a conocer.) Resulta que algún día, Yvonne se cruzó con ella en el pasillo. Iba ensimismada, y al saludo de DW (si es que la saludó: hay confusión al respecto) no contestó. Fin. Eso es todo. Así fue el incidente. Se resume en un no saludo. Ahora, lo extraño, por decir lo menos, es que durante por lo menos seis meses, tal vez un año, después de este incidente, Yvonne se atormentaba día y noche por ese supuesto agravio que había consistido en no saludar a una persona a la que apenas conocía. Incluso me decía que esa preocupación, esa obsesión por un saludo no hecho, le impedía dormir. A todo esto, se supone que mi papel era el de un psicólogo o consejero. No estaba yo muy preparado para eso, pero hice lo que pude. Le repetí y recalqué que era poco probable que DW recordara esa falta de saludo, y menos todavía que se haya sentido ofendida, y que aunque fuera así, realmente no importaba, pues nunca habían sido siquiera amigas. Intenté también distraerla como podía. En todo este proceso, que duró meses, recuerdo principalmente tres cosas. Primero, lo terrible que resulta ser el no poder dormir; es decir, el estar muerto de sueño y tener que seguir escuchando las neurosis de tu pareja, acostada al lado tuyo, y tener que buscar contestaciones y consejos coherentes cuando hace tiempo que tu mente dejó de funcionar. En segundo lugar, lo eficaz que es el chantaje emocional cuando se practica con un joven ingenuo y bienintencionado como el que yo entonces era. Recuerdo que si bien ella aceptaba algunas de mis observaciones respecto al Incidente HdeW, aprendí rapidito a no usar palabras como "tontería", pues según ella, llamar tontería a esa terrible preocupación y ese terrible sufrimiento que ella experimentaba demostraba, primero que "yo no entendía nada", y segundo, que no la quería, sino que era un ser frío y brutal y despiadado, casi un nazi, vaya. A veces estuve tentado de decirle que tal vez yo sería menos nazi si por lo menos tuviéramos una relación sexual, pues esa parte de la relación llegó a estar off the menu durante interminables meses también, por la misma culpa del no saludo a HdeW (a quien por cierto no le deseo ningún tipo de mal, pues según sus biógrafos parece que también ha sufrido, por otras causas, y culpa no es que alguien en tu ausencia consiga desarrollar una sicopatología por el hecho casual de no haberte saludado.) Pero no dije nada. Como siempre y en todas partes, no dije nada.
Lo tercero que recuerdo son los custard pies. Ella estudiaba en Chester, pero vivía across the border en Gales, y resulta que esos pastelitos de crema son especialidad de la zona. Llegué a desarrollar cierta debilidad por ellos. Una vez, paseando cerca de su casa, vi un custard pie botado en el suelo, roto, derramando custard. No sé por qué, esa imagen me quedó grabado en la mente como si fuera el objective correlative (vide Eliot) de todo ese período y de toda esa relación.
Al final, ella abandonó esos estudios de Derecho sin graduarse, quedándose con una enorme deuda, que llegó con el tiempo a desplazar a HdeW como fuente de angustia. Mientras tanto, yo me mudé para estar con ella, dejando atrás a la banda musical como uno de tantos proyectos fracasados, y empezó un período de febril actividad política izquierdosa a lo ancho y largo del país, que ella como yo intentábamos enlazar como podíamos con una serie de trabajos temporales, en hoteles, restaurantes, etc, quedándome finalmente como principal sustento económico el busking, o sea, tocar guitarra y armónica en las calles de Chester, ciudad turística que tiene unos by-laws bien simpáticos al respecto, debido a no sé qué batalla histórica que fue ganada con auxilio de los músicos. No corresponde entrar en detalles ahora sobre ese período: entenderán que poco tiene que ver con los Tótems Sagrados en las Antiguas Ciudades-Estado del Oriente Próximo. Estamos hablando de tal vez dos años, que dieron paso a un período que recuerdo como la fase espectacularmente liberada de Yvonne, cuando empezó a acostarse con tantos hombres como podía, entre ellos un bombero estalinista, un taxista londinense trotsquista y uno de esos oscuros personajes que frecuentan los bares nocturnos de los hoteles baratos donde cuentan, entre ginebra y ginebra, que son pilotos de alguna conocida línea aérea. Aparte del taxista, a esos hallazgos los traía habitualmente a casa, y a mí me correspondía ocupar el dormitorio de al lado e intentar conciliar el sueño al son de los acostumbrados jadeos y quejidos de muelles. Lo cual sospecho que para algún lector ecuatoriano sonará un poco raro, pues se supone que Yvonne era mi novia, o algo por el estilo. Debo explicar, entonces, que allá en Inglaterra por lo menos, el feminismo se considera incompatible con la posesividad implícita en toda relación exclusiva (o tal vez la palabra sería excluyente). En general, los celos, esa enfermedad ecuatoriana por excelencia, de Europa fueron desterrados hace siglos, y más aun de los círculos izquierdistas, donde el open relationship está estríctamente de rigor. Así que hubiera sido una terrible e imperdonable metedura de pata política quejarme por esas aventuras suyas. Pero lo cierto, debo confesarlo, es que sí sentí celos, por primera y última vez en mi vida. Tanto, que un día le pedí una audiencia: le dije que "teníamos que hablar" sobre el tema de su nueva relación, que era con un hombre algo torpe y apocado que era la pareja gay (se supone) de un amigo nuestro, un concejal izquierdoso en el norte de Gales. Ella aceptó la propuesta, notándome algo angustiado, y me aseguró que ese día no saldría con su nueva conquista, sino que vendría a casa directamente desde el hotel donde entonces trabajaba, llegando antes de las 7. La espera, durante esa noche, cuando vi el reloj dar las 8, las 9, las 10, las 11, las 12, la 1, sin que ella apareciera, resume para mí desde entonces lo terrible que son los celos, y quedará en la lista de los 5 peores noches de mi vida. Cuando por fin apareció, fue con el tipo, a la que metió sin más en su dormitorio. El día siguiente, decidí que lo sucedido era una suerte de constructive dismissal, y me alisté para abandonar la casa y buscar alojamiento nuevo.
El nuevo hogar fue una especie de desván convertido en bedsit, donde la única ventana se encontraba en el techo diagonal: si yo me alzaba en una silla, podría sacar la cabeza y ver el estuario del río Dee, con toda esa maravillosa y hermosa contaminación que llevaba, esa espuma que parecía de jabón, bajo una noche estrellada. Allí me dediqué a mi nueva vocación, la fabricación de cerveza casera al son de Walls & Bridges, de John Lennon. Una sola vez recibí la visita de Yvonne, quien vino a decirme, primero que quería que yo volviera a vivir con ella, que todo había sido un malentendido, y cuando vio que eso no funcionó, a pedirme que la entendiera pues "todo el mundo tiene derecho a ser feliz". Le dije que con esto último estaba de acuerdo, y que para mí, la felicidad en ese momento consistía en no tener que aguantar más su presencia, así que adiós. Se fue brava. Los dos seguimos coincidiendo durante un corto tiempo en alguna de las reuniones de las innumerables organizaciones politicas a las que estábamos adscritos: al final, en una especie de fiesta que se dio en casa de alguien después de una de esas reuniones, fui a buscar un vaso y llegué a escucharle a Yvonne contar, en tono de confidencia, a alguna de las presentes, que se había tenido que separar de mí por lo "violento" que yo había sido. La sensación de asco que me produjo tamaña mentira (persona menos violenta que yo en ese entonces hubiera sido imposible siquiera de imaginar) terminó por propagarse a todas esas simpatías y todas esas prioridades políticas facticias que todavía, por inercia, seguía manteniendo en mi cabeza y en mi agenda. Empecé a dudar sobre si era realmente tan, tan importante seguir apoyando a "los mineros", cuando ya hacía tiempo que la huelga había terminado y que los fondos de la NUM ya se habían liberado de las garras del Official Receiver. Empecé a buscar nuevas adhesiones, y como en ese entonces el mencionado concejal gay, ya sin esa pareja de 11 años que le había robado mi ex, se había convertido en amigo mío, pues era natural que yo accediera a su sugerencia de ponerme a trabajar para la Citizens Advice Bureau, donde él prestaba sus servicios los sábados, yo yo terminé prestando los míos de lunes a viernes. Y así empezó para mí un nuevo período, que de nuevo nada tiene que ver con los Palos Sagrados en las Antiguas Ciudades del Oriente Próximo. Yvonne, por su parte, terminó casándose con el tipo, lo cual le sirvió para liquidar de una vez sus deudas, pues ese tal Graham lo que sí tenía era una buena cuenta bancaria.
(continuará)
La tal De Witt, quien ahora es novelista consagrada y también googleable, había sido vecina de Yvonne en el colegio mayor donde ésta última (supuestamente) estudiaba. (Yo nunca la llegué siquiera a conocer.) Resulta que algún día, Yvonne se cruzó con ella en el pasillo. Iba ensimismada, y al saludo de DW (si es que la saludó: hay confusión al respecto) no contestó. Fin. Eso es todo. Así fue el incidente. Se resume en un no saludo. Ahora, lo extraño, por decir lo menos, es que durante por lo menos seis meses, tal vez un año, después de este incidente, Yvonne se atormentaba día y noche por ese supuesto agravio que había consistido en no saludar a una persona a la que apenas conocía. Incluso me decía que esa preocupación, esa obsesión por un saludo no hecho, le impedía dormir. A todo esto, se supone que mi papel era el de un psicólogo o consejero. No estaba yo muy preparado para eso, pero hice lo que pude. Le repetí y recalqué que era poco probable que DW recordara esa falta de saludo, y menos todavía que se haya sentido ofendida, y que aunque fuera así, realmente no importaba, pues nunca habían sido siquiera amigas. Intenté también distraerla como podía. En todo este proceso, que duró meses, recuerdo principalmente tres cosas. Primero, lo terrible que resulta ser el no poder dormir; es decir, el estar muerto de sueño y tener que seguir escuchando las neurosis de tu pareja, acostada al lado tuyo, y tener que buscar contestaciones y consejos coherentes cuando hace tiempo que tu mente dejó de funcionar. En segundo lugar, lo eficaz que es el chantaje emocional cuando se practica con un joven ingenuo y bienintencionado como el que yo entonces era. Recuerdo que si bien ella aceptaba algunas de mis observaciones respecto al Incidente HdeW, aprendí rapidito a no usar palabras como "tontería", pues según ella, llamar tontería a esa terrible preocupación y ese terrible sufrimiento que ella experimentaba demostraba, primero que "yo no entendía nada", y segundo, que no la quería, sino que era un ser frío y brutal y despiadado, casi un nazi, vaya. A veces estuve tentado de decirle que tal vez yo sería menos nazi si por lo menos tuviéramos una relación sexual, pues esa parte de la relación llegó a estar off the menu durante interminables meses también, por la misma culpa del no saludo a HdeW (a quien por cierto no le deseo ningún tipo de mal, pues según sus biógrafos parece que también ha sufrido, por otras causas, y culpa no es que alguien en tu ausencia consiga desarrollar una sicopatología por el hecho casual de no haberte saludado.) Pero no dije nada. Como siempre y en todas partes, no dije nada.
Lo tercero que recuerdo son los custard pies. Ella estudiaba en Chester, pero vivía across the border en Gales, y resulta que esos pastelitos de crema son especialidad de la zona. Llegué a desarrollar cierta debilidad por ellos. Una vez, paseando cerca de su casa, vi un custard pie botado en el suelo, roto, derramando custard. No sé por qué, esa imagen me quedó grabado en la mente como si fuera el objective correlative (vide Eliot) de todo ese período y de toda esa relación.
Al final, ella abandonó esos estudios de Derecho sin graduarse, quedándose con una enorme deuda, que llegó con el tiempo a desplazar a HdeW como fuente de angustia. Mientras tanto, yo me mudé para estar con ella, dejando atrás a la banda musical como uno de tantos proyectos fracasados, y empezó un período de febril actividad política izquierdosa a lo ancho y largo del país, que ella como yo intentábamos enlazar como podíamos con una serie de trabajos temporales, en hoteles, restaurantes, etc, quedándome finalmente como principal sustento económico el busking, o sea, tocar guitarra y armónica en las calles de Chester, ciudad turística que tiene unos by-laws bien simpáticos al respecto, debido a no sé qué batalla histórica que fue ganada con auxilio de los músicos. No corresponde entrar en detalles ahora sobre ese período: entenderán que poco tiene que ver con los Tótems Sagrados en las Antiguas Ciudades-Estado del Oriente Próximo. Estamos hablando de tal vez dos años, que dieron paso a un período que recuerdo como la fase espectacularmente liberada de Yvonne, cuando empezó a acostarse con tantos hombres como podía, entre ellos un bombero estalinista, un taxista londinense trotsquista y uno de esos oscuros personajes que frecuentan los bares nocturnos de los hoteles baratos donde cuentan, entre ginebra y ginebra, que son pilotos de alguna conocida línea aérea. Aparte del taxista, a esos hallazgos los traía habitualmente a casa, y a mí me correspondía ocupar el dormitorio de al lado e intentar conciliar el sueño al son de los acostumbrados jadeos y quejidos de muelles. Lo cual sospecho que para algún lector ecuatoriano sonará un poco raro, pues se supone que Yvonne era mi novia, o algo por el estilo. Debo explicar, entonces, que allá en Inglaterra por lo menos, el feminismo se considera incompatible con la posesividad implícita en toda relación exclusiva (o tal vez la palabra sería excluyente). En general, los celos, esa enfermedad ecuatoriana por excelencia, de Europa fueron desterrados hace siglos, y más aun de los círculos izquierdistas, donde el open relationship está estríctamente de rigor. Así que hubiera sido una terrible e imperdonable metedura de pata política quejarme por esas aventuras suyas. Pero lo cierto, debo confesarlo, es que sí sentí celos, por primera y última vez en mi vida. Tanto, que un día le pedí una audiencia: le dije que "teníamos que hablar" sobre el tema de su nueva relación, que era con un hombre algo torpe y apocado que era la pareja gay (se supone) de un amigo nuestro, un concejal izquierdoso en el norte de Gales. Ella aceptó la propuesta, notándome algo angustiado, y me aseguró que ese día no saldría con su nueva conquista, sino que vendría a casa directamente desde el hotel donde entonces trabajaba, llegando antes de las 7. La espera, durante esa noche, cuando vi el reloj dar las 8, las 9, las 10, las 11, las 12, la 1, sin que ella apareciera, resume para mí desde entonces lo terrible que son los celos, y quedará en la lista de los 5 peores noches de mi vida. Cuando por fin apareció, fue con el tipo, a la que metió sin más en su dormitorio. El día siguiente, decidí que lo sucedido era una suerte de constructive dismissal, y me alisté para abandonar la casa y buscar alojamiento nuevo.
El nuevo hogar fue una especie de desván convertido en bedsit, donde la única ventana se encontraba en el techo diagonal: si yo me alzaba en una silla, podría sacar la cabeza y ver el estuario del río Dee, con toda esa maravillosa y hermosa contaminación que llevaba, esa espuma que parecía de jabón, bajo una noche estrellada. Allí me dediqué a mi nueva vocación, la fabricación de cerveza casera al son de Walls & Bridges, de John Lennon. Una sola vez recibí la visita de Yvonne, quien vino a decirme, primero que quería que yo volviera a vivir con ella, que todo había sido un malentendido, y cuando vio que eso no funcionó, a pedirme que la entendiera pues "todo el mundo tiene derecho a ser feliz". Le dije que con esto último estaba de acuerdo, y que para mí, la felicidad en ese momento consistía en no tener que aguantar más su presencia, así que adiós. Se fue brava. Los dos seguimos coincidiendo durante un corto tiempo en alguna de las reuniones de las innumerables organizaciones politicas a las que estábamos adscritos: al final, en una especie de fiesta que se dio en casa de alguien después de una de esas reuniones, fui a buscar un vaso y llegué a escucharle a Yvonne contar, en tono de confidencia, a alguna de las presentes, que se había tenido que separar de mí por lo "violento" que yo había sido. La sensación de asco que me produjo tamaña mentira (persona menos violenta que yo en ese entonces hubiera sido imposible siquiera de imaginar) terminó por propagarse a todas esas simpatías y todas esas prioridades políticas facticias que todavía, por inercia, seguía manteniendo en mi cabeza y en mi agenda. Empecé a dudar sobre si era realmente tan, tan importante seguir apoyando a "los mineros", cuando ya hacía tiempo que la huelga había terminado y que los fondos de la NUM ya se habían liberado de las garras del Official Receiver. Empecé a buscar nuevas adhesiones, y como en ese entonces el mencionado concejal gay, ya sin esa pareja de 11 años que le había robado mi ex, se había convertido en amigo mío, pues era natural que yo accediera a su sugerencia de ponerme a trabajar para la Citizens Advice Bureau, donde él prestaba sus servicios los sábados, yo yo terminé prestando los míos de lunes a viernes. Y así empezó para mí un nuevo período, que de nuevo nada tiene que ver con los Palos Sagrados en las Antiguas Ciudades del Oriente Próximo. Yvonne, por su parte, terminó casándose con el tipo, lo cual le sirvió para liquidar de una vez sus deudas, pues ese tal Graham lo que sí tenía era una buena cuenta bancaria.
(continuará)
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