Sacred Poles in Ancient Near Eastern City States (1)
Mi primera novia, Yvonne, cuando la conocí era estudiante de Teología, católica practicante, tesorera del Partido Conservador en aquella zona del oeste de Londres donde vivía su irlandesísima familia, y también (abonando a mi inmensa mortificación, inri y congoja) creyente en la santidad del matrimonio. El sexo fuera del matrimonio para ella era pecado, el cual para acceder a cometerlo, primero tenías que demostrar una conveniente capacidad para sufrir grandes remordimientos de conciencia, y una rica vida interior, compatible con cierta estética greeniana. De esta manera, se me ocurre, ella ya afianzaba cierta actitud protofeminista, que le llevaba a insistir en que si la copulación para la mujer acarreaba riesgos (debido a esa mala broma de la fertilidad junto con el efecto corrosivo que el catolicismo a ultranza demostraba tener sobre la impermeabilidad del látex) y por tanto, ocasionales sustos y preocupaciones, entonces no era dable que para un hombre fuera algo sencillo, fácil, espontáneo y netamente gozoso: eso sería simplemente injusto. En aquella fase de nuestra relación, por mucho que lo intentaba no conseguí lucir aquella personalidad trágica y atormentada que ella exigía como condición sine qua non de cierta intimidad física. Atormentado sí estaba (y no era su culpa: ver blog negro al respecto), pero creo que lo que me faltaba era cierto matiz épico, cierta manera de enseñar al mundo un mentón cuadrado y saliente y unos dientes apretados en heroica resignación. En fin. Fue una relación que, entre otras cosas, dio al traste con mi estabilidad financiera, pues como estudiante becado no estaba apenas en condiciones de permitirme aquel gasto ingente en ramos de flores y cajas de bombones que ella también exigía como tributo.
Todo eso cambió cuando, después de nuestra ruptura (que ella me comunicó por teléfono), me tocó pasar, unos meses más tarde, un año en España como parte de mi formación lingüística universitaria. Me acordaré siempre de esas cartas que yo solía leer en el bar Alhambra, sobre las 11.30 de la noche, después de despedirme de mi compañero de piso, Rufino, que a esa hora empezaba su jornada de trabajo como panadero. No ahondaré en el contenido: de todas maneras puedes leer algo parecido en las cartas de la Minsky en la novela de Toole. La cuestión es que ella ahora se había vuelto tan atea como antes era católica, tan revolucionaria como antes era conservadora, y tan feminista como antes había sido irlandesa. Me contó que en mi ausencia ella se había buscado dos "amantes" que realmente no eran tal, pues eran gay, y que hacían honor a los impagables nombres de James y Charles. Su manera de referirse a todo este tema era algo confusa, y no fue hasta más tarde que entendí que lo que ella pretendía era corromperlos, o sea, convertirlos a heterosexuales mediante el poder de sus encantos, comunicados en unas interminables veladas que ella se limitaba a describir como "intensas" (ella era, o por lo menos ambicionaba ser, intensa en todos los sentidos posibles). No sé si lo habría conseguido. Tuvieron que pasar tres años más antes de que, en la estela de nuestra segunda ruptura, un amigo mutuo, también gay, me confesó que a esas alturas era vox populi que Yvonne era fag hag, o sea, de esas mujeres que sistemáticamente buscan a hombres homosexuales con la intención de convertirles en heterosexuales, por razones que probablemente haría falta llenar tres pipas de tabaco para escuchar completitas.
Cuando volví de España, ella me esperaba. Para mi propia sorpresa, demoré algo así como cuarenta segundos en darme cuenta de que yo también era revolucionario, marxista, leninista, trotskista, y todos los demás istas que ella pudiera razonablemente exigir a cambio de dejarse desabrochar la blusa (yo, con esos veintiún años a cuestas, seguía siendo virgen) por lo menos hasta el cuarto botón. Entonces me quedaba un año más para terminar la carrera, y a ella, que había empezado un año después que yo, lo mismo: ese año lo pasamos, básicamente, en la cama (fuera de ese cuerpo, no estudié apenas nada. Todavía sigo sin entender cómo habré conseguido un First; no me lo merecía. Tal vez habrá sido un error de parte de alguien). De ese año datan mis profundos conocimientos sobre la cistitis y el Candida albicans, con sus correspondientes remedios caseros (no me van a creer si les cuento que ella en una ocasión robó un orinal de cerámica victoriano del baño de un médico, que luego guardó debajo de mi cama y usaba de noche cada vez que la cistitis le aquejaba, y que en una ocasión estuve comiendo cheesecake cuando ella soltó el dato de que ese mismo orinal le había servido de molde para preparar dicho manjar. Si no has comido cheesecake con cistitis, pruébalo, es delicioso). En fin. Casi lo único capaz de sacarla de mi cama, aparte del hambre, era la perspectiva de reunirse con esas amigas que ella entonces había empezado a coleccionar, que eran todas feministas y la mayoría lesbianas. Algunas veces me llevó a mí a esas reuniones, creo que para presumir, pues según su modo de ver yo era una viva y llamativa excepción a la regla de que todos los hombres eran unos cerdos perros, machistas, trogloditas, violentos y violadores en potencia. Aquellas amigas, algunas de las cuales se autocalificaban de "separatistas" (en el sentido de querer vivir sin tener ningún contacto con ningún hombre, siquiera a la hora de comprarse una onza de Old Holborn), después de estudiarme, y de intentar provocarme algunas veces, al final quedaron en etiquetarme como "honorary woman", título que me hizo algo de gracia en aquel tiempo. (Tal vez debo explicar que siempre he encontrado más grata la compañía femenina, con independencia de que se conforme de lesbianas, feministas, separatistas o de cualquier otra modalidad. La explicación suficiente de tal hecho es mi absoluto desinterés por el fútbol.)
El único ista izquierdoso que no llegué a ser en aquel tiempo era feminista. Y no era por falta de ganas, sino simplemente porque, siempre según esa ideología radical con la que comulgaba tanto la Yvonne como todas sus amigas, era simple y llanamente imposible, y sumamente contradictorio, que alguien que no fuera mujer pudiera ser catalogado como feminista. Ni siquiera mi estatus de mujer honoraria me permitía, según ellas, llegar a ostentar tal distinción. Intentaron consolarme diciendo que en todo caso, si quería, podría describirme como "pro feminista". Me pareció una solución adecuada.
(A este respecto, por curiosidad acabo de consultar el tema en Wiki y otros documentos online: parece que dentro del feminismo hay controversia sobre si un hombre puede llamarse feminista o no. Yo no tengo opinión formada al respecto, del mismo modo que no tengo opinión sobre si un converso al judaismo puede o no llamarse con corrección "judío". Asunto mío desde luego no es. Cada uno es libre de admitir en su club, o de rechazar, a quién le dé la gana.)
Pasó el tiempo, nos graduamos. Poco a poco Yvonne se fue desprendiendo de alguna de esas amistades lesbianas, a medida que se enteraba que muchas eran herederas de familias adineradas (ministros, nobles y demás chusma) y, salvando el tema sexual, de ideología profundamente conservadora, hasta reaccionaria. En otras palabras: ella se hizo más marxista. Iba a decir "y menos feminista", pero no me consta. Llegó a parecerle una ridiculez el "separatismo" (ella de mí se separaba bien poco por aquel entonces), y las reivindicaciones feministas universitarias (por ejemplo, querian prohibir que un hombre pudiera caminar por las calles de la ciudad sin camisa, argumentando con mucha razón que no era justo que los miembros de un género pudieran hacer tal cosa y las otras no: no sé cómo no se les ocurrió la solución idónea, la de eliminar las medievales disposiciones legales sobre indecent exposure) pasaron en su mente a un segundo plano, pues lo que ahora le apasionaba era liberar países enteros del yugo imperialista y capitalista, mediante el vociferante apoyo a toda organización subversiva de ultramar que gozaba del beneplácito de no sé cuál facción escindida de la Cuarta Internacional. Hasta dejó de colaborar con la revista universitaria feminista que ella había ayudado a fundar, aquélla que en la única edición que llegué a hojear, publicó una caricatura que mostraba un paisaje urbano, donde casi todos los objetos (un rascacielos, un cohete, un avión) tenía forma fálica (es bien curiosa esa obsesión que muchas feministas radicales parecen tener por las vergas y sucedáneos. Daría lo que fuera por poder leer, a modo de viaje nostálgico, la interpretación que Yvonne hizo en sus exámenes finales de Teología sobre la obligatoria pregunta en torno a los Sacred Poles In Ancient Near Eastern City States). Pero a todo esto, diría que su feminismo ahora era, simplemente, una materia aprendida. Consistía mayormente en un repertorio de insultos, donde el arte se suponía residía no tanto en el insulto mismo (ahí había muy poca imaginación) como en la inmensa creatividad con que se llegaba a buscar materia de ofensa e indignación en los lugares más insospechados.
Bastará con un ejemplo. En una de esas grandes conferencias de la izquierda loony del Partido Laborista de aquel entonces, un conocido mío se levantó a dar un corto discurso acerca de no me acuerdo qué cosa, algo seguramente tan emocionante como la necesidad de buscar una unidad estratégica entre las diferentes corrientes de izquierda frente a los ataques del Thatcherismo a la clase obrera. La cuestión es que en algún momento, se le ocurrió usar la expresión coloquial Aunt Sally, que viene a significar algo así como una táctica de ofuscación consistente en crear un escándalo menor para distraer la atención pública de uno mayor, por ejemplo, llenar valijas diplomáticas de cocaina para que la gente hable de eso en lugar de los ataques a la libertad de expresión. En ésas, se levantó una feminista londinense, con cara ortográfica.
- El compañero serviría mejor a la causa que profesa si se abstuviera de utilizar expresiones degradantes y sexistas.
Hubo un leve murmullo de perplejidad en la sala. ¿Cuál expresión sexista? La feminista se relamió los labios antes de proseguir:
- La expresión Aunt Sally la utilizó el compañero para referirse a algo o alguien a quien se le echa la culpa de algo y se le agrede. Es obvio que valiéndose así de una hipotética tía, o sea, alguien de sexo femenino, se da a entender que siempre que hay que culpar o atacar a alguien, lo indicado es que ese alguien sea una mujer. Es una expresión, por tanto, violenta, sexista, degradante y ofensiva, y se agradecería de parte de todas nuestras hermanas aquí que el compañero que la utilizó se disculpe ante el auditorio y cese de usar dicho término.
El compañero en cuestión resultó ser tan poco inglés que en lugar de proferir caballerosamente las disculpas requeridas, se puso a discutir sobre la cuestión, señalando que lo medular de la frase en cuestión era que la tal pariente femenina servía para distraer la atención de lo importante, que es lo mismo que lo que hacía ahora esa compañera. Llegó a decir: "si usted no quiere siquiera hacerle caso al eje central de mi argumento..." La palabra utilizada fue en realidad thrust, que también significa empuje o embiste. La sacerdotisa de la corrección política se volvió a levantar, algo apresurada, con una sonrisa si no triunfal, triunfálica, y después de tantear al público con un largo y confuso discurso dworkinesco, cayó sobre la presa:
- Además, el compañero está tan ciego a su propio machismo que ni siquiera se da cuenta de que acaba de usar la palabra thrust, que es altamente ofensiva en tanto prioriza el rol masculino en el sexo, minimizando al femenino...
No pudo llegar más lejos con sus explicaciones antes de que se empezara a escuchar unas risas sofocadas un poco por doquier. Lo digo en honor a la verdad, y mal que me pese: en la izquierda londinense de aquellos tiempos todavía pervivía algo como un sentido del ridículo. Excusado decir que hoy en día, nadie se reiría.
(continuará)
Todo eso cambió cuando, después de nuestra ruptura (que ella me comunicó por teléfono), me tocó pasar, unos meses más tarde, un año en España como parte de mi formación lingüística universitaria. Me acordaré siempre de esas cartas que yo solía leer en el bar Alhambra, sobre las 11.30 de la noche, después de despedirme de mi compañero de piso, Rufino, que a esa hora empezaba su jornada de trabajo como panadero. No ahondaré en el contenido: de todas maneras puedes leer algo parecido en las cartas de la Minsky en la novela de Toole. La cuestión es que ella ahora se había vuelto tan atea como antes era católica, tan revolucionaria como antes era conservadora, y tan feminista como antes había sido irlandesa. Me contó que en mi ausencia ella se había buscado dos "amantes" que realmente no eran tal, pues eran gay, y que hacían honor a los impagables nombres de James y Charles. Su manera de referirse a todo este tema era algo confusa, y no fue hasta más tarde que entendí que lo que ella pretendía era corromperlos, o sea, convertirlos a heterosexuales mediante el poder de sus encantos, comunicados en unas interminables veladas que ella se limitaba a describir como "intensas" (ella era, o por lo menos ambicionaba ser, intensa en todos los sentidos posibles). No sé si lo habría conseguido. Tuvieron que pasar tres años más antes de que, en la estela de nuestra segunda ruptura, un amigo mutuo, también gay, me confesó que a esas alturas era vox populi que Yvonne era fag hag, o sea, de esas mujeres que sistemáticamente buscan a hombres homosexuales con la intención de convertirles en heterosexuales, por razones que probablemente haría falta llenar tres pipas de tabaco para escuchar completitas.
Cuando volví de España, ella me esperaba. Para mi propia sorpresa, demoré algo así como cuarenta segundos en darme cuenta de que yo también era revolucionario, marxista, leninista, trotskista, y todos los demás istas que ella pudiera razonablemente exigir a cambio de dejarse desabrochar la blusa (yo, con esos veintiún años a cuestas, seguía siendo virgen) por lo menos hasta el cuarto botón. Entonces me quedaba un año más para terminar la carrera, y a ella, que había empezado un año después que yo, lo mismo: ese año lo pasamos, básicamente, en la cama (fuera de ese cuerpo, no estudié apenas nada. Todavía sigo sin entender cómo habré conseguido un First; no me lo merecía. Tal vez habrá sido un error de parte de alguien). De ese año datan mis profundos conocimientos sobre la cistitis y el Candida albicans, con sus correspondientes remedios caseros (no me van a creer si les cuento que ella en una ocasión robó un orinal de cerámica victoriano del baño de un médico, que luego guardó debajo de mi cama y usaba de noche cada vez que la cistitis le aquejaba, y que en una ocasión estuve comiendo cheesecake cuando ella soltó el dato de que ese mismo orinal le había servido de molde para preparar dicho manjar. Si no has comido cheesecake con cistitis, pruébalo, es delicioso). En fin. Casi lo único capaz de sacarla de mi cama, aparte del hambre, era la perspectiva de reunirse con esas amigas que ella entonces había empezado a coleccionar, que eran todas feministas y la mayoría lesbianas. Algunas veces me llevó a mí a esas reuniones, creo que para presumir, pues según su modo de ver yo era una viva y llamativa excepción a la regla de que todos los hombres eran unos cerdos perros, machistas, trogloditas, violentos y violadores en potencia. Aquellas amigas, algunas de las cuales se autocalificaban de "separatistas" (en el sentido de querer vivir sin tener ningún contacto con ningún hombre, siquiera a la hora de comprarse una onza de Old Holborn), después de estudiarme, y de intentar provocarme algunas veces, al final quedaron en etiquetarme como "honorary woman", título que me hizo algo de gracia en aquel tiempo. (Tal vez debo explicar que siempre he encontrado más grata la compañía femenina, con independencia de que se conforme de lesbianas, feministas, separatistas o de cualquier otra modalidad. La explicación suficiente de tal hecho es mi absoluto desinterés por el fútbol.)
El único ista izquierdoso que no llegué a ser en aquel tiempo era feminista. Y no era por falta de ganas, sino simplemente porque, siempre según esa ideología radical con la que comulgaba tanto la Yvonne como todas sus amigas, era simple y llanamente imposible, y sumamente contradictorio, que alguien que no fuera mujer pudiera ser catalogado como feminista. Ni siquiera mi estatus de mujer honoraria me permitía, según ellas, llegar a ostentar tal distinción. Intentaron consolarme diciendo que en todo caso, si quería, podría describirme como "pro feminista". Me pareció una solución adecuada.
(A este respecto, por curiosidad acabo de consultar el tema en Wiki y otros documentos online: parece que dentro del feminismo hay controversia sobre si un hombre puede llamarse feminista o no. Yo no tengo opinión formada al respecto, del mismo modo que no tengo opinión sobre si un converso al judaismo puede o no llamarse con corrección "judío". Asunto mío desde luego no es. Cada uno es libre de admitir en su club, o de rechazar, a quién le dé la gana.)
Pasó el tiempo, nos graduamos. Poco a poco Yvonne se fue desprendiendo de alguna de esas amistades lesbianas, a medida que se enteraba que muchas eran herederas de familias adineradas (ministros, nobles y demás chusma) y, salvando el tema sexual, de ideología profundamente conservadora, hasta reaccionaria. En otras palabras: ella se hizo más marxista. Iba a decir "y menos feminista", pero no me consta. Llegó a parecerle una ridiculez el "separatismo" (ella de mí se separaba bien poco por aquel entonces), y las reivindicaciones feministas universitarias (por ejemplo, querian prohibir que un hombre pudiera caminar por las calles de la ciudad sin camisa, argumentando con mucha razón que no era justo que los miembros de un género pudieran hacer tal cosa y las otras no: no sé cómo no se les ocurrió la solución idónea, la de eliminar las medievales disposiciones legales sobre indecent exposure) pasaron en su mente a un segundo plano, pues lo que ahora le apasionaba era liberar países enteros del yugo imperialista y capitalista, mediante el vociferante apoyo a toda organización subversiva de ultramar que gozaba del beneplácito de no sé cuál facción escindida de la Cuarta Internacional. Hasta dejó de colaborar con la revista universitaria feminista que ella había ayudado a fundar, aquélla que en la única edición que llegué a hojear, publicó una caricatura que mostraba un paisaje urbano, donde casi todos los objetos (un rascacielos, un cohete, un avión) tenía forma fálica (es bien curiosa esa obsesión que muchas feministas radicales parecen tener por las vergas y sucedáneos. Daría lo que fuera por poder leer, a modo de viaje nostálgico, la interpretación que Yvonne hizo en sus exámenes finales de Teología sobre la obligatoria pregunta en torno a los Sacred Poles In Ancient Near Eastern City States). Pero a todo esto, diría que su feminismo ahora era, simplemente, una materia aprendida. Consistía mayormente en un repertorio de insultos, donde el arte se suponía residía no tanto en el insulto mismo (ahí había muy poca imaginación) como en la inmensa creatividad con que se llegaba a buscar materia de ofensa e indignación en los lugares más insospechados.
Bastará con un ejemplo. En una de esas grandes conferencias de la izquierda loony del Partido Laborista de aquel entonces, un conocido mío se levantó a dar un corto discurso acerca de no me acuerdo qué cosa, algo seguramente tan emocionante como la necesidad de buscar una unidad estratégica entre las diferentes corrientes de izquierda frente a los ataques del Thatcherismo a la clase obrera. La cuestión es que en algún momento, se le ocurrió usar la expresión coloquial Aunt Sally, que viene a significar algo así como una táctica de ofuscación consistente en crear un escándalo menor para distraer la atención pública de uno mayor, por ejemplo, llenar valijas diplomáticas de cocaina para que la gente hable de eso en lugar de los ataques a la libertad de expresión. En ésas, se levantó una feminista londinense, con cara ortográfica.
- El compañero serviría mejor a la causa que profesa si se abstuviera de utilizar expresiones degradantes y sexistas.
Hubo un leve murmullo de perplejidad en la sala. ¿Cuál expresión sexista? La feminista se relamió los labios antes de proseguir:
- La expresión Aunt Sally la utilizó el compañero para referirse a algo o alguien a quien se le echa la culpa de algo y se le agrede. Es obvio que valiéndose así de una hipotética tía, o sea, alguien de sexo femenino, se da a entender que siempre que hay que culpar o atacar a alguien, lo indicado es que ese alguien sea una mujer. Es una expresión, por tanto, violenta, sexista, degradante y ofensiva, y se agradecería de parte de todas nuestras hermanas aquí que el compañero que la utilizó se disculpe ante el auditorio y cese de usar dicho término.
El compañero en cuestión resultó ser tan poco inglés que en lugar de proferir caballerosamente las disculpas requeridas, se puso a discutir sobre la cuestión, señalando que lo medular de la frase en cuestión era que la tal pariente femenina servía para distraer la atención de lo importante, que es lo mismo que lo que hacía ahora esa compañera. Llegó a decir: "si usted no quiere siquiera hacerle caso al eje central de mi argumento..." La palabra utilizada fue en realidad thrust, que también significa empuje o embiste. La sacerdotisa de la corrección política se volvió a levantar, algo apresurada, con una sonrisa si no triunfal, triunfálica, y después de tantear al público con un largo y confuso discurso dworkinesco, cayó sobre la presa:
- Además, el compañero está tan ciego a su propio machismo que ni siquiera se da cuenta de que acaba de usar la palabra thrust, que es altamente ofensiva en tanto prioriza el rol masculino en el sexo, minimizando al femenino...
No pudo llegar más lejos con sus explicaciones antes de que se empezara a escuchar unas risas sofocadas un poco por doquier. Lo digo en honor a la verdad, y mal que me pese: en la izquierda londinense de aquellos tiempos todavía pervivía algo como un sentido del ridículo. Excusado decir que hoy en día, nadie se reiría.
(continuará)
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